Escuela de dragones 1 - El despertar del dragón de tierra

Tracey West

Fragmento

el_despertar_del_dragon_de_tierra-3

Drake se apartó del portón. La bola de fuego estuvo a punto de alcanzarlo.

—Volcán, ¡échate! —oyó que gritaba alguien.

Drake se puso de pie. En la puerta vio a una chica pelirroja.

—¡Basta de bolas de fuego! —le gritó la chica al dragón.

El animal tenía unas escamas rojas brillantes y una cola larga y gruesa. Del lomo le salían dos grandes alas.

Cubierta

«Los dragones no existen», pensó Drake. Pero podía ver a ese dragón y también había notado el calorcito de la bola de fuego.

Un hombre alto pasó junto a la chica. Tenía una larga barba blanca, llevaba un sombrero puntiagudo y una túnica de color verde oscuro.

—Bienvenido, Drake —lo saludó el hombre—. Soy Griffith, el hechicero del rey.

¿Había dicho «hechicero»? Drake tenía muchísimas preguntas.

—¿Es un dragón? —preguntó el niño.

—Es mi dragón —respondió la niña—. Volcán es el mejor dragón de todo el reino.

Cubierta

—Drake, te presento a Rori —dijo Griffith—. Rori, por favor, llévate a Volcán de aquí. Diles a los demás que no tardaré.

«¿Los demás?», pensó Drake.

La chica suspiró y se llevó al dragón.

—Vámonos, Volcán.

Entonces el hechicero guio a Drake por un pasillo oscuro.

—¿Por qué estoy aquí, señor? —preguntó.

Cubierta

Griffith no respondió. Se detuvo delante de una puerta y señaló un enorme cerrojo de latón. Le salieron unas chispas del dedo y el cerrojo se abrió.

Drake puso unos ojos como pla­tos. «¡Es magia!», pensó.

Entró con Griffith en una habitación repleta de cachivaches extraños. Vio botellas llenas de aguas y polvitos de colores.

Griffith cogió una caja de madera. La caja estaba tallada con imágenes de dragones.

—Estás aquí por eso —dijo el hechicero mientras abría la caja.

Drake echó un vistazo. Una piedra verde tan grande como su cabeza brillaba en su interior.

—Esta Piedra de Dragón me dijo que tenías el corazón de un dragón —añadió el hechicero. Y le dio unos golpecitos en el pecho a Drake.

—Ah, ¿s-sí? —preguntó Drake. Puso unos ojos como naranjas.

—Sí. Y quienes tienen el corazón de un dragón se convierten en maestros de dragones para el rey Roland —respondió Griffith.

Drake había oído historias sobre la mágica Piedra de Dragón, pero nunca pensó que fuera real. Por eso las preguntas le salieron a borbotones:

—¿Cómo sabe la piedra que tengo el corazón de un dragón? ¿Y cómo me han encontrado? ¿Y qué es un maestro de dragones? ¿Y por qué el rey Roland quiere maestros de dragones?

Cubierta

—La piedra es antigua y misteriosa —explicó Griffith—. Ni siquiera yo entiendo su magia. Un maestro de dragones puede conectar con los dragones. En cuanto al rey…, le gustan mucho los dragones, pero él no sabe cómo controlarlos.

—Entonces ¿Volcán no es el único dragón? —pre­guntó Drake.

El hechicero sonrió.

—No, no lo es. —Le dio a Drake una gema verde en una cadena de oro—. Este es un fragmento de la Piedra de Dragón. Te ayudará a conectar con tu dragón.

A Drake le dio un brinco el corazón. «¿Mi dragón? ¿Me van a dar un dragón?», pensó. Se metió la piedra en el bolsillo.

—Cuidado, Drake —le advirtió el hechicero—. Los dragones son peligrosos. Y la Piedra de Dragón no puede protegerte de sus poderes.

—¿Qué poderes? —preguntó Drake.

El hechicero se llevó de allí a Drake sin decir nada más.

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