Prende fuego a la noche

Myriam M. Lejardi

Fragmento

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Después de morir, Vail estaba convencida de que era imposible que su vida se torciera más. Al fin y al cabo, ¿qué hay peor que despertar en un lugar desconocido, cubierta de tu propia sangre y rodeada de monstruos? Han pasado dos años desde aquello, pero recuerda perfectamente el dolor y el miedo que sintió. Sobre todo, el miedo.

Ahora, mientras arrastra por el pie el cadáver de un chico, a Vail siguen dándole miedo los monstruos. No los que se esconden bajo la cama y retuercen los sueños de los críos, sino los que se ocultan en los callejones de la ciudad.

Los que son como ella.

Porque es más difícil matarla que la primera vez, pero no imposible. Porque le han explicado muchas cosas, pero no todas. Y porque a Cian, que camina justo por delante de ella, el peligro de la situación parece resbalarle, como todo lo demás.

Va silbando una cancioncilla alegre, que resuena contra el metal de la máscara que casi siempre lleva puesta. Está pintada de blanco, con parches de cuero dorado pegados en algunas zonas, además de una rejilla que no deja ver sus ojos. Tiene forma de una cara de gato que siempre sonríe. Tras ella, Vail sabe que hay más y más máscaras, de las que están por debajo de la piel y por encima de la verdad.

El chico muerto con el que carga, al que le calcula unos veinte años, debe pesar setenta u ochenta kilos. Da igual, apenas lo nota, ni siquiera cuando se le enreda la ropa en las raíces de los árboles o en las piedras del suelo. Es fuerte, mucho más de lo que lo fue el cadáver en vida. O cualquier otro humano.

Cian se detiene, al fin. Agarra con las dos manos la pala que hasta entonces llevaba sobre el hombro y empieza a cavar.

—¿Dónde se supone que estamos? —le pregunta Vail.

—En ningún sitio —contesta, extendiendo un brazo para señalar la zona—. O en el lugar perfecto para enterrar a este pobre chaval, depende de cómo quieras verlo.

Ella lo suelta y, tras bufar con hastío, se recuesta sobre el tronco de un árbol y empieza a sacarse la suciedad que tiene bajo las uñas pintadas de negro.

—Este pobre chaval con el que hace unos días te estabas liando —acusa. Se le da muy mal expresar sus sentimientos, o muy bien dejárselos olvidados, pero parece que Cian la conoce mejor que ella misma. Su risa tintinea contra la máscara. Como no confirma nada, añade—: Os he pillado juntos por lo menos dos veces, cuando me has dejado tirada en las misiones. ¿Por qué lo has matado?

—Me ofendes —se burla él, llevándose las manos a la boca de metal en un gesto exagerado—, ¿por qué iba a matarlo si no lo conozco?

No es capaz de verle la sonrisa, pero la imagina. Ella también lo conoce, aunque no tanto como le gustaría. Se pregunta si alguien es capaz de hacerlo y lo pone en duda. Con Cian funciona así: lo mejor es dar por hecho desde el principio que miente. Porque lo hace, lo está haciendo en este preciso instante.

Hace media hora, Vail recibió una llamada suya. Después de un par de bromas y otro par de insinuaciones, el de la máscara le pidió que se reuniera con él en la ubicación que le mandaba, que ha resultado ser un descampado al lado de la autopista, a medio camino entre el Reformatorio, en el que se supone que debían de estar ya, y Madrid. Que tenía que echarle una mano «con un asuntillo», le dijo, que sería «cosa de media hora, querida, escaquéate cuando acabes con tu misión». Así que fue y se encontró a Cian sentado con las piernas cruzadas en el suelo, toqueteando el móvil, con el cuerpo inerte de ese chico al que están a punto de enterrar asomando por el maletero del coche.

—Te he visto con él —repite.

—Bueno, sí, pero conocer a alguien es un poquito más complicado y requiere más que unos cuantos revolcones, ya me entiendes. Es un concepto muy filosófico, ¿hasta qué punto podemos decir que conocemos a una persona que…?

—Basta. —La voz de Vail suena como un latigazo—. Si no me cuentas ahora mismo lo que ha pasado, me voy.

Ambos son conscientes de que es una amenaza vacía: lo quiere demasiado como para abandonarlo cuando la necesita, por mucho que odie que bromee cuando no toca.

—Vale, vale. Bueno, tal y como has dicho: hemos tenido varios momentos intensos de pasión desenfrenada de lo más satisfactorios, pero no lo he matado yo. Hace un rato, cuando iba a verlo, se ha dejado atropellar. Por un coche, me refiero, no por mí, que era la idea.

—Ajá. ¿Y por qué no lo has dejado donde estaba para que lo llevaran al hospital?

—Ya estaba muerto. Lo he hecho de buena fe, para ahorrarles la frustración a un montón de médicos y el posterior papeleo que tendrían que haber rellenado las autoridades. No arquees así las cejas, ¿por qué no me crees? Ya sabes que soy un sentimental. Me lo he traído para darle un entierro digno. Estoy pensando en soltar un discurso y todo.

Mientras Cian sigue parloteando sobre que, si pudiera, incluso lloraría, el muerto emite un quejido. Vail se tensa y abre mucho los ojos.

—No es posible… —murmura.

—Por supuesto que no.

—¿Cómo…?

—Debe de ser algún reflejo post mortem de esos.

—¡Cian!

El aludido da un respingo y se calla. Vail no grita casi nunca. Se enfada, suelta comentarios cortantes o resopla, pero no suele gritar. Si lo está haciendo ahora es porque está aterrada, porque que el novio (o lo que fuera) de Cian esté resucitando complica todavía más las cosas.

Sin perder el tiempo, la chica se lanza hacia lo que ahora es también un monstruo y le clava la mano en el pecho. Es mucho más fuerte y él todavía no ha terminado de convertirse, así que llega sin problemas al corazón y se lo arranca de cuajo. Le late en la mano ensangrentada, todavía vivo, hasta que lo aplasta y elimina uno de los mil problemas que sabe que van a tener a continuación.

El silencio baila en el viento y les revuelve el pelo. El de ella es blanco, liso y largo; el de él castaño, ondulado en las puntas y hasta la barbilla.

—¿Lo sabías?

Antes de contestar, Cian se encamina hacia el cuerpo. Se agacha para cogerlo de los tobillos y tira de él hasta dejarlo caer en el agujero que ha cavado.

—No.

—Mentiroso.

—Te lo juro, Vail, no tenía ni idea.

Su voz no suena a mofa, aunque tampoco a sinceridad. No es como cuando por las mañanas, en la cama, le promete que la quiere. Eso es cierto, como un axioma. No sabe si la quiere bien o simplemente como puede, pero, de momento, es suficiente.

Tampoco sabe cómo van a salir de esta.

—Ya nos han hecho el test genético y en una semana tenemos la Prueba. —La chica se deja caer en el suelo y se pinza el puente de la nariz—. ¿Qué coño hacemos?

No le dice que es imposible que sea una coincidencia que acabe de convertir a otra persona en vampiro ni que se supone que durante los dos primeros años nadie puede. Tampoco le vuelve a gritar, a preguntar que por qué miente o a exigir que confíe en ella. De algún modo enrevesado que solo Cian entiende, lo hace. Por eso la ha llamado.

Lo que sí que le dice es que están en peligro, que los rumores sobre las desapariciones ya claman en cada esquina del Reformatorio. Que van a ir a por él.

Y que no piensa permitirlo.

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