Entre dos promesas

Raquel Arbeteta

Fragmento

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Capítulo 1

El mensaje

Casa de los Lume, Dos Ríos, 1926

—Hijo, ¿podrías dejar ese libro de una maldita vez? Tus hermanos están a punto de llegar.

Arlen alzó la vista de la novela, solo un segundo, y miró a su padre. Óscar, cuyo mote era el Viejo Oso, estaba cruzado de brazos, tan imponente a los sesenta años como a los treinta, cuando heredó el liderazgo de los Lume. Arlen aún no los tenía, pero ya estaba a un paso de ocupar su lugar en la banda. Compartían los ojos azules, el pelo castaño ceniza y la altura, aunque no la misma anchura ni músculo. Por suerte, si bien no era una montaña como él, tenía más paciencia.

—¿Prefiere que dé vueltas de un lado al otro como hace usted? Con uno de nosotros que haga un agujero en el suelo es suficiente.

El Viejo Oso bufó y se acercó a la ventana del despacho, la que daba al jardín delantero y a la entrada principal de la casa.

—Espero que los Trenti no les hayan tocado ni un pelo a Samuel ni a Marc.

—Mis hermanos estarán bien —aseguró Arlen en tono neutro, mientras se levantaba y dejaba el libro en el escritorio—. Los italianos acaban de llegar a la ciudad, pero no son tan tontos.

—Precisamente lo que buscan es hacer el mayor daño en el menor tiempo posible —respondió su padre—. Y no hay mejor forma de enfurecer a un oso que retorcerles el pescuezo a sus hijos.

—Entonces no caiga en su juego —susurró Arlen—. Tranquilícese. Seguro que están al caer.

Como si de una pitonisa se tratara, la puerta se abrió de par en par y entraron los otros dos Lume. El mayor, Samuel, sin chaqueta y con la camisa arremangada salpicada de gotas de sangre. Marc, el menor, pegado a su espalda, con las manos en los bolsillos del pantalón y la mirada indiferente de siempre.

—¡Por fin! —exclamó el padre—. ¿Qué ha pasado? ¿Habéis recuperado el bar Muga?

—Sí, pero a qué precio. Han herido a Ed. No sabemos si saldrá de esta. —Los cuatro bajaron la cabeza un instante. Samuel continuó—: Pero no van a quedarse quietos. Hemos oído que están acechando el astillero y también la fábrica Bessemer.

—Pero esa es de los Branca —le interrumpió el Viejo Oso.

—Ya, padre, pero ellos no respetan qué parte de la ciudad pertenece a qué banda —espetó Samuel, desabrochándose el chaleco gris—. Para ellos, Branca y Lume somos lo mismo: enemigos a combatir.

Arlen se acercó a su hermano pequeño. Marc tenía la mirada fija en el suelo. Le puso la mano en el hombro y le acercó a él para darle un abrazo y espabilarlo. Uno muy breve. El Viejo Oso había tenido tres oseznos (cada uno de menor tamaño que el anterior) a los que no permitía ni una sola debilidad. La ciudad de Dos Ríos era un feroz bosque de humo y acero lleno de depredadores de la peor calaña. Ellos, en respuesta, tenían que estar a la altura.

—¿Qué más habéis averiguado? —preguntó Arlen.

—En el puerto se hicieron con un cargamento de tabaco de los Branca.

—No estarán muy contentos —añadió Marc.

—Esos Trenti nos están cabreando a todos, pero cuánto desearía verle la cara a la Gran Anjara —se rio el padre—. No le viene mal una cura de humildad.

—No lo sé —murmuró Arlen—. No veo que a nuestro líder le haya hecho mucho efecto.

Sus dos hermanos se rieron y el sesentón bufó como un toro. Lo cierto era que el patriarca no era el único que le había dado vueltas al modo en que la aparición de los italianos estaría afectando a la clásica banda rival de los Lume.

Hasta hacía un par de meses, Dos Ríos no estaba solo dividida por el agua, sino por las fronteras invisibles que trazaban los terrenos de una y otra familia. Aunque había habido periodos de paz en los veintitrés años que tenía Arlen, la enemistad seguía tan viva como el primer día.

«Tal vez haya pasado demasiado tiempo desde la última bandera blanca», pensó. «Hace dos años de la última vez que estuve frente a Deva sin una pistola en el bolsillo».

Sonrió sin querer al pensar en la hija de la archienemiga de su padre y recordó aquel día. Ojalá pudiera repetirlo. Meterse con ella, ver cómo fruncía los labios, enfadada y… adorable. Un periodo de paz efímero en mitad de una guerra eterna.

Como si le hubiera alcanzado un rayo, el hijo mediano del Viejo Oso se quedó quieto, atravesado por una ridícula idea.

«Tal vez no sea tan ridícula» se dijo. Sus hermanos y su padre seguían hablando de las bajas en material y efectivos tras la pelea con los recién llegados Trenti. En un momento dado, Samuel le agarró del brazo y Arlen pareció despertar.

—¿Un cigarro?

Asintió y aceptó el que le pasaba su hermano. Lo encendió y se acercó a la ventana donde antes se asomara su padre. El humo pronto llenó la sala de la misma forma que la discusión encendida entre los tres Lume.

—Le digo que hay que atacarles ya, padre, ¡antes de que esos malnacidos se hagan más fuertes! —aseguraba Samuel.

—No, ahora estamos débiles —replicó Marc—. Si nos vencen, no solo perderemos gente, sino también la confianza de los negocios que protegemos…

—Tu hermano tiene razón. Hay que reforzar los barrios del sur. Mientras tanto vosotros no os movéis de esta casa.

—¡¿Qué?! ¡Ni de broma, joder! —Samuel se cruzó de brazos, igual de ancho y alto que su padre. Uno y otro la misma imagen especular—. No nos crio para que nos quedáramos bebiendo vino en una cueva mientras los demás Lume se parten la cara por la familia.

—Ese es el problema —susurró Arlen. Dio una calada al cigarrillo, todavía con la mirada en la puerta exterior—. Estamos solos ahí fuera partiéndonos la cara cuando no tendríamos por qué.

Antes de que los otros tres pudieran preguntarle a qué se refería, llamaron a la puerta.

—Adelante —bramó el Viejo Oso.

Jon entró con las manos temblorosas. El joven, igual de moreno que todos los Lume, tenía la camisa arremangada y una sonrisa nerviosa en los labios.

—Ya está. Es una niña.

La tensión del ambiente se deshizo como si fuera un hechizo. Todos le dieron la enhorabuena enseguida. Jon se ahogó primero bajo el achuchón de oso de Samuel y recibió después el intenso apretón de manos del patriarca y de Marc con la misma sonrisa acalorada.

Pero fue Arlen quien le dio la enhorabuena más sentida y el abrazo más largo. Al fin y al cabo, no solo eran primos, sino mejores amigos.

—¿Qué tal está Eider? —le preguntó al separarse.

—Está estupenda. Bueno, ya sabes, ¡cansada! Pero todo ha ido bien. Ahora están las dos durmiendo.

—Una pequeña Lume más en la familia —rio satisfecho el líder mientras les servía a todos una copa de coñac—. Nos hacía falta una esperanza así. ¡Seguro que es una buena señal!

—No cargue a la cría con tanta responsabilidad, si acaba de nacer —replicó su hijo mediano—. Las supersticiones no ganan las guerras.

—¿Y qué las ganan, listillo? —le preguntó Samuel en tono jocoso.

—Estar preparado —Arlen se llevó el cigarro a los labios— y escoger bien a los aliados.

Dejó que se escapara el humo mientras la idea calaba en los allí presentes. Marc fue el primero en darse cuenta de a qué se re

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