¿Premios o castigos? Cómo educar a nuestros hijos
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¿Premios o castigos? Cómo educar a nuestros hijos

¿Debemos o no usar los premios o los castigos para enseñar y educar a nuestros hijos e hijas? Aprende con Alejandra Melús la definición de cada uno de ellos, y por qué debemos o no emplearlos. 

JOHN DOE

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Premiar o castigar a los niños y las niñas por sus actos implica un refuerzo externo a sí mismos y por lo tanto, supone un condicionamiento que no surge de su necesidad sino de la de quienes le rodean. Para entender bien estos conceptos es necesario que los describamos primeramente. 

Un premio es una recompensa positiva que recibe el niño tras haber llevado a cabo una acción que le hemos pedido. El premio puede ser material o no.

Un castigo es una recompensa negativa que recibe el niño tras no realizar la acción solicitada o realizarla inadecuadamente. También puede o no ser algo material.

Hoy en día ambos refuerzos se siguen empleando a diario en muchos casos como método para incentivar el buen comportamiento de los niños y las niñas. Para ello es fundamental entender a qué nos referimos con buen comportamiento, ya que se trata de algo absolutamente subjetivo e incluso abstracto.  Lo que para unas familias puede estar bien, quizás para otras pueda suponer un problema o no cumplir con sus normas. 

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Lo primero de todo es comprender el desarrollo evolutivo de los niños y las niñas según su edad y madurez, sabiendo que cada uno lleva su ritmo y tiempo y que el modo de comunicarse puede ser muy variado y se puede manifestar de muchas formas: a través de la expresión de emociones, el juego, la palabra, los sonidos, las regresiones en sus conductas, el movimiento…

Es esencial que el adulto se forme e informe al respecto, para poder acompañar adecuadamente al niño en su crecimiento, ya que durante los primeros años de vida es habitual que un niño llore efusivamente, chille, se frustre, tenga rabietas, muerda o pegue en ocasiones cuando quiera algo o sienta enfado, etc. Son comportamientos totalmente naturales en el  desarrollo de los niños y las niñas a esas edades.

Así mismo no quiere decir que el adulto tenga que aplaudir y potenciar dichas conductas, sino que debe ser acompañante y modelo de comportamiento ante las situaciones que generen conflicto, tratando de ofrecer un ejemplo adecuado, con calma y seguridad, sin enfados ni chantajes.

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El ser humano no necesita de una motivación extrínseca para aprender. Es decir, es esencial potenciar y trabajar la constancia, la paciencia, el esfuerzo y la perseverancia para realizar algo por uno mismo, y no con la intención de satisfacer al otro. Buscar la aprobación de los demás en cada uno de nuestros actos afecta a nuestra autoestima, a nuestro autoconcepto y altera la percepción de nuestras propias necesidades y cualidades.

Si pedimos al niño que sea como nosotros queremos, no estamos dejando emerger a su esencia y estamos moldeándole según nuestras creencias y gustos. 

Esto no quiere decir que no pongamos normas y límites dentro de su crianza y educación, sino que trabajemos para aceptar que nuestros hijos no nos pertenecen y son seres independientes a nosotros y por lo tanto, diferentes a nosotros. No tienen por qué resolver los conflictos del mismo modo que nosotros, pero esto no quiere decir que nos reste autoridad o no sepan resolverlos adecuadamente de otro modo igualmente funcional, válido y exitoso. Se trata de darles herramientas y permitirles hacer, probar, razonar, errar y resolver por sí mismos.

Si por el contrario, el niño actúa en base al premio o el castigo que recibe, está actuando condicionado a lo que recibe del exterior. Es decir, no tiene una motivación personal e intrínseca para hacer algo sino que lo hace en base a lo que recibirá de los demás.

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Y esto no se puede mantener en el tiempo, ya que en muchos momentos de la vida y sobre todo en la vida adulta, debemos actuar movidos por nuestra propia motivación, ya que nadie nos da un premio por hacer la cama, por ir al médico, por cuidar de nuestros hijos o por poner una lavadora, sino que es uno mismo quien debe esforzarse y buscar el éxito en lo que hace.

Realizar algo solos, esforzándonos, con paciencia y constancia, después de llevar tiempo practicando, nos hace sentir bien con nosotros mismos, nos proporciona felicidad, nos hace sentirnos orgullosos de nosotros mismos y ésta debe ser la recompensa fundamental que busquemos a la hora de realizar algo.

De igual modo, si no hacemos algo que deberíamos haber hecho, como por ejemplo, recoger nuestro cuarto, hacer los deberes o lavarnos los dientes, recibir un castigo no debe ser la consecuencia o lo que nos motive a no volverlo a repetir. Sino el mero hecho de observar la consecuencia natural como por ejemplo en estos casos:

- Si no recojo mi cuarto, estará desordenado y no encontraré mis cosas, será imposible que pueda limpiarlo bien y cada vez habrá más suciedad y desorden. La consecuencia la voy a experimentar en el día a día con el desorden, el caos… y aprenderé a mantenerlo mejor si observo que me ayuda a mí mismo.

- Si no hago los deberes, al llegar al colegio me los va a pedir la profesora y me voy a sentir mal por no llevarlos hechos y ver cómo mis compañeros los corrigen juntos y yo no tengo mi tarea. Por lo que el próximo día seguramente preferiré hacerlos para no sentirme mal conmigo mismo por no cumplir con la norma.

- Si no me lavo los dientes puedo tener caries, dolor de dientes, y quizás tenga que ir al dentista a hacerme una limpieza o a que me empasten una muela. Seguramente que si me los lavo a diario esto no tenga que suceder.

Si hablamos mucho de las emociones y de las posibles consecuencias naturales que la vida nos ofrece ante nuestras decisiones, los niños y las niñas también vayan tomando cada vez mejor sus decisiones, aunque no sean las nuestras o las que nosotros tomaríamos. 

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Tanto el premio como el castigo son métodos que no son efectivos a largo plazo, ya que dependen siempre del otro para poder llevarse a cabo y los niños y las niñas acaban acostumbrándose a recibirlos y se convierten en niños anestesiados ante los premios y los castigos.  Al final nada acaba motivándoles a realizar lo que se les pide, ya que están acostumbrados a recibir premios o castigos de manera continua y ya no les afectan. Además este método favorece a crear un clima de inseguridad, tensión, chantaje, nerviosismo y estrés dentro del entorno familiar. 

Si estamos empleando continuamente el premio y el castigo, el niño recibe un mensaje de amenaza ante su conducta por lo que actúa condicionado, y no desde el respeto, el amor y la confianza, sino desde el miedo, la inseguridad y el condicionamiento externo.

Todo ello contribuye a construir un vínculo inseguro y ansioso entre adulto y niño, donde la confianza, el afecto, la empatía, la escucha, la seguridad o la paciencia no están siendo la base para la creación del mismo.

Es fundamental poner el foco en dichos aspectos para favorecer una relación sana, segura, fuerte y afectiva con nuestros niños y niñas. Favoreciendo y trabajando en sus fortalezas y ayudándoles a mejorar en sus debilidades, ofreciéndoles herramientas adecuadas, acompañamiento incondicional y afecto infinito.

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