El pecho

Philip Roth

Fragmento

Empezó de una manera rara. Pero ¿habría podido empezar de otra manera, al margen de cómo empezara? Se ha dicho, claro está, que todo cuanto existe bajo el sol empieza de una manera rara y acaba de una manera rara, y que es raro. Una rosa perfecta es «rara», lo mismo que una rosa imperfecta y la bella rosa de común color rosado que crece en el jardín del vecino. Conozco la perspectiva según la cual todo lo que existe parece formidable y misterioso. Reflexiona sobre la eternidad, considera, si tienes valor, el olvido, y todo se transforma en un prodigio. De todos modos te diría, con toda humildad, que ciertas cosas son más prodigiosas que otras, y que yo soy una de tales cosas.

Empezó de una manera rara… una comezón suave y esporádica en la ingle. Durante aquella primera semana, iba varias veces al día al lavabo contiguo a mi despacho en el edificio de la facultad de letras para bajarme los pantalones, pero al examinarme, y por minuciosa que fuese la búsqueda, no veía nada fuera de lo corriente. Aunque sin entusiasmo, decidí hacer caso omiso del picor. Siempre he sido un hipocondríaco tan impenitente, he estado tan atento a cualquier cambio en la temperatura corporal y la regularidad orgánica, que al hombre razonable que también era le resultaba imposible tomarse en serio mis reveladores síntomas. Pese a las sombrías premoniciones de extinción o parálisis o sufrimiento insoportable que acompañaban a cada nuevo dolor o acceso de fiebre, a los treinta y ocho años era un hombre vigoroso y de buen apetito, de metro ochenta, con buena postura y un físico esbelto, casi todo el pelo y la totalidad de los dientes, y sin haber padecido ninguna enfermedad grave. Aunque podría precipitarme a identificar la comezón en la ingle con algún trastorno neurológico como el herpes –o algo peor–, al mismo tiempo comprendía que indudablemente, como siempre, no era nada.

Me equivocaba. Era algo. Transcurrió otra semana antes de que distinguiera una coloración rosada apenas perceptible de la piel bajo el vello púbico, pero una mancha tan tenue que finalmente me obligué a no seguir mirando, diciéndome que no era más que una pequeña irritación y, desde luego, nada preocupante. Al cabo de otra semana –lo cual, por cierto, constituía un período de incubación de veintiún días– bajé la vista al entrar en la ducha y descubrí que durante la agotadora jornada, con las clases, las reuniones, los viajes de ida al trabajo y vuelta y las comidas fuera de casa, la piel en la base de mi pene había adquirido una tonalidad rojo pálido. De inmediato concluí que se trataba del tinte de mis calzoncillos. (Que los calzoncillos que me había bajado a los tobillos fuesen de color azul claro no significaba nada en aquel momento de incredulidad y pánico.) Parecía manchado, como si me hubieran aplastado algo –algún tipo de baya– en el pubis y el jugo, tras deslizarse hasta el miembro, hubiera coloreado irregularmente la raíz.

En la ducha me enjaboné y aclaré el pene y el vello púbico tres veces, y entonces me recubrí cuidadosamente desde los muslos al ombligo con una gruesa capa de burbujeante jabón, masajeándome mientras contaba hasta sesenta. Cuando me aclaré con agua caliente –esta vez tanto que quemaba– la mancha seguía allí. No un sarpullido ni una costra ni una magulladura ni una llaga, sino un intenso cambio de pigmentación que enseguida asocié con el cáncer.

Eran las doce, la hora en que tradicionalmente se producen las transformaciones en los relatos de horror, y una hora en la que era difícil conseguir un médico en Nueva York. Sin embargo, telefoneé de inmediato a mi médico, el doctor Gordon, y, pese al esfuerzo por ocultar mi alarma, él percibió claramente el temor y se ofreció a vestirse y cruzar la ciudad para examinarme. Tal vez si Claire hubiera estado conmigo aquella noche, en lugar de haberse quedado en su piso preparando un informe para el comité sobre planes de estudio, el mismo terror me habría impulsado a pedirle al médico que viniera corriendo. Por supuesto, dada la naturaleza de mis síntomas a aquella hora, es improbable que el doctor Gordon me hubiera enviado sin dilación al hospital, y tampoco parece, por lo que ahora sabemos –o seguimos sin saber–, que en el hospital pudieran haber hecho cualquier cosa para impedir o detener lo que estaba en marcha. El sufrimiento de las cuatro horas siguientes que hube de pasar a solas tal vez podría haber sido aliviado con morfina, pero nada indica que cualquier procedimiento médico, aparte de la eutanasia, pudiera haber invertido el rumbo del desastre.

Con Claire a mi lado podría haberme derrumbado por completo, pero, en mi soledad, de repente me avergonzaba perder el dominio de mí mismo; no habían pasado más de cinco minutos desde el descubrimiento de la mancha, y allí estaba yo, mojado y desnudo en el sofá de piel, tratando en vano de superar el trémolo de mi voz mientras bajaba los ojos y describía por teléfono lo que veía. «Tranquilízate», me dije, así que me tranquilicé, como puedo hacerlo cuando me lo propongo. Si era lo que me temía, podía esperar hasta el día siguiente, y si no lo era, también podía esperar. Le dije al doctor que me pondría bien. Exhausto tras una dura jornada de trabajo, me había… sobresaltado. Iría a su consultorio (pensé que esto era una prueba de valor por mi parte) hacia mediodía. Él me dijo que fuese a las nueve. Accedí y, tan serenamente como pude, le di las buenas noches.

Hasta que hube colgado el aparato y volví a examinarme bajo una luz intensa, no recordé que había un tercer síntoma, aparte del picor en la ingle y la decoloración del pene, que no le había mencionado al doctor. Hasta aquel momento lo había tomado por una señal de salud más que de enfermedad. Se trataba de la intensidad de la sensación local que había experimentado al hacer el amor con Claire durante las tres semanas anteriores. Para mí había significado el resurgimiento del deseo que antes sentía por ella; ni siquiera me molestaba en preguntarme de dónde o por qué, tan encantado –y tan aliviado– me sentía por su retorno. Lo cierto era que la intensa lujuria que su belleza física había despertado en mí durante los dos primeros años de nuestra relación se había ido reduciendo desde hacía casi un año. Hasta fecha reciente, le hacía el amor no más de dos o tres veces al mes, y lo más frecuente era que fuese ella la incitadora.

Mi enfriamiento –mi frialdad– era penoso para los dos, pero como ambos habíamos padecido no pocos trastornos emocionales (ella de niña con sus padres, yo de adulto con mi mujer), éramos igualmente reacios a dar cualquier paso hacia la ruptura de nuestra unión. Por descorazonador que fuese para una encantadora y voluptuosa joven de veinticinco años verse rechazada una noche tras otra, Claire no mostraba externamente ni un ápice de la suspicacia, la frustración o la cólera que incluso a mí me habrían parecido justificadas, el origen de su desdicha. Sí, ella paga un precio por su ecuanimidad (no es la mujer más expresiva que jamás he conocido, pese a su pasión sexual), pero he llegado a la etapa de la vida –es decir, había llegado– en la que el puerto sereno y sus plácidas aguas me gusta

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