Destripando la historia - Las auténticas princesas

Álvaro Pascual «Pascu»
Rodrigo Septién «Rodri»

Fragmento

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Resulta que existe un cuento de Blancanieves que no es el que todos conocemos y, aunque en él Blancanieves no es ninguna princesa, no podíamos dejarlo fuera de este libro.

Esta versión fue escrita, nada más y nada menos, que por los hermanos Grimm, aunque hay una versión más antigua llamada El enano desagradecido, de Caroline Stahl. Por una vez no nos remontaremos tan atrás en el tiempo y vamos a quedarnos con nuestros amigos Grimm, que son muy majetes.

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Érase una vez una mujer que vivía en una cabaña en mitad del campo. En su huerto tenía dos rosales, uno de los cuales daba rosas blancas y el otro rosas rojas. ¿Y qué importa esto? Pues vamos a verlo.

Resulta que la señora era viuda y tenía dos hijas que se parecían a los dos rosales, una llamada Blancanieves y la otra Rosarroja. No entendemos muy bien cómo una niña se parece a un rosal, pero los hermanos Grimm lo escriben muy convencidos y nosotros somos fieles a ello, faltaría más.

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Blancanieves era una niña muy tranquila y trabajadora y, aunque Rosarroja también ayudaba a su madre en casa, era una niña salvaje a la que le encantaba corretear por el bosque como loca.

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A pesar de sus diferencias, iban siempre juntas y se querían muchísimo. A menudo iban al bosque a coger frutos silvestres y a jugar con los animales. Les daba igual que se hiciera de noche y, si ocurría, simplemente se tumbaban a dormir sobre el musgo sin que su madre se preocupase por ellas en absoluto.

Un día, al despertar con la luz del alba, se encontraron con un niño muy guapete y vestido de blanco que las observaba mientras ellas dormían. Muy turbio todo... Entonces se dieron cuenta de que se habían acostado cerca de un precipicio… ¡No se habían matado de milagro!

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Al volver a casa, su madre les dijo tan pancha que ese niño era «el ángel de la guarda de las niñas buenas». Cuánta imaginación, madre.

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No entendemos muy bien qué importancia tiene esto en la historia…, pero ahí queda.

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Una noche muy fría, alguien llamó a la puerta de la casa de Blancanieves, Rosarroja y su madre. Rosarroja fue corriendo a abrir pensando que sería alguien perdido en busca de refugio, pero lo que se encontró fue a un oso gigantesco que se asomó por el hueco de la puerta. Rosarroja se volvió loca. Empezó a chillar, a subirse por las paredes…, de todo, hasta que su madre la tranquilizó junto con su hermana.

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—Tranquilas, niñas —les dijo a sus hijas—. Este gigantesco oso carnívoro y con pinta de tener hambre solo quiere calentarse un poco.

Y, bueno, como esto es un cuento…, efectivamente, el oso solo quería calentarse un poco.

Las niñas se confiaron bastante y empezaron a jugar con él, a hacerle mimitos y esas cosas que se le hacen a un oso cuando entra por la puerta de casa, pero, cuando este veía que se estaban pasando, les decía:

—Cuidadín, pequeñas criaturas del infierno, no vayáis a matar a vuestro pretendiente.

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¡Boom! Segundo momento turbio de este cuento que no parece importar a nadie. Repasemos. Un niño extraño te observa mientras duermes y un oso te dice que va a ser tu pretendiente. Todo bien. Sigamos.

Se fueron a dormir y, a la mañana siguiente, abrieron la puerta para que el oso volviera al bosque.

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Desde ese día, el oso volvía todas las noches a la misma hora para sentarse junto al fuego y jugar con las niñas, hasta que llegó la primavera.

—¡Me voy y no volveré hasta después del verano! —les dijo a las niñas y a su madre.

—Ohhh… ¿Y adónde vas? —preguntó Blancanieves.

—Voy al bosque a cuidar mis cositas para que no me las roben los enanos —explicó el oso—. Durante el invierno se quedan en sus agujeros, pero ahora que hace calorcito salen y se van quedando con todo lo que encuentran.

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Vale. A ver. Que nosotros sepamos, los osos hibernan, pero, por alguna razón, en este cuento el oso ha pasado el invierno en casa de Blancanieves y Rosarroja, y los que sí que han «hibernado» son unos enanos muy chungos.

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Así que el oso partió hacia el bosque, dejando muy tristes a las niñas, pero, al salir por la puerta, se rozó con el pestillo y a Blancanieves le pareció ver algo así como oro bajo su piel.

Cuánto misterio...

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Un tiempo después, la madre envió a sus hijas a recoger leña al bosque, y allí se encontraron con un enano al que se le había quedado enganchada la barba en una hendidura de la corteza de un árbol.

—Pero, vamos a ver, estúpidas, dejad de mirarme y venid a ayudarme a salir de aquí. ¡Feas, que sois unas feas! —les gritó el enano, que, como algunos estaréis pensando, sí, puede que sea el enano desagradecido ese de la versión de Caroline Stahl.

Las niñas eran muy buenas e intentaron ayudarle a pesar de sus malas palabras. Como no eran capaces de liberar su barba ellas solas, Rosarroja pensó que lo mejor sería pedir ayuda.

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—¡¿Pero es que no podéis solo vosotras dos?! ¡Cacho de flojas, orcos de Mordor, HIJAS DE UNA HIENA! —volvió a gritar el enano.

—Ten paciencia, pequeño hombrecillo, que ahora lo arreglamos —le dijo Blancanieves.

Entonces, la niña sacó unas tijeras de su bolsillo y le cortó la punta de la barba. En cuanto el enano quedó libre, se marchó maldiciendo y gritando más cosas feas a las pobres criaturas.

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