Casa de flama y sombra (Ciudad Medialuna 3)

Sarah J. Maas

Fragmento

Casa de llama y sombra

PRÓLOGO

La Cierva se arrodilló frente a sus amos inmortales y se preguntó qué se sentiría al arrancarles la garganta.

Alrededor de su propia garganta colgaba un collar de plata frío y pesado. Nunca se calentaba al entrar en contacto con su piel. Como si las vidas arrebatadas que simbolizaba quisieran que ella también soportara las frías garras de la muerte.

Un dardo de plata en el uniforme de un necrolobo era el trofeo habitual por eliminar a un rebelde de la faz de Midgard. Lidia se había ganado tantos que ya no cabían en la tela gris de su uniforme imperial. Tantos que habían optado por fundirlos para convertirlos en ese collar.

¿Sabía alguien en esta habitación lo que en realidad representaba aquella joya?

Una correa en torno a su cuello. Unida a una cadena dorada que la ataba directamente a los monstruos que tenía frente a sí.

¿Y sospechaban esos monstruos que su fiel mascota se sentaba a sus pies e imaginaba cómo sería sentir el sabor y la textura de su sangre sobre la lengua? ¿Sobre los dientes?

Pero aquí permanecería arrodillada hasta que le dieran permiso para levantarse. Igual que este mundo permanecería hincado mientras los seis asteri, sentados en sus tronos, lo drenaban hasta dejarlo seco para después abandonar su cadáver y dejar que se pudriera en el vacío del espacio.

El personal del Palacio Eterno ya había limpiado la sangre del resplandeciente suelo de cristal bajo las rodillas de Lidia. No quedaba ni rastro de ese olor a cobre en el aire estéril, ninguna pequeña gota mancillaba las columnas que flanqueaban la habitación. Como si los acontecimientos de los dos días previos nunca hubieran sucedido.

Pero Lidia Cervos no podía permitirse seguir pensando en esos acontecimientos. No mientras estuviera rodeada de sus enemigos. No con Pollux arrodillado a su lado y apoyando una de sus brillantes alas sobre su pantorrilla. Si hubiera sido cualquier otra persona, ella podría haberlo considerado un gesto de consuelo, de solidaridad.

Pero viniendo de Pollux, del Martillo, no significaba nada, salvo posesión.

Lidia se obligó a que sus ojos parecieran muertos y fríos. Se forzó a adoptar la misma actitud en su corazón y se concentró en los dos reyes hada que defendían sus casos.

—Mi difunto hijo actuó de manera independiente —declaró Morven, rey de las hadas de Avallen.

Su pálido rostro exhibía una expresión severa. Era alto y de cabello oscuro, y vestía completamente de negro, aunque no parecía que la densa atmósfera del duelo pesara sobre él.

—Si hubiera sabido de la traición de Cormac, lo habría entregado yo mismo —concluyó.

Lidia desvió ligeramente la mirada hacia el panel de parásitos sentados en sus tronos de cristal.

Rigelus, oculto tras su habitual aspecto de hada adolescente, apoyó su delicada barbilla en un puño y dijo:

—Me resulta difícil creer que no tuvieras conocimiento de las actividades de tu hijo, considerando el firme control que ejercías sobre él.

Unas sombras recorrieron los anchos hombros de Morven para luego desaparecer bajo su armadura de escamas.

—Era un chico desafiante. Creía que lo había corregido a base de golpes hacía mucho tiempo.

—Pues creías mal —se burló Hesperus, la Estrella Crepuscular, que había adoptado la forma de una ninfa rubia. Sus dedos largos y delgados tamborileaban sobre el brazo brillante de su trono—. Debemos asumir que su traición derivaba de alguna corrupción dentro de tu casa real. Una que ahora debe enmendarse.

Por primera vez en las décadas que la Cierva llevaba conociéndolo, el rey Morven controló su lengua. No había tenido más alternativa que responder a la llamada de los asteri ayer, pero claramente no apreciaba este recordatorio de que su autonomía era una mera ilusión, incluso en la brumosa isla de Avallen.

Una pequeña parte de Lidia disfrutaba viendo cómo ese hombre que se había pavoneado en Cumbres, reuniones y fiestas tenía ahora que medir cada una de sus palabras. Consciente de que podrían ser las últimas.

Morven gruñó:

—No tenía conocimiento de las actividades de mi hijo ni de su corazón cobarde. Lo juro por el arco dorado de Luna. —Luego agregó con voz clara y una furia impresionante—: Condeno todo lo que Cormac fue y lo que representaba. No se le honrará con una tumba ni con un entierro. No habrá un barco que lleve su cuerpo a las Tierras Estivales. Me aseguraré de que su nombre sea borrado de todos los registros de mi Casa.

Por un instante, Lidia se permitió sentir un deje de lástima por el agente de Ophion al que había conocido. Por el príncipe hada de Avallen que lo había dado todo por destruir a esos seres sentados frente a ella.

Igual que ella lo había dado todo. Seguiría dándolo todo.

Polaris, la Estrella del Norte, con el cuerpo de un ángel femenino de piel oscura y alas blancas, dijo con una lentitud deliberada:

—No habrá un barco que lleve el cuerpo de Cormac a las Tierras Estivales porque el chico se inmoló. E intentó llevarnos a todos consigo. —Dejó escapar una suave risita odiosa que recorrió la piel de Lidia como garras—. Como si una vil llama pudiera lograr algo así.

Morven no dijo nada. Había hecho todo lo que había podido, excepto arrodillarse y suplicar. Podría llegar a eso, pero, por ahora, el rey hada de Avallen todavía mantenía la cabeza en alto.

Según la leyenda, ni siquiera los asteri podían perforar la niebla que envolvía Avallen, pero Lidia no sabía si aquello se había comprobado. Tal vez esa era otra razón por la que Morven había acudido allí: a fin de evitar que los asteri tuvieran motivos para poner a prueba la veracidad de la leyenda.

Si de alguna manera el poder ancestral que rodeaba Avallen los repelía, valía la pena sufrir la humillación a cambio de guardar el secreto.

Rigelus cruzó una pierna sobre la otra, apoyando el tobillo sobre la rodilla opuesta. Lidia había visto a la Mano Brillante ordenar que se ejecutara a familias enteras con esa misma actitud desen­fadada.

—¿Y tú, Einar? ¿Qué tienes que decir de tu hijo?

—Traidor de mierda —escupió Pollux, arrodillado al lado de Lidia. Aún mantenía el ala apoyada en su pierna, como si fuera su dueño. Como si ella fuera de su propiedad.

El Rey del Otoño hizo caso omiso del Martillo. Ignoró a todos, salvo a Rigelus, y contestó sin ninguna entonación:

—Ruhn ha sido salvaje desde que nació. Hice lo que pude por contenerlo. No me queda casi ninguna duda de que las maquinaciones de su hermana lo llevaron a participar en todo este asunto.

Lidia mantuvo los dedos relajados, aunque ansiaban cerrarse para formar puños. Estabilizó el latido de su corazón para que mantuviera un ritmo pausado y ordinario, de modo que ningún oído vanir pudiera detectarlo y considerarlo inusual.

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