El sueño de Joanna

Barbara Wood

Fragmento

1

Joanna se apoyó en el brazo del apuesto y joven oficial, agradecida por su fortaleza y apoyo, pero sin prestar mayor atención a la solícita atención que él le dedicaba. Tampoco prestó atención a los soldados británicos, que permanecían firmes con sus pulcros uniformes, ni a las elegantes damas con sus anchos vestidos y sus sombreros, mientras los oficiales, montados a caballo, levantaban los sables saludando a los dos ataúdes que estaban haciendo descender en las dos tumbas. Joanna sólo era consciente de una cosa: que había perdido a las dos únicas personas a las que quería y que ahora, a los dieciocho años, acababa de quedarse absolutamente sola en el mundo.

Cuando los soldados levantaron los rifles y dispararon al aire, Joanna levantó la mirada, asombrada, y, de algún modo, esperó que el claro cielo azul se desgarrara. Vio el sol a través de su velo negro. Parecía demasiado grande y cálido, y demasiado cercano a la tierra.

Cuando el comandante del regimiento inició la lectura del panegírico sobre las tumbas de sir Petronius y lady Emily Drury, Joanna lo miró con una expresión de extrañeza. No hablaba con claridad. Ella no comprendía lo que estaba diciendo. Miró a su alrededor, hacia la multitud reunida para ofrecer sus últimos respetos a sus padres. Entre los allí presentes se encontraban desde los más altos oficiales del ejército y la élite real de la India, hasta los sirvientes más humildes, y a ninguno de ellos le parecía extraño el confuso discurso del comandante.

Joanna tuvo la impresión de que algo terrible andaba mal y, de pronto, sintió miedo.

Volvió a registrar la multitud con la mirada; debía haber por lo menos cien personas en el funeral. Todas permanecían de pie, envueltas en un silencio inverosímil, observando fijamente los dos ataúdes iguales, que quedaron tan rápidamente cubiertos de flores que aquella fragancia pareció llenar la cabeza de Joanna. Entonces, entre la multitud, observó algo que la dejó petrificada: un perro amarillo, con el cuerpo robusto cubierto de viejas cicatrices, moviendo lentamente la cola de un lado a otro.

Era el perro rabioso que había matado a su madre.

¡Pero si lo habían matado! ¡Ella misma había visto hacerlo a un soldado! Y, sin embargo, allí estaba, donde sólo ella podía verlo, con sus fríos ojos negros fijos en ella, emitiendo por la garganta un gruñido bajo.

Cuando el perro hizo un movimiento para acercarse a ella, Joanna intentó gritar, pero no pudo. Apretó con fuerza el brazo del joven oficial, petrificada por el terror, incapaz de moverse, incapaz de gritar siquiera.

El perro empezó a trotar hacia ella. Luego, se lanzó a la carrera. Ella lo observó, impotente, mientras el animal se acercaba más y más. De repente, se lanzó.

Pero en lugar de echarse sobre ella, el perro voló directamente hacia el cielo y estalló allí en mil estrellas blancas y calientes.

Joanna contuvo la respiración mientras contemplaba las estrellas, que giraban sobre su cabeza como un carrusel de destellos, envolviéndola en su brillantez. Se sintió abrumada por su belleza, olvidada ya de su temor anterior.

Entonces, las estrellas empezaron a juntarse y a formar una figura que manchaba el cielo. Era como una carretera larga y tortuosa, pavimentada con diamantes. Pero no era un camino fijo, sino que se movía, y Joanna se dio cuenta con horror de que las estrellas se habían juntado para formar un solo cuerpo que ella reconoció: una enorme culebra que serpenteaba por entre los cielos.

Al principio se quedó pasmada, pero al momento siguiente se sintió presa del terror. La serpiente de diamantes incrustados empezó a desenroscarse del cielo azul y a deslizarse hacia ella. Percibió el calor frío del fuego estelar que se derramaba sobre ella. Observó cómo el cuerpo macizo se iba haciendo más y más grande, hasta que lo vio en el centro de su propia cabeza, como un solo ojo ferozmente brillante.

Las mandíbulas se abrieron. Distinguió la negrura dentro de la serpiente. El túnel de la muerte que estaba a punto de envolverla.

Y entonces gritó.

Los ojos de Joanna se abrieron de pronto y, por un momento, no supo dónde se encontraba. Luego, al percibir el suave balanceo del barco y observar a su alrededor las paredes del camarote en penumbras, lo recordó: estaba a bordo del SS Stella, con rumbo a Australia.

Se incorporó y extendió la mano en busca de las cerillas que había sobre la pequeña mesita de noche, junto a su cama. Pero las manos le temblaban tanto que no pudo encender la lámpara. Se echó un chal sobre los hombros y se dirigió hacia la portilla donde, tras un frenético intento por abrirla, pronto sintió el aire fresco del océano que le daba en la cara. Cerró los ojos y trató de superar su temor.

El sueño había sido muy real.

Respirando profundamente y reconfortada con los sonidos familiares del barco –el crujido de los estantes, el gemido del maderamen–, Joanna fue regresando poco a poco a la realidad. Se dijo a sí misma que aquello sólo había sido un sueño. Sólo otro sueño más...

«¿Son los sueños nuestro lazo de unión con el mundo espiritual? –había escrito en su diario lady Emily, la madre de Joanna–. ¿Traen consigo mensajes o advertencias, o respuestas a los misterios?»

«Desearía poder saberlo, madre», le dijo Joanna en silencio al vasto océano que se extendía, alejándose, hasta las estrellas.

Había creído que las estrellas que se veían en la India eran muy luminosas y abrumadoras. Pero decidió que no eran nada comparadas con el formidable despliegue que se observaba en este cielo nocturno. Las estrellas aparecían agrupadas en formas que no había observado antes. Los faros tranquilizadores de su niñez habían desaparecido y ahora había otros nuevos que le parpadeaban desde las alturas. Porque esto era el hemisferio sur.

Joanna pensó en el sueño que acababa de tener y en su significado. Que soñara en el funeral, era comprensible, e incluso quizá lo fuera haber soñado con el perro rabioso. Pero ¿qué significaba la estrella-serpiente? ¿De dónde había procedido su propio terror? ¿Cómo sabía ella que la serpiente iba a destruirla?

Pocas semanas antes de su muerte, lady Emily había escrito en su diario: «Ahora suelo tener dos clases de sueños. Hay una pesadilla recurrente que no puedo explicar y que me aterroriza de forma insoportable. Y están los otros sueños, como extrañas visiones de acontecimientos que no producen miedo, y que me parecen muy reales. ¿Podría tratarse, de hecho, de recuerdos perdidos? ¿Acaso estoy recordando de algún modo mi infancia, por fin? Si lo supiera... porque sé que en estos sueños crípticos hay una respuesta. Una respuesta que debo encontrar con rapidez, puesto que en caso contrario pereceré».

Los pensamientos de Joanna se vieron interrumpidos por sonidos procedentes del agua, y la voz de un hombre, gritando en la oscuridad: «Remad, remad, remad», acompañada por el sonido de los remos hundiéndose en el agua.

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