Loba negra

Juan Gómez-Jurado

Fragmento

2. Un cable
2 Un cable

—Así no va a salir, inspector —dice una voz femenina junto a su oreja.

Jon se agarra del antebrazo de la doctora Aguado, que le ayuda a incorporarse. Las manos de los forenses le dan repelús, pero cuando tienes el culo hundido en el lecho arenoso te aferras a lo que te ofrecen.

—Creía que los cadáveres flotaban. Pero éste parece empeñado en hundirse.

Aguado sonríe. Rondará los cuarenta. Pestañas largas, maquillaje desvaído, piercing en la nariz, una pícara languidez en la mirada. Ahora con una chispa de alegría. Se ha echado novia, dicen las malas lenguas.

—El cuerpo humano es agua en más del sesenta por ciento. El agua no flota, así que primero se va al fondo. En las condiciones adecuadas de temperatura, las bacterias comienzan a descomponer el cuerpo en cuestión de horas. Estamos a cuatro grados, y el agua a unos seis, así que... más bien días. Los gases llenan el estómago e intestinos y pop. Arriba otra vez.

Aguado se arrodilla, sujeta con una mano el cuerpo e introduce la otra debajo, y va palpando.

—¿Quiere que la ayude, doctora?

—No se preocupe. Sólo necesito encontrar qué es lo que la está reteniendo.

Jon echa una mirada a la masa informe e hinchada. Flota bocabajo, semihundida, desnuda. El pelo, de un color indefinido, lo lleva muy corto. Jon se pregunta cómo narices ha sabido que era una mujer.

—¿Cómo narices ha sabido que era una mujer?

—Por muchos motivos, inspector —responde Aguado—. Por el ángulo clavicular, por la ausencia de protuberancia occipital, y porque, aunque usted no lo vea, ahora mismo estoy sosteniendo bajo el agua lo que, con total seguridad, es el pecho izquierdo de la víctima.

La forense se pone en pie y le pasa su linterna. Pequeña, pero potente. Jon la ayuda a orientarse mientras Aguado extrae unas tijeras redondeadas de la bolsa impermeable que lleva colgando del cuello. Vuelve a agacharse, y forcejea debajo del cadáver. De pronto, con un movimiento brusco, éste se libera y asciende por completo a la superficie.

—El asesino le ató un cable al muslo —dice Aguado, señalando una línea fina y hundida en la parte de atrás de la pierna—. Seguramente con un peso. Ayúdeme a darle la vuelta.

Ahora el cuerpo no pesa, y girarlo no les lleva más esfuerzo que pasar una página, la última. Los ojos han desaparecido, comidos por los peces. El rostro parece una máscara que quiso Carnavales y encontró fatalidad.

Antes de venirse a Madrid, cuando todavía pateaba las calles malas del botxo, Jon se creía más duro. En Otxarkoaga todo era ruido de cristales, nidos de manzanas que se acaban por pudrir. Allí, cuando veía un muerto, Jon no sentía una punzada de desánimo, ni un apretar de dientes, ni un qué te ha pasado, quién te ha hecho esto.

Allí se sentía funcionario.

Aquí se siente responsable.

Maldita Antonia.

Arrastrándolo por debajo de los hombros, Jon se abre paso entre los carrizos y lleva el cadáver hasta el terreno seco de la isleta.

—Sin causa de la muerte aún —dice Aguado, como hablando para sí misma. Hace una pausa, parece escuchar algo—. El nivel de adipocira es muy elevado. Al menos una semana sumergida, quizá más.

—En cristiano, doctora.

La forense señala los bultos y protuberancias bajo la piel azulada del cuerpo. El estómago, amorfo e hinchado, cuelga sobre el hueco del pubis hasta hacer desaparecer el vello.

—La adipocira se produce cuando un cadáver permanece sumergido en agua. Los microorganismos convierten la grasa subcutánea en jabón, para entendernos. Les diré más mañana, ahora tengo que ponerme a trabajar antes de que el contacto con el aire ponga en peligro las pruebas, inspector —dice Aguado, señalando la orilla.

Jon sabe cuándo lo echan. Hace un gesto, y los novatos se acercan a la isleta, provistos de una camilla y grandes plásticos transparentes. El cadáver está demasiado deteriorado como para meterlo en una bolsa estándar. El inspector les deja —ahora sí, ahora ya podrán— el trabajo sucio. Vadea a grandes zancadas de vuelta al murete que canaliza el río. En esa zona no hay escaleras ni modo habitual de subir, pero los policías han instalado una escala de cuerda, por la que Jon eleva sus ciento diez kilos de regreso al nivel de la calle.

Desierta, salvo por un hombre apoyado en un coche patrulla. Moreno, de entradas pronunciadas, bigote recortado fino y ojos de muñeca, que parecen más pintados que reales. Abrigo corto, color camel. Caro.

—Parece que refresca —dice Mentor, exhalando una bocanada.

El orgullo raspado de Jon cicatriza un poco. No hay nada que cure más la propia ignominia que ver a otro ser humano caer en una mayor. Y Mentor está vapeando.

—¿Y eso? —dice Jon, señalando al cacharro.

Mentor se introduce la boquilla entre los labios —finos, casi invisibles—, aspira y exhala de nuevo. El viento arrastra hasta Jon una nube con olor a mandarina.

—Ya estaba en tres paquetes al día. La semana pasada me encendí un cigarro en la ducha. Así que pensé que por qué no probar.

—¿Y funciona?

—Qué quiere que le diga. Me meto el doble de nicotina que antes, y tengo el triple de ganas de fumar. ¿Ha dicho algo Aguado ya?

—Que la víctima es mujer. Asesinada. Una semana en el agua, o más. Y que la deje en paz.

—Bastante comunicativa, para lo que suele ser. ¿No la ha notado más alegre estos días?

—Yo creo que se ha echado novia —dice Jon (él es las malas lenguas).

El inspector comienza a despojarse del traje de plástico, aunque rechaza la manta que le tiende Mentor.

—Espero que no se haya mojado, inspector. Esta zona del río no es demasiado recomendable para la salud.

—¿Y eso?

Mentor aguarda a que el inspector recupere su abrigo y sus zapatos de vestir, y le conduce hasta la orilla.

—En 1970 se rompió una tubería de un centro experimental secreto no lejos de aquí. Resulta que el Caudillo estaba empeñado en tener la bomba atómica como fuera, y tenía a unos cuantos científicos haciendo pruebas con plutonio. No fue público hasta 1994, pero más de cien litros de material radiactivo acabaron vertiéndose en el Manzanares por ese desagüe de ahí. —Mentor señala a un punto de la oscuridad—. Unos cientos de casos de cáncer aquí y allá, nada serio. Pero no es un sitio que yo elegiría para bañarme.

Jon no reacciona. Siente, por supuesto, que le pica la piel de todo el cuerpo, y que el pelo rojizo de la barba está empezando a caerse. Pero no piensa abrir la boca. No sea que, al hacerlo, se le desprendan los dientes.

Mentor, muy serio, mira el reloj.

—¿Dónde está Scott?

—La llamé hace más de tres horas —contesta Jon, cuando comprueba que, después de todo, el envenenami

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