Piel de letra

Laura Escanes

Fragmento

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Huesos. Músculos. Órganos. Vísceras. Fibras y fluidos. Unos 5 litros de sangre. Poco más. Y nada menos. Todo eso es lo que la piel envuelve. O mejor dicho, es lo que se puede tocar, pesar, diagnosticar. Porque la piel envuelve muchas más cosas que no se tocan, pero se ven. Cosas que no se miden, pero ahí están.

Para empezar, la piel envuelve la idea de uno mismo. Esa necesaria distancia entre lo que nos hemos dicho que somos y lo que nos han venido diciendo los demás. Una distancia eterna en el caso de quien no tiene amigos y muy corta o casi nula en el caso de quien sí disponga de esos espejos de la verdad.

La piel también envuelve un límite no solo físico, sino también temporal. La necesaria frontera entre el dentro y el fuera, sí. Pero también entre cualquier hecho y tu reacción. Entre el aquí y el ahora. Es la aduana por la que transcurren libremente las cosas que nos agujerean, que nos traspasan. Cosas que, curiosamente, siempre son palabras. Palabras como lo siento. Palabras como te dejo. Palabras como te echo de menos. Palabras como te necesito. Palabras que entran y salen a su antojo cada vez que les da la gana. Palabras que jamás podremos dejar pasar sin declarar. Porque cada vez que las recuperemos, volverán a hacernos bien o volverán a dejarnos fatal. Es el poder de lo atemporal, que tampoco tiene sentido ni orden ni lugar.

Por último, la piel envuelve los dos tesoros más valiosos que tenemos. Dos palabras más. Una es el miedo. La substancia más peligrosa para todos los sueños. Y la otra es la esperanza, de la que está hecha cualquier batalla para hacerlos realidad.

Palabras, matrículas del sentimiento, placas de identificación para todo aquello que nos invade. Por eso escribir es legalizar lo que nos emociona. Darnos licencia para sentir. Hacer que las cosas nos circulen por dentro.

Ojo, que la piel envuelve muchas cosas buenas y alguna no tan buena también. Envuelve prejuicios. Como los que tendrán algunos que jamás te hayan leído. Nada que una buena tarde de lectura no pueda remediar. Envuelve muchas envidias. Como la que sentirá más de uno cuando te lea, lo disfrute y sea incapaz de reconocerlo en sociedad. Y envuelve también algunas críticas que seguramente recibirás por hacer lo que sientes y hacerlo tan de verdad.

Nada de eso debería afectarte. Porque la piel no es impermeable, eso es cierto. Pero al ser un órgano vivo, sabe perfectamente cuándo absorber las letras y cuándo dejarlas resbalar. Y si no sabe, tranquila, que aprenderá.

La piel se te llenará de arrugas. De manchas. De imperfecciones. Y nada ni nadie podrá ni deberá evitarlo. Tu belleza pasará de ser un simple envoltorio a una belleza basada en las cosas que tú dejaste que existieran, todo aquello a lo que tú y nadie más que tú decidiste dar la palabra.

Y este libro será tan solo una muestra más.

Una muestra que, esta sí, quedará.

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Lo que no se ve

Necesito desnudarme. Necesito que contemples todo aquello que no se ve. Lo que no enseño. Porque aunque no lo veas, ahí está. Todas las lágrimas que derramo a escondidas mientras me tapo con las sábanas. O todas las mañanas que desearía no despertar nunca más y quedarme para siempre en la cama protegida. El miedo que me sube desde los pies y que acaba paralizando mi cuerpo y hasta mi mente. Todo eso existe. Todo eso está. Que no se vea no significa que no exista. Y a veces pasa que de tanto esconderlo, llama a la puerta amenazando con salir y hacerse notar.

Esta vez no quiero esconderlo más. Cuando vayas pasando las páginas, vas a ver aquello que jamás viste o escuchaste sobre mí. Entre todas estas palabras se oculta todo eso que no he dejado que se viera nunca. Abre los ojos y léeme bien porque aquí me tienes. Esta soy yo.

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Llora

¿Quién dijo que llorar es de débiles? ¿A quién se le ocurrió decir que aguantar las lágrimas es signo de fortaleza? Por Dios, llora.

Llora siempre que puedas. Llora delante de todo el mundo, sin miedo. Llora de felicidad, de rabia, de tristeza y llora por amor. Quiero que veas esas lágrimas recorrer tus mejillas, llegando a tu cuello. No te darás cuenta, pero cuando las contemples, te liberarás de tus miedos.

Llora porque eso significa que has vivido. Llórame a mí y llórate a ti. Mírate al espejo y verás cómo desaparece todo aquello que te causa temor. Emociónate cuando tengas un nudo que te impida tragar saliva y llóralo todo. Libera tus lágrimas y deja que caigan. Permite que se vayan. De lo contrario, llegará un momento en que te inundarás por dentro y tu río interno se desbordará y se lo llevará todo por delante. Incluso aquello que más quieres. Incluso aquello que estabas intentando proteger.

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No vuelvas

No vuelvas ahora que ya nos incineraron. No vuelvas ahora que ya todo es ceniza y nos perdemos entre humo y aire. Ahora que ya da igual lo que sienta. Lo que sientas. Demasiado tarde diría yo. Demasiado pronto dirías tú.

Es como si de repente todo lo que éramos ya no es. Todo lo que hubo se lo llevó una ola de lágrimas. Un mar de dudas. Y te pido que ya no vuelvas. No vuelvas porque ya no sirve de nada lo que hagas. Te esperé cuando más caricias necesitaba. Cuando más sedienta estaba. Pero tú, no. Tú, desapareciste. Así que ya no vuelvas, por favor. No vuelvas por todo lo que pudo ser y no fue. Lo que pudo significar y ahora no es nada más que un montón de tachones en una hoja en blanco. Todo lo que pudimos haber volado no sirve de nada ahora que no tenemos impulso. Ya no hay alas que sirvan, no hay viento que nos levante. No hay corriente que nos lleve a la orilla. Ya no.

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