¿Por qué no puedo parar de comer?

Karolina Lama

Fragmento

¿Recuerdas que hasta hace poco tiempo nos podíamos dar el lujo de preocuparnos de nuestra salud como algo abstracto y lejano? Solíamos decir que queríamos bajar de peso para tener una buena salud, pero en realidad este objetivo no era tan importante para algunas de nosotras. Lo que en realidad queríamos —aun cuando nos costaba reconocerlo— era vernos bien. Sentíamos que teníamos un problema con el comer, pero no sabíamos muy bien a qué respondía esa voracidad que nos venía de repente, que nos acechaba por las noches. Poco a poco empezamos a entender que las emociones jugaban un papel fundamental en nuestra relación de «amor y odio» con la comida. Como un mal amor, nos ayudaba a sostenernos en momentos críticos: separaciones, cambios de trabajo y duelos. Nos acompañaba también cuando queríamos celebrar algún triunfo o disfrutar de la familia y las amistades. Pero más temprano que tarde, nos hacía sentir mal con nosotras mismas. Como fuera, estábamos empezando a entender que tenía un poderoso efecto calmante y que era un asunto que debíamos abordar con psicólogos(as) más que solo con nutricionistas. Estábamos en eso cuando su poder para calmarnos y evadirnos de la realidad mostró toda su potencia:

¡Nos sumergimos en ella para soportar la pandemia de covid-19!

2020 fue el año en que todo cambió...

Un virus como no se veía en la humanidad hace décadas llegó para cambiar nuestras vidas y quedarse.

Supusimos que el confinamiento duraría unas semanas. La idea, si bien nos provocaba ansiedad, nos parecía tolerable. Las noticias se apresuraban a mostrar los desastres que el covid-19 estaba dejando en otros lugares del mundo, por lo tanto, empezar una cuarentena parecía razonable, a la vez que una locura sacada de una película de ciencia ficción. El miedo es un gran motivador, pero por sobre todas las cosas, el miedo a enfermar o perder la vida es un tremendo catalizador de cambio. La realidad era que el número de muertes y contagios era escalofriante. Los testimonios de las personas enfermas, ambivalentes: algunas habían sido asintomáticas y otras habían visto «la luz al final del túnel».

Y ese miedo no era solo por nosotras, sino también por nuestros padres, abuelos, hijos, hermanos, amigos, conocidos... en fin, ¡por todos y todas!

Empezamos a crear rituales casi obsesivos de prevención: lavarse las manos continuamente, cambiarse de ropa al entrar a la casa, llevar siempre a mano alcohol gel, limpiar todo lo que tocábamos con amonio cuaternario o cloro. El olor se nos impregnó en la nariz y en la piel.

Y las interminables horas de encierro se convirtieron en días, los días en semanas, las semanas en meses y los meses en, literalmente, ¡años! Y junto con el miedo y los rituales, nos vimos desafiadas a estar encerradas constantemente con nuestras personas más cercanas, como parejas, hijas e hijos y familia. O bien, nos vimos enfrentadas a estar solas.

Las redes sociales se convirtieron en nuestro modo de comunicarnos con el mundo «allá afuera». Tuvimos que aprender rápidamente a usar aplicaciones y sistemas que hasta ahora no habíamos necesitado. Los «live» de Instagram y Facebook acapararon nuestra atención, queríamos saber cómo estaban viviendo esta situación otras personas. Empezaron las videollamadas diarias con personas cercanas y con otras que habían dejado de serlo. Ahora que teníamos tiempo, queríamos «ver» a todo el mundo. Así volvimos a valorar amistades, que por falta de tiempo o dejadez habíamos perdido.

Las más optimistas vieron esto como una oportunidad para tener ese tiempo de calidad que la vida acelerada nos había quitado. Ahora podíamos tomar esa clase para la que nunca nos habíamos hecho espacio, incluso podíamos hacer actividades en conjunto con nuestras parejas o hijas e hijos.

Se despertó nuestro espíritu solidario, se formaron «ollas comunes» para alimentar a las personas que no tenían nada que comer por haber perdido su trabajo; vecinas y vecinos y grupos de profesionales se acercaron a adultas y adultos mayores a prestar ayuda cuando advertían que estaban desamparadas en el confinamiento; por las tardes, cantantes compartieron su talento desde los balcones para dar un momento de alegría a sus comunidades; y al llegar la noche, aplaudimos durante un minuto al personal de salud que estaba dando su vida y poniendo en riesgo a sus familias por salvarnos a todas. Los primeros meses fueron tremendos.

Con el paso del tiempo, empezamos a sentirnos como «leonas enjauladas». La ansiedad se volvió incontrolable. Los niveles de consumo de alcohol y ansiolíticos se dispararon. Y la comida... en fin, la comida apareció para calmarnos y darnos placer en medio de este desastre.

Entramos a 2021 dando la lucha contra el coronavirus. Más de tres millones de personas habrán perdido la vida cuando este libro salga a circulación y espero que, con la llegada de las vacunas, logremos ganarle la batalla.

Yo estaba sola cuando todo empezó. Me había separado hacía un par de meses luego de una relación de pareja muy larga. El dolor y el miedo propios de un proceso de duelo se encontraron de sopetón con la pandemia, lo que se transformó en ansiedad.

Mi forma de lidiar con esas emociones fue volcándome en mi trabajo. Tuve que cambiar la atención de mis pacientes a telemedicina. Me adapté rápidamente gracias a que llevaba años estudiando para convertir mi consulta en ciberterapia, un sueño que pensé me demoraría años en concretar. Y de repente, de un día para otro... el coronavirus llegó y en dos semanas tenía solo pacientes por esta vía.

Creí que podría sortear este tiempo sin recurrir a la comida, pero nunca imaginé que duraría tanto, que un día sentiría la necesidad inminente de «tocar» a otra persona. Estuve dos meses sin estar en presencia de otro ser humano. Y ahí la comida volvió a aparecer como compañera de encierro. Escribir este libro ha sido parte de mi terapia personal en el confinamiento. Ha sido un gran compañero para mantener la comida a raya.

En los momentos críticos, las que tenemos el Mecanismo de comer tendemos a recurrir a la comida para gestionar las emociones. Espero que este libro sea, como lo fue para mí, tu compañero en los momentos difíciles que te toque atravesar.

También espero que, cuando salga a la venta, esta pesadilla haya terminado para todas nosotras.

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