No todos los héroes llevan capa

Jono Lancaster

Fragmento

Cuando tenía catorce años, mi madre me daba cinco libras para que fuera a la peluquería mientras ella se iba a hacer «la compra de la semana» a la ciudad. Como el niño bueno que era, yo la acompañaba andando a la parada del autobús, me aseguraba de que se subiera sin problemas y le decía adiós con la mano.

En cuanto el autobús desaparecía al doblar la esquina, con el billete de cinco libras en la mano, en lugar de irme a la peluquería regresaba a casa: sabía muy bien lo que iba a hacer, porque lo había hecho muchísimas veces antes.

Cuando llegaba a casa, que estaba completamente vacía, me iba derecho a la cocina, sacaba las tijeras grandes del cajón de arriba, debajo de la tetera, y me metía en el baño. Me miraba en el espejo y, lanzando un enorme suspiro, empezaba a cortarme el pelo.

Estos son los diez pasos que seguía para hacerme el corte estilo casquete que tanto se llevaba en la Inglaterra de la década de 1990:

1. Inclinar la cabeza hacia la izquierda, de modo que el pelo cuelgue hacia ese lado. Cortar las partes inferiores del lado izquierdo.

2. A continuación, inclinar la cabeza hacia la derecha, para que el pelo cuelgue en la otra dirección. Cortar las partes inferiores del lado derecho. (Ahora ya tenemos los elementos básicos del típico undercut, con los laterales más apurados).

3. Pasarse un peine húmedo por el pelo, peinándolo para darle «el punto». Podemos recurrir a una foto de Nick Carter de los Backstreet Boys para que nos sirva de inspiración.

4. ¿Estilo cortinilla o tipo tazón? Ahora es el momento de tomar esa decisión.

5. Si, como yo, optamos por el tazón, ir cortando alrededor de toda la cabeza en línea «recta», muy despacio. Procurar utilizar el peine como guía.

6. Cogemos un espejo pequeño y nos miramos la nuca. Rasurar el vello de la nuca lo más apurado posible. Repetir este paso varias veces.

7. Sonreír al campeón que nos mira desde el espejo y admirar el pedazo de obra de arte que hemos hecho. A continuación, limpiar el cuarto de baño a conciencia, eliminando cualquier resto de pelo. Echar lejía en el inodoro, fregar la bañera y, ya de paso, sacar brillo al espejo. (Esto es importante, véase el paso 10).

8. No mirarse en el espejo hasta al cabo de seis u ocho semanas.

9. Gastar cinco libras en cromos de fútbol (o en cualquier otro capricho que se nos antoje) e ir a buscar a mamá a la parada del autobús para ayudarla a llevar la compra a casa.

10. Explicar a mamá por qué seguimos yendo a esa peluquería tan cutre y, para cambiar de tema de conversación, decirle que hemos limpiado el baño de arriba abajo para que se quede contenta.

Es probable que ahora mismo estés pensando: «No entiendo nada; pero si en teoría este libro va sobre la autoestima y el amor propio, y no sobre cortes de pelo chungos…», pero no te preocupes, porque la razón por la que seguía todos esos pasos de ahí arriba no era por los cromos de fútbol, ni por las chorradas que pudiese comprarme con esas cinco libras, ni siquiera —lo creas o no—, para limpiar el baño hasta dejarlo como los chorros del oro.

La razón por la que me cortaba el pelo yo mismo era porque me daba miedo ir a la peluquería. Odiaba sentarme en aquel sillón, frente a aquel espejo descomunal, y tener que mirarme a la cara, la misma cara que odiaba más que cualquier otra cosa en el mundo.

Esos eran los sentimientos que dominaron toda mi adolescencia, porque me pasaba la vida pensando: «¿Por qué tengo que tener este aspecto?».

Nací con el síndrome de Treacher Collins, una patología que afecta a 1 de cada 10.000-50.000 personas (aunque algunos casos no llegan a diagnosticarse). Hay casos en los que la enfermedad es hereditaria, pero en el mío se trataba de una «mutación esporádica», es decir, no había antecedentes familiares de Treacher Collins. Por eso, cuando nací, a todo el mundo le sorprendió que tuviera un aspecto diferente.

El Treacher Collins solo afecta a los rasgos faciales y se presenta de forma distinta en cada persona. En mi caso, yo no tengo pómulos, lo que significa que tengo los ojos caídos, de manera que se me deforman hacia abajo. Las orejas no se me han desarrollado del todo, por lo que tengo unas orejas chiquititas estilo Bart Simpson, lo que quiere decir que sufro problemas de audición y tengo que llevar un audífono. Mi mandíbula y mis vías respiratorias superiores también son pequeñas, lo que en mi caso solo significa que ronco cuando duermo, pero otras personas en las que este síntoma es más grave pueden necesitar apoyo para respirar y comer, y tal vez intervenciones quirúrgicas que les ayuden con la vida diaria o incluso para evitar que mueran.

Cuando llegué a la adolescencia y ya me dejaban ir solo a la peluquería, me miraba a la cara y pensaba: «¿Por qué demonios me ha tenido que pasar esto a mí?».

Por suerte, han cambiado muchas cosas en mi vida desde los tiempos en que no me atrevía a ir a la peluquería. Mi cara no ha cambiado, pero mi mundo sí. He pasado de ser alguien consumido por una sensación constante de vergüenza a vivir una vida repleta de autoestima y amor hacia uno mismo, disfrutando de un mundo lleno de matices y colores, rodeado de personas excepcionales y viviendo aventuras verdaderamente épicas.

A lo largo de ese tiempo, he hecho muchísimo trabajo personal, pero también han aparecido personas increíbles en mi vida, tanto desconocidos como amigos y familiares. Me he dado cuenta, gracias a mi experiencia, de que no todos los héroes llevan capa, y la amabilidad, la generosidad y el amor que me han demostrado estas personas me han convertido en la persona que soy hoy.

También hay un héroe sin capa en tu vida en quien quizá nunca hayas reparado verdaderamente hasta ahora: tú mismo. Yo he tardado años (¡y todavía sigo trabajando en ello!) en comprender que puedo ser mi propio héroe, pero ese descubrimiento me ha cambiado la vida. Dedicar tiempo y esfuerzo a quererme más a mí mismo ha transformado mi manera de ver el mundo y no hay duda de que soy una persona mucho más feliz gracias a eso.

Por esa razón quiero compartir mi historia contigo. Aunque no tengas ninguna deformación facial como yo, puede que sientas que no acabas de «encajar» en el mundo. Quizá porque te comportas de una manera que no todo el mundo entiende, o porque te gusta hacer cosas que no se consideran «guais» o que los demás ven «raras». Sea lo que sea y seas quien seas, quiero que veas cómo el amor propio puede mejorar tu vida, y quiero contarte cómo he desarrollado más confianza y autoestima a lo largo de los años, por si estas tácticas también te resultan útiles.

He tenido la suerte de ayudar a familias y personas de todo el mundo a afrontar retos que a veces les dificultaban quererse a sí mismas, y he creado una organización benéfica, de la que hablaré más adelante. Ha sido increíble ser testigo del crecimiento personal de otras personas, y mediante este libro quiero ayudarte a encontrar formas de ganar

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