Tiempo de perdón

John Grisham

Fragmento

Capítulo 1

1

La triste casita estaba en el campo, a unos diez kilómetros al sur de Clanton por una carretera rural que no llevaba a ningún lugar concreto. No se veía desde la carretera y se accedía a ella por un camino de grava serpenteante que subía, bajaba y se retorcía, y que, por las noches, hacía que los faros de los coches que se acercaban iluminaran intermitentemente las ventanas y las puertas delanteras, como si trataran de alertar a los que esperaban dentro. El aislamiento de la casa aumentaba el inminente horror.

Hacía mucho que habían dejado atrás la medianoche del domingo cuando al fin aparecieron los faros. Bañaron el interior de la casa y proyectaron sombras silenciosas y amenazantes sobre las paredes; luego desaparecieron, cuando el coche descendió antes de enfilar el tramo final. Hacía horas que los de dentro tendrían que haber estado durmiendo, pero dormir era algo imposible durante aquellas noches terribles. En el sofá de la sala de estar, Josie respiró hondo, rezó una oración rápida y se acercó a la ventana para ver el coche. ¿Avanzaba a trompicones y dando tumbos, como de costumbre, o lo controlaba bien? ¿Estaba el conductor borracho, como ocurría siempre en noches como aquella, o habría sido capaz de moderarse con el alcohol? Josie llevaba un picardías atrevido para captar su atención y tal vez desviar su estado de ánimo de la violencia al romanticismo. Ya se lo había puesto antes y una vez le había gustado.

Lo vio salir cuando el coche se detuvo junto a la casa. Se tambaleaba y daba traspiés, así que se preparó para lo que se avecinaba. Fue a la cocina, donde la luz seguía encendida, y esperó. Al lado de la puerta, medio escondido en un rincón, había un bate de béisbol de aluminio. Era de su hijo Josie, y lo había colocado allí hacía una hora a modo de protección, solo por si le daba por ir a por sus niños. Había rezado pidiendo valor para usarlo, pero seguía teniendo dudas. Él se desplomó contra la puerta de la cocina y forcejeó con el picaporte, como si estuviera cerrada con llave; no era así. Al final la abrió de una patada y la estampó contra el frigorífico.

Stuart era un borracho desaliñado y violento. La pálida piel irlandesa se le ponía colorada, tenía las mejillas rojísimas y los ojos le brillaban con un fuego alimentado por el whisky que Josie ya había visto en demasiadas ocasiones. A los treinta y cuatro años, empezaban a salirle canas y se estaba quedando calvo, pero intentaba disimularlo con una cortinilla mal hecha que, tras pasarse la noche de bar en bar, se convertía en unos cuantos mechones de pelo largo que le colgaban por debajo de las orejas. No tenía cortes ni magulladuras en la cara; quizá eso fuera una buena señal, o quizá no. Le gustaba pelearse en los garitos, y después de una noche complicada solía lamerse las heridas e irse directo a la cama. Pero si no había habido pelea, llegaría a casa buscando bronca.

—¿Qué coño haces despierta? —gruñó mientras intentaba cerrar la puerta a su espalda.

Con la mayor calma posible, Josie contestó:

—Te estaba esperando, cariño. ¿Estás bien?

—No necesito que me esperes. ¿Qué hora es, las dos?

La mujer sonrió con dulzura, como si no pasara nada. Hacía una semana, había decidido irse a la cama y esperarlo allí. Stuart llegó tarde, subió al piso de arriba y amenazó a los hijos de Josie.

—Más o menos las dos, sí —respondió en voz baja—. Vámonos a la cama.

—¿Para qué llevas puesta esa cosa? Pareces una puta. ¿Has tenido a alguien aquí esta noche?

Una acusación frecuente desde hacía un tiempo.

—Claro que no —dijo—. Me lo he puesto para acostarme.

—Qué zorra eres.

—Venga, Stu. Tengo sueño, vámonos a la cama.

—¿Quién es? —rugió mientras se dejaba caer de espaldas contra la puerta.

—¿Quién es quién? No hay nadie. Llevo aquí toda la noche con los niños.

—Eres una puta mentirosa, ¿lo sabías?

—No te estoy mintiendo, Stu. Vámonos a la cama, es tarde.

—Esta noche me han dicho que vieron la camioneta de John Albert aquí delante hace un par de días.

—¿Y quién es John Albert?

—¡Y quién es John Albert, pregunta la muy zorra! Sabes muy bien quién es John Albert. —Se apartó de la puerta y dio unos cuantos pasos hacia ella, pasos inestables. Intentó agarrarse a la encimera, señaló a Josie y farfulló—: Eres una fulana y tienes a tus antiguos novios rondando por aquí. Te lo he advertido.

—Mi único novio eres tú, Stuart, te lo he dicho mil veces. ¿Por qué no me crees?

—Porque eres una mentirosa y ya te he pillado mintiéndome antes. Acuérdate de la tarjeta de crédito. Menuda zorra.

—Venga, Stu, eso fue el año pasado y ya lo hemos superado.

El hombre se abalanzó sobre ella, le agarró una muñeca con la zurda y le pegó un bofetón en la cara. Con la mano abierta, un golpe a la altura de la mandíbula, un chasquido estruendoso y nauseabundo, de carne contra carne. Josie chilló de dolor y miedo. Se había prometido que haría cualquier cosa menos chillar, porque sus hijos estaban en el piso de arriba, tras una puerta cerrada con pestillo, escuchando, oyéndolo todo.

—¡Para, Stu! —gritó. Se llevó las manos a la cara e intentó recuperar el aliento—. ¡No quiero más golpes! ¡Te dije que me largaría y te juro que lo haré!

Stuart soltó una carcajada tremenda.

—¿Ah, sí? ¿Y adónde vas a irte ahora, putita? ¿De vuelta a la autocaravana en el bosque? ¿Vas a vivir otra vez en el coche? —Tiró de la muñeca, la obligó a darse la vuelta, le rodeó el cuello con un antebrazo grueso y le gruñó al oído—: No tienes adonde ir, zorra, ni siquiera puedes volver al camping de caravanas donde naciste.

Le salpicó la oreja con saliva caliente y con el tufo del whisky y la cerveza rancios.

Josie tironeó e intentó liberarse, pero Stuart le tiró del brazo hasta levantárselo casi hasta la altura de los hombros, como si estuviera intentando con todas sus fuerzas romperle un hueso. Josie no pudo evitar gritar de nuevo y, al hacerlo, sintió lástima por sus hijos.

—¡Vas a romperme el brazo, Stu! ¡Para, por favor!

Se lo bajó un par de centímetros o tres, pero la apretó contra sí con más fuerza.

—¿Adónde vas a ir? —le siseó al oído—. Tienes un techo bajo el que vivir, comida en la mesa, un dormitorio para esos dos mocosos de mierda que tienes, ¿y hablas de largarte? No lo creo.

La mujer se tensó, se agitó y trató de soltarse, pero Stuart era un hombre fuerte con un mal genio terrible.

—¡Vas a romperme el brazo! —repitió—. Stu, ¡suéltame, por favor!

Pero él volvió a tirar con fuerza y Josie gritó. Lanzó una patada hacia atrás con el talón desnudo y lo golpeó en la espinilla; luego se dio la vuelta y con el codo izquierdo le acertó en las costillas. Aquella reacción lo

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