Veganeando

Míriam Fabà

Fragmento

cap-2

MI HISTORIA Y ESTILO DE VIDA

En el colegio no se me daban muy bien las descripciones, que además se suelen quedar en la superficie. No es fácil explicar con detalle lo que vive o siente una persona, así que, si te parece bien, yo te cuento mi historia y tú ya, si eso, me adjudicas algunos adjetivos.

Vayamos al inicio de esta revolución. Cuando estaba en plena adolescencia, era una chica muy inquieta, con nervio, con ganas, con mundo interior, que decidió rebelarse contra todo lo que no le gustaba.

Lo cierto es que no fueron días fáciles ni plácidos. Tenía dentro un torbellino de emociones y sentimientos mal gestionados que no me dejaban estar en paz conmigo misma ni con mi entorno. Pasé por muchas fases: primero fui pija, luego hippie, luego emo… pero ninguna etiqueta me encajaba, no me sentía a gusto, me dejaba llevar por lo que hacía y decía esa comunidad en concreto. Lo cierto es que no me sentía realmente identificada ni mucho menos me reconocía ni me resonaba todo aquello.

Con el tiempo me di cuenta de que no me define una marca cara o barata, no me define mi modus vivendi ni tampoco el color de mi ropa o de pelo. Me definen mis sentimientos y emociones, me definen los pasos que doy y las acciones que llevo a cabo, me definen mi actitud y mi postura ante lo que veo a mi alrededor.

Fueron unos años complicados, no encontraba mi sitio y eso me producía frustración, mal humor, rabia e incluso odio. Por supuesto, mi alimentación no era la mejor del mundo y pagaba mis emociones negativas con ella, recurría habitualmente a ultraprocesados azucarados, a grasas hidrogenadas, snacks fritos y salados, al pan, la pasta y las patatas. No me apetecía nada lo que preparaban mi madre o mis abuelas, todo se me hacía bola.

Mi sistema inmunitario se vino abajo con tanto mal rollo y caí en una espiral de infecciones varias (otitis, cistitis, conjuntivitis…), incluso llegué a desarrollar un herpes zóster en el cuello. Todo eso me tuvo semanas en casa, apenas tenía ganas de hacer nada y mucho menos de estudiar… Llegaron el final de curso, las notas y tocó repetir curso.

No me vine abajo, decidí tomarme el verano como un punto y aparte en esa etapa tan oscura, disfruté mucho de las vacaciones con grandes dosis de vitamina D que me regalaba el sol mientras estaba en la playa o en la piscina pasando un buen rato con mis amigos y mi familia. Empecé a disfrutar de momentos de soledad en los que por primera vez me sentía a gusto, y mis pensamientos ya no eran tan destructivos.

Empecé a observar lo que me gustaba y lo que no, lo que me hacía sentir bien y lo que me hacía daño… Un día en pleno agosto, estaba comiendo con mis abuelos y viendo el capítulo de Los Simpson en el que Lisa se hace vegetariana, y de repente me vi reflejada en ella. Por la mañana había estado paseando y había ido a ver unas vacas que pastaban por el prado. Escuchando los argumentos de este personaje animado algo hizo «clic» en mi cabeza, aunque, a decir verdad, más que un clic fue un «¡hostia!: me estoy comiendo parte del animal con el que acabo de pasar un rato tan agradable». Me quedé anonadada y terminé de comer como pude.

Después salí al patio de mis abuelos, en Isona, a reflexionar, y me empezaron a venir imágenes de todos los animales con los que había convivido allí y con los que tengo recuerdos divertidos: conejos, cerdos, perdices, caracoles… Todos terminaban en mi plato.

También recordé las veces que los había escuchado chillar allí mismo mientras los mataban, los había visto despellejar, incluso yo misma, en una ocasión, había preparado butifarras en la matanza del cerdo de los vecinos. Cuando empecé a preguntar, me dijeron que siempre se ha hecho así, que los animales son para eso, que sin carne no se puede vivir… Si para todos era normal y estaba tan aceptado, ¿cómo no iba a serlo para mí? Nunca había hecho la conexión hasta ese día.

Obviamente en casa me dijeron que nada de hacerme vegetariana, que eso no era sano y que con la salud no se juega, incluso llegaron a pensar que igual eso escondía un trastorno de alimentación. No les culpo, es más, entiendo perfectamente su posición, ya que en aquel entonces había muy poca información sobre este tipo de alimentación y no tenía aval científico alguno.

Al volver a Barcelona, seguía con la idea de dejar el consumo de animales a un lado. No quería formar parte de esa cadena alimentaria que considero tan cruel, injusta e innecesaria. No quería contribuir al maltrato, a la explotación ni al asesinato de los animales.

Empecé a buscar información acerca del vegetarianismo y di con el documental Earthlings. Mi madre entró en la habitación y me vio llorando; al ver que estaban enseñando una granja de cerdos en muy malas condiciones y muy mal tratados, me dijo: «Míriam, no tienes que ver estas cosas», y se fue. Paré el documental, me sequé las lágrimas y me di cuenta de que esto de comer animales va de «ojos que no ven, corazón que no siente», pero yo ya lo había visto y me negaba a hacer como que no sabía nada.

Había encontrado algo que me daba fuerzas y ganas de seguir adelante, algo por lo que luchar. Se había despertado en mí un sentimiento muy fuerte que me nacía del corazón; había encontrado una causa que defender, unos seres vivos a los que proteger y tenía claro que iba a por ello.

Al ser todavía menor de edad y vivir con mis padres (además tenía un poco de anemia debido a la mala alimentación que llevaba hasta entonces) llegamos al acuerdo de que me comería un bocadillo de jamón los domingos por la noche y el resto de la semana me daban un voto de confianza para ver qué tal lo gestionaba y cómo se me daba. No te quiero ni contar lo que eran esos ratos, horas y horas sentada en el sofá delante de la tele, tragando a base de agua y casi con una barra de pan entera.

Estaba a tope con el foro vegetariano, era de lo poco que había en Internet en ese momento y me ayudó mucho a sentirme comprendida y acompañada. Recuerdo con especial cariño esa etapa pegada al ordenador y a los hilos y chats con personas afines, con las que compartía la misma inquietud. Fueron mi red de apoyo.

Con el paso del tiempo me sentía cada vez mejor, volvía a ser la Míriam alegre que una vez había sido y, aunque mi alimentación seguía sin ser óptima, mi salud también había mejorado mucho y en mi entorno ya empezaban a curiosear con la alimentación vegetariana. Así que decidí abrir un blog de cocina, no entraban más que mis amigos y la familia, pero yo seguía compartiendo fotos de mis recetas.

Al empezar la universidad, apareció un nuevo input: conocí al único chico vegetariano de clase, que justo se sentaba delante de mí. Estuvimos saliendo unos años y compartir mi visión con él me ayudó a reafirmar mis ideales y convicciones.

Aprovechando un verano, me fui a trabajar a Dublín y me puse fina a base de queso cheddar y pasta rellena de espinacas y ricotta. Volví muy saturada de lácteos, abusé muchísimo de ellos hasta que mi cuerpo dijo basta. También regresé a casa con 6 kilos de más y una gripe fuerte, así que decidí contratar a una dietista para que me ayudara, de una vez por todas, a encaminar mi alimentación y mi salud.

Por aquel entonces segu

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