Un océano ilimitado de la conciencia

Dr. Tony Nader

Fragmento

CAPÍTULO 1
El principio

“El propósito de la vida es la expansión de la felicidad”, dijo, antes de agregar: “La vida es dicha y el sufrimiento no es necesario”. La guerra civil que me rodeaba, el sufrimiento que encontré en la sala de emergencias, los conflictos entre personas que peleaban o incluso se mataban por ideas, creencias, convicciones políticas y económicas, y una miríada de otras cosas hablaban en contra de lo que decía. Sin embargo, irradiaba a través de la pantalla del televisor algo genuino y creíble. Su comportamiento y su discurso fueron inspiradores. Me sentí atraído a mirar y escuchar más.

Durante once años en un colegio jesuita francés, en mi educación primaria y secundaria, había desarrollado un gran interés por la teología y la filosofía. El placer, la alegría, el sufrimiento, el remordimiento y la culpa fueron temas dominantes de discusión.

De forma innata, nadie desea sufrir. En todo nivel de riqueza y educación, en todas las culturas y tradiciones, en todas las razas, géneros y creencias, a lo largo del tiempo, la gente quiere más felicidad, más amor, más seguridad, sonidos más agradables para escuchar, más comida sabrosa para comer, más poder, más dinero, más belleza y encanto. Sin embargo, sean cuales sean sus logros, la mayoría de las personas terminan un día u otro no completamente satisfechas con lo que tienen. ¿Es la codicia o una fuerza natural de evolución lo que nos empuja hacia una mayor satisfacción?

Nuestro intelecto discriminatorio ciertamente puede llevarnos hacia valores más elevados, lo espiritual y lo divino. Podemos superar nuestros instintos básicos y elevarnos por encima del dolor y el sufrimiento, incluso abrazar el sacrificio por un bien superior, pero ciertamente preferimos que el sufrimiento nunca sea necesario.

En el primer año de mis estudios pre-médicos en la Universidad Americana de Beirut, estalló una guerra civil terrible y devastadora entre musulmanes y cristianos. Estaban en juego varios fundamentos ideológicos, políticos, raciales y económicos. Duró quince años y provocó unas 120.000 víctimas mortales y un sufrimiento incalculable en ese pequeño país, de menos de cuatro millones de habitantes.

Frente a ello, había decidido estudiar medicina para aliviar el sufrimiento, pero también con la esperanza de descubrir, a través de la ciencia, los secretos de cómo funcionan la mente y el cuerpo humano, para guiar el comportamiento de las personas. “La vida es una bendición” estaba lejos de ser mi comprensión y experiencia en los niveles individuales, nacionales e internacionales.

La plenitud, la integridad, la paz imperturbable, el amor incondicional, la compasión ilimitada, la justicia infalible y la perfección inquebrantable parecían ideales que no pertenecían a nuestra suerte humana normal. ¿Están esos ideales reservados solo para la otra vida en alguna esfera celestial? Existen personas excepcionales que, después de grandes pruebas y tribulaciones, han tenido momentos fugaces o un atisbo de plenitud y dicha. Algunos, después de experimentar un rapto espiritual, pasaron el resto de sus vidas retirados como reclusos en busca de la comunión divina. Otros se convirtieron en santos dentro de varias religiones y sistemas de creencias.

Y aquí había alguien en un programa de televisión que casi proponía como normales ante mis ojos los gigantescos y raros logros con los que había soñado, pero nunca sentí que estuvieran a mi alcance. No solo estaba diciendo que todos pueden experimentar y vivir estos ideales, sino que es fácil, natural e incluso el derecho de nacimiento de todos.

No era necesaria una vida de reclusión. No tuve que abandonar mis creencias o mi devoción a Dios de la forma en que lo conocí. Todavía podía perseguir mi pasión por el conocimiento, la ciencia y la medicina en mi deseo de vivir una vida digna y hacer una diferencia donde pudiera. No era necesario ningún sacrificio, ningún sufrimiento, ningún dolor.

Maharishi Mahesh Yogi, el orador que vi en la televisión en los años 70, era un físico indio que se convirtió en monje en los Himalayas bajo la tutela del representante más venerado y la más alta autoridad en el Veda y la tradición védica, el conocimiento antiguo desde donde vienen el yoga, la meditación, el Ayurveda y muchas otras disciplinas: Shankaracharya Brahmananda Saraswati.

Maharishi habló de su maestro con gran devoción y respeto llamándolo “Guru Dev”, que significa Maestro Divino. Cuanto más miraba a Maharishi, más intrigado me sentía. Habló sobre la Conciencia de una manera que nunca antes había escuchado: Conciencia Pura, conciencia interior profunda y estados superiores de Conciencia. Dijo: “La Conciencia Pura es una reserva infinita de creatividad e inteligencia” y “es el último nivel unificado de ser que es el verdadero yo de todo y de todos”.

Lo que sabía sobre la conciencia eran tres estados principales: dormir, soñar y vigilia, así como los “estados alterados” que las personas tienen con drogas, lesiones o enfermedades. Ciertamente no se refería a las alucinaciones inducidas por las drogas, la autosugestión o un trance hipnótico. Maharishi describió su método de experimentar y vivir la Conciencia Pura como una técnica mental natural, simple y hecha por uno mismo, que asienta toda la actividad de la mente dando un descanso muy profundo mientras uno permanece despierto y alerta. Dijo que “se trasciende toda actividad de la mente y se profundiza en el propio ser interior. Aquí es donde se experimenta paz, felicidad y libertad de limitaciones”.

En varias charlas que escuché después, hubo informes de líderes exitosos en muchos campos que describen su experiencia de trascender y sus efectos en la creación de equilibrio en la mente, el cuerpo y el comportamiento. Varias celebridades de fama mundial dieron testimonios que describen las muchas formas en que mejoró sus vidas. Sin duda, la conciencia es fundamental para nuestra vida, ya que todo lo que planeamos, pensamos, sentimos y experimentamos ocurre en nuestra percatación: nuestra conciencia. Sin embargo, nunca imaginé que, sin medicinas o drogas, la conciencia pudiera revitalizarse o transformarse, o el desarrollo de la conciencia misma pudiera mejorar la mente, el cuerpo y el comportamiento humano. ¿Cuál era la naturaleza de la conciencia y cómo podía conducir a tales resultados? ¿Cómo era posible estar consciente sin pensamientos?

Como estudiante de doctorado en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), Robert Keith Wallace había descrito en ese momento en su investigación publicada y revisada por pares y en su tesis de doctorado un cuarto estado importante de Conciencia diferente del sueño, el soñar y la vigilia. Este cuarto estado se caracterizó por cambios fisiológicos, electroencefalográficos y mentales distintos de los del dormir, el soñar y la vigilia. Wallace lo describió como un estado de “conciencia en descanso” o “vigilia hipometabólica”. Él y otros encontraron que esta unión de descanso profundo y alerta, obtenida a travé

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