Quédate a mi lado

Jennifer Armentrout

Fragmento

libro-2

1

Por lo que se veía, el té dulce iba a acabar matándome.

Y no porque la cantidad de azúcar que contiene pueda provocar un coma diabético al primer sorbo. Ni porque mi hermano casi hubiera causado un triple accidente al hacer un brusco cambio de sentido con su camioneta tras recibir un mensaje de texto que contenía dos únicas palabras.

Té. Dulce.

Pues no. El problema era que ese té dulce me iba a enfrentar cara a cara con Jase Winstead, la encarnación de todas y cada una de mis fantasías femeninas, habidas y por haber. Y sería la primera vez que lo vería fuera del campus.

Y delante de mi hermano.

Madre del amor hermoso, iba a ser una situación de lo más incómoda.

¿Por qué, oh, por qué había tenido que enviarle mi hermano un mensaje a Jase diciéndole que estábamos por su zona y que si necesitaba algo? Se suponía que Cam me iba a llevar a dar una vuelta por la ciudad para familiarizarme con las vistas. Aunque las vistas de las que disfrutaría en breve, desde luego, iban a ser mejores que las que había tenido hasta entonces del condado.

Como me encontrase otro club de estriptis, iba a pegar a alguien.

Cam me lanzó una mirada mientras descendía a toda velocidad por la carretera secundaria. Hacía años que habíamos dejado la 9. Bajó la mirada de mi cara al té que sostenía entre las manos y enarcó una ceja.

—¿Sabes, Teresa? Existe una cosa llamada portavasos.

Negué con la cabeza.

—Está bien. Lo llevaré así.

—Vaaale —respondió, arrastrando la vocal y con la vista en la calzada.

Me estaba comportando como una perturbada; tenía que relajarme. Lo último que necesitaba nadie en este mundo era que Cam descubriera los motivos por los que actuaba como una mema hasta arriba de crack.

—Esto…, creía que Jase vivía en el campus, ¿no?

Había sonado despreocupada, ¿verdad? Ay, Dios, estaba segura de que la voz se me había quebrado en algún momento al hacer esa pregunta no tan inocente.

—Sí, pero se pasa la mayor parte del tiempo en la granja de su familia. —Cam redujo la velocidad y giró a la derecha en una curva cerrada. El té casi salió volando por la ventana, pero lo aferré como si me fuera la vida en ello. Ese té no se me iba a escapar—. Te acuerdas de Jack, ¿verdad?

Por supuesto. Jase tenía un hermano de cinco años llamado Jack, y el pequeñín lo era todo para él. Me acordaba de absolutamente todo de lo que me hubiera enterado sobre Jase, tal y como imaginaba que les pasaría a las fans de Justin Bieber con su ídolo. Por bochornoso que fuera, así era. Jase, sin que él ni el resto del mundo lo supiera, se había convertido en muchas cosas para mí en los últimos tres años.

Un amigo.

Lo mejor que tenía mi hermano.

El objeto de mis deseos.

Pero hacía un año, justo al empezar el último curso de instituto, cuando Jase acompañaba a Cam siempre que venía a casa, se había convertido en algo más complicado. Algo que una parte de mí quería olvidar. Sin embargo, otra parte se negaba a renunciar al recuerdo de sus labios contra los míos, a la sensación de sus manos recorriendo mi cuerpo, al modo en que había gemido mi nombre como si le causase un dolor exquisito.

Ay, Dios…

Noté cómo se me ruborizaban las mejillas tras las gafas de sol al recordar cada detalle, por lo que volví la cara hacia la ventanilla, medio tentada de bajar el cristal y sacar la cabeza. Tenía que controlarme. Si Cam llegaba a descubrir que Jase me había besado, lo mataría y ocultaría su cadáver en una carretera secundaria como esta.

Y sería una verdadera lástima.

Con la mente en blanco e incapaz de abrir la boca, necesitaba una distracción de inmediato. La condensación del té y el temblor de mis manos hacían que sujetar el vaso me resultara difícil. Podría haber preguntado a Cam por Avery y habría funcionado, porque le encantaba hablar de ella. Podría haberle preguntado por sus clases o por cómo le iba de vuelta con los entrenamientos para las pruebas del D. C. United, que tendrían lugar en primavera, pero lo único en lo que podía pensar era en que por fin iba a ver a Jase en una situación en la que no podría huir de mí.

Que era lo que había estado haciendo durante la primera semana de clases.

Los gruesos árboles que flanqueaban la carretera comenzaron a espaciarse y, entre ellos, empezó a distinguirse el verde de los prados. Cam accedió a una carretera estrecha. La camioneta se bamboleaba por los baches, haciendo que se me revolviera el estómago.

Arrugué el ceño cuando pasamos entre dos postes marrones. En el suelo yacía una alambrada y a la derecha se veía una pequeña señal de madera que rezaba WINSTEAD: PROPIEDAD PRIVADA. Nos recibió un maizal enorme, pero las mazorcas estaban secas y amarillentas, como si les quedasen pocos días para marchitarse del todo y morir. Más allá, varios caballos corpulentos pastaban tras una valla de madera en la que faltaban muchos de los tablones intermedios. Unas vacas deambulaban por la mayor parte del terreno de la izquierda, gordas y felices.

A medida que nos acercamos, apareció ante nuestra vista un granero viejo, de los que dan miedo, como el de La matanza de Texas, incluida la veleta siniestra con su gallo girando sobre el tejado. Varios metros más allá se alzaba una casa de dos plantas. Los muros blancos estaban grisáceos e, incluso desde la camioneta, se veía que había más pintura desconchada que adherida a la fachada. Una lona azul cubría varias secciones del tejado y la chimenea parecía medio derruida. Junto a la casa había un montón polvoriento de ladrillos rojos, como si alguien hubiera empezado a reparar la chimenea pero, cansado, hubiera terminado por abandonarlos. También había un cementerio de vehículos inservibles detrás del granero, un mar de camionetas y automóviles oxidados.

La sorpresa me atravesó como una sacudida y me incorporé sobre el asiento. ¿Aquella era la granja de Jase? Por algún motivo, me había imaginado algo un poco más… ¿moderno?

Cam aparcó la camioneta a un par de metros del granero y apagó el motor. Al volverse hacia mí, siguió mi mirada hasta la casa. Mientras se quitaba el cinturón de seguridad, suspiró.

—Hace unos años sus padres pasaron una racha muy mala y todavía están recuperándose. Jase trata de ayudarlos con la granja y demás, pero como ves…

La granja necesitaba más ayuda de la que Jase podía aportar.

Parpadeé.

—Tiene… encanto.

Cam rio.

—Qué amable por tu parte.

Apreté los dedos sobre el vaso, a la defensiva.

—Lo tiene.

—Ya…

Se dio la vuelta a la gorra de béisbol para protegerse los ojos. Mechones de pelo negro asomaban por el borde posterior.

Abrí la boca para decir algo, pero el movimiento que capté por el rabillo del ojo atrapó mi atención.

Por el lateral del granero salió como un rayo un niño sentado en un tractor John Deere en miniatura, chillando entusiasmado. Llevaba los brazos regordetes estirados como palos mientras agarraba el volante con las manitas. Una mata de cabello castaño rizado centelleaba al brillante sol de agosto. Jase empujaba el tractor desde atrás y, aunque apenas lo oía, estaba segura de que imitaba el ruido del motor. Ambos

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