De la tierra hasta el cielo

C.C. Restrepo

Fragmento

De_la_tierra_hasta_el_cielo_v3-4

El buque se estremecía de manera violenta de un lado a otro; los tripulantes que viajaban a bordo sentían que el casco estaba a punto de ceder ante los golpes feroces de un mar embravecido sin atisbo de piedad.

Se había desatado una tormenta y no se podía ver nada más allá de las imponentes nubes negras, los relámpagos cegadores que surgían de ellas y la densa lluvia; esta última amenazaba con hundir la embarcación. A pesar de su proximidad a la costa, la nave no lograba tocar tierra firme. El capitán intentaba sin éxito bordear el acantilado para arribar al puerto más próximo, pero las inclementes olas los mantenían presos cerca de un antiguo faro, cuya base había desaparecido por la subida del nivel del mar, igual que la playa vecina donde había sido construido. Los turistas del Souls, nombre escrito en la amura de babor, cerca de la proa, estaban muy preocupados; solo fueron necesarios unos minutos para que el paseo de esa soleada tarde se convirtiera en una excursión espantosa. La tempestad apareció de la nada.

En medio de la agitación, algunas personas se dirigieron hasta la cubierta principal, bien por valentía o por ignorancia, y contemplaron en primera fila el poder de la naturaleza. Precisamente fueron ellos los primeros en descubrir la estela de papeles que danzaba al ritmo vertiginoso del viento. Estaban muy dispersos; unos cayeron al mar y desaparecieron en el agua; otros aterrizaron sobre el risco. Tan solo uno de ellos pudo alcanzar la seguridad del barco. Fue recogido por la espectadora más cercana:

—Qué raro. Parecen notas musicales —exclamó la mujer, que en ese instante se convirtió en el centro de todas las miradas, que la observaban con curiosidad.

—En efecto, se trata de una partitura —afirmó un hombre que tenía nociones musicales y que pudo reconocer las notas escritas en los pentagramas.

Bastaron unos segundos para que los turistas pudieran identificar el origen de esos fragmentos de papel. Muy cerca del borde, en lo alto del acantilado, se podía distinguir a una persona, aunque la lejanía hacía imposible determinar si se trataba de un hombre o una mujer. Pese a ello, por cómo luchaba para sostenerse en pie, parecía que no se encontraba en las mejores condiciones. Aferraba con desesperación varias partituras y tenía la vista perdida en el horizonte. Sus latidos eran el distintivo de un corazón agonizante que luchaba por mantener vivo su deteriorado cuerpo.

De manera rápida, los tripulantes de la nave volcaron su atención en la silueta. Estaban muy preocupados por que cayese al agua, más incluso que por su propia seguridad, así que informaron al capitán. El hombre utilizó la radio para alertar a las autoridades en tierra firme sobre las dificultades que tenían y la extraña presencia en el acantilado. Estas le explicaron que ya habían sido reportadas y junto a la persona se encontraban varios agentes que intentaban persuadirla para que no continuara con su aparente decisión. Los despojos de este ser humano lidiaban contra su propio peso; un cuerpo débil, un rostro demacrado, un porte carente de expresividad y la ausencia total de cualquier esperanza describían a la perfección su apariencia. En la mano donde tenía un anillo sujetaba las hojas contra su pecho a la par que se golpeaba sin fuerza con ellas, como si se tratara de una penitencia y simularan ser los latigazos purgadores.

Minutos después dio unos pasos para reducir la escasa distancia que lo separaba del borde, despacio, en compañía de la fúnebre melodía que hacían sus pies al andar, frente a la mirada impotente de los policías, que no tenían permitido aproximarse más.

El precipicio daba lugar a un abismo que sería su boleto directo al plano superior. Varios pasos le bastaron para situarse justo en el filo, pero al llegar ahí se detuvo un momento. Planeaba soltar la totalidad de las partituras para que volaran libres a lo largo y ancho del mar. Cuando la última hoja abandonara su mano, la condena habría llegado a su fin. Estaba a punto de saltar.

Todo ocurrió lentamente. Las pocas páginas que aún conservaba en su poder comenzaron a surcar el cielo. Una a una se desprendieron de sus fríos dedos, pero antes de que la última escapara, el tiempo se detuvo. Luego retrocedió para que la humanidad pudiera entender…

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