Archivo José Agustín: El hotel de los corazones solitarios

José Agustín

Fragmento

El hotel de los corazones solitarios

UN PROLOGUCHO

Pinche Frank Zappa. Además de ser un músico genial, lanzaba frases —o flechas envenenadas— que daban directo en el blanco. Hay una que es lapidaria y que se ha repetido hasta el cansancio. Se articuló durante una entrevista con el Toronto Star en 1977: “El periodismo de rock es gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer”. Pum. Y sin embargo, con perdón de los devotos zappianos, se equivocó rotundamente al hacer esa generalización. Quizá defender a algunos músicos como a otros tantos lectores esté difícil, pero sin duda sí ha escrito del rock gente que sabe hacerlo, y no se puede ofrecer mejor prueba que el libro que tienen en sus manos.

El legado de José Agustín no depende de lo que ha escrito de rock. Su nombre está inscrito en el Partenón de la Literatura Mexicana (a falta de un mejor nombre) gracias a otras cosas: sus novelas, sus cuentos, sus guiones, sus tragicomedias, su biografía. Sin embargo, sus textos musicales no sólo son un componente fundamental de su obra y de su personaje, sino que además se sostienen por sí mismos. Es decir, no estamos ante el pasatiempo o el proyecto alterno de un narrador y ensayista consagrado al que hay que acercarse con condescendencia o precaución, al que hay que tolerar por su currículo. Al contrario, ésta es una colección de textos tan sabrosa como valiosa, que tiene vida propia y que además ha resistido estoicamente el paso de los años sin arrugarse. Casi todo lo que contiene este libro sigue siendo relevante.

José Agustín es rock. También es roquero, que no es lo mismo. Nunca oculta cuánto le entusiasma y le inspira el rock, ha sido meticuloso documentándolo, conoce su origen, su historia, sus consecuencias y sus efectos, pero más que eso, José Agustín es una de las más notables manifestaciones del rock mexicano, probablemente mucho más potente y más significativa que buena parte de las bandas que han surgido en este país. Para aterrizar con mayor claridad esta idea voy a recurrir a un párrafo de otro escritor, Juan Villoro, que a pesar de haberlo leído cuando yo era un adolescente fácilmente impresionable, no ha dejado de rondarme ni de sorprenderme por su puntualidad. Viene en Tiempo transcurrido, la colección de relatos en los que la música popular es protagonista e hilo conductor. Esto está tomado del que llama “1984”:

En una clase que parecía destinada a producir ingenieros de la escritura (Taller de Lectura y Redacción Documental I) recibió la encomienda de leer De perfil, de José Agustín. Entonces se dio cuenta de que en México los escritores habían tratado de sustituir a los rocanroleros. En Inglaterra no había un Ray Davies de la escritura porque ahí estaban los Kinks para dar cuenta de la mitología juvenil. En México, trescientas páginas de irreverencia equivalían a un concierto en un estadio.

Su máquina de escribir convertida en un legítimo sustituto de la guitarra eléctrica. Literatura rebelde, distorsionada, amplificada, cuarteando la rigidez de la época en la que empezó a publicar, que nunca dejó de estar en franco enfrentamiento con las figuras de autoridad y expresar insatisfacción con el sistema. El espacio que en otros países correspondía a los músicos y compositores de la contracultura (que en México sufrían del acoso de los guardianes del orden y las buenas costumbres, o de la indiferencia del público, o de su propia falta de imaginación, o de las tres cosas al mismo tiempo) aquí lo ocupaba la literatura de José Agustín.

Decir que antes de José Agustín no había críticos de rock en México es abrir una puerta a controversias agotadoras, aunque algunas fuentes así lo confirman, entre ellas el buen ex Botello de Jerez Sergio Arau, que es casi su contemporáneo. En realidad es lo de menos, pues todos sabemos lo que dijo el arriero: que no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar. Se inició con una columna para el periódico El día en 1967. Poco tiempo después apareció un libro dedicado enteramente a esta faceta, La nueva música clásica. Vinieron colaboraciones para revistas como La piedra rodante y La mosca, y para suplementos culturales, así como muchos otros libros en los que confirmó su dedicación y su afecto por ésta y otras músicas: Contra la corriente, El hotel de los corazones solitarios, La contracultura en México: la historia y el significado de los rebeldes sin causa, los jipitecas, los punks y las bandas, Los grandes discos de rock: 1951–1975, La ventana indiscreta: rock, cine y literatura y La casa del sol naciente (de rock y otras rolas).

La crítica musical de José Agustín goza de algunas virtudes esenciales: su conocimiento de la música, de su contexto, de sus creadores; su uso irreverente del lenguaje y su sentido del humor. No es pichicato con los chistes. Por ejemplo, hablando de “A whole lotta shakin’ goin’ on” del locuaz Jerry Lee Lewis: “una rola que en Mexicalpán se conoció como ‘El baile está de ambiente’ y que en realidad debió titularse ‘Aquí hay un meneadero de su pinche madre’ ”.

A eso habría de sumar la inteligencia con la que se expresa y los recursos que tiene para describir lo que ve y sobre todo lo que escucha. Y siempre evita caer en los pantanosos terrenos del esnobismo innecesario en el que están sumidos muchos críticos actuales, empoderados por toda la información que vomita el internet y la posibilidad de cargar con toda la historia de la música en el bolsillo de su pantalón. También se agradece que eluda esa prosa barroquísima —a veces cómica involuntariamente— que se ha vuelto recurso de críticos desesperados por hacerse los interesantes.

Este libro es un recorrido por poco más de cincuenta años de melomanía y, en menor medida, de devoción al cine. Empieza en los inocentones conjuntos de doo wop de los años 50 y termina en la sofisticada electrónica bajacaliforniana de Murcof. Habla con la misma autoridad del blues que del hip hop. Es, por fortuna, tan fluyente describiendo los pormenores técnicos de un disco como explicando el contexto social y cultural que lo engendra. Hace una parada obligada en el blues que puede servir como una buena ventana para los no iniciados. Se mete a profundidad en la carrera (y la discografía) de Dylan. No esconde la admiración que siente por él y por su obra, exalta su rol histórico y las rutas inéditas que recorrió, pero también puede ser ácidamente inmisericorde ante los actos más cuestionables del cantautor y ahora premio Nobel: “Después desconcertó al personal cuando le cantó a Juan Pablo II en El Vaticano. El polaco y senil papa Natas estaba durmiéndose de lo más chabocho en su trono paparruchal, pero el chaparrito de Minnesota no lo dejó. ‘Ey, pinche vetarro, no se duerma’, le dijo”. Se confiesa estonsómano y dice haberse quedado estupendejo con sus primeros discos. Se nota y se agradece. Encontrarán en estas páginas una de las mejores guías para sortear con buena fortuna la discografía

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