Los libreros que la mañana del 12 de abril de 1976 desempaquetaron sus pedidos y colocaron en sus estanterías la primera novela de una por entonces desconocida autora nacida en Nueva Orleans, una mujer a la que su madre había llamado Howard decidida a darle una vida distinta, porque «nadie olvidará nunca a una mujer que se llame Howard», se había dicho, no podían sospechar que aquella aparentemente ingeniosa novela titulada «Entrevista con el vampiro» iba a cambiar para siempre —y para bien, un bien incalculable, teniendo en cuenta lo que la ficción vampírica lleva dando de sí desde entonces, piensen en «True Blood», piensen en «Crepúsculo», piensen en «Lo que hacemos en las sombras»— la historia de la literatura de terror, y en concreto, la historia de la figura del «chupasangres». Aquella mujer que eligió para sí misma el nombre de Anne —lo de Howard nunca acabó de gustarle— inició en aquel lejano 1976 —del que acaban de cumplirse 50 años— una andadura modélica en lo que a una escritora —escritor— de género se refiere. Construyó universos que modelaron de nuevo ese otro mundo en el que se había formado como lectora —la literatura gótica, el mundo de los monstruos: momias, vampiros, brujas—, es decir, lo reinventaron, inventado a su vez un híbrido entre la novela histórica y lo fantástico que «hiperhumanizaba» a los hasta entonces únicamente crueles y despiadados villanos, permitiéndoles sentirse víctimas atrapadas en el tiempo. Al menos, eso le ocurre a Louis, el primer vampiro que jamás se dejó entrevistar por un periodista en algún momento del siglo pasado, en un San Francisco ajeno a la posibilidad de que los no muertos pudiesen llegar a alquilar un apartamento. Lo escalofriante de la historia es su seriedad. En ningún momento, Rice ironiza. Lo único que hace es profundizar en aquello que consiste ser humano. Porque, no lo olviden, el vampiro no es más que un humano inmortal. Un humano «muerto» pero «inmortal». ¿Y a qué venía tanta seriedad? Estaba tratando de escapar, ella misma. Tenía 35 años y hacía tan sólo tres que había enterrado a su hija Michele, que había muerto a los seis años de un extraño tipo de leucemia. Una enfermedad de la sangre. Aquello de lo que se alimentan los vampiros. He aquí parte de la historia, o cómo nacieron Louis, Lestat y, sobre todo, Claudia.