El cerdito de Navidad

J.K. Rowling

Fragmento

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Dito era un cerdito de juguete hecho de suavísima tela de toalla. Tenía la barriga rellena de bolitas de plástico, por eso era tan divertido lanzarlo al aire. Sus patas, blanditas, eran del tamaño perfecto para enjugarse las lágrimas. Cuando su dueño, Jack, era más pequeño, todas las noches se quedaba dormido chupándole una oreja.

Dito se llamaba así porque, cuando Jack empezó a hablar, decía «Dito» en lugar de «cerdito». Cuando era nuevo, era de un rosa salmón y tenía unos ojos de plástico negros y brillantes, pero Jack ya no se acordaba de aquello; para él, Dito siempre había sido gris y descolorido, con una oreja que de tanto chupeteo se le había quedado torcida. Se le cayeron los ojos y durante un tiempo tuvo dos agujeritos en la cara, pero la madre de Jack, que era enfermera, le cosió unos botones para reemplazar las cuentas de plástico que se habían perdido. Esa tarde, cuando Jack volvió de la guardería, encontró a Dito sobre la mesa de la cocina, envuelto en una bufanda de lana, esperando a que él le quitase el vendaje que le tapaba los ojos. Su madre incluso había escrito un informe médico: «Dito Jones. Operación: coser botones. Cirujana: mamá.»

Desde que tenía dos años, Jack nunca se iba a la cama sin su cerdito, lo que a menudo causaba problemas porque, cuando llegaba la hora de acostarse, Dito casi nunca aparecía. A veces, los padres de Jack tardaban mucho en encontrarlo y al final salía de los sitios más insospechados: de dentro de unas zapatillas de deporte o de una maceta.

— Pero ¿por qué lo escondes, Jack? — le preguntaba mamá cada vez que encontraba a Dito acurrucado en un cajón de la cocina o debajo de un cojín del sofá.

La respuesta era un secreto entre Jack y Dito: Jack sabía que a su muñeco le gustaban los rincones acogedores donde podía acurrucarse y dormir.

A Dito le gustaba hacer las mismas cosas que a Jack, por ejemplo, meterse a gatas debajo de los matorrales o en pequeños escondites, y también que lo lanzasen al aire (a Jack le gustaba que lo lanzase su padre y a Dito, que lo lanzase Jack). A Dito no le importaba ensuciarse ni caer por error en un charco siempre que Jack y él estuviesen pasándolo bien juntos.

Un día, cuando Jack tenía tres años, metió a Dito en el cubo del reciclaje. Había oído a su madre decir que aquel cubo era para «reciclar», y la palabra, que no conocía, le hizo pensar en una bicicleta, así que esperó a que ella saliera de la cocina y metió a Dito en el cubo creyendo que, cuando le pusiera la tapa, el muñeco podría darse una vuelta en bici. Su madre se rió mucho cuando él le confesó que no paraba de asomarse al interior del cubo porque intentaba pillar a los objetos que había dentro dando vueltas. Entonces ella le explicó que «reciclar» no tenía nada que ver con montar en bicicleta. Las cosas que metían en aquel cubo se las llevaban para convertirlas en otras cosas, de modo que pudieran tener una vida nueva. Como es lógico, Jack no quería que Dito se marchara ni que lo convirtieran en otra cosa, así que nunca volvió a meterlo en el cubo del reciclaje.

Dito corría muchas aventuras y eso le daba un tufillo muy interesante que a Jack le encantaba. Era una mezcla de olores: el de los sitios que había visitado, el de la cueva tibia y oscura de debajo de las sábanas de Jack y un poquito el de la fragancia de la colonia de mamá porque ella también abrazaba y besaba a Dito cuando iba a darle las buenas noches a su hijo.

De vez en cuando, mamá decidía que Dito apestaba un poco más de la cuenta y que necesitaba un lavado a fondo. La primera vez que metió a Dito en la lavadora, Jack se tumbó en el suelo de la cocina y se puso a chillar de rabia y de angustia. Su madre intentó explicarle que el cerdito se lo estaba pasando en grande girando en el tambor, pero Jack no la perdonó hasta que, esa misma noche, Dito volvió a la cueva de debajo de las sábanas seco, suave y oliendo a detergente para la ropa. Jack pronto se acostumbró a que metieran a Dito en la lavadora, pero siempre esperaba impaciente a que recuperase su tufillo particular.

Lo peor que le había pasado a Dito era que, cuando Jack tenía cuatro años, lo había perdido en la playa. Papá ya había recogido las toallas y mamá estaba ayudándolo a ponerse la camiseta cuando, de pronto, Jack se acordó de que había enterrado a su cerdito en algún sitio, aunque no sabía exactamente dónde. Lo buscaron hasta que empezó a ponerse el sol y la playa se quedó casi completamente vacía. Su padre estaba enfadadísimo y Jack lloraba a lágrima viva, pero su madre le repetía que no debía perder la esperanza y seguía excavando por todas partes con las manos. Entonces, justo cuando su padre estaba diciendo que iban a tener que marcharse sin Dito, Jack hundió un pie descalzo en la arena y sus dedos tocaron algo blandito. Aún llorando, pero de felicidad, desenterró a su muñeco. Su padre dijo que no volverían a llevárselo a la playa, pero a él le pareció muy injusto porque a Dito le encantaba la arena y ésa era precisamente la razón por la que él lo había enterrado.

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Poco antes de que Jack empezase a ir al colegio, llegó una carta en la que se pedía a los padres que los niños llevaran su muñeco de peluche favorito el primer día de clase. Todos los compañeros de Jack, sin excepción, llevaron un osito, pero Jack, por supuesto, llevó a Dito. Fueron saliendo a la pizarra por turnos y explicaron cómo se llamaban sus respectivos muñecos y por qué les gustaban tanto. Cuando le tocó a Jack, les explicó por qué Dito se llamaba así, lo de la operación de los ojos y lo del día en que se quedó enterrado en la playa y estuvo a punto de perderse para siempre. Las historias y las aventuras de Dito hicieron reír a toda la clase y, cuando terminó de hablar, todos aplaudieron. No cabía duda de que Dito era el muñeco más gracioso y más interesante, aunque también fuese uno de los más andrajosos. A la hora del recreo, Jack y un niño que se llamaba Freddie jugaron a pasarse a Dito, y a Jack se le cayó en un charco, así que esa noche hubo que volver a meterlo en la lavadora.

Cuando Jack tenía un mal día en el colegio (cuando sacaba malas notas, o se enfadaba con Freddie, o alguien se burlaba de su cuenco de arcilla porque le había quedado torcido), Dito estaba esperándolo en casa para enjugarle las lágrimas con sus blandas patitas. Cuando le pasaba algo, fuera lo que fuese, Dito estaba a su lado, comprensivo, dispuesto a perdonar y con aquel reconfortante olorcillo a hogar que siempre recuperaba por mucho que mamá lo metiera en la lavadora.

Una noche, cuando hacía poco que había empezado el curso, a Jack lo despertó un ruido. Buscó a Dito a tientas y lo abrazó en la oscuridad.

Alguien estaba gritando, y su voz se parecía mucho a la de su padre. Luego oyó que algo se rompía y a una mujer que gritaba: parecía la voz de su madre, pero la forma de hablar era muy diferente. Jack estaba asustado. Se quedó escuchando un rato más, tapándose la boca y

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