Lenguaje sin palabras

Bárbara Tijerina

Fragmento

Lenguaje sin palabras

Prólogo

Siempre pensé que Bárbara Tijerina era una más de las autoras sin obra, sin embargo, a partir de la publicación de Lenguaje sin palabras confirmé que su libro, producto del estudio, la investigación y el análisis del lenguaje corporal, será extraordinariamente bien recibido. Bárbara ya es una autora con una excelente obra que habrá de reportarle enormes beneficios a la sociedad, la cual podrá estar más comunicada y, por lo tanto, más unida. Soy el primero en comprender el privilegio de extenderle a Bárbara una feliz y justificada bienvenida al fabuloso mundo de las letras, al que debería haber llegado buen tiempo atrás. La felicito por su trabajo y por su dedicación en esta primera obra que será un mero inicio en la inmensa carrera que le espera como una verdadera experta en la materia.

¿Se imagina el amable lector poder distinguir qué pareja sí se quiere y cuál no? “El amor se nota; el desamor se nota aún más”, dice la autora. Tiene toda la razón cuando afirma que el lenguaje verbal grita lo que la boca calla y que lo más importante en la comunicación es escuchar lo que no se dice. Qué importante resulta saber el significado de cuando una mujer baja los ojos como si fuera una señal de sumisión o un adolescente los levanta al ser regañado por sus padres.

Ahí va Bárbara afirmando en sus párrafos luminosos que “la voz es el envase, el papel de regalo que envuelve nuestro mensaje para llegar a quienes nos dirigimos. Todos la tenemos distinta y con ella revelamos nuestra identidad, nuestros miedos y nuestras aficiones. La voz, como vehículo de transmisión del mensaje, tiene una poderosísima influencia en nuestro día a día”.

Claro que el cuerpo no miente, y como escritor tengo la obligación de saber leer las expresiones del rostro de mis personajes, de ahí que el texto de Lenguaje sin palabras de Bárbara Tijerina me sea de gran utilidad en la confección de mis trabajos.

Tal vez algunos lectores cuestionen mi participación en la redacción de este prólogo que mucho me honra, sin embargo, me apresuro a aclarar que un novelista y un devoto del periodismo está obligado a analizar y estudiar la conducta humana; a interpretar los movimientos nerviosos de sus personajes, así como de sus entrevistados; a poner atención en el lenguaje corporal, en las muecas, en los tics, en los rictus, en las huellas de sudor de las palmas de sus manos dejadas involuntariamente sobre una cubierta de vidrio; a escrutar su mirada nerviosa, en los ajustes repetitivos de la corbata, en los repasos insistentes de su caballera, y claro, como bien apunta Bárbara, a descifrar las señales que manda un interlocutor cuando juega con una pluma colocada entre sus dedos o cuando masajea su cuello sin darse cuenta de que lo que intenta es tranquilizarse. Pero hay mucho más material que aporta la autora para explicar la conducta humana, como el parpadeo que ocurre cuando alguien está a punto de lagrimar, o el hecho de levantar una ceja que significa la existencia de dudas, al igual que rascarse la nariz quiere decir indecisión, sin olvidar que cuando alguien se cruza de brazos marca una clara distancia o una negativa en cualquier conversación.

He dedicado parte de mi vida a tratar de revelar el poder de la mentira y por ello, para mí, fue muy atractivo el cuestionamiento de Bárbara cuando expresa: “Por un tiempo me pregunté cómo podía detectar a las personas que dicen algo y piensan otra cosa. ¿Las delatan sus movimientos? ¿Hay algo en su tono de voz que revele que están mintiendo?”. Al tratar de desentrañar y difundir la cara oculta de la historia de México, resulta imperativo traducir y entender el lenguaje corporal de los grandes protagonistas. ¡Cuidado con el novelista que contemple a un Álvaro Obregón aplaudiendo a rabiar la faena de un matador de toros en 1924 cuando el presidente era manco!

Si algún momento fue verdaderamente atractivo y revelador en materia del conocimiento del lenguaje corporal, como bien lo señala Bárbara, fue cuando Peña Nieto entregó el poder a López Obrador; el expresidente “nos ofreció todo un catálogo de gestos y expresiones faciales que delataban su nerviosismo por el momento histórico”. Las señales fueron evidentes: “Se limpiaba el sudor, apretaba la quijada y, frecuentemente, se rascaba la nariz”.

La lectura de Lenguaje sin palabras, la ópera prima de Bárbara Tijerina, no sólo es de particular importancia para los escritores, políticos, psicólogos, además de diversos especialistas en la materia, sino que aprender a leer el lenguaje no verbal mejorará las habilidades de comunicación de nuestros semejantes y, por ende, ayudará a conformar una sociedad superior.

FRANCISCO MARTÍN MORENO

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