Desde mi alero

Roque Gambaro Royo

Fragmento

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Prólogo

No esperaba el honor de prologarte, mucho menos luego de haberlo solicitado educada y cortésmente a importantes personajes del mundo de la literatura y del periodismo. Después de haber sido ninguneado y haberte contestado solo uno declinando la invitación —no se lo tengas en cuenta, recuerda que quien quiere de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos—, me llegó tu petición, que acepto de buen grado; y aquí estoy, cumpliendo el cometido encomendado.

Desde mi lejanía, conociéndome solo por la lectura —no es poco—, he querido devolverte el favor de haber tenido algunos de mis libros entre tus manos, pues, no te quepa duda, para cualquier escritor, poetas incluidos, la mejor paga es saberse leído. Es un honor.

Considero que el que hayas utilizado cada una de las letras del rico abecedario de nuestra lengua castellana para elaborar tu obra a base de disertar, criticar y ensalzar puntuales palabras, otrora bien aprendidas, ahora denostadas en muchos casos, ha supuesto una labor investigadora original e interesante.

Haber entrelazado con elegancia tus sinceros comentarios y opiniones —ocasionalmente mordaces, pero generalmente acertados— con imaginadas tertulias y consejos de tu «viejo profesor», otorgan al texto un aire de frescura, denotando sincero agradecimiento a quien, supongo, fue tu maestro en el ámbito de la Filosofía del Derecho, el cual, sin duda, dejó su indeleble huella en tu forma de entender la vida, forjando en ti una sana manera de vivirla, disfrutarla, compartirla. Tan es así que hubo momentos en los cuales las conversaciones llegaron a parecerme reales. Hubiese sido un halago participar en esas tertulias con don José, a quien, estimo, rindes un sentido homenaje; esto te enaltece, pues el agradecimiento es la parte principal de una persona de bien.

Debo confesar que me ha gustado gran parte de cuanto escribiste de la «a» a la «z». En ocasiones, yo hubiese sido más mordaz; otras, menos cauteloso, pero siempre igual de sincero y crítico que tú. Me agrada tu valor al escribir porque, mientras el cobarde teme a su propio temor, el valiente solo teme al contrario. Conoces mi forma de escribir, prosa cáustica, socarronas poesías, pero es que lo sentido debe expresarse en cada momento, sin matizar, sin esconder el pensamiento profundo capaz de contar y cantar las verdades del barquero cuando proceda y cuando no; para eso están los escritores amantes de la libertad y la palabra.

Desde la lejanía que nos une a través del pensamiento, capaz de eliminar tiempo y espacio, luego de leer con cierto sosiego tu trabajo, me atreveré a censurar ciertas carencias del lenguaje, pues conoces bien cuál fue mi pulcritud y exigencia a la hora de escribir; no obstante, debo matizar mi crítica alagando tu sinceridad, esa nobleza tan característica en los maños, adornada en este supuesto a base de claridad y sentimiento, muy propios de la buena gente de mi siempre querida España, últimamente tan vilipendiada por tirios y troyanos; sobre todo por cuantos lerdos hay metidos a políticos, que tanto ofrecen a sabiendas de que no lo van a cumplir.

La vehemencia de tus palabras, a veces, y el énfasis puesto en la defensa de esas sanas convicciones aportan «desde tu alero» un rayo de sol y esperanza; fresca brisa tragicómica capaz de hacer soñar con mejores tiempos, siempre deseados por los españoles de bien, siendo tus reiterados consejos y críticas savia pura, agua fresca, limpio rocío de la mañana empecinado en despertar aletargadas conciencias que, a modo de espinos, ahogan las semillas dejadas caer por el sembrador en terrenos baldíos, en ocasiones, o, en otras, capaces de generar honores y gloria a un gran pueblo.

No dudaré en afirmar, pese a mi sarcástica forma de escribir, que lo redactado «desde el alero» personal de Roque mereció mi aprobación; incluso, puntualmente, el aplauso. Hasta tal punto que hubiese firmado definiciones y opiniones tan acertadas como sencillamente narradas, pese a considerar algunas muy escuetas, aunque siempre es más fácil añadir lo que falta que quitar lo sobrante. No obstante, tendrá abundantes críticas e incluso desprecios, pero eso debe halagar siempre al escritor por una razón sencilla: todos los que parecen estúpidos lo son, y también los hay entre los que no lo parecen.

Por supuesto, hago míos los sabios consejos de don José, ese viejo profesor, so pena de saber que el alma rebelde de Roque será difícilmente corregible. No me preocupa, cada cual es como es; yo lo fui también. Pese a haberme granjeado muchas críticas y enemistades, jamás cambié mi forma de ser ni escribir.

Sinceramente, la lectura del trabajo que termino de prologar puede disfrutarse con poco esfuerzo.

Puse la irrevocable condición de que jamás desveles mi nombre, solo a nosotros nos importa quién fui. Sabrás mantener tu promesa e incluir al final de mi texto solo unas iniciales. Fue lo pactado.

F. de Q. y V.

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Desde mi alero

Al comenzar en el año 2002 mi primer trabajo, Cuatro lunas con Laura, jamás imaginé ser capaz de continuar la preciosa senda literaria en la que se halla la más amplia fuente del conocimiento, la cual permite al ser humano libertad para pensar, opinar, manifestar sus sentimientos, hacer las críticas que estime pertinentes y, sobre todo, llamar por su nombre a las cosas; al menos mientras pueda ejercerse el derecho a la libertad de expresión al que tanto temen y odian quienes tienen alma o cuerpo de dictadores, sin importar su ideología, siempre listos para cercenar derechos fundamentales a los ciudadanos con el afán de perpetuarse en el poder y enriquecerse, si es menester, aplastando a oponentes y engañando de manera constante a gente ignorante e inocente dispuesta a darles su voto a cambio de nada.

Jamás he mandado escribir a nadie una sola línea de mis libros ni he fusilado trabajos de otras personas; en todo caso, luego de informarme, he indicado la fuente, nombrado al autor y, además, entrecomillado sus frases reproducidas. Llegado el momento, si no soy capaz de continuar haciéndolo así, dejaré de cargar mi estilográfica en el tintero y de escribir.

Con Prosa y reverso de la vida, ya procuré expresarme con claridad y censurar comportamientos indignos. En Sin acritud, al pan, pan, y al vino, vino, consideré vital dar un doble giro de tuerca a mi derecho a opinar, logrando así avivar las brasas que continúan calentando el corazón que en mí late, queriendo trasladar a los lectores un poco de indignación, algo de sensatez, valor y cordura, a fin de evitar que se amilanen. Esta vez no quisiera ser tan cáustico, pero no puedo renunciar a hablar claro para criticar la actitud de una parte de los españoles. Mi finalidad es intentar avivar el alma dormida, alertar del peligroso desfiladero por el cual discurre nuestra vida con riesgo de malograrse antes de lo que pudiésemos imaginar. En definitiva, animar a defendernos en orden y buena lid contra quienes pretendan aniquilar el presente y el futuro de nuestras venideras generaciones.

Así pues, conociendo mis limitaciones, procuraré poner

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