La destrucción de una República

Francisco Gutiérrez Sanín

Fragmento

PRÓLOGO

El estudio de los partidos políticos se ha desarrollado enormemente en América Latina y en el resto del mundo después la Segunda Guerra Mundial. Los eventos históricos han marcado profundamente este campo del conocimiento. La derrota del nazi-fascismo y luego la del comunismo han transformado el sujeto-partido en el protagonista absoluto de la vida política en gran parte del mundo. Sin embargo, y con una paradoja sólo aparente, el éxito histórico de esta forma de practicar la política, una forma casi “universal”, no ha simplificado el campo de los estudios, sino que lo ha complicado cada vez más. Al multiplicarse en el tiempo y en el espacio, los partidos se han vuelto más opacos. No cabe duda de que las diferencias de los contextos históricos no ayudan. Pero no es este el punto central. Decir que en África los partidos son muy diferentes de los latinoamericanos es afirmar un hecho y no proponer una explicación. Hay mucho más. Por ejemplo: sin partidos es muy difícil pensar en una democracia viable. Sin embargo, mientras que la democracia pone en escena unos dispositivos conceptuales que procuran aclarar principios y reglas que pretenden ser evidentes para todo el mundo, los partidos que conforman la democracia operan en sentido contrario. Los principios democráticos son raramente invocados como base organizativa de un partido. Ni los estatutos, cuando existen, tienen necesariamente una fuerza prescriptiva. En fin, y con un poco de exageración, se podría decir que la “opacidad” de la forma partido es un dato fisiológico que desafía de manera constante la estabilidad democrática.

En este sentido, el caso colombiano es casi un clásico: por una parte, la longevidad de un bipartidismo sorprendente en el contexto continental, y por la otra, un recurso sistemático a la violencia de baja o alta intensidad practicadas por los dos bandos, en una lucha constante para lograr la supremacía y cambiar (o no) el país. Obviamente, mucho se ha discutido y mucho se ha pensado y escrito acerca de esta especificidad colombiana que parece desafiar la misma geometría de la política. Sin embargo, no se ha desarrollado una historia de los partidos. Hay muchos estudios acerca de las políticas de los partidos, de sus luchas, de sus actores sociales, de sus responsabilidades en fomentar la violencia, etcétera. Pero no existe un “campo” específico que nos explique “lo interno” de estos actores colectivos. El libro que el lector tiene en sus manos es el primer intento a partir de esta mirada.

De manera que la misma existencia del texto de Francisco Gutiérrez representa un evento nuevo en el panorama colombiano. Y los es también porque entre sus razones de ser se encuentra, precisamente, la voluntad de aclarar, en la medida de lo posible, aquella “opacidad” que, como dijimos, es un ADN de cualquier partido. Por otra parte, el autor en sus obras ya se había acercado al tema, pero más bien en una perspectiva “externa” más que “interna”, con importantes y reconocidos resultados. Él mismo hace referencia a estos precedentes, y en particular, a una obra del 2007 (¿Lo que el viento se llevó? Partidos políticos y democracia en Colombia 1958-2002), como parte de una larga reflexión que poco a poco se fue concretando en libros. La obra que estamos presentando cubre la época anterior.

El caso merece un breve comentario. Es normal empezar desde el pasado para acercarse por etapas al presente. Nuestro autor ha ido siempre del presente al pasado. Esta estrategia no es sólo personal; al contrario, hace parte de una tradición minoritaria pero de alto nivel intelectual. El gran historiador francés Marc Bloch (1886-1944) teorizó sobre la necesidad de un méthode régressive, es decir, un método que aborde un objeto histórico comparando diacrónicamente situaciones, “estados”, cuestiones, a partir del presente. Una mirada que ya había sido desarrollada en Inglaterra y la Alemania del siglo XIX. Vale la pena también señalar que el méthode régressive o la historia regresiva fue practicado —y lo sigue siendo— fundamentalmente por los historiadores de la Edad Media. El por qué no tuvo éxito entre los historiadores de la época moderna sigue siendo un misterio que aquí no es interesante explicar. Lo que cuenta es que el caso del bipartidismo colombiano cabe muy bien en esta mirada —por su longevidad—, como desvela la trayectoria intelectual de Francisco Gutiérrez.

¿Cómo ubicar entonces el presente libro en esta trayectoria? Antes de contestar a esta pregunta nada fácil, hay que señalar al lector no especializado que nuestro autor se mueve entre dos disciplinas, la historia y la politología, dos disciplinas que hoy están casi en conflicto abierto, pero que Francisco logra pacificar con una sabia recuperación de unos clásicos inolvidables. Su mirada “pacificadora” (no encontramos otro término) se debe a una opción que sí es metodológica pero también ético-política, y que encontramos en el libro de 2007 con aquel título hollywoodiano y prometedor. Su opción fue ponerse al lado de quienes pensaban (y eran pocos a nivel internacional en aquel entonces) que en el mundo se daban “democracias difíciles”, casos que no se podían comparar con los regímenes europeos salidos de la segunda posguerra, con sus Estados de Bienestar y con el paraguas norteamericano. A lo sumo se podía mirar la situación de entreguerras dominada por los fantasmas de Weimar. Piénsese sólo en un dato: en 1920, las asambleas legislativas fueron cerradas en dos Estados europeos, y en los años veinte, en otros seis; en los treinta, en nueve, y en los primeros dos años de la guerra, las ocupaciones nazis destruyeron cinco regímenes parlamentarios. La europeización del wilsonismo fue un fracaso rotundo y trágico que costó a la sola Europa alrededor de treinta millones de muertos (!). El camino a las “fáciles” democracias europeas no tuvo nada de “fácil” y pasó por una etapa de violencia sin precedentes en la historia.

La presente obra es por lo tanto una etapa régressive que viene de una idea fuerte de nuestro autor: es decir que los principales procesos de civilización democrática son procesos que casi arruinan las sociedades en donde tuvieron lugar. No se trata de pesimismo sino de realismo: las ruinas no garantizan los resultados. Podemos así entender mejor el título, el énfasis en el concepto de “destrucción”. Los títulos no son un detalle publicitario en nuestro campo. “Destrucción” es una alternativa en seco al concepto más tradicional de “crisis”, un término que por ser tan exagerado perdió su eficacia heurística. “Destrucción” es además una imputación inapelable de responsabilidad de los dos partidos históricos colombianos. “Destrucción” es también un corte cronológico muy preciso: las crisis no siempre se acaban, las destrucciones son implacables.

Hay más. El título indica físicamente los protagonistas de un drama largo Pero, ¿cómo estudiarlos? Aquí nuestro autor tuvo que navegar sin perderse en medio de una cantidad enorme de escombros conceptuales que los estudios de los partidos han dejado a lo largo de sus historias, y no sólo en Colombia.

Nada más difícil que el estudio de los partidos, a pesar de las aparienci

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