El arte femenino de amamantar

Asociacion Liga De La Leche Colombia

Fragmento

© Liga de la Leche Guatemala – Maria José Carranza

BIENVENIDA

Antes de la aparición de El arte femenino de amamantar, existía lo que yo denomino “La historia de la lactancia”. Dicha historia no estaba escrita; se trataba de conocimientos sobre la lactancia que pasaban de una generación a la siguiente, de una madre a otra. Inesperadamente, desde principios del siglo XX, en gran parte de los países desarrollados, la transmisión de la “historia” prácticamente cesó. Pero no del todo. Los recuerdos de “La historia de la lactancia” nutrieron la redacción de la primera edición de El arte femenino de amamantar en 1958, que se proponía preservar y mantener tan valiosa sabiduría.

Lo que nunca desapareció fue el deseo instintivo de numerosas madres de amamantar a sus hijos a pesar de los publicitados avances en alimentación con biberón (método mejor denominado con posterioridad alimentación infantil artificial). Para muchas de estas madres, la intención de dar el pecho se frustraba enseguida debido a las informaciones erróneas o la falta de información.

Yo fui una de estas madres con mi primera hija, Elizabeth. El médico me advirtió que tenía poca leche, de modo que empecé a usar el biberón como complemento. Para nosotras, esto fue el principio del fin de la lactancia natural a los tres meses, algo que hoy en día sigue doliéndome.

Al mudarnos a Franklin Park, Illinois, conocí al doctor Gregory White, al que algunos consideraban una persona ajena a los avances de la época, y otros un profeta inconformista. Mi marido, Chuck, y yo estuvimos encantados de que el doctor creyera en “el parto natural a la antigua y la crianza natural”. (Al inicio de nuestra carrera como padres, Chuck simplemente seguía mis ideas “poco convencionales”, pero más adelante se convirtió en un firme defensor de las mismas).

Al nacer nuestro segundo hijo, Timothy, en 1952, y con la orientación del doctor White, tomamos el buen camino. Como seguidor del doctor Herbert Ratner, un temprano defensor de la sabiduría de la naturaleza, el doctor White me dio el mejor consejo que he recibido como madre: “Lo que el bebé pide es lo que el bebé necesita”. Se esfumaron las preocupaciones y dudas en relación con malcriar al bebé, cogerlo demasiado o demasiado poco en brazos, seguir un horario o amamantar a demanda. Fue maravilloso, ¡qué libertad!

Más o menos al mismo tiempo, conocí a otras jóvenes madres que también daban el pecho a sus bebés, un “movimiento materno subversivo” de mujeres que cogían a sus bebés en brazos en lugar de dejarles llorar y que los llevaban consigo cuando salían. Una de estas madres, Betty Wagner, vivía muy cerca de mi casa; su familia era algo mayor que la mía.

Al pasear con nuestros bebés las tardes de verano, Betty compartía conmigo su experiencia de la lactancia, me daba consejos que me ayudaban a disfrutar más y estresarme menos al amamantar al bebé y cuidar de mi creciente familia. Fui entrando en contacto con diversos hilos de “La historia”: mujeres cariñosas, con las que compartía puntos de vista, una familia que me apoyaba, médicos profesionales que me ofrecían sus conocimientos.

En 1956, se produjo el momento más significativo de la revitalización de “La historia de la lactancia”, cuando siete mujeres de la zona de Franklin Park, todas para entonces madres lactantes experimentadas, eligieron el nombre de “Liga de La Leche” (en inglés “La Leche League”) y se comprometieron a apoyar a otras madres que también desearan amamantar a sus bebés. El grupo inicial, las siete fundadoras de la Liga de La Leche, eran Mary Ann Cahill, Edwina Froehlich, Mary Ann Kerwin, Viola Lennon, Marian Tompson, Betty Wagner y Mary White. Tanto el doctor White como el doctor Ratner siguieron defendiendo de por vida la lactancia natural y la Liga de La Leche, que se extendió rápidamente como un fuego latente avivado de nuevo.

Entonces se colocó la última pieza para continuar “La historia de la lactancia”. Se organizó un foro y un proceso para que las madres se reunieran, compartieran un método natural, intercambiaran información y hallaran apoyo y aliento.

Esta nueva edición, la octava, abunda en este esfuerzo, abre nuevos horizontes de información sobre la lactancia, desde las conclusiones de estudios científicos hasta las experiencias domésticas y valiosas de madres y bebés anónimos. La nueva redacción es obra de las tres escritoras. Pero en un segundo plano, como si se tratara de un coro griego, se hallan las numerosas madres que nos han precedido.

Querida lectora, pase las páginas, empiece la lectura y descubra la belleza y el poder de la lactancia. Sumérjase en la historia. Usted también tiene su lugar en lo que siempre será su propia experiencia personal y sus recuerdos, y además, un acto de enormes consecuencias para usted, su hijo y su familia. Para toda la sociedad. Para el mundo.

¡Gracias!

Mary Ann Cahill,

cofundadora de la Liga de La Leche Internacional

© Angelica Garcia

INTRODUCCIÓN

¡Bienvenida a la nueva edición de El arte femenino de amamantar! Es un libro para usted, dondequiera que se halle en su viaje como madre. Es un libro sobre el desarrollo de la relación de lactancia con el bebé, con estrategias que ayudan a compaginar la lactancia con su vida ajetreada y con ideas para superar los retos que surjan. Claro que el libro también contiene información científica, pero esperamos hacer aflorar la parte “artística”, la parte divertida, de modo que usted y su bebé encuentren la manera de disfrutar juntos de la lactancia.

¿El título le parece anticuado? Esto se debe a que lleva más de medio siglo en circulación, desde 1956, cuando casi todos los programas de TV eran en blanco y negro, y en muchos países las tasas de madres lactantes alcanzaban niveles históricamente bajos. El arte femenino de amamantar fue el primer libro sobre lactancia para madres y escrito por madres, concretamente, siete.

Este grupo de madres no se proponían escribir un libro. Disfrutaban de la lactancia materna, muchas habían dado el biberón a sus primeros hijos y habían amamantado a los posteriores, y habían comprobado, como suelen hacer las madres, que la lactancia resulta mucho más sencilla cuando la comentamos entre amigas. De modo que empezaron a reunirse mensualmente en sus casas con otras mujeres interesadas en (¡chis!) la lactancia. Como

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