Pekín en coma

Ma Jian

Fragmento

Pekin en coma

A través del agujero donde estuvo la galería, ves que el algarrobo derribado vuelve a crecer lentamente. Esta es una clara señal de que a partir de ahora vas a tener que tomarte en serio la vida.

Tomas una almohada y te la pones bajo los hombros, de modo que puedas ladear la cabeza y la sangre que está en el cerebro fluya de regreso al corazón, permitiendo que tus pensamientos se despejen un poco. Tu madre te apoyaba la cabeza así de vez en cuando.

Las mañanas plateadas están siempre llenas de nuevas intenciones, pero hoy es el primer día del nuevo milenio, por lo que espesan el aire del alba más que nunca.

Aunque aún no han llegado las heladas del invierno, la atmósfera en el exterior es muy fría.

Un olor a orina se cierne todavía en la habitación. Rezuma de tus poros cuando la luz del sol te cubre la piel.

Miras el exterior. El aire de la mañana no se está alzando del suelo como lo hizo ayer, sino que cae desde el cielo sobre las copas de los árboles, se mueve lentamente a través de las hojas, roza al pasar la carta manchada de sangre prendida en las ramas y absorbe humedad al caer.

Antes de que llegara el gorrión, casi habías dejado de pensar en la huida. Entonces, el invierno pasado, ese pájaro se alzó en el cielo y se posó ante ti, o, para ser preciso, en el alféizar de tu ventana. Sabías que los mugrientos cristales de la ventana estaban cubiertos de hormigas muertas y polvo, y olían tan mal como las cortinas, pero eso no disuadió al gorrión. Saltó al interior de la galería y encrespó las plumas, dispersando en el aire un dulce aroma a corteza de árbol. Entonces voló a tu habitación, se posó en tu pecho y permaneció allí como un frío huevo.

Tu sangre se calienta más. Se estremecen los músculos en las órbitas de tus ojos, que pronto se llenarán de lágrimas. La saliva gotea sobre el velo del paladar en el fondo de la boca. Provoca un movimiento reflejo y el paladar se alza, cerrando el conducto nasal y permitiendo que la saliva fluya a la faringe. Los músculos del esófago, que han permanecido aletargados durante tantos años, se contraen y proyectan la saliva hacia abajo, al estómago. Una señal bioeléctrica salta como una chispa de luz desde las neuronas del córtex motor y baja por la médula espinal hasta una fibra muscular en la punta de un dedo.

Ya no tendrás que confiar en tus recuerdos para pasar el día. Esto no es un momentáneo destello de vida antes de la muerte. Esto es un nuevo comienzo.

–¡Guee… gueee…!

Un llanto de bebé suena ahogado a través del fétido aire. Su cuerpo desnudo parece temblar en el frío suelo de hormigón… Soy yo. He avanzado poco a poco entre las piernas de mi madre, con un dolor de cabeza espantoso. Mi mano chapotea en el charco de sangre que va agrandándose a mi alrededor… Mi madre me contaba a menudo que, cuando me dio a luz, la habían obligado a llevar una camisa con las palabras MUJER DE UN DERECHISTA bordadas. El médico de guardia no se atrevió a ofrecerle ayuda para traer al mundo a aquel «hijo de un perro capitalista». Por suerte, mi madre perdió el conocimiento poco antes de romper aguas, por lo que no sintió ningún dolor cuando nací en el corredor del hospital.

Y ahora, tantos años después, también yo estoy tendido inconsciente en un hospital. Solo de vez en cuando, el sonido de cristal roto de las ampollas de los inyectables al partirles la estrecha parte superior me indica que sigo vivo.

Sí, soy yo. El hijo mayor de mi madre. Los ojos de una rana enterrada aparecen ante mí. Aún está viva. Soy yo quien la metió en el tarro y la enterró… El oscuro corredor es muy largo. Al final está el quirófano, donde manipulan los cuerpos como si fuesen meros montones de carne… Y la muchacha que veo ahora… ¿cómo se llama? A-Mei. Camina hacia mí, solo una blanca silueta. No huele a nada. Le tiemblan los labios.

Estoy tendido en una cama de hospital, como lo estuvo mi padre antes de morir. Soy Dai Wei, la simiente que él dejó. ¿Estoy empezando a recordar cosas? Entonces debo de estar vivo. O tal vez me estoy desvaneciendo y revoloteo por última vez entre las ruinas de mi pasado. No, no puedo estar muerto. Oigo ruidos. La muerte es silenciosa.

–Solo finge estar muerto… –le musita mi madre a alguien–. No puedo comer este pak choi. Está lleno de arena.

Se refiere a mí. Oigo un ruido cerca de mi oído. Es el colon de alguien que retumba.

¿Dónde está mi boca? ¿Mi cara? Veo un borrón amarillo ante los ojos, pero todavía no huelo nada. Oigo el llanto de un bebé a lo lejos y, en ocasiones, el ruido del agua caliente con la que alguien llena un termo.

La luz amarilla se escinde. Tal vez un pájaro acaba de cruzar por el cielo. Me siento como si estuviera despertando de un largo sueño. Todo me parece nuevo y desconocido.

¿Qué me ha ocurrido? Nos veo a Tian Yi y a mí cogidos de la mano, corriendo para ponernos a salvo. ¿Es eso un recuerdo? ¿Sucedió realmente? Los tanques avanzan hacia nosotros. Por todas partes hay llamas y gritos… ¿Y cuál es la situación ahora? ¿Perdí el sentido cuando los tanques avanzaban hacia mí? ¿Es aún el mismo día?

Cuando mi padre yacía en el hospital, esperando la muerte, el hedor de las sábanas sucias y las pieles de naranja podridas era a veces lo bastante fuerte para enmascarar el penetrante olor a herrumbre de las camas. Cuando se oscurecía el cielo visible a través de la ventana, las sucias cortinas se fusionaban con la dorada luz del sol y la habitación se volvía algo más transparente y me permitía ver, por lo menos, que mi padre seguía vivo… Aquella última tarde no me atreví a mirarle. Me volví hacia la ventana y contemplé el rojo eslogan ALZAD LA GLORIOSA BANDERA ROJA DEL MARXISMO Y ESFORZAOS CON AUDACIA HACIA DELANTE que pendía desde el tejado de un edificio del hospital situado detrás, y la pequeña franja de cielo por encima de ella…

Durante aquellos últimos años de su vida, mi padre hablaba de los tres años que pasó en Norteamérica como estudiante de música. Mencionó a una chica californiana a la que conoció allí. Se llamaba Flora, que en latín significa «flor». Decía que cuando ella tocaba el violín, fijaba la vista en el suelo y él podía mirarle las largas pestañas. Le había prometido que le visitaría en Pekín cuando terminara los estudios universitarios. Pero cuando se graduó, China se había convertido en un país comunista y no se permitía la entrada de extranjeros.

Recuerdo la muela negra, cariada, en un lado de su boca. Mientras nos hablaba, acariciaba la sábana de algodón y el catéter urinario que estaba debajo, inserto en su abdomen.

–Técnicamente hablando, es un vegetal –dice una enfermera a mi derecha–. Pero por lo menos sigue aceptando el líquido del gotero. Eso es una buena señal.

La enfermera parece hablar a través de una mascarilla, y es como si el sonido de su voz desgarrase un paño de muselina. El sonido vibra a través de m

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist