Yo amo comer y no engordar

Lita Donoso

Fragmento

Introducción

Introducción

Recuerdo aquella tarde de invierno en que nos habíamos reunido con el equipo con el que llevábamos a cabo una interesante investigación sobre los efectos del método Alkymia —técnica que enseño hace más de diez años— en pacientes con trastornos cardiovasculares severos, cuando escuché por primera vez, de boca de la cardióloga que lideraba el trabajo, que el verdadero causante de los índices de colesterol maligno era el azúcar. Y que, por lo tanto, era el principal responsable de los infartos cardíacos en lo que a alimentación se refiere, ya que también lo son las frituras, el sedentarismo y la genética.

Todos la quedamos mirando fijamente, esperando una explicación de lo que acababa de asegurar. Yo pensé que era una broma.

Sin embargo, no lo era.

En voz baja, como temiendo ser escuchada, confirmó lo que había dicho. Me quedé estupefacta.

Durante años nos habían hecho creer que el corazón se dañaba debido a la ingesta de grasas saturadas, las que fueron demonizadas y, en lo posible, desterradas de lo que se consideró una dieta sana durante los últimos cincuenta años. Y sin embargo, eso no solo era mentira, sino que la verdad se había ocultado hasta ahora.

Después de discutir sobre el tema un rato, le pregunté a mi amiga cardióloga por qué este error no se corregía aún, considerando que el aumento de las patologías asociadas al consumo de azúcares se estaba transformando en una verdadera pandemia. Nunca olvidaré su mirada desconsolada, que acompañó con un silencioso gesto, como diciendo «no tengo la menor idea».

Supe inmediatamente que este era un tema que me interesaba investigar. Algo no pintaba bien respecto a este asunto. Era el año 2013.

Me dediqué a ello los siguientes años y una de las conclusiones a las que llegué —y que trataremos en este libro— es que los alimentos que contienen azúcar son adictivos. Y las adicciones de cualquier tipo, sean emocionales y físicas, se erradican con tratamientos especialmente diseñados para ese fin.

Si bien es cierto que no existe ningún estudio científico que certifique lo que estoy diciendo, lo que propongo está basado en lo que las personas reportan al respecto: la enorme dificultad que experimentan cuando desean bajar de peso y simplemente no pueden dejar de ingerir azúcar u otros alimentos (como la harina de trigo, por ejemplo). También se convierten en glucosa los vegetales y las proteínas, pero estas últimas no causan los mismos daños.

Cuando analicé esta conducta en relación con la ingesta de estos alimentos, en un grupo de treinta personas que conformaron el programa de experimentación, observé que las conductas de los individuos tenían un notable parecido al ciclo psicológico del consumo de drogas:

—Ansiedad experimentada cuando el organismo está en abstinencia de la sustancia (también conocido como «síndrome de abstinencia»).

—Felicidad y placer mientras se la está consumiendo.

—Culpa, desazón y tristeza una vez que el subidón de felicidad termina.

¿No es lo mismo que experimenta el adicto a las drogas o al alcohol? Ningún tratamiento para bajar de peso, tratar la diabetes o disminuir el colesterol malo del organismo podrá ser efectivo si no se trata primero la adicción.

Esa es mi propuesta en el programa «Yo amo comer y no engordar» (programa YAC).

No fue hasta noviembre de 2016 que me decidí a emprender otra fantástica aventura creativa, gracias a que conocí en Miami a la joven y brillante dietista Carla Murador. Esta aventura consistía en diseñar un método que permitiera a las personas terminar con sus adicciones alimentarias y recuperar su salud, y que este no es solo un asunto de peso, talla y autoestima.

Es un asunto mucho más complejo, y tiene relación con las razones por las cuales necesitamos un cuerpo físico armónico y saludable. Como por ejemplo, ser felices y poder disponer de él para fines mayores, tal como lo es la manifestación de nuestro espíritu.

Una persona enferma no tendrá ni fuerza ni energía para ocuparse de la expansión de su conciencia. Todo lo que logre en ese ámbito se verá permanentemente disminuido a causa de lo que conlleva una enfermedad: sufrimiento, limitaciones físicas y emocionales, además de gastos médicos y medicinas paliativas que rara vez sanan de manera definitiva.

Como siempre, me transformé en mi propio conejillo de Indias y el resultado fue la recuperación de la figura que había estado visualizando por años, además de incrementar los montos de energía y entusiasmo indispensables para la vida que llevo: siempre viajando y dando clases.

Aunque siempre he sido una mujer sana y con una increíble capacidad de trabajo, lo que logré erradicando azúcares y harinas fue simplemente asombroso. Yo no me daba cuenta de lo que estas sustancias provocaban en mi organismo, hasta que las eliminé de mis comidas.

Descubrí que existía una soterrada adicción, socialmente aceptada y validada, letal y avasallante, a dos alimentos tóxicos: las azúcares en todas sus formas y la harina simple o blanca.

Y lo peor de todo: no tenía la menor idea de que yo misma estaba bajo los efectos de los depredadores más peligrosos y devastadores de la salud del ser humano.

Aunque mis índices de salud eran buenos, mi cuerpo aumentaba un kilo por año, pese a que mi alimentación no variaba. Al contrario. Aumentaba mi preocupación por disminuir calorías y probar muchas fórmula dietéticas para bajar de peso, pero lo lograba temporalmente ya que una vez que dejaba la dieta de turno, volvía a recuperar el peso en el conocido «efecto rebote».

Observaba atentamente este fenómeno, hasta que gracias a mi amiga cardióloga me decidí a probar qué pasaría en mi cuerpo si dejaba de comer azúcar y harinas en general.

Este libro es el resultado de todo lo que aprendí de mí y luego de los pacientes que se propusieron entrar en el programa Yo amo comer y no engordar (YAC), en el cual encontraron la fórmula para rehabilitarse de estos peligrosos «alimentos».

Ninguna dieta permitirá que la baja de peso que experimenta una persona al modificar su ingesta alimentaria se sostenga en el tiempo, si no se rehabilita de las adicciones a las azúcares y las harinas, sobre todo las que contienen gluten.

Y si bien, como anoté antes, hay estudios que relacionan el gluten con la obesidad o las adicciones alimentarias, fue el Dr. David Perlmutter, en su libro Cerebro de pan, quien nos aportó excelentes razones para identificar el gluten de nuestros «panes modernos» como un factor dañino para la salud, no solo de las personas celíacas o sensibles a ese elemento.

Hoy, la resistencia a la insulina, la diabetes —en todos sus grados—, las patologías cardiovasculares y la obesidad aumentan día a día, con proyecciones espeluznantes.

Cuando a esto se agregó que todo se debe a que científicos de Harvard

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