Defensa apasionada del idioma español

Álex Grijelmo

Fragmento

cap1

I. UNA LENGUA EN DETERIORO

El letrero colocado en el portal de mi casa decía textualmente:

“El servicio de T.V. vía satélite, estará suspendido, alrededor de cuatro días, plazo estimado para la impermeabilización de la zona donde están ancladas las mismas. La comunidad de propietarios”.

Así que al repasar esas frases me he preguntado por fin si alguna vez podré leer un cartel, rótulo, aviso, indicador, comunicado, anuncio, prospecto, bando, ordenanza, ley, nota, periódico, sentencia, carta, folleto, mensaje, catálogo, acta, tríptico, manual de instrucciones o aviso en general que aparezca redactado no ya con originalidad o talento sino con la más sencilla corrección ortográfica.

Seguramente el gestor de la junta de vecinos pertenece al Colegio Territorial de Administradores de Fincas, habrá cursado la carrera de tres años que le faculta para esa misión profesional y se mostrará muy educado ante quienes viven en el edificio; y nunca consentiría que cayese en el escrito una mancha de aceite de su bocadillo de sardinas; y vestirá siempre con elegancia para situarse en la mesa presidencial de las asambleas que reúnen a las familias residentes en el bloque de viviendas, y se cuidará el cabello para no parecer un desharrapado. El gestor de la comunidad de vecinos atiende a todos esos detalles con la dedicación que les ha de procurar quien cree que en ellos reside su imagen, el concepto que los prójimos se formarán sobre su competencia en el oficio y su capacidad para gobernar los problemas que produzcan el suministro de gasóleo o el impago de las cuotas de la comunidad de algunos morosos, y administrar con tiento las amonestaciones al portero si se excede en el número de días libres. Una persona mal vestida, con el pelo sucio y ademanes groseros jamás recibiría este empleo ni podría encargarse de la impermeabilización de las antenas ni de nada.

Sin embargo, el administrador estampó su comunicación en el tablón de anuncios del portal sin ningún pudor, con las comas derramadas sobre el papel, llena de errores de lengua y sin importarle que pudiera acarrear el rídículo ante cualquier persona que, simplemente, haya estudiado los primeros cursos del bachillerato.

¿Y por qué no tuvo ningún recato? Tal vez porque tampoco a quien incluso haya terminado con éxito el bachillerato le importa demasiado tal disloque sintáctico. Porque se ha perdido la vergüenza por no escribir bien y ya no se reclama cierta elegancia en ello; y ningún vecino habrá avisado al autor del texto de que “las mismas” no tiene antecedente alguno (se le ha olvidado poner la palabra “antenas”), o que “el plazo estimado” incluye un calco del inglés, porque “estimar” significa en español tener aprecio; y quizá a todos les haya pasado inadvertido incluso que el archisílabo “impermeabilización” es un quiero y no puedo cuyo estilo presumido desecha el más sencillo “hacer impermeables”.

Pero sí se habrán dado cuenta mis vecinos, en cambio, de que la nota olvida precisar a partir de cuándo contarán esos cuatro días en que los satélites no conectarán con nuestras casas, porque el dato sobre el comienzo de la suspensión del servicio no se incluye, ni la nota tiene una fecha que sirva como referencia para el momento en que empieza tal plazo.

Y no es de extrañar que le ocurriera eso. Quien no comprende la estructura del lenguaje, la más sencilla de todas las estructuras posibles, difícilmente aprehenderá cualquier otra lógica de la comunicación; y quien no repara en cómo dice las ideas olvidará incluso las ideas mismas: en este caso, durante cuánto tiempo nos perderíamos los programas de Eurosport, la RAI y la CNN. Los fallos de lenguaje muestran en la superficie de la alberca la falta de depuración del fondo.

El empleado del concesionario de automóviles vestirá de traje, zapatos a tono y pañuelo que combine con la corbata. Intentará quedar bien con el cliente, y le hablará de válvulas y de potencia, buscará un lenguaje elegante como su propia ropa, y finalmente no podrá resistir la tentación de citar el airbag y el reprise para estropearlo todo. Porque en su oficio colocar palabras extranjeras se tiene por algo prestigioso.

El hombre joven que atiende al público en una de las mesas de la sucursal bancaria manejará con soltura el vocabulario de los créditos y los intereses, y reconvendrá al cliente con amabilidad si éste no sabe diferenciar entre crédito y préstamo, pero sin ninguna vergüenza le preguntará luego si quiere “aperturar” una cuenta.

La falta de respeto por el patrimonio común que constituye el idioma español provoca que en España —su cuna—las señales de tráfico contengan notables faltas de ortografía —“autovia”, sin acento; “desvio”, sin acento; “Alcala” sin acento—, o que al “alto” o al “pare” que se emplean en Latinoamérica les sustituya la palabra stop.

En los vagones de la compañía ferroviaria estatal Renfe se rotula “coches camas” en lugar de “coches cama”; y las azafatas de Iberia dicen a los pasajeros desde hace lustros “bienvenidos a Barcelona”, cuando ellas han hecho el viaje en la misma aeronave. En puridad, tendría que subir al avión en Barcelona un empleado de la compañía para darnos con buen criterio la bienvenida, un acto de hospitalidad y educación; porque así como nadie nos puede invitar a una casa de la que no sea dueño, ni nadie puede profetizar el pasado, no cabe que la gentil aeromoza nos considere “venidos”, ni bien ni mal, si ella no estaba previamente allí.

Esa bienvenida, pronunciada en un aparato que tantos miedos genera, ejercerá cierto desasosiego en quienes hayan viajado en el avión, por más que el vuelo haya concluido; porque este desarreglo lingüístico invita a preguntarse si la compañía habrá puesto el mismo cuidado en la seguridad aérea que en el idioma que habla en público su tripulación, siendo esto menos complicado que aquello.

Los fumadores españoles han leído durante lustros, inscrita en las cajetillas, la siguiente leyenda: “Las Autoridades Sanitarias advierten que el tabaco perjudica seriamente la salud”. Mala propaganda se hacen las autoridades sanitarias, de quienes habrá que esperar igualmente que velen mejor por la competencia de sus médicos que por la de sus publicistas: nada menos que cinco errores en apenas 11 palabras. En tal alineación de vocablos sólo se han escrito correctamente “Las”, “tabaco” y “salud”. Porque no hay razón para las mayúsculas en “autoridades sanitarias”; “advertir” en este caso precisa la preposición “de”: “advertir de que”; “seriamente” es un calco del inglés y ocupa sin razón el lugar de “gravemente”; y “perjudicar” necesita también una preposición: “el tabaco perjudica a la salud”. El error se ha reproducido en el título de una divertida película de Manuel Gómez Pereira: El amor perjudica seriamente la salud. Y la fórmula se repite ya de título en título, perjudicando así gravemente al idioma [1].

No se trata, en estos últimos

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