El heredero

Jo Nesbo

Fragmento

cap-2

1

Rover miró fijamente el blanco suelo de hormigón de aquella celda rectangular de once metros cuadrados. Mordió con fuerza presionando sobre el diente de oro que sobresalía ligeramente en la mandíbula inferior. Había llegado a la parte difícil de la confesión. El único sonido que se apreció en la celda fue el de sus uñas rascando la Virgen que llevaba tatuada en el antebrazo. El joven sentado con las piernas cruzadas en la cama situada frente a él había permanecido en silencio desde que Rover había entrado. Se limitaba a asentir y sonreír con una sonrisa satisfecha de Buda a la vez que mantenía la mirada fija en un punto de la frente de Rover. Le llamaban Sonny y se decía que había asesinado a dos personas cuando era adolescente, que su padre había sido un policía corrupto y que tenía ciertos dones especiales. No resultaba fácil determinar si el chico le estaba prestando atención: sus ojos verdes y la mayor parte de su rostro se escondían tras el largo y sucio cabello, pero aquello no tenía importancia. Lo único que Rover deseaba era la absolución de sus pecados y la bendición de rigor para poder salir al día siguiente por la puerta de la Prisión Estatal de Alta Seguridad con la sensación de haber sido redimido. No es que Rover fuera un hombre religioso. Sin embargo, eso tampoco le haría ningún daño cuando tenía de veras la intención de cambiar las cosas, de intentar honestamente llevar una vida normal. Rover respiró hondo.

—Creo que era bielorrusa. Minsk está en Bielorrusia, ¿no?

Rover alzó la mirada brevemente, pero el chico no contestó.

—Nestor la llamaba Minsk —continuó Rover—. Y me dijo que tenía que pegarle un tiro.

La ventaja de confesarse a alguien que tenía el cerebro tan destrozado era que, obviamente, no se le quedaba ningún nombre ni suceso. Era como contarse las cosas a uno mismo. Seguramente ese era el motivo por el que los que cumplían sentencia en la prisión estatal preferían a aquel joven antes que al capellán o al psicólogo.

—Nestor la mantenía a ella y a otras ocho chicas enjauladas en Enerhaugen. Europeas del Este y asiáticas. Muy jóvenes. Adolescentes. Al menos espero que lo fueran. Minsk, sin embargo, era algo mayor. Más fuerte. Consiguió escaparse. Pudo llegar hasta el parque de Tøyen antes de que el perro de Nestor la pillara. Uno de esos dogos argentinos. ¿Sabes cuáles son?

La mirada del chico ni se inmutó, pero levantó la mano. Se tocó la barba. Empezó a mesársela lentamente con los dedos. La manga de su sucia camisa varias tallas grande se deslizó hacia abajo, dejando al descubierto costras y marcas de pinchazos. Rover prosiguió:

—Son unos putos perros albinos enormes. Matan a todo aquello que el dueño les señale. Y tampoco hace falta que se lo señalen. En Noruega son ilegales, claro. Una perrera de Rælingen los importa de Chequia registrándolos como bóxers blancos. Nestor y yo fuimos allí a comprarlo cuando era un cachorro. Más de cincuenta papeles en efectivo. Pero era tan jodidamente mono que nunca te habrías imaginado que…

Rover se detuvo de repente. Era consciente de que estaba hablando sin parar del perro para posponer lo que había venido a hacer.

—En cualquier caso…

En cualquier caso… Rover se miró el tatuaje del otro antebrazo. Una catedral con dos chapiteles. Uno por cada sentencia cumplida. En cualquier caso, nada de eso tenía que ver con la confesión de ese día. Había estado suministrando armas de fuego a una banda de moteros, algunas de las cuales había modificado en su taller de motos. Se le daba muy bien. Demasiado bien. Tanto que finalmente había llamado demasiado la atención y había terminado siendo detenido. Y en cualquier caso se le daba tan bien que, después de cumplir la primera condena, Nestor lo había acogido bajo su ala protectora. Se encargó de comprar sus servicios en exclusiva para que sus hombres —y no aquellos moteros y demás competidores— se hicieran con las mejores armas. Le pagó más por el trabajo de un par de meses de lo que Rover ganaría durante toda su vida en el taller de motos. Sin embargo, Nestor pidió mucho a cambio. Demasiado.

—Estaba tirada en el bosquecillo. La sangre le salía a chorros. Estaba allí tirada, completamente inmóvil, mirándonos. El perro le había arrancado un trozo de la cara y sus dientes estaban al descubierto. —Rover torció el gesto. Venga, al grano—. Nestor nos dijo que ya era hora de dar una buena lección, de demostrarles a las demás chicas lo que podía pasarles. Y que, de todas formas, Minsk ya no tenía ningún valor ahora que su rostro estaba… —Rover tragó saliva—. Entonces me lo pidió. Acabar con ella. Eso serviría para demostrar mi lealtad, ¿entiendes? Yo llevaba una antigua pistola Ruger MK II a la que le había hecho algunos arreglillos. Y quería hacerlo. Realmente quería hacerlo. No fue eso…

Rover notó que se le formaba un nudo en la garganta. ¿Cuántas veces había pensado en aquello, repasando cada segundo de aquella noche en el parque de Tøyen, reviviendo el episodio de la chica una y otra vez, con Nestor y él mismo en los papeles protagonistas y todos los demás en calidad de testigos silenciosos? Incluso el perro estaba callado. ¿Cientos de veces? ¿Miles? Y aun así no fue hasta ese momento, en que por primera vez lo contaba en voz alta, cuando se dio cuenta de que no había sido un sueño, sino que ocurrió realmente. O mejor dicho, era como si su cuerpo no lo hubiera comprendido hasta entonces. Por eso sintió que el estómago se le revolvía. Rover respiró hondo por la nariz para mitigar las náuseas.

—Pero no fui capaz de hacerlo. A pesar de saber que ella iba a morir de todas formas. Ellos ya estaban preparados con el perro, y yo pensé que ella habría preferido una bala. Pero fue como si el gatillo estuviera pegado con cemento. Simplemente no fui capaz de apretarlo.

El chico parecía asentir débilmente. O bien en respuesta a lo que le estaba contando Rover, o bien al son de la música que oía en el interior de su cabeza.

—Nestor dijo que no podíamos quedarnos esperando una eternidad… Al fin y al cabo nos encontrábamos en un parque público. Entonces sacó un pequeño cuchillo curvo de la funda que llevaba sujeta a la pantorrilla, dio un paso adelante, la cogió del pelo, le levantó un poco la cabeza y simplemente deslizó la hoja del cuchillo por su cuello. Como si estuviera destripando pescado. La sangre salió a borbotones unas tres o cuatro veces, y después ella se vació. Pero ¿sabes qué es lo que mejor recuerdo? El perro. Cómo empezó a aullar al ver brotar la sangre.

Rover se inclinó hacia delante en la silla y colocó los codos sobre las rodillas. Se tapó las orejas con las manos mientras se balanceaba de un lado para otro.

—Yo no hice nada. Solo me quedé mirando. No hice una mierda. Me quedé mirando mientras la envolvían en una manta y la cargaban hasta el coche. La llevamos al bosque, a Østmarksetra, y arrojaron su cuerpo por la parte que da al lago de Ulsrud. Es un lugar al que la gente lleva a pasear al perro, así que la encontraron al día siguiente. El caso es que Nestor quería que la encontraran, ¿entiendes? Quería que salieran fotos de ella en los periódicos que mostraran lo que le había ocurrido. Para enseñárselo a las demás chicas.

Rover apartó sus manos de las orejas.

—Dejé de dormir porque en cuanto cerrab

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