Tu rostro mañana. 2 Baile y sueño

Javier Marías

Fragmento

En el acelerado siglo XXI fue todo un atrevimiento publicar por etapas esta larguísima novela, una historia única repartida en tres volúmenes. Cualquier novedad se consume hoy con rapidez frenética, y el hecho de que Javier Marías se hubiese entregado durante años a una tarea tan esforzada dejó estupefactos hasta a sus lectores más devotos. Para la impaciente mentalidad actual pertenecen a una tradición literaria remota no sólo hazañas extranjeras como En busca del tiempo perdido de Proust, José y sus hermanos de Thomas Mann, El hombre sin atributos de Musil o El Señor de los Anillos de Tolkien, sino hasta una empresa española más cercana como Herrumbrosas lanzas de Juan Benet. Se entiende entonces el revuelo que causó la salida de Tu rostro mañana. 2 Baile y sueño, en 2004. Era la segunda entrega de una novela que no terminaba, y a quien le hubiese parecido larga una espera de dos años, tenía ahora por delante un plazo vago, no siendo ninguna novedad que Javier Marías escribe sin un proyecto narrativo muy firme.

Lo que el autor había dicho en «Errar con brújula», un viejo y muy citado artículo sobre su manera de abordar el oficio, estaba más vigente que nunca. En aquel breve texto, el novelista afirmaba que cada vez que empezaba una historia no tenía una idea precisa ni del tema, ni de la trama, ni tampoco de los personajes. Y en cuanto al final, ésa era la mayor incóg nita. Sin embargo, por poco premeditada que fuera la invención, cuando un libro iba a la imprenta todo el proceso había terminado, mientras que en el caso de Tu rostro mañana Javier Marías seguía arrojado a su aventura por un tiempo indefinido. A quien le pedía que anticipara algo sobre lo que estaba haciendo, el autor le aseguraba no tener claro si habría una tercera parte o tal vez una cuarta o tal vez nada. En el momento de su aparición, Tu rostro mañana. 2 Baile y sueño pertenecía, pues, a una totalidad impredecible.

Ahora la recompensa es cierta; sin embargo, falta mucho para llegar al desenlace. El relato discurre por un trayecto sinuoso, entre los restos fósiles de aquellos eslabones de tiempo, lugar y acción que Javier Marías acopla con flagrante desigualdad. Afinando una técnica narrativa prodigiosa, el autor deja volar aún más alto el pensamiento de un protagonista que continúa su célebre estirpe de personajes pasivos e imaginativos. De momento, Deza, un espía en ciernes que diagnostica la índole de las personas a partir de sus rasgos exteriores, no se implica demasiado en las actividades secretas que dirige Bertram Tupra. Redacta todos los informes que le encargan, se incorpora con cautela al grupo de trabajo al que ha sido asignado, obedece las órdenes del jefe que lo está entrenando con pequeñas dosis de enigmas y revelaciones. Frente a un método tan inasequible, la razón del aprendiz se ofusca, no le vale para guiarse en el mundo en que se ha metido. Al protagonista desasosegado no le queda más remedio que escrutar la realidad con el tenso lenguaje de las pasiones, que son todo menos ciegas o caóticas, si bien implican por naturaleza la reacción vehemente, la fabulación heterogénea, el juicio enfático. Las pasiones enseñan más de lo que hay, porque se desbordan de la circunstancia que las desata y aglutinan por analogía cualquier situación que sirva a sus propósitos. En el caso del temor —la pasión que se apodera más a menudo del protagonista de esta novela—, el objetivo no es otro que el de prevenir el daño personal.



Por lo tanto, el lector deseoso de dar solución al interrogante que plantea el comienzo de Tu rostro mañana. 2 Baile y sueño tendrá que plegarse a una expansión narrativa que confiere a la historia aún más misterio. El protagonista incluye en su discurso un paréntesis tan amplio que el móvil inicial del relato acaba por palidecer, como si sólo fuera un pretexto. No lo es. La gigantesca digresión «discotequera» que ocupa casi la totalidad de esta parte intermedia de la novela saca a la luz la marca de una experiencia indeleble. No por nada su recuerdo irrumpe en el medio de un diálogo recién empezado, al que se impone con una presión aplastante. En Londres, Deza está hablando con la mujer que acaba de entrar en su piso. Es la joven colega Pérez Nuix, la visita inesperada y sin nombre que lo llama al timbre al final del primer volumen; la misma mujer con el perro que lo seguía de lejos en aquella noche de lluvia torrencial. Aunque no se le había acercado en la calle —quién sabe si por algún recelo—, efectivamente iba tras él, necesitaba decirle algo en privado.

El lugar de la acción principal es otra vez el interior de una casa y otra vez dos personajes se ponen en juego cara a cara, intercambiando palabras que cimentan relaciones y aportan riesgos. No hay amistad entre ellos, pero tampoco indiferencia. Sus modales son controlados, pero sus cuerpos están alerta. Lo indican muchos detalles. Por ejemplo, la falda que la mujer, al sentarse, deja levemente subida sin la menor preocupación: un imán irresistible para el hombre, que se fija enseguida en los muslos medio descubiertos de su huésped. No es un amago de seducción, sino el brote de una energía sexuada que no llega a deseo: una callada complicidad somática que interfiere con el objetivo del encuentro. En ambos sujetos, tan expertos en detectar las intenciones ajenas, esta aparición espontánea de la sensualidad mina la excelente retórica con que suelen dominar a sus interlocutores. Sus tácticas vacilan. Los dos lenguajes que usan, el físico y el verbal, siguen directrices contrarias. No sin titubeos, Pérez Nuix le anuncia a Deza que  va a pedirle un pequeño favor. Con desparpajo, Deza niega que Pérez Nuix pueda medir de antemano la ayuda que está a punto de solicitar. Esta actitud del narrador, que raya de pronto en la hostilidad, deriva del mismo sentimiento que le dicta las frases inaugurales del volumen: «Ojalá nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera, ojalá no nos pidieran los otros que los escucháramos». Vuelve, acentuado, el conflicto lingüístico que el personaje airea desde las primeras líneas de Tu rostro mañana.1 Fiebre y lanza. Quien se escuda en este anhelo espectral intenta protegerse a ultranza de algo que asusta.

Eros, la pulsión que tiende enlaces, ha convocado a Fobo o el pavor, la inhibición que rehuye las ataduras. El uno y el otro son hijos de Afrodita, la diosa del amor, y de Ares o Marte, el dios de la guerra. Emocionalmente desgarrado, Deza se repliega en sí mismo. En presencia de Pérez Nuix, cierra los oídos mientras abre los ojos a una situación que no parece venir a cuento. Su voz se hace inaudible. Su escucha se desliza hacia la visión interior, la evocación asimétrica y solitaria.

Pasa así a la discoteca donde, más adelante, estuvo una noche con Tupra, para asistirlo en una de sus tareas insondables. No le extraña la elección de aquel sitio ruidoso y frívolo. En medio de la muchedumbre, ahí está su jefe despachando con un italiano de mediana edad, un tipo despótico e insolente, cuya alocada y caprichosa mujer exige que la distraigan. Es ésta la incumbencia de Deza: halagar a la madura Flavia Manoia con piropos amables, llevarla a bailar soportando sus desmanes. Empieza aquí la burla hilarante del narrador, que fulmina con diferentes grados de ironía no sólo a su dama, sino también a la gente que se agolpa en el local, una masa ataviada como para una fiesta de disfraces de donde surge alguien que ya había hecho el ridículo en la cena fría del primer volumen. Es Rafa de la Garza, el malhablado y rijoso agregado de la embajada española, cuya intromisión casual sube el  tono sarcástico del rel

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