Nightbane (edición en español) (Lightlark 2)

Alex Aster

Fragmento

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CAPÍTULO 1
LA CRIPTA

Isla Crown notó un regusto a muerte.

Instantes atrás había desbloqueado la puerta de la cámara oculta en la Casa de Espejos. La energía vibraba en el interior, susurros en una lengua que Isla no comprendía, pero que despertaba ecos en lo más profundo de su ser. Era un mensaje urgente y obvio, algo así como la respuesta a una pregunta que hubiera olvidado.

El resto del palacio abandonado se encontraba en ruinas, pero esa puerta había permanecido cerrada durante toda la época de las maldiciones. Los antepasados de Isla habían hecho lo posible por mantenerla en secreto. Su corona era la única llave y ella pensó, mientras la puerta se abría con un chirrido estridente, que debían de tener buenos motivos para esforzarse tanto en ocultarla.

Se le aceleró el corazón cuando echó un vistazo al interior. Sin embargo, antes de que pudiera enfocar la vista, una intensa energía brotó de dentro, la golpeó en el pecho y la empujó con fuerza a la otra punta de la sala.

La puerta se cerró de golpe.

Durante un instante se hizo el silencio e Isla experimentó algo muy parecido a la paz, que para ella se había convertido en el lujo más escaso y codiciado. Era lo único que se atrevía a ansiar últimamente. Paz contra el dolor que le latía en el pecho, donde una flecha le había partido el corazón en dos. Paz contra los pensamientos que asolaban su cerebro como insectos que se atiborran de podredumbre. Había perdido y ganado infinidad de cosas esas últimas semanas, y no a partes iguales.

Sin embargo, durante ese único segundo, por fin fue capaz de dejar la mente en blanco.

Hasta que su cabeza golpeó el suelo de piedra y la visión de una matanza remplazó la paz.

Veía cuerpos. Calcinados y ensangrentados. No distinguía a qué reinos pertenecían; solo veía la piel y los huesos. La oscuridad se extendía en torno a los cadáveres como tinta de frascos volcados, pero no se asentaba, se encharcaba ni desaparecía.

No. Esa oscuridad devoraba.

La negrura apuró el resto de los cuerpos antes de desviar la atención hacia Isla. Sus tentáculos se acercaban, fríos y húmedos como extremidades sin vida. Antes de que Isla tuviera ocasión de moverse, las sombras le separaron los labios y la obligaron a bebérselas. Ella trató de tomar aire, pero tan solo notó el sabor de la muerte.

La negrura se apoderó de todo, como si las estrellas, la luna y el sol fueran velas y alguien las hubiera apagado una a una.

En ese instante la oscuridad habló.

«Isla. —Era su voz. La voz de Grim—. Vuelve conmigo. Vuelve…».

En un abrir y cerrar de ojos Isla había regresado a la Casa de Espejos, que era toda luz reflejada y esqueléticas ramas arañando los pocos cristales que quedaban intactos, como manos que trataran de alcanzarla.

Y al momento allí estaba Oro, acunándola en sus brazos. No era dado a reacciones exageradas, un hecho que tornaba su expresión horrorizada en algo aún más preocupante si eso era posible.

Isla se palpó la cara y descubrió que le corría la sangre por la nariz, los oídos, los ojos, por las mejillas. Se miró los dedos ensangrentados y únicamente atinó a pensar en lo que acababa de ver.

¿Qué había sido? ¿Una visión?

¿Una advertencia de lo que haría Grim si no volvía con él?

Isla no lo sabía, pero tenía una cosa clara: tan pronto como había abierto la puerta, esta se había vuelto a cerrar con fuerza. En la cámara había algo.

Y ese algo no quería que Isla lo encontrara.

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CAPÍTULO 2
VERDADES Y MENTIRAS

—Me rechazó —dijo Isla. No tenía lógica. El poder la había llamado; ella lo había notado. ¿Por qué la puerta se había cerrado de nuevo?

La corona dorada del rey destelló cuando él echó la cabeza hacia atrás mientras la examinaba. Estaba tan alejado de la cama en la que descansaba Isla como le permitía la alcoba.

No importaba. Aun a varios metros de distancia, ella percibía el hilo que los unía. Algo parecido al amor.

Algo parecido al poder.

Oro habló por fin.

—No estás lista. No creo que la corona sea la única llave. Si no querían que se abriera fácilmente, es posible que la hechizaran de tal modo que solo admitiera a una gobernante wildling.

—Yo soy una gobernante…

—Una que dominara sus poderes.

Ah.

Isla soltó una carcajada. No pudo evitarlo. Pues claro que la isla había encontrado la manera, una vez más, de hacerla sentir desplazada. A esas alturas la gobernante wildling ya se lo tomaba como un juego.

—Si eso que dices es cierto, supongo que seguirá cerrada —respondió ella con la mirada clavada en un punto de la pared. Las únicas expertas en artes wildling que seguían vivas eran sus guardianas. Y si Isla volvía a posar la vista en ellas, las mataría por haber asesinado a sus padres. Y por todas las mentiras que le habían contado desde la infancia.

El silencio llegó al punto de ebullición y empezó a derramarse. Isla casi podía notar la preocupación de Oro en el ambiente, calor con un dejo de desasosiego. Contuvo el impulso de poner los ojos en blanco. Después de todas las cosas que le habían pasado, que la arrogante puerta de una cámara la empujase a la otra punta de una sala no era en absoluto lo peor.

A Isla le molestaba la preocupación de Oro y también se odiaba a sí misma por esa rabia que se había cristalizado en su interior como una espada y que azotaba ante algo tan inocente como la inquietud. No obstante, últimamente se sentía incapaz de controlar ninguna de sus emociones. En ocasiones despertaba y carecía de energía para levantarse siquiera de la cama. Otras veces estaba tan enfadada que saltaba al portal de isla Agreste tan solo para poder gritar a sus anchas.

—Yo te enseñaré —se ofreció Oro.

—Tú no eres un maestro wildling.

—No —reconoció él—. Pero domino los poderes de cuatro de los reinos. Las habilidades requeridas son distintas, pero la ejecución no difiere demasiado. —Hablaba en un tono dulce, más amable de lo que Isla merecía—. Así me las ingenié para usar tu poder.

Así se las ingenió para salvarle la vida a Isla. El núcleo de la isla la habría achicharrado de no ser porque Oro había recurrido al vínculo que los unía para emplear los poderes de Isla en la Casa de Espejos. Fue en ese instante cuando ella cobró consciencia de los sentimientos que Oro le inspiraba. El hecho de que el rey solar tuviera acceso a la magia de ella significaba que Isla lo amaba.

Aunque ella no tuviera ni idea de lo que era eso, el amor.

Isla había amado a sus guardianas.

Había amado a Celeste.

En cierto momento, había amado a Grim.

La visión. Muerte, oscuridad y

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