Un 2% (mío)

Hugo Cobo

Fragmento

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Esa noche hubo tormenta. Las nubes taparon el cielo y no se podía ver ni una estrella. La luna tampoco hizo acto de presencia, así que lo único que iluminaba las calles que observaba a través de la ventana eran las luces artificiales de las farolas. Antes de que cayera la primera gota ya se podía sentir la humedad adhiriéndose a la piel y colándose en el aire que respiraban mis pulmones. El ambiente era sofocante porque el chaparrón era inminente pero todavía no se dignaba a aparecer. Me visitó la misma sensación que te invade en esos segundos antes de romper a llorar delante de alguien que no quieres que te vea.

Entonces las nubes no aguantaron más y dejaron caer todo lo que llevaban dentro. Fue de forma gradual. Primero se escuchó el repiqueteo de la lluvia en la ventana, como si diez gorriones bailaran claqué. Aunque sabía que lo peor estaba por llegar, me sentía un poco más liviano. La intensidad fue aumentando y enseguida se unieron a la fiesta más gorriones. El viento soplaba tan fuerte que las hojas de los árboles no oponían resistencia y se soltaban de las ramas que las habían visto crecer. A mi mente acudieron aquellas veces que me rendí ante la adversidad y me sentí un poco hoja ante el viento.

El espectáculo terminó con la magnífica obra del técnico de luces y sonidos. Truenos y relámpagos hallaron su camino en el cielo haciendo temblar las paredes de los edificios. El miedo se asomó en mi cabeza por la violencia de la tormenta, pero sabía que estaba seguro en mi habitación y, en realidad, agradecía poder contemplar esa danza descarnada y sentir toda esa vida que se estaba produciendo ahí fuera.

En cierto modo acabé reconfortado porque comprendí que sea como sea, y pese a las dificultades, al final el temporal siempre amaina y podemos reconstruir desde la calma.

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Tratarse bien a uno mismo no debería estar penalizado, debería ser una obligación.

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¿Quién te devuelve la mirada cuando estás frente al espejo?

¿Te gusta la persona que ves?

Hay ciertos momentos en la vida que no tenemos una respuesta clara a estas preguntas. Y está bien que así sea porque eso significa que estamos manteniendo un diálogo con nosotros mismos, que nos estamos escuchando y nos permitimos cambiar si algo no nos convence.

Tratarse bien a uno mismo no debería estar penalizado, debería ser una obligación. Muchas veces tendemos a decirnos solo lo malo y nos olvidamos de enorgullecernos de aquello que sí nos gusta de nosotros. No sé por qué, pero suele pasar que aceptamos mejor una crítica que un cumplido, incluso aunque venga de nuestro interior.

Aun así, la muda y la transformación forman parte de la vida, y es muy probable que queramos dejar atrás aquello con lo que no nos sentimos a gusto. No debemos culpabilizarnos por ello, pues cambiar es lícito y necesario. Solo así se consigue crecer.

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Pedir perdón es uno de los actos más valientes que existe. Te obliga a lidiar con la rabia que supone haberse equivocado y con el dolor que has causado. Pedir perdón significa asumir la responsabilidad de tus actos, dar la cara por ellos y saber agachar la cabeza. Te pone en una posición vulnerable respecto a la persona que ha perdido su confianza en ti, porque el paso siguiente ya no está en tu mano y puede que pierdas más de lo habías jugado.

Perdonar tampoco es fácil. La confianza es de cristal y si se cae, se rompe en mil pedazos. Con paciencia, los trozos se pueden volver a pegar, pero las grietas siempre quedarán expuestas y los días de lluvia o de cambio de estación volverán a escocer solo para recordarte por qué están allí.

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Pedir perdón es uno de los actos más valientes que existe.

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