Prólogo
Un grupo de gente persiguiendo una pelota. Dos grupos, para ser precisos. Una idea simple, sencilla, pero también poderosa. Y bella. Porque el germen de la belleza tiene una evidente inclinación hacia lo simple, hacia la última frontera de toda reducción posible a sus elementos esenciales.
Unos años atrás tuve el privilegio de conocer y conversar en la ciudad de Lima con Javier Wong, un septuagenario maestro cevichero de culto, reconocido internacionalmente por preparar lo que se ha señalado en numerosas oportunidades como el mejor ceviche del mundo.
El famoso ceviche de Wong tiene solo cinco ingredientes: cebolla, limón, sal, ají y lenguado. Cada uno de ellos elegido especialmente, claro. Él sostiene que agregarle ingredientes es irresponsable y cree que en el alma de todas las personas está la simpleza, y así trata de hacer lo que cocina, o al menos su ceviche. Y por eso aún le quita el sueño la posibilidad de un paso más, aunque mejor valiera decir un paso menos. Una de las frases más célebres de este cocinero legendario es: «Si pudiera quitarle un ingrediente más, moriría tranquilo».
Tenemos por ahí también a Leonhard Euler, el matemático del siglo XVIII cuyo aporte es considerado tan prolífico como influyente. Y bello. Fue el responsable de la identidad de Euler, todavía hoy considerada la ecuación más hermosa de la historia.
e iπ + 1 = 0 es una ecuación simple y profunda a la vez. Y por eso es hermosa. Ha sido comparada con grandes obras de arte, como la Monna Lisa de Da Vinci y el David de Miguel Ángel. Involucra cinco de los números más importantes y representativos de la matemática, entre ellos el cero, y tres operaciones matemáticas sumadas al concepto de igualdad. Todo en una ecuación breve y simple que tiene implicación y aplicaciones prácticas en la física de, entre otras muchas cosas, casi todos los dispositivos electrónicos con los que hoy convivimos.
Y por ahí está también el número pi, conocido también como la esencia de la circularidad, cuya notación simbólica en la letra griega π no se la debemos a Euler, pero sí su popularización.
Hay algo en el vínculo de la belleza, la simplicidad y la circularidad. No sé bien qué cosa, pero sé que está ahí. Y está desde el principio de los tiempos. Está en la invención de la rueda, en la navegación de Magallanes, en el número pi, en la circularidad inmanente de cada ecuación, en la forma de los lenguados de Javier Wong, en el moldeado y el movimiento de esta roca gigante sobre la que nos paramos, y también en la pelota de fútbol.
«No sé qué le ven, es solo gente corriendo atrás de una pelota…». Un argumento tan universal como el fútbol para quienes no ven en él ningún atractivo. Pero el fútbol es mucho más que eso. Lo saben quienes lo disfrutan, pero también quienes lo padecen, aunque quieran hacer de cuenta que no.
Algunas cosas existen desde mucho tiempo antes de que podamos advertirlas y nombrarlas. Cuando Sigmund Freud describió el concepto de sublimación solo vino a poner nombre a algo más antiguo y más grande que la interpretación psicoanalítica que revolucionó su tiempo. Sí, tenemos el fútbol, pero también tenemos el episkyros de la antigua Grecia, donde hace casi 2.500 años dos equipos de 12 a 14 jugadores se disputaban una pelota de cuero pintada con colores brillantes. De modo que podemos ubicar la práctica de sublimar enfrentamientos mediante deportes con un balón en juego mucho antes de que esa tierra llamada Inglaterra tuviese siquiera ese nombre.
Pero así como sabemos de nuestra historia sublimando conflictos, también sabemos de lo poco que ha podido aportar para evitarlos y cómo tantas veces estos dos caminos se han cruzado a lo largo de la historia.
Felo ha hecho de ese curioso y frecuente tejido una especialidad narrativa, para recordarnos que el deporte puede ser un eco de nuestros comportamientos colectivos e individuales, pero que también, a su vez, está atravesado por ellos. Que, al igual que en la naturaleza, también los acontecimientos sociales vinculados al deporte sugieren una lógica fractal que se replica hacia arriba y hacia abajo, hacia dentro y hacia afuera, y hacia todos los puntos cardinales.
Pero todo esto no puede prescindir de quien observa. La belleza, decía el filósofo Hume, está en el ojo de quien observa, no en lo observado. La belleza no mira, solo es mirada, apuntaba en el mismo sentido Einstein, otro físico atento a la belleza de la circularidad de las ecuaciones. Y Felo observa y mira.
Quedará sí por saber quién o qué dio la patada inicial, qué puso en movimiento el principio de las cosas, la rueda, el camino de Magallanes, las ecuaciones, los lenguados, la primera pelota, el devenir de esta roca gigante sobre la que nos paramos o su persistente movimiento curvo alrededor de esa otra esfera brillante. Y si acaso se recreará también mirando rodar un partido tan inclinado a los equilibrios, al empate por el que juegan siempre los asuntos cuando se miran desde lejos.
Salvador Banchero
Tres flechas contra una bomba

La señora Enola Gay soñó, como cualquier madre, con tener un pequeño niño. Pero seguramente lo que nunca se imaginó fue que su hijo, el piloto Paul Tibbets, pensó que sería un lindo gesto nombrar como su madre al avión que arrojaría la primera bomba atómica con fines militares. La bomba la bautizaron Little Boy y de esa manera Enola Gay (el avión) trajo al mundo un pequeño niño que casi acabó con una ciudad entera. Como dice la canción de Orchestral Manoeuvres in the Dark, «Enola Gay, you should have stayed at home yesterday».
En 1945 el tiempo se detuvo en Hiroshima. La bomba cayó un 6 de agosto, destruyó el 60 % de los edificios y se llevó a 140.000 de los 350.000 habitantes que tenía la ciudad. Muchos murieron por la explosión; otros fallecieron cuando, luego de algunas horas y desesperados por beber, comenzaron a tragar las gotas negras que caían del cielo, sin saber que la lluvia traía consigo grandes cantidades de radiación. El mundo presenció la imagen de ese flash blanco que luego se transformaría en un hongo gigantesco. Ante tamaña catástrofe, Japón no se dio el lujo de detenerse: la rapidez con la que los japoneses reaccionaron sigue siendo poco creíble para Occidente y despierta admiración.
A las afueras de Hiroshima, el complejo industrial de la empresa Toyo Kogyo Co. quedó prácticamente intacto. En los días posteriores a la bomba el complejo se transformó en un hospital improvisado. Toyo Kogyo Co. era una empresa que se dedicaba a la industria automotriz. En los años treinta, empezó a producir automóviles que decidió llamar como el dios persa de la luz, la sabiduría, la inteligencia y la armonía: Mazda, nombre con el que se conoce a la empresa en la actualidad. Solamente tres meses después de la bomba atómica, la fábrica ya estaba produciendo de nuevo.
Esa fábrica unos años antes, en 1938, había formado un equipo de fútbol: el Toyo Kogyo Soccer Club. Los japoneses pateaban una pelota muchísimo antes de que existiera el fútbol: allá por el siglo VII los monjes japoneses jugaban un deporte llamado kemari, que consistía en formar un círculo y pasarse una pelota por el aire, evitando que tocara el suelo. Cuando, en 1873, unos oficiales de la armada inglesa apostados en Japón jugaron un partido de fútbol entre ellos, el público que asistió pensó que estaba viendo una variante del legendario kemari. Marineros ingleses repartiendo fútbol por el mundo, ya lo dice el historiador argentino Pablo Alabarces en referencia a la expansión del fútbol: «La clave fueron los puertos».1
Japón vivió desde 1639 hasta 1853 una política de aislamiento conocida como Sakoku, según la cual entrar al país o salir de él sin permiso podía ser penado con la muerte. El primer partido entre equipos japoneses se dio en 1888, se enfrentaron el Kobe Regatta y el Yokohama Country.2 Eran tiempos de apertura de Japón al mundo, tiempos en los que Tom Cruise se adhería a la causa samurái en aquella película de Edward Zwick. El personaje de Cruise nunca existió en la vida real, pero sí el jefe samurái que lideró la revuelta. Saigō Takamori es considerado el último samurái verdadero; falleció en 1877 en la batalla de Shiroyama. Gobernaba el emperador Meiji y Japón comenzaba a modernizarse y a occidentalizarse, a veces de manera voluntaria, a veces no. Algunos cambios fueron considerados ataques a la cultura japonesa por parte de la clase samurái, que también era sometida a la pérdida de algunos privilegios.
En 1853 el comodoro estadounidense Matthew Perry se presentó en la bahía de Tokio con una flota de buques proveniente de Estados Unidos y exigió la apertura del comercio. En marzo de 1854 se firmó el Tratado de Kanagawa, según el cual Japón abrió sus puertos a los barcos estadounidenses. Fue el primero de varios tratados entre los orientales y algunas potencias occidentales. De Estados Unidos los japoneses aprendieron el béisbol, deporte que fue introducido por profesores que llegaban a Japón a enseñar inglés como parte de esos planes de modernización. Tuvo un gran éxito entre los estudiantes universitarios, por eso no sorprendió cuando, en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, los organizadores eligieron devolver el béisbol al programa olímpico. Japón fue medalla de oro tras ganarle la final a Estados Unidos.
Estados Unidos no era el único con intereses en el país oriental. Siete meses después del Tratado de Kanagawa, el almirante británico James Stirling consiguió firmar el Tratado de Amistad y Comercio Anglo-japonés. Preocupado por la influencia en el país nipón de los rusos, que por esos años enfrentaban al Reino Unido en la guerra de Crimea, Stirling llegó a Japón y replicó el tratado firmado por Estados Unidos. De los británicos los japoneses aprendieron el fútbol.
Los tratados se irían sucediendo, otorgando cada vez más privilegios a las potencias occidentales, mientras se aumentaba el intercambio comercial, cultural y militar. Con la tarea de instruir a los miembros de la Academia de Guerra Naval en Tokio, llegó a Japón en 1873 el teniente comandante Archibald Lucius Douglas. No se limitó solamente a las clases militares, sino que también les enseñó a sus subordinados las reglas del fútbol, un deporte que no tenía más de diez años. También en 1873 se abrió en Tokio el Colegio Imperial de Ingenieros y sus profesores pasaban los ratos libres enseñando el deporte a sus estudiantes.
El fútbol nunca fue tan popular como el béisbol en tierras niponas, pero en la década del 30 se comenzaron a formar varios equipos ligados a empresas. La guerra y la posterior ocupación estadounidense retrasaron el avance del deporte. En 1965 se formó la Japan Soccer League, predecesora de la liga japonesa actual. Varias empresas presentaron sus equipos: Mitsubishi, Hitachi, y también lo hizo Mazda.
A pesar de que solamente habían pasado 20 años desde la bomba, Hiroshima tenía un equipo de fútbol que ganaría cuatro de las cinco primeras ligas disputadas.
Todo seguía siendo muy amateur, los jugadores eran empleados de las empresas y recién en la década del 70 se vendió por primera vez a un jugador japonés al exterior. En 1993 las autoridades del fútbol decidieron barajar y dar de nuevo. Fundaron la Japan League, los equipos pasaron a ser profesionales, se les exigió que jugaran en estadios con capacidad para más de 10.000 personas y que abandonaran los nombres empresariales. Así, el Mazda Sport Club pasó a llamarse Sanfrecce Hiroshima, que traducido al español significa Tres Flechas Hiroshima.
Cuenta la leyenda que el señor feudal de Hiroshima en el siglo XVI Mōri Motonari juntó a sus tres hijos y le repartió una flecha a cada uno. Les pidió que la quebraran, si es que podían, cosa que cada hijo hizo sin problema. Luego les entregó tres flechas a cada uno y volvió a pedirles que las quebraran; ninguno pudo. Luego de esto, Motonari les dijo a sus hijos: «Tres flechas pueden quebrarse fácilmente por separado, pero no juntas».3
Semejante historia inspiró a los dirigentes del momento. La palabra san significa «tres» en japonés y frecce es el plural de flecha en italiano. El escudo del Sanfrecce Hiroshima también tiene seis franjas, que hacen referencia a los seis ríos que atraviesan Hiroshima. Pero no solo el nombre era nuevo, también el estadio. En 1992 se inauguró el Gran Arco de Hiroshima, un estadio para 50.000 personas. Menos de 50 años después de la bomba.
En la actualidad en Hiroshima viven unos 1,2 millones de personas. Las últimas victorias del Sanfrecce fueron el bicampeonato de la liga en 2012 y 2013, además de tres supercopas en 2013, 2014 y 2016, con el gran Hisato Satō, que jugó en el club desde 2005 hasta 2016 y anotó 212 goles, y Toshihiro Aoyama, que fue parte de Japón en el Mundial de Brasil.
Han sido más de 70 años en los que la ciudad y sus supervivientes siguen pidiendo lo mismo: nadie debe vivir lo que ellos vivieron. Y para no olvidar ese 6 de agosto de 1945 sigue en pie la Cúpula de Genbaku, un edificio prácticamente destruido que contrasta con una ciudad viva y moderna, un recordatorio de lo fácil que resulta destruir una ciudad. Lo realmente difícil es levantarse.
1 Pablo Alabarces. Historia mínima del fútbol en América Latina. Editorial Turner
2 Sakura-do Tokyo. Kobe Regatta & Athletic Club Gallery 1890s.
3 «La historia detrás de los nombres de los equipos japoneses» (El Nueve y Medio, 31/1/2019).
Nacer y empezar a correr

El nacimiento de una jirafa no es fácil. Las hembras paren de pie, el recién nacido llega al mundo cayendo desde un metro y medio. Las jirafas nacen con un saco protector que cuida a la cría en la caída. A la media hora ya se pueden sostener en pie y a las diez horas son capaces de correr junto a la madre. No hay tiempo que perder cuando acechan depredadores de todo tipo.
Sudán del Sur nació como país de manera muy violenta, su caída de metro y medio fueron dos guerras civiles que duraron 50 años con sus vecinos del norte. Murieron 2,5 millones de personas y otros cuatro millones fueron desplazados de sus hogares.
Históricamente Sudán siempre fue dos países totalmente distintos entre sí. El territorio del norte tiene cultura islámica e influencia egipcia. El sur es animista y cristiano. Pero los europeos decidieron juntar lo que hasta entonces la naturaleza y alguna guerra aislada separaban.
A fines del siglo XIX, la llegada de británicos y egipcios rompería la independencia de las tribus sursudanesas. Pese a formar una única entidad, el Sudán Anglo-Egipcio fue administrado como dos territorios diferentes: mientras el sector norte era predominantemente musulmán y hablante de árabe, en el sur, animista, se fomentaba el uso del inglés. Aunque la idea original de los europeos era incorporar el sur de Sudán a su protectorado en Uganda, finalmente se decidió acabar con el régimen diferenciado y tener una colonia unificada, pese a las protestas de los sectores del sur. Finalmente, en 1953 británicos y egipcios aceptaron dar la independencia al territorio conjunto y formar, en 1956, la República del Sudán, con capital en Jartum (en el norte) y de carácter unitario. Nadie escuchó a las tribus del sur.
Las tensiones etnoterritoriales entre ambos sectores bajo un único gobierno no tardaron en aflorar y en 1955, soldados del sur protagonizaron motines que derivaron en la primera guerra civil sudanesa.
El conflicto terminó en 1972 con la firma de un protocolo de paz en Adís Abeba (Etiopía) que permitiría la creación de un gobierno autónomo en Sudán del Sur. El acuerdo significó una década de paz, hasta que el presidente sudanés Yaafar al-Numeiry anunciara el establecimiento de un Estado islámico y la aplicación de la sharía en todo el país, lo que provocó el estallido de la segunda guerra civil sudanesa. Así se gestó Sudán del Sur, sin saco protector que pudiera contener esa caída.
Fueron años de lucha por la independencia que desembocaron en un plebiscito celebrado el 9 de junio de 2011. Así, Sudán del Sur se transformaba en el país más joven del mundo por aquel entonces. Solamente 24 horas después ya estaba jugando su primer partido de fútbol. Con solo un día de vida, las autoridades se preocuparon por formar una selección. Fue derrota 3-1 contra el Tusker FC, un equipo de la primera división de Kenia. Sudán del Sur comenzó ganando, pero dos goles en propia puerta cambiaron el marcador. No serían los últimos goles en contra que se marcaría Sudán del Sur.
Khamis Leyano, el autor del primer gol, le dijo a Xavier Aldekoa, periodista de la revista Panenka: «Quizá sorprenda que el primer gol de la historia de Sudán del Sur lo haya marcado alguien nacido en el norte, pero yo me considero de aquí, mi familia es sureña y siempre he deseado con todas mis fuerzas poder vivir en mi nuevo país».4
El partido se jugó en la capital, Yuba, en un renovado estadio financiado principalmente por China y Malasia, a los que poco les importa lo que pase adentro de la cancha, sino que les interesan más bien las reservas de petróleo del nuevo país. China era el receptor del 60 % del crudo de Sudán (antes de separarse) y la encargada de financiar la infraestructura necesaria para transportar el petróleo desde los pozos del sur hasta el mar Rojo. Ese es uno de los grandes problemas de la independencia: los pozos de petróleo quedaron al sur, pero las refinerías y los oleoductos están en el norte. Dos países obligados a entenderse.
Los primeros pasos de la selección nacional sursudanesa estuvieron dirigidos por el local Malesh Soro, pero, buscando una mejor proyección internacional, las autoridades del fútbol sursudanés recurrieron al serbio Zoran Đorđević.
LOS TIGRES AFRICANOS
Đorđević es un entrenador poco ortodoxo. En su carrera supo pasar por 27 equipos. Es de esas personas que luchan contra todo, sin importar el contexto en el que asuma. Comenzó en Sudán del Sur en 2012 diciéndole, más bien gritándole, al presidente de la federación que él era un tigre y los jugadores deberían ser tigres. Dos años antes había dirigido a Bangladesh y logrado un milagro: ser campeón de los Juegos del Sur de Asia por segunda vez en la historia.
El objetivo era preparar a Sudán del Sur para su debut oficial a nivel internacional y su primera competencia: la Copa CECAFA (Consejo de Asociaciones de FÃ
