Todo vuelve (Todo arde 2)

Juan Gómez-Jurado

Fragmento

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Un adelanto

Todo lo que Aura Reyes pretende es continuar con vida diez minutos más.

No es tarea fácil.

Si tuviera que apostar, la propia Aura —cuya especialidad es el cálculo de riesgos y beneficios— pondría todo el dinero en contra de la débil figura acorralada en una esquina del patio de la cárcel. Al fin y al cabo, las otras son cuatro, son más fuertes que ella y Aura nunca ha sabido defenderse demasiado bien.

No hay testigos, algo de lo que el funcionario de guardia se ha asegurado. Nadie vigilando en los muros, las cámaras están apagadas. Tan sólo un desierto de cemento sediento de la sangre de Aura, que gotea de su nariz rota y empapa la línea amarillenta que marca el final del campo de baloncesto.

—Ven aquí, pija —dice la líder de sus acosadoras. Bajita, sonrisa lobuna, camiseta reventona.

De todas las cárceles y correccionales del mundo, y aparece en el mío, piensa Aura, evocadora.

No son las notas de un piano en Casablanca las que han llevado a Aura por el camino de la memoria. Ni la voz de una antigua enemiga concede tiempo para filosofar acerca de cómo las historias se repiten, en círculos concéntricos cada vez más pequeños. Como el que forman las cuatro mujeres que convergen sobre ella.

Diez minutos, es todo lo que necesita.

Estará muerta en tres.

—Ven aquí, no me hagas enfadar —insiste la Yoni, cuya lengua ha comenzado a escurrirse un poco. O eso quiere pensar Aura, que sueña con un clavo ardiendo.

Hazle hablar, se ordena. Mientras siga hablando, tienes una oportunidad.

—Si no te hago enfadar... ¿no me matáis?

Ni siendo generosos podríamos decir que la línea de diálogo pase de mediocre. Para alguien con las capacidades comunicativas de Aura Reyes, aún peor. Pero está agotada de recular por el patio, su nariz es una masa pulsante de dolor, tiene un ojo medio cerrado —cortesía del último codazo de una de las latinas—, y el patio se le está terminando.

La risa sin humor de la Yoni se funde con el sonido metálico que arranca la espalda de Aura al chocar contra la verja.

—Te crees graciosa. No eres graciosa.

Amaga un puñetazo de frente, pero no es ese el que golpea a Aura, sino el de una de sus secuaces. Y otro más, que llega desde la derecha.

Aura cierra los ojos, se desploma. El suelo le sienta bien, igual que una caricia. La grava del patio, tan suave y mullida como si la anunciase Pikolin. La pérdida de conocimiento canta una dulce nana en sus oídos. Está a punto de dejarse llevar, hasta que escucha —por encima del arrullo— un adelanto del futuro.

Trece espantosas palabras.

Y, de pronto, Aura descubre que morirse es mucho peor idea de lo que ella creía.

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PRIMERA PARTE

AURA

Mucho vestido blanco

mucha parola,

y el puchero en la lumbre

con agua sola.

Canción popular

—¿Contra qué te estás rebelando?

—¿Qué tenéis?

Salvaje (The Wild One)

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1

Un ingreso

Si no contamos los intentos de asesinato —y lo que vendrá después, que será peor—, la cárcel no está tan mal.

Aura Reyes ingresa en prisión a las ocho y tres minutos de un lunes cualquiera. No mira atrás para despedirse de la amiga que la deja en el aparcamiento de la cárcel de Estremera.

Mari Paz Celeiro, exlegionaria y exalcohólica —lo dejó esta mañana—, no le quita ojo mientras Aura recorre los cincuenta metros que la separan de la garita de acceso. Cargada con una bolsa de deporte con la ropa más apropiada para la situación. Demasiado liviana para el gusto de Aura, lo que le recuerda la noche anterior.

—¿Crees que este jersey...?

Mari Paz había meneado la cabeza por enésima vez.

—Nada dice «pegadme» en el patio del talego como la angora, rubia.

Aura dejó caer la prenda al montón de los descartes, con un suspiro. Sobre la cama había una exigua selección de prendas. Bragas y sujetadores viejos, calcetines de deporte, camisetas de publicidad con manchas de pintura. Todo lo que en su día había ocupado, literalmente, el fondo del armario pasaba ahora a primer plano.

—Ojalá una tienda con ropa de presidiaria.

—Si nos damos prisa pillamos el Bershka abierto —apuntó Sere, siempre dispuesta a ayudar.

Aura declinó la oferta con un gesto. Lo que había tendría que bastar.

Le habría gustado entrar en la cárcel con una maleta bien provista. Su abrigo de Canada Goose, hace tiempo vendido en Vinted para pagar las costas del juicio. Unas buenas botas. Una Biblia hueca con un martillo dentro. Lo que fuera menos aquella semidesnudez, aquel sentimiento de vulnerabilidad. La liviandad de la bolsa de deporte representa su indefensión en esta nueva etapa de su vida.

Por eso sigue caminando hacia la puerta de prisión, y hacia los tres periodistas que ya la esperan, con las cámaras en ristre, dispuestas a inmortalizar el glorioso momento.

Por eso no vuelve la vista en dirección al destartalado Skoda blanco de Mari Paz. Sabe que, si lo hace, no podrá evitar salir corriendo, gritándole que ponga en marcha el motor.

Cuando una es madre de dos niñas (ma-ra-vi-llo-sas, dicho así, separando mucho las sílabas y abriendo mucho la boca), no puede liarse la manta a la cabeza y entregarse a una vida de delito, como a ella le habría gustado. Tiene que cumplir con la justicia y entrar en prisión tal y como la jueza ha ordenado.

¿Es inocente del delito?

Sí.

¿Importa algo?

No.

A la antigua Aura sí que le habría importado. La antigua Aura era una exempleada de banca de inversión. Alguien que había ganado mucho dinero haciendo que sus clientes ganasen muchísimo dinero y que su jefe ganase cantidades obscenas de dinero. Tenía su chalet unifamiliar, su piscina y sus amigas.

Una mala noche de hace dos años, un hombre había asesinado a su marido y la había dejado a ella

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