Los justos

Jan Brokken

Fragmento

Los justos

1

Mister Radio Philips

Todo lo que importa comienza de manera inesperada y nos genera sospecha. Podrías tener que hacer una decisión imposible y solo contar con un instante. Sin estar seguro de qué hacer, existe la posibilidad de que el resto de tu vida dependa de esta decisión. ¿Qué hacer? Yo mismo no puedo responder, y quizás eso explique por qué he investigado esta historia como si fuera un espía.

Jan Zwartendijk escuchó el sonido del teléfono. Ya estaba afuera, con el bolso bajo el brazo y una llave en la mano. Acababa de cerrar con llave la oficina y la tienda. Eran casi las seis de la tarde, hora de verano de Europa Oriental. Los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles de Laisvės Alėja, “Avenida de la Libertad”, el bulevar más largo y ancho de Kaunas. En el escaparate resplandecían los radios; sus emblemas —cuatro estrellas y tres ondas— parecían de plata. “Mister Radio Philips”, así le decía la gente de Kaunas, siempre con un tono de admiración, como si él mismo hubiera armado los aparatos y los hubiera equipado con tubos de vacío y bocinas. En Lituania, más que en Occidente, los radios eran un símbolo de la era moderna.

Hacía muchos años que Kaunas (en ocasiones se le seguía llamando por su nombre anterior a la guerra, Kovno) se había sacudido el rezago provinciano, pero la guía telefónica completa seguía siendo apenas un tomo delgado. Algo le decía que si no contestaba el teléfono habría consecuencias. La fecha le pasó por la mente como si se tratara de una advertencia: 29 de mayo de 1940. Aunque era un empresario común y corriente —cuarenta y tres años, casado, tres hijos—, también era un extranjero, y en Lituania nunca sabía bien en quién confiar. En la medida de lo posible, mantenía su distancia. Si quitaba el seguro, caminaba hacia su escritorio y levantaba el auricular, abriría la puerta a todos los peligros de una ciudad al borde de la guerra.

No había nacido para ser un héroe. Carecía de ambición. Lo que quería era volver rápido a su casa para pasar una hora de ocio en el jardín con Erni y los niños antes de cenar. Era su tercer año en Kaunas y sabía que había que disfrutar las cálidas noches de verano. De lo contrario, no soportaría el largo invierno. Debajo de los manzanos, el mundo trastornado desaparecía en una nube a lo lejos en el horizonte. En ocasiones, le resultaba inevitable ocultarse de la realidad, pese a que creer en la paz parecía un disparate.

Se sintió tensión toda la tarde en la oficina. En la superficie, no había nada fuera de lo normal, salvo los ceniceros desbordados. Ningún cliente, tampoco pedidos. Un silencio sombrío. Había enviado a De Haan y Van Prattenburg a sus casas a las cinco y media. De Haan, el gerente de la planta de ensamblaje de radios, ahora desperdiciaba sus días en la oficina. Desde que se había detenido la producción, solo pasaba brevemente por la fábrica en las mañanas para mostrar a los empleados restantes que no había desaparecido de la faz de la tierra. Van Prattenburg llevaba la contabilidad y era director financiero. Su fugaz arranque de actividad llegaba al terminar la semana, cuando pagaba los sueldos. Los tres hombres ansiosos no habían hecho gran cosa ese día salvo fumar cigarros y asomarse a la calle cada dos minutos. Todos en la ciudad esperaban al Ejército Rojo. Maschewski se había quedado un rato, hasta que vio a una mujer en un vestido demasiado revelador de pie frente al escaparate. Se le acercó como si fuera una posible cliente y entabló una conversación en alemán, lituano, polaco o ruso, Zwartendijk no escuchó. Pero estaba seguro de que Maschewski había salido para tranquilizarse.

La ciudad vivía la calma que precede la tormenta. En cualquier momento los tanques podían descender de las montañas para asumir sus puestos en los puentes que cruzaban los ríos Neris y Niemen. Se imaginaba a los soldados rusos marchando por los dos kilómetros de extensión de Laisvės Alėja, que —ah, la ironía— se había construido en la era zarista para ensalzar la gloria de los desfiles militares. Era cuestión de uno o dos días. Y a partir de ese momento ya no existiría la Lituania libre e independiente. Sin duda alguna, la Unión Soviética anexaría el territorio.

El teléfono seguía sonando. En toda la semana no había sonado una sola vez. ¿Acaso, por fin, era un cliente? La amenaza de la guerra les reportaba cero ventas. La situación era igual de difícil que durante la Gran Depresión, que en Lituania se había prolongado hasta 1937 o 1938. Había tenido que despedir a quince empleados de la fábrica y los otros veinte estaban desocupados. Durante todo el mes de mayo no habían vendido un solo radio. Los empleados restantes perdían el tiempo en torno a las mesas de ensamblaje vacías, esperando saber qué sucedería. Escuchaban todas las estaciones que podían encontrar en el radio de onda corta, en busca de noticias. De Haan decía que le subían al volumen cada que escuchaban “Hitler”.

¿Acaso se trataba de un cliente que quería hacer un pedido? No. ¿Quién llamaría a las seis de la tarde, entre semana, para comprar un radio nuevo? Tampoco era la sede de Philips en Eindhoven; ellos se comunicaban por escrito porque una llamada internacional era igual de costosa que un boleto de ferrocarril hacia Berlín. Tenía que ser otra cosa, algo que no podía esperar.

Sin duda serían malas noticias. Esperaba que no fuera Piet. Su vínculo con su gemelo idéntico era tan fuerte que cuando Piet, a dos mil kilómetros de distancia, se resfriaba, Jan empezaba a estornudar. No había tenido noticias de su hermano en un mes. ¿Acaso Piet había estado en Róterdam el 14 de mayo durante el bombardeo alemán? Si Jan no contestaba el teléfono, pasaría toda la tarde y noche preguntándose si algo le había ocurrido a su hermano.

¿O acaso la llamada tenía que ver, de algún modo, con la precaria situación política? Suponiendo que así era, ¿qué clase de tonto fingiría no haber escuchado el teléfono? Abrió la chapa con la llave, empujó la puerta, cruzó rápido la tienda, subió corriendo las escaleras hacia su oficina en el segundo piso, levantó el auricular del teléfono de baquelita y jadeó:

—Hola… Philips Lietuvos…

—¿Zwartendijk?

La voz era neerlandesa con acento sureño. Jan asintió con un gruñido y con la mano desocupada se aflojó la corbata, había metido el calor de la calle.

—Habla De Decker.

Al principio su nombre no le dijo nada.

—Legación neerlandesa en Riga.

Ah. Ese De Decker.

—Su Excelencia…

—No hace falta la formalidad, dadas las circunstancias.

Había visto una vez a De Decker, en la recepción en el palacio presidencial cuando el embajador había acudido a presentar sus cartas credenciales. En ese entonces, los países báltic

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