Lunes sin carne

Raquel Bernácer

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Me planteé reducir considerablemente mi consumo de carne y pescado cuando me fui a vivir a los Países Bajos. Cuando cambias de país, los primeros meses, si no el primer año, suponen un proceso de adaptación brutal a la cultura y el entorno en el que te encuentras. En el centro de Róterdam, donde vivo, no hay carnicerías ni pescaderías; de hecho, el concepto de «tienda de barrio» que tenemos en España prácticamente no existe.

Al mismo tiempo, por aquel entonces, el concepto de sostenibilidad alimentaria calaba cada vez más en los distintos foros sobre alimentación y nutrición en los que me movía, así que era difícil mantenerse ajena al impacto que la producción de alimentos, sobre todo de carne, estaba teniendo en el medio ambiente y en nuestra vida.

Tras varias malas experiencias comprando carne y pescado en el supermercado y una concienciación mayor sobre el impacto que tiene lo que como, empecé a cocinar más legumbres y vegetales y menos carne y pescado. Ahora sigo una alimentación que algunos llamarían «flexitariana» (hablo de ello más adelante) y consumo carne o pescado 2-3 veces a la semana, normalmente cuando salgo a comer fuera o si por trabajo he de hacer alguna receta con estos ingredientes.

Así es como empecé a interesarme por la cocina vegetal o plant-based y descubrí que nos perdemos todo un mundo de ingredientes, sabores, texturas y contrastes porque nuestra alimentación está sobre todo centrada en la carne. Nos han hecho creer que una comida no es tal si no lleva carne o, como poco, pescado. Nos hemos tragado el cuento de que comer alimentos vegetales es aburrido y soso. Nos han dicho que un plato no alimenta si no lleva carne. El problema no es que los vegetales sean sosos o aburridos, el verdadero problema es que no sabemos cocinar. No sabemos cocinar legumbres, una salsa de tomate o un arroz con verduras. Pero ojo, que tampoco sabemos cocinar carne ni pescado, pues existe una tendencia a cocinar en exceso estos ingredientes.

Muchísima gente no es consciente de ello, pero la producción de alimentos tiene un enorme impacto medioambiental. De hecho, el 26 % de las emisiones totales de gases de efecto invernadero proviene de los alimentos que producimos. El cambio climático es un hecho y la contribución de los gases de efecto invernadero está cada vez más clara. Otro dato impactante es que un 40 % de la superficie de la Tierra se utiliza para la agricultura. Una agricultura que, por cierto, también contamina y alimenta al ganado. Y es que la producción de carne consume una gran cantidad de recursos: tierra cultivable que se usa para producir vegetales que van a alimentar a animales en lugar de a personas, agua, fertilizantes y plaguicidas, por no hablar de la contaminación atmosférica con gases de efecto invernadero o de los acuíferos. Reflexionemos sobre este dato: producir 1 kg de proteína de ternera requiere 18 veces más tierra, 10 veces más agua, 12 veces más fertilizantes y 10 veces más plaguicidas que producir 1 kilo de proteína de alubia roja (un alimento con una proteína, por cierto, de alto valor biológico). Pero la agricultura no se queda corta. Aunque el ganado contribuye con un 5 % del metano, un gas con efecto invernadero, el cultivo de arroz es responsable de otro 1 %.

Así pues, sea lo que sea que produzcamos, va a tener un impacto medioambiental, pero no podemos dejar de producir alimentos. La ONU ha estimado que para el año 2050 seremos 9.700 millones de personas en este planeta. Un planeta que se agota, que debería multiplicarse por siete para mantener el ritmo de consumo de alimentos de los países que forman el G20. Un planeta en el que el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la inseguridad alimentaria y las enfermedades relacionadas con la alimentación son grandes amenazas para la humanidad.

Por suerte, tenemos soluciones a estas amenazas. Una de ellas es cambiar lo que nos ponemos en el plato. Hay un gran consenso entre los científicos de que las dietas basadas en vegetales son mucho mejores tanto para la salud como para el medio ambiente. En un mundo ideal, si todos cambiásemos a una alimentación vegetariana, solucionaríamos el problema de las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero empezarían otros. Cambiar de hábitos no es sencillo y encontrar el equilibrio tampoco lo es. Decirle a la gente que deje de comer carne y que empiece a comer garbanzos no es muy realista, aunque sí podemos aportar herramientas y argumentos para que, al menos, reduzca el consumo. Y de esto va este libro, de herramientas y argumentos para ayudarte a reducir el consumo de carne, porque practicar el Lunes sin Carne (o cualquier día sin carne) es una excelente manera de contribuir a tu salud y a la del planeta y de descubrir que otra forma de alimentarse es posible.

Gracias por leer.

RAQUEL BERNÁCER

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Capítulo 1

De qué hablamos
cuando hablamos
del Lunes sin Carne

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Historia del Lunes sin Carne

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El Lunes sin Carne es un movimiento global con un mensaje muy sencillo: una vez a la semana, deja de comer carne. Aunque sea algo que nos suene reciente, a moda de cuatro influencers en redes sociales, se trata de una iniciativa que tiene ya más de cien años. Se inició en Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial con el objetivo de que las familias redujeran el consumo de algunos alimentos básicos, como la carne y el trigo, para que estos se destinaran a las tropas. Así es como surgieron los movimientos Lunes sin Carne y Miércoles sin Trigo. La campaña tuvo un gran impacto, pues más de 13 millones de familias se adhirieron al programa, lo cual permitió desviar alimentos a quienes estaban en el frente. Con la Segunda Guerra Mundial, el presidente Roosvelt lo recuperó con los mismos objetivos: proveer a las tropas de carne y trigo.

El concepto quedó en el olvido hasta que, en el año 2003, un antiguo publicista aficionado a los temas de salud recuperó el movimiento Lunes sin Carne. Con ayuda de la Escuela Bloomberg de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos), reintrodujo el movimiento con el objetivo de concienciar sobre la prevalencia de enfermedades prevenibles asociadas a un consumo excesivo de carne, de forma que las personas pudieran hacer algo bueno por su salud y por la del planeta de forma sencilla.

Desde entonces,

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