Fugitiva

Carmen Gloria López

Fragmento

1

El paramédico pregunta dónde está mi mamá. Todos siempre preguntan por ella.

No sé cuándo murió mi madre. Conozco la fecha y lo del accidente, pero no siento que guarde la experiencia. Es como cuando me muestran fotos mías de niña; sé que soy yo, aunque tengo que mirar y aprender que eso era yo.

Tenía treinta y cuatro años, estaba jugando tenis y una arteria se reventó en su cabeza. Murió como si le hubieran dado un balazo, pero mucho más limpio. Siempre la imagino muerta impecable, de tenida blanca, visera perfecta, muñequeras de toalla, las piernas fuertes y doradas. Estupenda. Le pongo anteojos de sol, aunque seguramente no jugaba con anteojos. Sé que tampoco se usaba la tenida blanca en esos tiempos, es como la veo en mi imaginación. Incluso pienso que la enterraron así, y con la raqueta cruzada sobre su pecho.

Nada de eso existe en mi memoria, sin embargo me lo he imaginado tantas veces, que ya se está transformando en un recuerdo. Yo estaba esperándola en la casa para que me diera la papa de las siete. Mi abuela dice que mi nana de ese entonces la llamó porque hacía rato tenía que haberse ido a su casa. Mi mamá estaba atrasada, muy atrasada. Mi abuela cortó y recibió el llamado de la Clínica Alemana, el mismo lugar donde había nacido yo seis meses antes. Dicen que el profesor de tenis llevó a mi mamá a Urgencias. A veces me dan ganas de conocerlo y preguntarle por esos últimos minutos, pero me meto en otras cosas y se me olvida.

Lo normal habría sido crecer diciéndole mamá a mi abuela y que todos nos hubiéramos olvidado del asunto. Mi abuela Rosa pensó que eso era matar a mi mamá dos veces, así que no solo nunca me dejó decirle mamá, sino que me hablaba de la muerta todos los días. Quería que, en algún momento de mi vida, yo lamentara la pérdida de mi madre aunque no la hubiera conocido. En vez del típico cuento antes de dormir, yo escuchaba a mi abuela hablar de su única hija como si hubiera sido un ser superpoderoso.

Hubo una época en que todas las princesas de los cuentos tenían la cara de mi mamá y andaban vestidas de tenista. La Cenicienta, Blancanieves y, sobre todas, la Bella Durmiente. Cuando mis amigas se disfrazaban de princesas, yo pedía falda corta, ojalá con tablitas.

Cerca de los ocho años, escuché historias de espiritismo y empecé a creer en los fantasmas. Durante una semana quise que viniera ella flotando por el pasillo. Cerraba los ojos, apretaba los párpados y los abría mirando a la puerta y juro que veía formas, siluetas blancas, algo parecido a una raqueta, pero nunca pude ver su cara. A la semana siguiente, me bajó el susto. Demasiados días llamando a mi mamá podía atraer a otros fantasmas, pensaba yo. Dormí siete noches seguidas con mi abuela.

Ahora tengo quince, así que no creo en princesas ni en fantasmas y a mi mamá solo la veo en la foto que tengo en el velador. Cada vez es algo más lejano. Una cara que significa tanto como la Cenicienta. Tal vez un poco más, solo por el tema de las raíces y eso.

Ser hija de una muerta me marcó o, por lo menos, definió la relación que tengo con la vida y con su fin. Mi madre estuvo tan presente en todas las conversaciones, que siempre he sentido que con la muerte no se acaban las cosas. Al contrario, crecen.

Para el día de la madre y fechas así, se me viene a la cabeza la imagen en cámara lenta de mi mamá jugando tenis con la cara de la foto, sin gesticular, porque no puedo imaginar cómo se mueve esa cara. No sé cómo pasaba de la risa a la seriedad o cómo se movían sus labios cuando hablaba. Así que si necesito pensar en una madre que se mueve en el mundo real, pienso en mi abuela. Gordita, canosa, tan lejos de la tenista alba. La veo de espaldas moviéndose frenética, mientras hago las tareas en la mesa de la cocina. Con una mano revuelve la olla, con el pie cierra un cajón, entre el hombro y la oreja afirma el teléfono inalámbrico por el que comenta las últimas escenas de la teleserie y cada tanto interrumpe todo por un segundo para darse vuelta y decirme que me concentre.

Sí, mi madre es mi abuela. Bueno, era mi abuela. Mañana es su funeral.

Ahora sí que soy una huérfana.

2

Me criaron como hija única y víctima. Desde que tengo conciencia, me aproveché de la tristeza que tenían mi abuelo y mi abuela por su nieta sin madre. Nunca sentí ese dolor, pero saqué ventaja de él una y otra vez. Cada año de modo más sofisticado. Pasé de los dulces fuera de hora a acostarme después de las once, a ser la primera con celular en el curso y, el año pasado, la primera con iPhone. Mi abuelo dijo que tenía que ser «altiro el mejor».

Mi madre decidió tener una hija sin casarse y sin pareja. Tenía treinta y tres y creyó que ya se le había «pasado el tren». Me reía a carcajadas cada vez que mi abuela usaba esa expresión y siempre me pregunté si el tren se le iba también a los hombres o solo a nosotras. Ahora a nadie se le va el tren, o más bien nadie se sube. Bueno, de hecho no hay tren.

Nunca quisieron decirme cómo fui concebida, así que decidí averiguarlo por mi cuenta. A los doce, me obsesioné buscando en baúles posibles ex novios de mi mamá, pero mis abuelos eliminaron toda huella y nunca logré que se compadecieran tanto como para decirme la verdad. Probé varias técnicas: paseé taciturna unos días, desperté suspirando y sin hambre otros y me hice la dormida con la foto de mi madre abrazada sobre mi pecho. Estas estrategias no funcionaron. Me juraron varias veces que no sabían nada y, a pesar de que los seres que más quería en el mundo me lo decían mirándome a los ojos, jamás les creí.

Incluso en su lecho de muerte, torturé a mi abuelo con el tema. Una vez, mientras le daba sopa en la boca; otra, mientras le leía pedazos de Platero y yo. Lo chantajeé feo esa segunda vez. O me decía la verdad o no volvía a leerle un solo párrafo, nunca. Me pidió que me acercara y que lo mirara fijamente a los ojos. Cuando nuestras narices estaban casi tocándose, se me hizo un nudo en la garganta. No pensaba llorar, así que apreté los dientes, me hice la enojada y dije firme: «dime ya». Lo recuerdo ahora como una escena de película. Dime ya. Mi abuelo sonrió, disfrutando mi última manipulación teatral. Me repitió eso de que primero no quería que yo naciera, que se indignó con mi mamá cuando les presentó el «proyecto» (así me decía mi mamá antes de existir), pero que después, al verme así, tan pequeñita en brazos de una enfermera, me quiso mucho y de golpe.

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