Casa de cielo y aliento (Ciudad Medialuna 2)

Sarah J. Maas

Fragmento

Casa de cielo y aliento

PRÓLOGO

Sofie había sobrevivido durante dos semanas en el campo de concentración de Kavalla.

Dos semanas y los guardias, criaturas conocidas como necrolobos, todavía no la habían descubierto. Todo había salido según el plan. Al menos, el hedor de los días que pasó aglomerada en el transporte, como ganado, sirvió para disimular el olor distintivo de su sangre. También la protegió cuando la llevaron, junto con los demás, por los pasajes que separaban los edificios de ladrillo: este nuevo Averno que representaba una pequeña muestra de lo que los asteri tenían planeado hacer si la guerra continuaba.

Dos semanas allí y ya tenía ese hedor impregnado en la piel hasta el punto de que incluso engañaba el fino olfato de los lobos. Esa mañana, estuvo a un par de metros de uno en la fila para el desayuno y el guardia ni siquiera olfateó en su dirección.

Una pequeña victoria. La agradecía esos días.

La mitad de las bases rebeldes Ophion había caído. Otras más caerían pronto. Pero para ella solo existían dos lugares en esos momentos: ese y el puerto de Servast, su destino esa noche. Sola, incluso a pie, podría llegar sin problema. Era uno de los pocos beneficios de poder cambiar entre sus identidades humana y vanir… Aparte de ser una de las pocas humanas que había realizado el Descenso.

Eso técnicamente la convertía en vanir. Le concedía una expectativa de vida larga y todos los beneficios que eso implicaba, cuya familia humana no tenía ni tendría jamás. Ella tal vez no se hubiera molestado en hacer el Descenso si sus padres no la hubieran alentado: las capacidades de sanación que adquiriría le proporcionaban una armadura adicional en ese mundo diseñado para matar a los de su especie. Así que lo había hecho a escondidas, en un centro de Descenso clandestino y altamente ilegal. Un sátiro lascivo hizo las veces de su Ancla y tras el ritual tuvo que ceder toda su luzprístina. Había pasado los años posteriores aprendiendo a usar su humanidad como un disfraz, interno y externo. Tal vez tuviera todos los rasgos de los vanir, pero nunca sería vanir. Ni en el corazón ni en el alma.

Pero esa noche… Esa noche, a Sofie no le importó liberar un poco al monstruo.

No sería un viaje sencillo gracias a la docena de pequeñas figuras que estaban a sus espaldas, agachadas en el barro frente a la cerca de alambre de púas.

Cinco niños y seis niñas estaban reunidos alrededor de su hermano de trece años, quien los estaba cuidando como un pastor a su rebaño. Emile los había sacado de sus literas, con ayuda de un amable humano sacerdote del sol que hacía las veces de centinela desde un cobertizo a diez metros de distancia.

Los niños tenían un aspecto demacrado, con la piel grisácea. Los ojos demasiado grandes, desahuciados.

Sofie no necesitaba conocer sus historias. Lo más probable era que fueran iguales a la suya: padres humanos rebeldes que habían sido capturados o traicionados. Los de Sofie pertenecían al segundo grupo.

Por puro azar, Sofie había escapado también de las garras de los necrolobos, al menos hasta entonces. En una ocasión, tres años antes, se quedó estudiando con sus amigos hasta altas horas de la noche en la biblioteca de la universidad. Al regresar a su casa pasada la medianoche, vio que las ventanas estaban rotas, la puerta principal destrozada y, pintado con aerosol en un lateral de su casa en los suburbios, un mensaje: REBELDES DE MIERDA. Se echó a correr. Probablemente, la intervención divina de Urd fue lo único que evitó que la viera el necrolobo que vigilaba la puerta.

Más tarde pudo confirmar que sus padres estaban muertos. Supo que la Cierva, o su escuadrón de élite conformado por necrolobos interrogadores, los había torturado brutalmente hasta matarlos. Durante meses, Sofie se había dedicado a ascender en el escalafón del Ophion para conseguir un informe que no solo le reveló el destino de sus padres, sino también el de sus abuelos. Habían sido separados del grupo al llegar al campo de concentración de Bracchus, en el norte, y luego fueron fusilados junto con otros ancianos y sus cadáveres abandonados en una fosa común.

Y su hermano… Sofie todavía no había logrado averiguar nada sobre Emile. Durante años, trabajó con los rebeldes Ophion a cambio de cualquier información sobre él, sobre su familia. No quería ni pensar en lo que había tenido que hacer para obtener esa información. El espionaje, la gente que había asesinado para lograr conseguir los datos que el Ophion quería… Esas cosas le pesaban en el alma como una capa de plomo.

Pero por fin ya había hecho suficiente por el Ophion y le informaron que habían enviado a Emile a ese campo de concentración y que, contra toda expectativa, había sobrevivido. Al fin ya lo tenía localizado. Convencer al Comando de que le permitiera ir a por él… Eso fue otro de los laberintos que se vio obligada a recorrer.

De hecho, necesitó el apoyo de Pippa. El Comando escuchaba a Pippa, su soldado fiel y ferviente, líder de la unidad de élite Ocaso. En especial ahora que las filas de Ophion estaban tan mermadas. Pero Sofie era solo parcialmente humana… Ella sabía la ventaja que eso representaba a pesar de que la sangre vanir que corría por sus venas haría que nunca confiaran plenamente en ella. Así que, de vez en cuando, necesitaba a Pippa. De la misma manera que Pippa había requerido de los poderes de Sofie para las misiones de Ocaso que coordinaba.

Pippa no le ofreció su ayuda porque fueran amigas. Sofie estaba casi segura de que los amigos no existían dentro de la red rebelde Ophion. Pero Pippa era una oportunista y sabía lo que podría ganar si esa operación resultaba exitosa, las puertas que se le abrirían dentro del Comando si Sofie regresaba triunfal.

Una semana después de que el Comando aprobara el plan, transcurridos más de tres años de la fecha en que irrumpieron en su casa y raptaron a su familia, Sofie entró a Kavalla.

Para lograrlo, había esperado hasta que una patrulla local de necrolobos pasara marchando y entonces fingió toparse con ellos accidentalmente, a poco más de un kilómetro del lugar donde estaba ahora. De inmediato, la patrulla había encontrado los documentos falsos de rebelde que ella llevaba guardados en el abrigo. No tenían idea de que Sofie también llevaba, oculta dentro de su cabeza, información que bien podría convertirse en la pieza final en esa guerra contra los asteri.

El golpe que podría significar su fin.

El Ophion se había enterado demasiado tarde de que, justo antes de entrar a Kavalla, Sofie había logrado completar la misión para la cual llevaba años preparándose. Se había asegurado de que Pippa y el Ophion supieran que había obtenido esa información antes de que la arrestaran. Solo para cerciorarse de que cumplirían la promesa de liberarlos a ella y a Emile. Sabía que eso tendría graves consecuencias: que hubiera conseguido la información a escondidas y que ahora la estuviera usando como garantía.

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