Mundodisco 20 - Papá puerco

Terry Pratchett

Fragmento

Papá puerco

Todo empieza en alguna parte, aunque muchos físicos no estén de acuerdo.

Pero la gente siempre ha sido vagamente consciente del problema del principio de las cosas. Se preguntan en voz alta cómo llega al trabajo el tipo que conduce la máquina quitanieves o cómo consultan la ortografía de las palabras quienes hacen los diccionarios. Y sin embargo existe el deseo constante de encontrar en las redes retorcidas, enredadas y llenas de nudos del espacio-tiempo algún punto sobre el que se pueda poner un dedo metafórico para indicar que ese, justamente ese, es el punto donde empezó todo…

Algo empezó cuando el Gremio de Asesinos enroló al señor Teatime, que veía las cosas de forma distinta a otra gente, y una de las formas en que veía las cosas de forma distinta a otra gente era que veía la otra gente como si fueran cosas (más tarde, lord Downey del Gremio dijo: «Nos dio pena porque había perdido a los dos padres a una edad muy temprana. Pensándolo bien, creo que deberíamos haber prestado algo más de atención a eso»).

Pero fue mucho antes cuando la gente se olvidó de que las historias más antiguas de todas, tarde o temprano, tratan sobre la sangre. Después quitaron la sangre para hacer las historias más adecuadas para los niños, o por lo menos para la gente que se las tenía que leer a los niños, más que para los niños en sí (a quienes, por lo general, les gusta bastante la sangre siempre y cuando la derramen quienes lo merecen),* y luego se preguntaron adónde querían ir a parar las historias.

Y fue antes todavía cuando algo en la oscuridad de las cavernas más profundas y los bosques más sombríos pensó: pero ¿qué son estas criaturas? Voy a observarlas…

Y fue mucho, mucho antes todavía cuando se formó el Mundodisco, que avanzaría a la deriva por el espacio a lomos de cuatro elefantes montados en la concha de la tortuga gigante, Gran A’Tuin.

Es posible que, mientras se mueve, se vaya enredando como un ciego en una casa llena de telarañas con esas pequeñas hebras especializadas de espacio-tiempo que intentan crecer dentro de todas las historias que se encuentran, tirando de ellas y rompiéndolas y forzándolas a adoptar formas nuevas.

O es posible que no, claro. El filósofo Didáctilos ha sintetizado una hipótesis alternativa que es: «Las cosas pasan y ya está. Qué narices».

Los magos del claustro de la Universidad Invisible estaban plantados mirando la puerta.

Estaba claro que quien fuera que la hubiera cerrado quería que se quedara cerrada. Estaba fijada al marco con docenas de clavos. Tenía varios tablones clavados encima, de lado a lado. Y por fin, hasta esa misma mañana, había estado escondida detrás de una librería que alguien le había puesto delante.

—Y también está el letrero, Ridcully —dijo el decano—. Supongo que lo ha leído. El letrero que dice: «No abrir esta puerta bajo ninguna circunstancia».

—Claro que lo he leído —contestó Ridcully—. ¿Por qué te parece que la quiero abrir?

—Esto… ¿por qué? —preguntó el conferenciante de Runas Recientes.

—Para ver por qué la querían cerrada, claro.*

Hizo un gesto en dirección a Modo, el jardinero y enano para todo de la universidad, que estaba de pie al lado con una palanca.

—Manos a la obra, chaval.

El jardinero hizo un saludo militar.

—A sus órdenes, señor.

Con el ruido de fondo de la madera al astillarse, Ridcully siguió hablando:

—En los planos dice que aquí había un cuarto de baño. Un cuarto de baño no tiene nada de temible, por todos los dioses. Yo quiero un cuarto de baño. Estoy harto de ducharme con vosotros. Es antihigiénico. Se pueden pillar enfermedades. Me lo dijo mi padre. Donde hay montones de tíos bañándose juntos, el Gnomo de las Verrugas corretea con su saco.

—¿Eso es como el Hada de los Dientes? —preguntó el decano en tono sarcástico.

—Aquí mando yo y quiero un cuarto de baño para mí solo —dijo Ridcully con firmeza—. Y no hay nada más que hablar, ¿vale? Quiero un cuarto de baño antes de la Noche de la Vigilia de los Puercos, ¿entendido?

Y ese es el problema de los principios, claro. A veces, cuando se trata con reinos ocultos que tienen una actitud bastante distinta hacia el tiempo, a uno le llegan los efectos un poco antes que las causas.

De los márgenes del espectro auditivo vino un clinclinclinclín como de pequeños cascabeles plateados.

Más o menos a la misma hora en que el archicanciller estaba dando órdenes, Susan Sto-Helit estaba sentada en la cama, leyendo a la luz de las velas.

Los dibujos de la escarcha se ondulaban en las ventanas.

A ella le gustaban aquellos anocheceres de invierno. En cuanto metía a los niños en la cama ya podía hacer más o menos lo que quisiera. A la señora Gaiter le daba un miedo patético darle instrucciones de ninguna clase, por mucho que fuera ella quien pagaba el sueldo de Susan.

No es que el sueldo fuera importante, claro. Lo importante era que ella fuera Independiente y que tuviera un Trabajo De Verdad. Y ser institutriz era un trabajo de verdad. La única pega había llegado al descubrir su patrona que era duquesa, porque según el credo de la señora Gaiter, que era un credo más bien corto y escrito con letras grandes, la clase alta no debería trabajar. Debería ir por ahí haciendo el vago. Ya le costó a Susan bastante conseguir que dejara de hacerle reverencias cada vez que se cruzaban.

Un parpadeo le hizo girar la cabeza.

La luz de la vela estaba revoloteando en sentido horizontal, como si estuviera en medio de una ventisca.

Levantó la vista. Las cortinas ondeaban despegándose de la ventana, que…

… se abrió de golpe con un repiqueteo.

Pero no había viento.

Por lo menos, ningún viento de este mundo.

En su mente se formó una serie de imágenes. Una pelota roja… El olor acre de la nieve… Y de pronto desaparecieron, dejando en su lugar…

—¿Dientes? —se preguntó Susan en voz alta—. ¿Otra vez dientes?

Parpadeó. Y cuando abrió los ojos la ventana estaba, tal como ella sabía que estaría, cerrada a cal y canto. La cortina colgaba recatadamente. La llama de la vela estaba inocentemente vertical. Oh, no, otra vez no. No después de tanto tiempo. Todo había estado yendo tan bien…

—¿Zuzan?

Miró a su alrededor. Su puerta estaba abierta y había una figura pequeña de pie en el umbral, descalza y en camisón.

Susan suspiró.

—¿Sí, Twyla?

—Tengo miedo del monztruo del zótano, Zuzan. Ze me va a comer.

Susan cerró su libro con firmeza y levantó un dedo a modo de advertencia.

—¿Qué te he dicho sobre intentar parecer obsequiosamente encantadora, Twyla? —preguntó.

La ni

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