Victoria Stitch 1 - Malvada y brillante

Harriet Muncaster

Fragmento

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Querido ser humano:

Probablemente no hayas oído nunca hablar de mí. ¡Pero ya es hora de que lo hagas! Me llamo Victoria Stitch ¡y soy una princesa! La heredera al trono del Bosque de Wiskling. O, por lo menos, ¡¡¡debería serlo!!! Si las estúpidas autoridades no hubieran declarado lo contrario. Puedes leerlo todo sobre mi historia en este libro, «Malvada y Brillante», de Harriet Muncaster (quienquiera que sea).

¡Es un libro que trata sobre MÍ!

Mi hermana melliza, Celestine, hace un cameo, ¡pero el libro es fundamentalmente sobre MÍ!

Espero que lo disfrutes.

Con cariño y polvo de diamante,

Victoria Stitch (futura reina

del Bosque de Wiskling)

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El Guardián del Cristal levantó la vista hacia el diamante –que ya era del tamaño de una bellota–, y contempló, maravillado, las dos figuras borrosas que tenía dentro. Mientras las miraba, notó algo raro. Justo debajo de su superficie glacial se veía con claridad una mancha oscura.

–¡Oh, no! –susurró–. ¡Una impureza! –Su corazón se puso a latir desbocado mientras sacaba la lupa para verla con más detalle. Aquello nunca había pasado en un diamante real. ¿Qué significaría? Tendría que informar a las autoridades inmediatamente.

Hubo mucho debate en el Bosque de Wiskling sobre lo que había que hacer.

–Es impuro –dijo Lord Astrophel–. Los mellizos que lleva dentro no son dignos de la realeza.

–Sin embargo, no deja de ser un diamante –argumentaron unos cuantos miembros de las autoridades superiores–. Y los diamantes no aparecen con demasiada frecuencia.

Pero conforme el cristal crecía, la marca se fue haciendo más grande y más oscura, hasta quedar como una larga y negra mácula[1] que lo atravesaba justo por la mitad. Lord Astrophel declaró que era un mal presagio y enseguida casi todos estuvieron de acuerdo con él.

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La fatídica noche en la que se partió el diamante hubo una terrible tormenta. En el exterior de la Cueva de Cristal el cielo estaba oscuro y manchado, como si alguien lo hubiera salpicado con un frasco de tinta violeta. Gruesas gotas de lluvia caían contra el suelo y, por encima del bosque, una enorme luna de color rosa cereza arrojaba un inquietante resplandor sobre los árboles. Sonó un trueno y la cueva se iluminó de pronto con un relámpago. Todos los cristales destellaron con violencia. La cueva se volvió a iluminar, bramó por todo el cielo otro trueno ensordecedor y el diamante se partió por la mitad.

El Guardián del Cristal saltó para atrapar a los dos bebés, que salían uno detrás de otro en una lluvia de polvo brillante, y dio un paso atrás para esquivar las astillas del diamante que caían al suelo.

Bajó la mirada hacia las mellizas que tenía en los brazos y se sorprendió al ver lo diferentes que eran. La segunda era pequeña y dulce, con finos mechones plateados y largas pestañas que le salían como bigotes de gato; señal de que era una niña. La que había caído primero también tenía las pestañas largas, pero su piel era tan pálida como el hielo y su pelo del color del hollín. En vez de una apacible sonrisa, tenía el ceño fruncido.

El Guardián del Cristal contempló a su alrededor las astillas del diamante impuro, brillando intensamente por el suelo, y un terrible presentimiento le hizo estremecerse.

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Celestine miró hacia el fondo de la clase, donde Victoria Stitch estaba en cuclillas encima de su silla, sobre sus pálidas y huesudas piernas. No escuchaba ni una palabra de lo que la señorita Hawthorn decía. Estaba metida en su mundo por completo, probablemente dibujando en su cuaderno coronas con diamantes incrustados. Celestine podía oír el ras, ras de la pluma de su hermana mientras rayaba con fuerza una larga, gruesa y negra mácula en cada cristal.

–Es imprescindible –decía la señorita Hawthorn– que enviéis vuestras cartas para solicitar prácticas antes del baile de graduación, que es dentro de tres semanas. Si no, podéis encontraros con que ya no quedan plazas en ninguna parte. –Sus anteojos enjoyados brillaron a la luz de la tarde, cuando alzó la vista hacia el reloj que había en la pared–. Como hoy es Florday –siguió–, os dejaré salir antes.

Hubo un suspiro de alivio generalizado mientras los wisklings comenzaban a guardar los libros y las plumas. Era un día caluroso, con ese calor asfixiante que te pone la piel pegajosa y la cabeza algo alocada.

–¡Vamos a bajar al arroyo! –propuso Tiska.

–¡Buena idea! –dijo Twila–. He traído el bañador.

Celestine volvió la mirada hacia su hermana. Victoria Stitch llevaba un conjunto bastante llamativo: un vestido negro debajo de

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