Escritos de un hombre perdido

Felipe Symmes Avendaño

Fragmento

SKU-001090464_TEXT


PRÓLOGO: VIAJO PARA ENCONTRAR MI ORIGEN

Viajo desde los veintidós años. No como turista, elección que siempre he despreciado para conocer el mundo. Me parece una manera muy liviana de viajar, como si sólo quisiéramos conocer la parte del mundo que nos agrada y se adapta a nuestra comodidad: los paisajes hermosos, las calles limpias, las sonrisas con bloqueador. A diferencia de los primeros años de mi partida, ya muchas arrugas marcan mis facciones, particularmente las de mi alegría, paradójicamente. Me he convertido en un adulto fuera de casa. Lejos. Nací en Chile, allá, al fin del mundo. Estados Unidos, Nicaragua, Francia, y Costa Rica los países que me han acogido en diferentes tiempos y espacios.

El tiempo transcurre sin remedio. Y fue esa conciencia de notar mi paso efímero por él lo que me hizo ver que cumplo este dos mil dieciséis, año en que decidí publicar este libro, diez años de comenzar una vida nómade. Naturalmente me pregunto: ¿Por qué viajo? ¿Por qué poseo un instinto interior que me lleva constantemente a buscar un hogar distinto del lugar en que nací, creyendo que lo encontraré, lejos, muy lejos, más lejos, donde habrá por fin descanso de itinerar por tantos puntos y presencias, caras de diferentes pieles y colores, hermosas y desfiguradas, manos abiertas y cerradas, alegría y desesperanza, tragedias y bellezas?

Yo viajo porque busco. Nací buscando. Nací fuera de lugar. Busco por tanto porque no sé de dónde provengo. No me mal comprendan. No hablo de linajes sanguíneos de familia, razas, ni fronteras nacionales. Sino realmente de mi origen que me entregaría una base sólida para vivir una vida sincera y sin arrepentimientos.

En un principio, como se expresa en los primeros escritos de este libro, me sentía único en esta búsqueda. Egocentrismo adolescente. El tiempo fue nuevamente quien haría evidente mi error. No estoy solo. Me acompañan viajeros, sedentarios, jóvenes, banqueros, profesionales, emprendedores, capitalistas, comunistas rezagados, y empleados. Todos somos modernos. Y como tales estamos destinados a la eterna búsqueda. Es el peso de la época que nos tocó vivir. Me hice consciente de esta compañía de golpe, cuando en una noche solitaria, de las más solas que he experimentado, con el corazón roto y la sensación de que el mundo me desgarraba, rodeado de caras desconocidas, caminando por las calles grises de París, intenté recordar a las personas de las tierras que he visitado y que han marcado mi vida: un sin número de rostros de diversas partes del mundo, todos seres únicos e irrepetibles, bellos ya solamente por esa característica. Un punto en común había notado en cada uno de ellos, sin importar su lugar de nacimiento: la incomodidad y el desajuste con el presente, la búsqueda de algo perdido que se ha roto en alguna parte de nuestro camino, la idealización del ayer, y la ansiedad de que arribe el futuro para que desaparezca el miedo a lo incierto.

El gran escritor mexicano, Octavio Paz (uno de los grandes amigos de mi modernidad), argumenta que la adultez, y para ser más precisos, la adultez de las personas modernas, está marcada por la soledad que, como el paso del tiempo, no tiene remedio; una separación que no nos permite vivir en nuestro presente cronológico y espacial. Siempre vivimos en el futuro y en el ayer. Y el presente no es más que cenizas. Ése es el mal de nosotros los modernos: vivimos entre la nostalgia de lo perdido en el pasado y el ansia de futuro. Es nuestra penuria y peor prisión.

Particularmente, esto es cierto para los latinoamericanos modernos. Los que vivimos en las ciudades y estudiamos en universidades. Los que tuvimos las luchadas oportunidades. Vivimos en otro tiempo y en otras tierras, remotos a los nuestros. Imaginamos vidas mejores en los países desarrollados donde el tiempo es otro. Nos movemos por sus tendencias y sueños, olvidando los nuestros y nuestras propuestas locales que se deben a la obligación natural y espontánea de sumar piezas al puzle de lo que llamamos cultura universal. ¡Error gigante! Error del turista. Error del que vive bajo slogans y clichés de progreso. No neguemos que el progreso es al menos en parte ansiedad de futuro.

Mi propuesta para salir de esta encrucijada en que vivimos las personas modernas, sin importar si viajamos o no, se caracteriza por su simpleza ya que es la única opción que siento que queda: luchar por darle nombre a nuestra búsqueda de modernos, que ésta no se quede en una búsqueda que jamás encuentra, en un vacío sin creencias, en una identidad perdida hasta la muerte, en no ser capaz de comprender cuál es el origen y el fin de nuestra existencia. Amar a otra persona y compartir una vida con ella es una primera batalla. El amor, al venirse abajo la personalidad por el deseo de unión con el ser amado, logra hacer desaparecer la sensación de separación y creer que la búsqueda se ha acabado. Pero la cotidianeidad y rutina de una relación amorosa de largo plazo marca el hecho, doloroso sin duda, de que la soledad humana es resiliente, y que, por ende, no es suficiente encerrarse en la burbuja de la familia y el amor romántico para acabar con la separación del origen y anhelo de futuro que nos refleja la eterna soledad de la existencia moderna.

Lo único que nos queda es abrirnos al mundo, al encuentro sincero con otros seres humanos de realidades diferentes a la nuestra. Dejarnos afectar por ellos. Es lo único que nos acerca a que esta incomodidad incesante que sentimos en nuestros corazones se transforme en algo que nosotros mismos podamos nombrar. Hacer que el tiempo de los otros sea también nuestro tiempo y sus lugares nuestros lugares, y así lograr una realidad real que nos calme el corazón. Que el tiempo y los lugares de los migrantes, los fronterizos, los pobres, los ricos, los artistas, los ingenieros, los economistas, los médicos, los negros, los blancos, los pueblos originarios, los derechistas, los comunistas, los viajeros, los campesinos, los sedentarios, los empresarios, los abogados, los emprendedores y los empleados, sean el mismo. Y para esto hay que encontrarse, conocerse. Mirarse a los ojos. Entender los miedos mutuos, las razones que llevaron a cada persona, grupo, pueblo o país a coexistir de tal o cual manera, los amores y las razones que tienen para vivir o morir.

Para esto las redes sociales no son suficientes. Ellas son como los viajes de turistas: muestran sólo la cara del mundo que nos acomoda, o a lo más, un activismo de sofá con el que a través de un click pretendemos cambiar el mundo, lo cual me parece más patético que quizá los mismos turistas. Los dos no hacen más que acrecentar nuestra separación con la realidad. Con nuestro presente. Abrirse al mundo quiere decir vivir la experiencia del otro, experimentar su realidad, vivir su dolor y su alegría. ¡En la realidad real! Todas nuestras iniciativas espirituales, laborales y personales debieran estar enfocadas en eso: buscar saber quiénes somos. Nombrar nuestra propia búsqueda. Es la única manera en que la modernidad podrá pertenecernos un poco más al presente. A nosotros mismos. Y esto solamente lo lograremos conociendo al otro, conociendo el mundo. La soledad moderna sí puede tener remedio.

Siento que he encontrado así mi respuesta. Viajo porque estoy en búsqueda de mi origen. Un origen más allá de las razas y las fronteras nacionales. Un origen que me diga de dónde proviene

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist