Violación

Mithu M. Sanyal

Fragmento

cap-1

1

Advertencia

Cada vez que hablo acerca del tema de este libro, los organizadores me piden que escriba algunas líneas a modo de advertencia de que el contenido de la charla puede herir la sensibilidad del público; a menos que ya lo hayan hecho ellos por mí.

De modo que aquí va la obligada advertencia:

Este es un libro sobre la violación. Si bien no contiene descripciones detalladas de horrible brutalidad, la violación, la violencia sexual y los conceptos en sí se analizan con detalle.

El propósito de dichas advertencias es evitar volver a traumatizar a mujeres ya traumatizadas. Estoy de acuerdo en que es importante. Pero, al mismo tiempo, me siento incómoda al tratar a personas que han sido víctimas de un crimen como si también hubieran perdido la capacidad de leer. El título de este libro (y de mis conferencias) es Violación. Sin duda, ellas —más que la gente para la que este no es un tema con carga emotiva— reconocen que la conferencia o el libro va a ir sobre… la violación.

Pero de eso se trata exactamente. La violación es una cuestión delicada y polémica para todos nosotros, que repercute mucho más en nuestra vida que cualquier otro crimen. Diseña nuestros mapas mentales, determina dónde vamos, en qué momentos vamos y, más importante aún, dónde no vamos.[1] La información que recibimos sobre la violación no trata solo de las agresiones sexuales, sino también sobre el género; la relación entre los sexos e incluso sobre la sexualidad.[2] Y ningún detalle de esta información es agradable.

Tal cantidad de gente ha luchado tan duro y durante tanto tiempo para que las agresiones sexuales se reconozcan como delitos y no solo como momentos de enajenación, que cuestionar las convicciones políticas con las que tanto se ha conseguido[3] presenta el peligro de hacerle el juego a quienes desean relativizar la violencia sexual. Pero el saber no es absoluto. Lo que era correcto e importante hace cuarenta años puede haber cambiado, de modo que es imprescindible reconciliar nuestro punto de vista con la nueva realidad. Eso significa que lo que es útil y necesario en ciertas situaciones —para incrementar la sensibilización sobre el problema y aplicar las leyes— también puede resultar lo contrario en otras circunstancias, como se verá con el ejemplo de la cicatrización.

Más importante aún, cuestionar algo no significa rechazarlo: «El propósito de la crítica es revelar estructuras o aspectos subterráneos de un discurso determinado, no necesariamente demostrar la verdad del discurso. Lo que la crítica promete no es objetividad sino perspectiva»,[4] ensalzan las expertas juristas y politólogas Wendy Brown y Janet Halley.

Por consiguiente, este libro no es, y no puede ser, una historia cultural general desde la primera violación documentada hasta el momento actual, sino un intento de rastrear relatos y discursos, y de dar visibilidad a las líneas de conexión. Quiero examinar en detalle algunas de nuestras convicciones básicas[5] que se han afianzado en verdades consensuadas y verificar si nos siguen siendo útiles en la actualidad.

Esto es obviamente más fácil de decir que de hacer, ya que la violación es un auténtico escaparate de expectativas y discursos, y a cada frase le siguen diez implícitas. Llamo a esto «punto espinoso o úlcera cultural», que, como las que aparecen en el cuerpo, indica que se trata de algo que requiere de nuestra atención, pero que también nos da miedo tocar. No en vano este libro encontró mayor resistencia a ser publicado que cualquiera de mis otros textos: mi primer editor decidió en el último momento que el tema era demasiado difícil de gestionar. Al mismo tiempo, mi censora interior nunca había sido tan estridente ni los nudos de mi cerebro habían estado tan tensos. Lo cual significa que a este libro le llevó más tiempo de lo esperado en un principio llegar a las librerías.

Lo cual acabó por ser una ventaja. Han pasado un montón de cosas que he podido incluir en estas páginas: la masiva agresión sexual en Colonia durante la Nochevieja de 2015-2016, el «No es no» y el «Sí es sí», y la reforma legislativa sobre violencia sexual en Alemania; las quejas acerca del Título IX en los campus norteamericanos, así como el comentario de Donald Trump en el que afirmaba que si eres una celebridad las mujeres se dejan agarrar el coño; las acusaciones y denuncias contra Harvey Weinstein, y el movimiento #metoo. Nuevos debates, así como nuevos y viejos cocos, como el miedo a que todos los musulmanes sean violadores. Hablaré sobre todo esto y mucho más, y me dejaré muchas cosas en el tintero.

No pretendo haber escrito un tratado exhaustivo —lo que sería arrogante dada la extensión del libro—, pero lo que sí puedo aportar es una visión general de las discusiones que determinan por qué pensamos en la violación como lo hacemos y mostrar el historial de dichas posturas. Al vivir en Alemania, participar en el activismo y escribir sobre la violación, ofreceré, como es natural, una perspectiva alemana, aunque extraiga la mayor parte de mi información de fuentes estadounidenses y británicas porque son las influencias culturales más importantes sobre el discurso relativo a la violación. No voy a avanzar en orden cronológico —o no solo cronológico—, sino que voy a seguir conexiones y continuidades dándoles visibilidad, para facilitar un debate fundamentado sobre las sentencias condenatorias resultantes y, si fuera necesario, cuestionarlas. No pretendo acabar con ellas, sino dejar de tratar la violación como una realidad tallada en granito. En palabras de la historiadora Joanna Bourke: «La violación es una forma de representación social. Está extremadamente ritualizada; varía entre los países; cambia con el paso del tiempo. No hay nada eterno ni aleatorio en ella. […] Por el contrario, la violación y la violencia sexual tienen sus raíces profundas en unos entornos políticos, económicos y culturales concretos».[6]

Debería resultar evidente que no todo el mundo tiene que compartir mis apreciaciones —es obvio que no espero algo así—, pero la violación es una cuestión en la que nada es evidente. Así que te lo pondré por escrito: Haz lo que quieras con este libro, regálaselo a tu mejor amiga, utilízalo como posavasos sobre el que dejar tu taza de café, lánzalo contra la pared; pero, por favor, no dejes que te diga que tus sentimientos no son los que deberían.

Sin embargo, contrariamente al temor a desencadenar traumas, en mis charlas me he encontrado justamente con lo opuesto: el alivio por parte del público, como si se rompiera una presa, las historias personales que las asistentes me explican durante las conferencias y aún más después de ellas, y el abrumador sentimiento de que este era un tema que esperaba a que lo sacaran del armario, lo desempolvaran y lo reconsideraran. Después de todo —y solo entonces me di cuenta—, aquí había algo de lo que apenas hablaba con mis amigas y aún menos con mis amigos. Es decir, claro que hablamos sobre ello, pero solo como algo abstracto y teórico cada vez que otro caso destacado aparece en los medios de comunicación; pero siempre tenemos cuidado de no relacionarlo en lo más mínimo con nuestras vidas, excepto por la mención del miedo a las calles oscuras por la noche.

Por lo general, esta falta de lenguaje se interpreta como vergüenza, como que las experiencias son demasiado dolorosas e incómodas para ser compartidas fuera de espacios protegidos. (Más sobre la vergüenza en el capítulo: «Honra III: Vergüenza».) ¿Cómo guarda esto relación con los completos desconocidos —hombres y mujeres— que se me acercan después de cada conferencia y me explican lo que yo no soy capaz de hablar con mis amigos? (Más sobre los hombres en los capítulos «El segundo sexismo».)

Si te interesa la esquizofrenia, estás de suerte. Prácticamente ningún tema está tan repleto de contradicciones como la violación. ¿Dónde más tienes el gusto de sentir miedo de algo que acecha en cada esquina, al tiempo que se supone que es tan raro que ocurra como que te caiga un rayo? ¿Dónde puedes encontrar tantos conceptos crudos y anacrónicos acerca de seres humanos que no se parecen en nada a los seres humanos que tú conoces? Los espacios íntimos colisionan con constructos políticos y la incertidumbre generalizada resulta demasiado tangible. Lo que no es sorprendente en vista de todos los dilemas y callejones sin salida que enredan el tema como si fuera un castillo con una perfecta virgen durmiente tras los espinos. Mi primer libro, sobre la historia cultural de la vulva,[7] fue una reapropiación de lo que por derecho era nuestro. Un libro para sentirse bien y al mismo tiempo político. ¿Qué más se puede pedir? Un libro sobre la violación es por fuerza menos alegre; esa es la naturaleza de la bestia. Pero ¿debe ser realmente así?

He hecho cuanto ha estado en mi mano por lograr que este libro sea tan liberador y empoderador como he podido. Al fin y al cabo, es también una reapropiación de las posibilidades de pensar y actuar. Ya que, y de esto estoy convencida, el modo en que imaginamos algo influye en la forma en que existe en el mundo y en la manera en que tiene poder sobre nosotros.[8] Así que ¡disfruta la lectura!

cap-2

2

El oscuro doble fantasmagórico del género

Es evidente que con frecuencia no nos referimos a la violencia sexual como un delito específico, sino como un riesgo inherente a los seres humanos… siempre y cuando estos sean mujeres. «Aunque nunca he sido víctima de violación, la amenaza de que eso pudiera ocurrir ha tenido un gran efecto en la estructura y calidad de mi vida —describe Ann Cahill, catedrática de filosofía—. Debido a la posibilidad de ser agredida sexualmente, no invité a alguien a quien acababa de conocer, y que luego se convertiría en uno de mis mejores amigos, a tomar café en mi habitación tras haber hablado una o dos veces con él. Yo era violable y, por consiguiente, tenía que tener cuidado.»[1]

La sensación de estar en constante peligro —a veces más, a veces menos, pero siempre presente— de ninguna manera es exclusiva de las feministas de la segunda ola. Feministas más jóvenes, como Hengameh Yaghoobifarah de la revista alemana Missy Magazine, también retrata la anticipación de una posible agresión sexual no como una excepción, sino como un hecho cotidiano: «Un grupo de chicos ruidosos significa cruzar la carretera, tener el móvil listo para poder hacer una llamada de emergencia, agarrar las llaves entre los dedos a modo de puño americano, el corazón palpitante como el de un caballo de carreras… Todas estas medidas pasan a ser algo rutinario, porque ser mujer significa vivir con el temor constante a ser agredida».[2]

Ser advertida de la posibilidad de sufrir una violación sigue formando parte de la iniciación al mundo de los géneros. A veces incluso se les dice a las chicas que tengan cuidado antes de explicarles nada sobre el sexo; y con frecuencia sin más información sobre cómo hacerlo. Los chicos crecen con mensajes igual de confusos. Si bien deben ser amables con las chicas y tratarlas con cuidado, al mismo tiempo estos atributos se consideran «poco masculinos». La filósofa Susan Bordo llama a esto «el callejón sin salida de la masculinidad».[3]

Y el guion de la violación solo conoce dos sexos: agresores y víctimas. Cuando hablamos de violación pensamos en hombres agresivos y mujeres asustadas; en penes como armas y vaginas como puertas desprotegidas de cuerpos asimismo indefensos; o, dejando a un lado las metáforas militares, en hombres que creen tener «derecho» al cuerpo femenino. Para defender los derechos de estos cuerpos de mujer, el movimiento feminista acuñó el eslogan «¡No es no!» en la década de 1970, una consigna que en la actualidad continúa determinando la lucha contra la violación. El eslogan tiene una historia y una función, como se explicará en el próximo capítulo, pero no rompe con los conceptos en los que se basa el discurso sobre la violación, a saber, que los hombres son sexualmente activos o hiperactivos, mientras que las mujeres se limitan a decir no; que la sexualidad masculina es monstruosa y peligrosa frente a la «buena» sexualidad femenina, etcétera.

He blandido el eslogan «¡No es no!» en infinidad de pancartas en gran número de manifestaciones, así como lo he escrito en mi vientre con lápiz de ojos (además de «Mi cuerpo es mío» y «Mi vientre me pertenece»). Que nuestra retórica apenas difiriera de la de aquellos contra quienes estábamos luchando parecía un pequeño precio a pagar con tal de liberar al mundo de las violaciones. «¿Qué parte del “No” no entiendes?» era al menos un lema divertido y contenía cierto grado de comunicación. Pero el «No es no» equivalía al «Una palabra más y te vas directamente a la cama sin cenar».

Sin embargo, por el hecho de que la violencia sexual tiene una gran repercusión en el modo en que estamos en el mundo e interactuamos con otras personas, en modo alguno es trivial el lenguaje que utilizamos para describirla. Y afrontémoslo, las feministas no son las únicas que recurren a los tropos de autoridad paternalista. En este contexto, la comunicación no podría ser más disfuncional. A veces parece que esta no existiera entre dos interlocutores que se asemejan tanto a los estereotipos de género que resulta difícil reconocerlos como miembros de una misma especie. El discurso en torno a la violación es uno de los últimos bastiones y caldos de cultivo para aquellas atribuciones entre géneros que no nos atreveríamos a pensar, y mucho menos a expresar en voz alta; y eso vale para todos los bandos políticos y estratos sociales. Tan pronto como utilizamos la palabra «violación», damos marcha atrás en el tiempo y volvemos para siempre al año 1955. La propaganda durante la guerra fría de los sexos establece que la sexualidad femenina es una zona amenazada que se debe proteger y defender, en vez de explorar y disfrutar. Un poco más lejos, fuera del radar pero igual de influyentes, están los mensajes acerca de la sexualidad masculina, valorada como fuerza destructiva que se debe dominar y controlar, en lugar de explorar y disfrutar. La publicista Katie Roiphe llama a esto el «modelo vampiro de la sexualidad masculina».[4]

En el libro A Natural History of Rape, publicado en el 2000, los biólogos Randy Thornhill y Craig T. Palmer muestran que en modo alguno estos discursos acabaron en el último milenio. En su obra intentan explicar la violación desde la perspectiva de la biología evolutiva, según la teoría de que los hombres están genéticamente programados para violar a fin de mejorar sus expectativas evolutivas al fecundar a mujeres que de otro modo quedarían fuera de su alcance.[5] Antropólogos, psicólogos y sociólogos de todo el mundo señalaron que no solo se viola a aquellas mujeres en edad de procrear; que la posibilidad de quedarse embarazada a consecuencia de una violación es estadísticamente menor que durante el sexo consentido,[6] que buena parte de estos embarazos no se llevan a término y que de todas formas son dudosas las ventajas evolutivas de nacer bajo estas estresantes circunstancias. Pero, sobre todo, los agresores sexuales debieron de quedarse estupefactos al descubrir el porqué de sus delitos. «La mayoría de los criminales no menciona el éxito reproductivo como móvil de sus crímenes. Con frecuencia, los mecanismos psicológicos funcionan a nivel inconsciente.» Sotoshi Kanazawa, de la Indiana University of Pennsylvania, y Mary C. Still, de la de Cornell, defendieron la tesis de la reproducción por violación. «Algo les obliga a ello. Sostenemos que ese algo es un mecanismo psicológico evolucionado que predispone a todos los hombres a procurar el éxito reproductivo. Los hombres son del todo inconscientes a la lógica que subyace detrás de sus intenciones.»[7] Esto se parece demasiado al cliché del violador que le susurra a su víctima al oído: «Sé que tú también lo deseas». Solo que en este caso es la ciencia la que está al tanto de lo que quiere el agresor.

Thornhill y Palmer no entendieron la indignación que levantó la publicación de su libro y justificaron su postura: «En todas partes, la gente entiende el sexo como algo que las mujeres tienen y los hombres quieren».[8] Sugirieron un programa contra la violación en los colegios que capacitara a los jóvenes a controlar con diligencia su impulso a violar basado en la evolución. En otras palabras: cuando sabes lo peligroso que es algo —siendo ese algo uno mismo—, te contienes en consecuencia.

«¿Controlarse? ¿Tan malo es eso?[9] —se pregunta el sociólogo Michael Kimmel con cinismo—. ¿Qué hay de “expresar” el impulso biológico, basado por igual en la evolución, a experimentar placer, reciprocidad y diversión? ¿No podríamos también estar “programados” para ello? Puede que el deseo de enseñar a los jóvenes a controlarse sea uno de los mayores fracasos políticos, completamente ineficaz.»[10]

Aparte del terrible mensaje que constituye para un adolescente la enseñanza de que «la violación está en sus genes», cómo se supone que va a lograr desarrollar una relación saludable con su propia sexualidad si, en teoría, debe al mismo tiempo luchar contra ella, como un alcohólico en recuperación combate su deseo de tomar bebidas alcohólicas. Si sigues este pensamiento hasta el final entonces el único lugar seguro para una sexualidad de este tipo sería a puerta cerrada. Tiene que haber teorías más cordiales y humanas, y por tanto soluciones más amigables y compasivas, para el enigma de la violación.

Mientras tanto, Michael Kimmel propone más intervenciones lúdicas, como el «protector de salpicaduras» que un colega suyo elaboró para la semana de «sensibilización contra la violación» en su universidad: «(Para quienes no lo sepan, un protector de salpicaduras es un artilugio de plástico que se coloca en los urinarios públicos masculinos para evitar las gotas.) Hizo imprimir miles con un sencillo y prometedor eslogan. Decía simplemente: “Tienes en tus manos el poder de detener las violaciones”».[11]

Esta sugerencia es al menos encantadora y tiene en cuenta la capacidad humana de cambiar y elegir. No obstante, también se basa en la dicotomía de género, donde los agresores son los hombres y las víctimas las mujeres.[12] Pero ¿es en realidad así de simple? O, en otras palabras: ¿es eso cierto?

Según las estadísticas anuales de la policía alemana, el riesgo de un hombre a ser víctima de un crimen violento es un 150 por ciento más alto que el de una mujer. (A menos que se trate de una persona de color, entonces el riesgo se dispara.)[13] Y cuanto más brutal el crimen, más posibilidades de que la víctima sea hombre. Las mujeres no solo están más seguras fuera de casa que dentro, sino que además lo están más que los hombres. ¿Por qué no advertimos a nuestros hijos varones cuando salen de casa de que el mundo es demasiado peligroso para criaturas delicadas como ellos?

La respuesta es porque en torno al 90 por ciento de los culpables de delitos violentos también son hombres, y alrededor del 90 por ciento de las víctimas de una violación son mujeres. (Analizaremos lo concluyentes que son estas cifras en los capítulos «El segundo sexismo».)

Esta respuesta es tan plausible como incorrecta. No explica por qué nos preocupamos mucho menos por nuestros hijos varones —al fin y al cabo, toda violencia es horrible aun cuando no implique sexo—, ni por qué evaluamos la violación con una escala diferente de casi cualquier otra cosa. Por ejemplo, si nos fijamos en las estadísticas relativas a los asesinatos, vemos que un porcentaje significativo de las víctimas son hombres; sin embargo, nadie llegaría a la conclusión de que solo los hombres pueden ser asesinados.

No obstante, en el caso de la violación, esta conclusión es por lo visto normal. Hasta hace poco el FBI definía una violación como el «conocimiento carnal de una mujer a la fuerza y contra su voluntad»; y la descripción de un violador según la legislación alemana era «sujeto que coacciona a otro del sexo femenino con quien no está casado, por la fuerza o con amenaza a la vida y a la integridad física del mismo, a soportar relaciones sexuales con él». Por ley y según el consenso común, esto significaba que:

—Solo son violadas las mujeres.

—solo los hombres pueden ser violadores,

—porque tiene que haber una relación sexual, es decir, penetración,

—lo que solo suponía un problema fuera del matrimonio.

La aclamada enmienda de 1997 de la legislación penal alemana en materia sexual reconoció la existencia de la violación dentro del matrimonio, penalizó no solo la penetración sino también «actos sexuales similares», y cambió «persona de sexo femenino» por «persona». Esto significaba que por primera vez también se podía concebir a los hombres como víctimas de agresión sexual. Pero por muy poco. En Inglaterra, la ley sobre delitos sexuales se cambió en 2003 para incluir como posibles víctimas a hombres y transexuales. Le siguió Sudáfrica en 2007, Escocia en 2009, el FBI en 2012 (si bien continúa insistiendo en la penetración), China en 2015…[14] Aunque en Suiza todavía es necesario un pene para «forzar a una persona del sexo femenino a mantener relaciones sexuales»,[15] de lo contrario una violación no es tal.[16]

Pero incluso el texto supuestamente no sexista de la ley sobre delitos sexuales inglés solo es neutral por lo que respecta a la víctima. Se sigue exigiendo un pene como requisito previo para reconocer a una persona como agresora. Aunque hay excepciones de las que hablaré en el capítulo 8 («Honra II: Más honra»), la regla general es: no pene = no violador. Esto no es, como se podría pensar, un anacronismo remanente de la redacción anterior, sino el resultado de un debate en el Ministerio del Interior del año 2000, que decidió que la violación «como se entiende habitualmente» implica la «penetración forzosa de un pene».[17] Si bien los orificios violables, vagina y ano, se han complementado con la boca, porque se considera que una felación forzada es «tan horrible, tan degradante y tan traumática como otras formas de penetración forzosa del pene», es evidente que la correspondiente transgresión sexual por parte de una mujer no es suficientemente «horrible y degradante» o «traumática», sobre todo si la víctima es un hombre.

«La ofensa de la penetración del pene es de carácter particularmente personal», explicó el Ministerio del Interior, ya que «conlleva riesgo de embarazo y de transmisión de enfermedades».[18] No obstante, es poco probable quedarse embarazada mediante una felación forzosa, y una mujer puede contagiar una enfermedad de transmisión sexual con la misma facilidad que un hombre. Persiste el concepto de que el cuerpo femenino es especialmente vulnerable, más en concreto, especialmente vulnerable a los actos sexuales, y que al mismo tiempo carece de poder para violar. Esto no solo es así en la legislación británica. En Alemania, por ejemplo, si uno se desnuda en público solo es responsable de exhibicionismo si habita un cuerpo masculino,[19] el cuerpo femenino no se considera peligroso, y la ley no reconoce ningún otro cuerpo,[20] todavía.

«La violación es “una categoría disputada en su esencia” imbuida de significado político hasta la médula»,[21] afirma la historiadora Joanna Bourke. Esto no significa que los hombres sean las «verdaderas» víctimas, sino que la violación es el delito que más atiende a criterios de género. La manera de pensar sobre la violación está intrínseca e inquietantemente relacionada con nuestra forma de ver el sexo; lo que en este caso comprende por igual el sexo en el sentido de sexualidad y en el sentido de género.

Pero ¿qué nos dice sobre nuestra cultura el hecho de que nos resulte tan difícil hablar sobre la violación, más allá de como un crimen que los hombres infligen a las mujeres, aunque esta no sea toda la verdad? Ahora que los genitales, los cromosomas y las hormonas ya no bastan para determinar el género de una persona, y que un estudio de la Universidad de Tel Aviv ha puesto fin al mito del cerebro masculino frente al femenino (al parecer todos tenemos cerebros humanos),[22] sería una gran sorpresa si se constatara que la verdadera diferencia de género se basa en la disposición a la violencia sexual.

cap-3

3

Sexar la diferencia I: ¡No es sí!

Para ser justa, durante mucho tiempo el «no» no significó «no», sino simplemente: «Soy una mujer». La fuerza masculina y la reticencia femenina eran parte integrante de la construcción de lo que se entendía por una sexualidad «normal» en los siglos XVIII y XIX. «Si ella está bien desarrollada mentalmente, y bien educada, su deseo sexual es poco»,[1] declaró el fundador de la ciencia sexual Richard von Krafft-Ebing; algo que explicó del siguiente modo: «Si no fuera así, el mundo entero se convertiría en un burdel y el matrimonio y la familia serían algo imposible. No cabe duda de que los hombres que evitan a las mujeres, y las mujeres que buscan hombres, son anormales».[2] Como se suponía que las mujeres no debían sentir ningún deseo sexual, correspondía al cortés varón dominarlas y forzarlas; y a la mujer, que no deseaba por voluntad propia, desear que los hombres la desearan; avivar el instinto sexual del hombre con su fingida resistencia. O como escribió Lord Byron: «Sus hermosos ojos derramaban copiosas lágrimas, y aunque los remordimientos no se olvidaron de hacer acto de presencia contra la tentación, aunque resistió todavía un momento, aunque lloró su imprudencia e intentó de nuevo resistir, diciendo en voz baja que no consentiría jamás… ¡así fue como ella consintió!».[3]

Por extraño que pueda parecer, Lord Byron tenía a la tradición de su lado. También el poeta romano Ovidio señaló en su Ars Amatoria: «Aunque diga que la has poseído con violencia, no te importe; esta violencia gusta a las mujeres: quieren que se les arranque por fuerza lo que desean conceder. La que se ve atropellada por la ceguedad de un pretendiente, se regocija de ello y estima su brutal acción como un rico presente, y la que pudiendo caer vencida sale intacta de la contienda, simula en el aspecto la alegría, más en su corazón reina la tristeza».[4] Sin duda, la idea del hombre fogoso y la mujer frígida se remonta al menos a la Antigüedad clásica.[5] Aristóteles proclamó que el calor interno del hombre era mayor que el de las mujeres; literalmente. Según el filósofo, la falta de calor interno dejó a las mujeres en un estado de atrofia al respecto de su fuerza física, intelectual y, sobre todo, de su potencia sexual. Después de todo, ¡ni siquiera eran capaces de cocer su flujo menstrual para producir esperma![6]

Cuando los descubrimientos médicos demostraron que no había diferencia de temperatura, fue necesario crear un modelo distinto para explicar la imaginaria discrepancia en la temperatura de hombres y mujeres. El darwinista siglo XIX lo encontró en la jerarquía de género de la prehistoria; por supuesto, no en la verdadera prehistoria, sino en una versión Picapiedra de la sociedad victoriana.[7] El sexólogo Havelock Ellis declaró: «La modestia de las mujeres —en su forma primordial, que consiste en la resistencia física, activa o pasiva, a los asaltos de los hombres— favorecía la selección natural al poner a prueba la cualidad masculina más importante, la fuerza. Por lo tanto, al elegir entre qué rivales entrega sus favores, la mujer asigna valor a la violencia».[8]

La selección sexual fue la gran novedad de Darwin, que en cierto modo concedía a la mujer un papel más importante en la reproducción: tras haber sido totalmente pasiva hasta entonces, ahora se le permitía elegir qué hombre iba a abrumarla. Darwin escribió: «La hembra pretende escapar; el macho corre tras ella en una curiosa apariencia de rabia y de cólera; y aventajándola en la carrera, se pone de nuevo frente al objeto de sus ansias, que echa a correr esquivamente. […] Esto envuelve por parte de las hembras buen gusto y aptitud para la elección, cosas que parece muy improbable que pudieran reunir».[9] No obstante, esta selección no incluía que una mujer pudiera ir en busca de un compañero sexual. Semejante comportamiento hubiera sido considerado extraño a su naturaleza interior y la habría hecho poco atractiva a ojos del hombre viril.[10] Lo que para el hombre era la supervivencia del más fuerte, para las mujeres parecía ser la supervivencia de las más débiles y pasivas. Susan Sontag observó: «Todo lo relacionado con el sexo se convirtió en un “caso especial” dentro de nuestra cultura, con su secuela de actitudes particularmente incoherentes».[11]

Hasta el siglo XX, la convicción de que las mujeres eran frígidas mientras que a los hombres les impulsaba el fuego fálico lo permeaba todo: roles sociales, las normas de género, la comunicación, la sexualidad vivida e imaginada. Esto significaba que una mujer que no deseara a un hombre por el simple hecho de no quererlo tenía que enfrentarse a él físicamente y pelear duro, de lo contrario él podría asumir que ella no era más que una «mujer de verdad».

La idea de que la violencia era acogida con agrado —el concepto romano de vis haud ingrata— todavía estuvo arraigada en la legislación hasta la década de 1970. En un caso de violación, la mujer no solo tenía que probar que se había resistido físicamente a su agresor, sino que había mantenido dicha resistencia de manera constante. Después de todo, podría haberse excitado de un modo inexplicable y misterioso después de superar su «recato natural».[12]

Si bien nuestras ideas sobre la «naturaleza» de la mujer y las leyes correspondientes han cambiado con el tiempo, no se puede decir lo mismo de nuestras ideas sobre la «naturaleza» del hombre. Libros de autoayuda superventas —como los de Ellen Fein y Sherrie Schneider, The Rules: How to Capture the Heart of Mr. Right, The Rules II: More Rules to Live and Love by, The New Rules: The dating dos and don’ts for the digital generation, y así sucesivamente— aún inician a sus millones de lectoras en los misterios de la pasividad y les explica que, para pescar a un hombre, primero deben rechazarlo, porque a los hombres les repugnan las mujeres que saben lo que quieren. Un manual sobre cómo solicitar un empleo que dijera a sus lectores que no enviaran una solicitud ni demostraran en modo alguno interés por un determinado trabajo, difícilmente se vendería. Pero The Rules son tan famosas que Oprah Winfrey aseguró: «Cariño, The Rules no es solo un libro, es un movimiento».[13] Las revistas femeninas no son distintas. La columnista feminista y escritora Laurie Penny criticaba: «“No” es una de las cosas más eróticas que puede decir una mujer […]; si quiere “pillar” un hombre debe aparentar que no lo quiere, no contestando a sus llamadas, no respondiendo a sus mensajes, “haciéndose de rogar”. Un hombre de verdad no quiere que las mujeres quieran lo que ellos quieren».[14]

Esto dio lugar a la paradójica opinión de que una mujer resultaba mucho más deseable cuanto menos deseo sintiera; mientras que una mujer lujuriosa era considerada una degenerada y, por tanto, desexualizada, es decir, desfemineizada. Ya que la femineidad no estaba en absoluto repartida por igual entre todas las mujeres. En el siglo XIX, esta se calculaba según el tamaño de los genitales: cuanto menores los labios, en especial los labios menores, más educada y refinada la mujer y menor su deseo sexual. Los antropólogos desarrollaron una verdadera obsesión por los labios de las mujeres «primitivas» —esto es, colonizadas—; mujeres a las que sopesaban, describían, fotografiaban y catalogaban. Ignorando alegremente la contradicción de que las mujeres ya eran sexualmente pasivas en la prehistoria, o eso se suponía. Ahora su pasividad era producto de la civilización.

Para mantener algún contacto sexual en un entorno tan opresor era requisito previo que el hombre siempre estuviera «dispuesto». «Siguiendo el todopoderoso impulso de la naturaleza, es agresivo y tempestuoso a la hora de hacer el amor»,[15] se regocijaba Richard von Krafft-Ebing. La contrapartida era que los hombres que no tenían pareja con la que «hacer el amor» conforme a este modelo sufrían de una constante presión sexual. Pero incluso el matrimonio entrañaba frustración sexual para una mitad de la pareja. Andrew Jackson Davis —a quien le debemos la expresión «ley de la atracción»— explicó de conformidad con Aristóteles: «La mujer obtiene alivio infalible y periódico a través de la secreción menstrual. Los centros ampliados de las esencias vitales conyugales se desbordan en la organización ovárica y recuperan la calma con cada luna». El hombre, por otro lado, «cuánto más terriblemente urgentes y superabundantes son sus recursos reproductivos». La proximidad física con una mujer sin mantener relaciones sexuales con ella lo deja «cargado hasta la saciedad, incluso al borde de la violencia incontrolable».[16]

Jackson pedía a los hombres que recobraran la compostura a pesar de la presión que ejercía su esperma por salir. Esto llegó a conocerse como el «modelo psicohidráulico de sexualidad»; o dicho de forma más simple: el modelo caldera de vapor, que era la explicación y justificación preferida de la violación en el discurso legal de los siglos XVIII y XIX. Muchos médicos consideraban inmoral la violación, aunque inevitable si no había prostitutas disponibles, «infinitamente preferible a los peligros de la masturbación,[17] ya que la secreción sexual ordinaria constituía un remedio indispensable para la salud del hombre».[18] Opinión, por cierto, que el escritor Norman Mailer todavía compartía en 1962. Fue durante una entrevista concedida a la revista The Realist, cuando dijo su conocida sentencia de que «es mejor cometer una violación que masturbarse»[19] porque «masturbarse es bombardear. Bombardearse uno mismo».[20]

Aunque hacía mucho que se había zanjado el mito de los peligros de la masturbación cuando algunos psicoanalistas, como Wilhelm Stekel, declararon hace más de medio siglo que todas las eyaculaciones eran iguales en la medida en que liberaban a los hombres débiles de su insoportable presión sexual. Stekel consideraba la masturbación como «la mejor medida defensiva del hombre contra la aparición de su parafilia [violación]. Siempre y cuando se masturbe se abstendrá de dar rienda suelta a sus fantasías prohibidas».[21]

En fecha tan tardía como la década de 1970, el conocido historiador médico Edward Shorter relacionó el aumento de las violaciones durante ciertos periodos históricos con el incremento de la edad mínima para contraer matrimonio. Porque si bien la mayoría de los hombres son capaces de controlar sus impulsos, el deseo reprimido prevalece y se expresa en forma de excesos sexuales en aquellos individuos con anomalías mentales.[22]

Cuando apareció el modelo caldera de vapor, planteaba una contradicción con la opinión general de que el hombre era el sexo racional. Si esto era así, ¿cómo entonces su instinto sexual era tan irracional? Por consiguiente, los ámbitos de la sexualidad y la intimidad poco a poco fueron eliminados del concepto de racionalidad, anticipando aún más la separación entre cuerpo y mente.[23] Impulsado a la genialidad o al crimen por su abrumadora energía fálica, el hombre ya no se adecuaba a su acostumbrado papel de representante del orden moral. ¿Quién mejor para cubrir esta vacante que la mujer, que debido a su falta de pasión rara vez se veía tentada?[24] Como guardiana del orden divino (Hegel) o del orden moral (Rousseau), también era suya la responsabilidad de controlar la sexualidad masculina mediante la modificación de su forma de vestir y de su comportamiento para no incendiar su libido altamente inflamable.

Advertir a las mujeres de que no beban demasiado alcohol cuando salgan y de que no «envíen las señales equivocadas» a los hombres es un vestigio del modelo caldera de vapor, amplia y acertadamente criticado.[25] La primera Slut Walk o Marcha de las Putas tuvo lugar en Toronto en 2011, y fue una reacción a los comentarios machistas de un policía canadiense, Michael Sanguinetti, que en una conferencia sobre seguridad civil en Toronto dijo que las mujeres debían evitar vestirse «como putas» si no querían ser víctimas de violencia sexual. Por otro lado, peticiones similares a los hombres —«recobrar la compostura»,[26] controlar al neandertal que llevan dentro,[27] o panfletos como los que distribuyó la American College Health Association a los estudiantes varones de primer año, en los que se leía: «Quizá no puedas dominar tus deseos, pero sí puedes controlar tus acciones»—[28] siguen formando parte de la retórica para dilucidar el inexplicable fenómeno de la violación.

Pero ¿cómo fue posible que semejante escenario sexual lograse llegar a tener una aceptación generalizada frente a relaciones sexuales auténticas? Se consiguió mediante la definición como enfermedad de todo lo que no encajaba en este discurso o, utilizando la jerga científica de finales del siglo XIX y principios del XX, como perversión. Resulta paradójico que esta fuera declarada al mismo tiempo como parte normal de la psique femenina: la mujer, el sexo perverso. Krafft-Ebing, tras determinar la asexualidad de la mujer, continuaba: «No obstante, la esfera sexual ocupa un ámbito mucho mayor en la conciencia de la mujer que en la del hombre, y dicha esfera es continua en vez de intermitente».[29] ¿De modo que el hombre solo pensaba en el sexo cuando veía a una mujer, mientras que la mujer siempre estaba dispuesta excepto cuando mantenía relaciones sexuales con un hombre?

La psicoanalista Helene Deutsch, especialista en psicología femenina en las décadas de 1940 y 1950, explicó esta paradoja a través del masoquismo femenino en su influyente libro The Psychology of Women, publicado en varios volúmenes. Para ella, el masoquismo en la mujer no era una variante sino un requisito previo para su satisfacción sexual. Tras haber interpretado los procesos físicos por medios psicológicos, para dilucidar la psique utiliza ahora el cuerpo; la vagina, para ser más exactos. Esta, según Deutsch, permanecía totalmente pasiva y solo el pene podía despertarla.[30] De aquí surgía el profundo deseo femenino de ser dominada. «La vagina “no descubierta” es, en circunstancias normales y favorables, erotizada por un acto de violación. […] Esta fantasía no es más que una preparación psicológica para un auténtico y más templado proceso dinámicamente idéntico. Este se manifiesta por un lado en la penetración agresiva del hombre y por el otro en el “dominio” de la vagina y su transformación en zona erógena.»[31]

Con esto, Helene Deutsch se remitía a la teoría freudiana de que el desarrollo psicosexual de la mujer no era completo hasta que lograba transferir su zona erógena del clítoris (que según Freud era un órgano sexual masculino retraído y, por tanto, activo) a la vagina (el órgano sexual femenino propiamente dicho y, por consiguiente, pasivo). En su libro Tres ensayos sobre teoría sexual, Freud determinó que: «Cuando la transferencia de la excitabilidad erógena desde el clítoris a la entrada de la vagina queda establecida, la mujer cambia la zona directiva de su futura actividad sexual, mientras que el hombre conserva la suya sin cambio alguno desde la niñez».[32] No hace falta decir que la sexualidad de la mujer tropezaba con múltiples peligros y oportunidades de perderse por el camino. De forma que el requisito previo para «convertirse en una mujer» era al mismo tiempo un prerrequisito para que «se den las condiciones principales para la adquisición de la neurosis por parte de la mujer, especialmente de la histeria. Estas condiciones están ligadas íntimamente, por tanto, con la esencia de la femineidad».[33]

Pero incluso sin desarrollar neurosis o histeria, el diagnóstico para la sexualidad femenina era pesimista. El acto sexual se parecía a una violación —Freud estaba seguro de ello— de tal manera que los niños que sorprendían a sus padres durante el coito pensaban que estaban siendo testigos de una agresión. El psiquiatra Leopold Loewenfeld explicó que al menos la primera vez era «ni más ni menos que una violación»[34] para la mujer por la pérdida de la virginidad. Helene Deutsch fue aún más lejos y afirmó que en el fondo la penetración seguiría siempre siéndolo. «El frecuente temor de las mujeres al coito surge del hecho de que implica un perjuicio causado a su integridad física.»[35] La sexualidad —y eso quería decir solo el coito, ya que cualquier otra forma de sexualidad se consideraba una regresión— no era por consiguiente natural a la mujer, por masoquista que fuera.[36]

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Sexar la diferencia II: ¡Sí es no!

Al leer todos estos textos psicoanalíticos que en ningún caso significan sexualidad cuando dicen sexualidad, sino algo mucho más oscuro y profundo, uno no puede dejar de sentir que también la violación y el masoquismo denotan algo más. Que quizá el poder sexual y la impotencia solo indiquen el poder y la impotencia en general.

Cierto, Freud, Deutsch y Ellis no escriben sobre el maso

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