Entresuelo

Daniel Gascón

Fragmento

cap-1

LA CASA DE LOS ABUELOS

Cuando empecé a escribir este libro, llevaba cuatro años viviendo en el piso de mis abuelos. Es un entresuelo de un ensanche zaragozano, cerca de la estación de El Portillo y de la universidad, en el chaflán de la avenida Goya y la calle del Carmen. El edificio tiene cinco plantas y parece pequeño entre las construcciones que lo rodean. Frente a la ventana de la habitación en la que empecé a escribir hay una tienda de electrónica y una autoescuela. A la derecha, un local vacío que albergaba una sucursal de Vodafone, un lugar donde hacen tatuajes, una agencia inmobiliaria y una copistería. Los locales son los mismos que recuerdo desde mi infancia, aunque algunos han cambiado de dueño. El quiosco cerró hace unos meses y ahora se venden periódicos en la copistería. Los dependientes se visitan a menudo y charlan. Muchos de los bares también son los mismos, pero los llevan chinos: una familia china regenta la cafetería donde trabajaba el primer novio de mi madre y otra dirige, en la esquina opuesta, el Liberty, que antes atendía una chica pelirroja que siempre estaba leyendo, y que cuando yo era niño se llamaba Bécquer. El bar de la otra esquina de Goya y Carmen está cerrado. En los últimos años ha habido tiendas de informática, concesionarios de coches y comercios de pintura en ese local. Mi abuelo decía que era una mala esquina.

El piso, de unos ochenta y cinco metros cuadrados, tiene un pasillo largo. A la derecha hay una cocina muy pequeña, un cuarto de baño con un plato de ducha y suelo antideslizante, una habitación que era un dormitorio y nosotros convertimos en estudio –tenía allí mi ordenador, los libros en inglés y francés y la mesa en la que trabajaba mi novia– y nuestro dormitorio. A la izquierda hay dos habitaciones: la despensa y el dormitorio de mis abuelos. La despensa conserva el suelo y el papel de pared que tenía cuando era niño. El techo es alto, y hay baldas en las paredes. Además de ropa sucia, una escalera, la plancha, medicinas o comida, en esas baldas había cosas de cuando mis tíos eran pequeños, ropa de bebé y trastos viejos. Toda la casa tenía esa disposición geológica: estaban nuestras cosas, pero también las de quienes habían vivido allí antes. Utilizábamos poco el dormitorio de mis abuelos, donde teníamos un tendedero y un sillón: a veces iba a leer. Los invitados dormían en ese cuarto. Pero normalmente la cama estaba ocupada por ropa, mejor o peor doblada. Salvo en el pasillo y el baño, los techos son altos. En el salón hay cuatro ventanas que arrancan desde poco más de un metro de altura y llegan hasta el techo, y entra mucha luz. También hay una mesa redonda y una mesa plegable, un sofá-cama bastante incómodo y feo pero útil, y tres sillas, aunque cuando vivíamos allí una de ellas solía estar llena de periódicos y revistas. En el salón había también dos estanterías, donde guardaba libros en español. Había un televisor, que en su momento fue la compra más cara que yo había hecho nunca, y un aparato de música, que costó 139 euros y en su momento también fue la compra más cara que había hecho nunca. Era, y es, una habitación desplegable, como todas las de la casa. La mesa redonda está pensada para que coman menos de cinco personas; la mesa rectangular extensible está concebida para una comida familiar. Mi novia y yo solo la desplegamos un par de veces. Durante mucho tiempo fue mi mesa de trabajo. Allí traduje una biografía de Chéjov, un libro sobre la guerra de la Independencia, un tratado sobre religión y política de Mark Lilla, una novela de Gul Y. Davis y un libro de relatos de Sherman Alexie. Abrí un blog y escribí buena parte de un libro de cuentos en esa mesa. Cuando empecé este libro, solo trabajaba en el salón si mi novia hacía joyas en el estudio. Pensé que era más adecuado dejar el comedor como habitación común, para no pasarme el día en el mismo lugar. También quería tener una puerta en mi lugar de trabajo, aunque la verdad es que casi nunca la cerraba. Pero me gustaba trabajar en el salón. Mi abuelo contaba que, cuando hicieron la casa, los constructores aprovecharon para rebañar un trozo de calle. Los inspectores no se dieron cuenta hasta mucho más tarde. No quisieron, o no pudieron, tirar el edificio, donde ya vivía gente. Si el edificio se derriba algún día, habrá que levantar el nuevo en el terreno legal y la casa perderá unos metros. Cuando escribía en el salón me gustaba pensar que estaba en la calle.

Era la segunda vez que vivía de continuo en esa casa, pero había pasado mucho tiempo allí a lo largo de los años. En mi infancia había una habitación más, que ocupaba la mitad de lo que ahora es el salón. En ella dormía mi tío, el hermano de mi madre. Tenía un buró. Recuerdo que fumaba allí en pipa, aunque el tabaco, de la marca Golden Virginia, se guardaba en la despensa, que era el cuarto donde más jugué de pequeño. Me sentaba en las baldosas y hacía figuras de plastilina. Más tarde, a los catorce años, me trasladé al piso de mis abuelos para estudiar en el instituto en Zaragoza. Dormía en la cama en la que dormiría cada noche una década más tarde. En la mesa de la habitación contigua, construida por mi abuelo, había estudiado y escrito de niño. Había dibujado cómics y escrito cuentos; había aprendido a escribir a máquina, con un manual que andaba por la casa. Mi padre creía que aprender mecanografía era muy importante para ser escritor. Cuando convertí esa habitación en mi estudio, puse los libros en inglés a la izquierda, en una estantería de Ikea, algunos en orden alfabético y otros amontonados. En ese lado estaba también la mesa de mi novia, bajo un corcho donde colgaban un billete de un dólar medio roto, postales de una exposición de la artista Lina Vila, hojas de los árboles y diseños de joyas. A mi derecha había una estantería que hizo mi abuelo y que llegaba hasta el techo. En la parte alta estaban, y todavía están, los libros que sobreviven de la biblioteca de mis tíos. Hay muchas ediciones del Círculo de Lectores: Memorias de África, Memorias de Adriano, Herrumbrosas lanzas. También hay libros de otras editoriales: Santuario, Oficio de tinieblas 5, cosas de Onetti, Las cartas cayeron boca bajo, El nombre de la rosa, Los 25.000 mejores versos de la lengua castellana. Avanzando hacia la puerta, estaban los libros en francés. Debajo, en otra estantería que hizo mi abuelo, continuaba la biblioteca inglesa. En las últimas baldas se amontonaban los libros de ensayo en castellano. En el espacio que ocupaba la mesa de trabajo de mi novia había habido un sofá. Recuerdo algunos de los libros que leí en el sofá, y las épicas siestas que echaba en tardes que debería haber dedicado a estudiar Física o Tecnología. Más tarde, cuando mi hermana vino a estudiar a Zaragoza, nos trasladamos al piso de mis padres, pero muchos días íbamos a comer con mis abuelos. Repasé en esta habitación la historia del franquismo el primer día de selectividad. Una noche mi primo y su novia se acostaron en ese sofá. Antes de que se convirtiera en el estudio, era la habitación de las tres camas, porque allí dormían de pequeñas mi madre y sus dos hermanas. Lo llamábamos la habitación de las tres camas, aunque cuando yo era niño solo había dos, con unas cubiertas rojas. En esa habitación dormíamos mi hermana y yo cuando nos quedábamos con mis abuelos el sábado por la noche.

Durante los cinco años que pasé en el entresuelo de Goya 88

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