El libro de la hija

Inma López Silva

Fragmento

cap-2

 

A Helena le gustaría que la agarrasen por detrás, le besasen el cuello y le susurrasen al oído «quiero morder ahí». Pero solo tiene ese padre muerto hace poco. Ese marido que ha huido. La hija. Un trabajo por el que otras matarían y ella ya no. Esta es su historia.

Hoy, como siempre, ha comprobado al levantarse que sigue usando solo la mitad izquierda de la cama. Solía pensar que el divorcio le llegaría por su causa, por ejemplo, en el momento en que su marido tuviera demasiadas certezas. O el día en que Miguel le hiciera un par de preguntas y ella tuviera que contarle una serie de verdades. Y, en cambio, las cosas que hacía Helena permanecieron siempre en una dimensión diferente al resto de su vida, hasta que se acabaron sin que ella se enterase exactamente de cómo las dejó ir. Está convencida de que todavía hoy él sigue sin saber que, en realidad, ella estaba viva gracias a sus secretos. Seguramente imaginaba muchas cosas, pero no sabía hasta qué punto la vida era todo lo de fuera de casa. Alguien que también la agarraba por detrás y también la mordía. Que también ocupaba una cama junto a ella, pero utilizando los dos lados indistintamente. Alguien que también le decía que era excitante, hermosa, distinta. A pesar del amor familiar, de su vida con Amanda y con Miguel, de los fines de semana de excursión, de las tardes de playa, de las noches de cena romántica, de las vacaciones en Lanzarote. A pesar de la felicidad.

Esa, la felicidad, se le convirtió a Helena en una especie de enfermedad crónica, acostada todas las noches a su lado en la cama enorme comprada con tanta ilusión con el primer sueldo de Miguel. Y un día él se fue. «No puedo más con esta vida —le dijo—, pero te quiero bastante.»

Bastante.

Helena se quedó supurando toda aquella felicidad. Llena de rabia y perdida. Insípida.

Un día de estos se cumplirán doce años de aquello.

Mientras se ducha, oye la melodía del móvil del trabajo, y con el agua escurriéndole por la cara, entorna los ojos. Últimamente piensa mucho en las gotas de agua en la piel, en el parecido con el sudor o con los dedos recorriendo los poros. Otros dedos distintos de los suyos. Extraña todo eso. Mucho. Y le falta que suene más su teléfono particular. Incluso ha llegado a echar de menos a Miguel.

En algún punto entre los cincuenta y los cincuenta y cinco años, ha perdido la habilidad de hacer que los hombres entiendan lo que quiere, y ha empezado a tener que explicar cómo tienen que recorrerle el cuerpo con los dedos. Ha terminado por diseñar unas cuantas frases fáciles de comprender para que se aclaren, pero así ya no le hace gracia. En eso piensa bajo la ducha.

También es verdad que, desde lo de su padre, ya no las necesita.

Mañana es el día en que se cumplen esos doce años. Al menos, en aquella época no le daba tanto trabajo encontrar uñas para su piel todas las noches. Dedos que le tocaban los lunares, los pezones, la cara interna de las rodillas por donde ahora se pasa la esponja.

En qué momento un dedo decide qué piel toca.

Quizá esas ideas suyas tengan que ver con la entrevista que va a hacer hoy.

Hace ya mucho tiempo que toda la profesión coincide en su capacidad para meterse en aquello en que nadie se fija y en su intuición de periodista experta para poner la tecla en las historias que verdaderamente merecen la pena, las que quedan para el futuro. Eso dicen. Ella nunca lo ha tenido tan claro, pero ha dejado que todos lo crean, y no le ha ido nada mal, la verdad.

Con la toalla en la cabeza, escucha el mensaje grabado en el buzón de voz mientras coge una taza para el desayuno. «Helena, perdona, soy Fernando. Solo quería confirmar que hemos quedado hoy en el Universal.»

En sus circunstancias, le hace falta optimizar el tiempo, piensa Helena. Pone la taza en la máquina y, mientras observa cómo cae el café, decide no devolverle la llamada. ¿Para qué? Dentro de menos de dos horas van a estar cara a cara. Solo se han visto una vez y ella no lo recuerda. Tendrá que reconocerla él, imagina, que para eso una sale en la tele de vez en cuando.

Lleva días inquieta, dándole vueltas a cómo será Fernando y si se le notará o no el delito. No puede evitar verlo un poco como a su propio padre, aunque es demasiado joven para ser su padre. Helena se siente mal por comparar, aunque solo sea en lo más profundo de su solitaria imaginación de las mañanas, a Fernando con papá. A fin de cuentas, es solo un hombre mayor con una desgracia a cuestas.

Fernando es, como tantos tipos de la cárcel, alguien que busca ayuda a la desesperada. Se conocieron en una visita que hizo ella al centro penitenciario donde él cumple condena para escribir un artículo sobre las vidas de internos mayores de sesenta años. Se quedó enganchada a su historia. «Yo, además de viejo, soy inocente —le dijo él—. Debería contártelo.» En realidad, no sabe muy bien qué la llevó a prestarle atención en aquel momento. Quizá su famosa intuición. Luego la llamó varias veces hasta lograr un encuentro con ella en un permiso para contarle su historia, que le adelantó con generalidades en su primera llamada. Helena lo escuchó en medio de un escalofrío.

Todos tienen algo que contar, piensa, otra cosa es que merezca la pena escribirlo, sobre todo en este caso, que tiene toda la pinta de ser la historia de un caradura más que se quiere esconder en la duda para generar polémica y lograr que los permisos sean menos dolorosos. Claro que cuando, por pura curiosidad, se puso a revisar el caso en la hemeroteca, hizo un cálculo rápido que todavía la intriga: ya debería estar con la condicional, pero Fernando sigue dentro. Tiene que preguntarle por eso, por supuesto.

Quizá sea impropio de Helena dejarse llevar así por alguien vulgar, convencional, que podría estar mintiendo o aprovechándose de ella. Pero ya no es de esas periodistas de las que uno se pueda aprovechar. También está en ese momento preciso en el que, de repente, su propia vida aflora en lugares inesperados. Hay en la historia de este hombre esa violencia implícita que a ella la ahoga. Y, además, cree que estas cosas suceden allí donde todo el mundo sabe que suceden, aunque siempre se mire para otro lado. A veces ese es el modo más fácil para seguir viviendo sin tener que pensar demasiado. Querría mirar para otro lado.

Revisa la agenda en el móvil y se asegura de que, efectivamente, ha quedado con él a las once en el Universal. Helena suspira, se pone miel en la tostada, y pierde la mirada en la plaza, ahí abajo, tras el cristal de la ventana de la cocina. Coches. Palomas y algún cuervo. Los semáforos que cambian del rojo al verde y al ámbar. El runrún en la calle de mañana con sol. Niñas en patinete. Chicos con carpeta. Perros que levantan una pata contra el tronco de un árbol y humanos con la bolsita recogiéndoles la mierda. Un autobús. Algún jubilado leyendo el periódico en la terraza del bar. El vecino del noveno B haciendo running con el i-pod en el brazo y las gafas de sol. Helena suspira. McCartney debió de componer «Penny Lane» en un momento parecido a este, mirando un cruce y a la gente. Allí también había una rotonda.

En realidad, echa de menos el apuro de las mañanas, cuando Amanda era una niña. La leche del desayuno que siempre se volcaba en la mesa, la merienda en la mochila, diez minutos para vestirse, la trenza impos

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