Las vidas de Jesucristo y otros salvadores del ...
Cuando el mal irrumpe: guerras, desastres y el silencio de Dios
Durante décadas, Pedro García Cuartango ha llevado una conversación silenciosa con Dios. No una plegaria, sino un largo monólogo hecho de lecturas, dudas y cicatrices. Criado en el férreo catolicismo de la posguerra española, aprendió de niño a temer y a venerar. Pero fue el paso del tiempo —la filosofía, la ciencia, la muerte de los seres queridos— lo que convirtió esa fe en un campo minado de interrogantes. En «El enigma de Dios» (Ediciones B, 2025), el veterano periodista despliega, sin aspavientos ni dogmas, un itinerario intelectual donde se cruzan Pascal, Newton o Nietzsche. El resultado es un libro profundo pero cercano, escéptico pero compasivo. En el capítulo que publicamos, «El terremoto de Lisboa», Cuartango enfrenta la gran pregunta del mal: catástrofes, pandemias, guerras y fanatismo como prueba —o refutación— de una divinidad que calla. ¿Puede haber fe cuando la historia se escribe con sangre?

Terremoto en Lisboa, pintura de Joao Glama (1755). Crédito: Getty Images.
El 1 de noviembre de 1755 un terrible terremoto destruyó la ciudad de Lisboa. En seis minutos se derrumbaron casi todos los edificios, la flota se hundió en el Tajo y cerca de treinta mil personas perdieron la vida. Muchos vieron en el desastre un castigo divino por los pecados del pueblo portugués y de su monarca. Kant escribiría posteriormente un opúsculo en el que intentaba explicar el terremoto por causas científicas. Pero fue Voltaire quien se planteó una reflexión filosófica sobre las consecuencias del desastre.
Frente a las hipótesis de Kant, Voltaire escribió que las causas del fenómeno eran incomprensibles, producto de un cruel azar. Y se preguntó cómo era posible que un Dios bueno y omnipotente hubiera permitido tal destrucción. La misma pregunta surge hoy tras los terremotos de 2023 en Turquía y Siria y los miles de muertos que provocaron.
Resulta fácil hallar una explicación científica. También podría ser pertinente recurrir a la fragilidad humana frente a las fuerzas de la naturaleza. Pero este tipo de razonamientos no sirven más que para dejar en evidencia la arbitrariedad de una devastación ciega que aniquila a seres humanos por la circunstancia de haber nacido allí y no en otro lugar.
No es cierto como apuntaba Leibniz que vivamos en el mejor de los mundos posibles. Al igual que es muy difícil compatibilizar la idea de Spinoza de que todos formamos parte de una sustancia única, que es Dios, con estas catástrofes naturales.
El mal en el mundo es incomprensible. Y lo es tanto a gran escala como en el ámbito de lo personal. Mientras escribía este libro, murió una amiga de mi mujer dejando huérfanos a dos niños de doce años. No tenían a nadie que pudiera asumir la responsabilidad de educarles y darles sustento, pero un amigo tuvo el asombroso gesto de acogerlos en su casa y proceder a la adopción.
Por muy religioso que se sea, es imposible entender tragedias como la pandemia, la guerra de Ucrania, la devastación de Gaza o las recientes riadas de Valencia, que provocaron más de doscientos veinte muertos. Y ello porque el mal es obsceno, brutal, imprevisible. Golpea sin motivo y es implacable. Como en El triunfo de la muerte, el cuadro de Pieter Brueghel, las hordas de la destrucción ejercen su trabajo sin piedad para los vivos.
Solo es posible escribir de lo sucedido con un grito de rebeldía, de incomprensión, de hastío por el horror que nos rodea. No hay ni un solo metro cuadrado en este mundo que pueda escapar de esas legiones de esqueletos fantasmagóricos que pueblan el cuadro de Brueghel.
¿Tuvo más vicios Lisboa que París o Londres para ser castigada por el terremoto? No hay respuesta a esta pregunta de Voltaire porque el mal es absurdo. Dios permanece en silencio, mientras los desastres, la guerra y el fanatismo siguen asolando nuestro mundo. Los terremotos, tsunamis, inundaciones y cataclismos naturales apelan a un azar que rige nuestras vidas y que es indiferente al destino de los hombres. Estamos solos e indefensos frente a fuerzas irracionales que no podemos controlar.
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Dice el Apocalipsis o libro de las Revelaciones que un pergamino cerrado con siete sellos profetizaba las catástrofes que iban a asolar a la humanidad. Llegarían en forma de cuatro jinetes montados en caballos de color blanco, negro, bermejo y amarillo. Esos caballos se han asociado a la guerra, las hambrunas, las pestes y el triunfo de Satanás.
El texto, datado en tiempos de las persecuciones a los cristianos en el Imperio romano, reza textualmente: «Apareció un caballo rojo como el fuego. Su jinete había recibido el poder de quitar la paz en la tierra y provocar que la gente se matara. Para ello, se le dio una gran espada».
El Apocalipsis ha guiado la imaginación durante casi veinte siglos. Fue un libro de referencia durante la Edad Media, asolada por los desastres que describe. Los avances de la ciencia y la tecnología a partir de la Revolución Industrial crearon un nuevo horizonte para los seres humanos que dejaba atrás la maldición de los cuatro jinetes.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa vivió décadas de crecimiento y prosperidad que, a pesar de la amenaza nuclear, generaron un gran optimismo sobre el futuro. Parecía imposible una vuelta atrás. Nunca el porvenir se había presentado con unas expectativas más halagüeñas.
De repente, hemos despertado de ese sueño. El coronavirus se ha llevado por delante millones de vidas, las hambrunas y las desigualdades provocan enormes flujos migratorios, el cambio climático amenaza los equilibrios naturales y ahora la invasión de Ucrania o la masacre de Gaza desestabilizan el orden nacido tras la desaparición de la Unión Soviética. La realidad parece una pesadilla.
Nunca en nuestra existencia nos habíamos sentido tan frágiles y vulnerables. Como ya predecía Heidegger, la técnica se ha vuelto contra el hombre. Y cunde la sensación de que la generación nacida a partir de 1990 puede vivir peor que sus padres y sus abuelos.
Sufrimos tiempos verdaderamente apocalípticos, tiempos de zozobra e inseguridad en los que las convicciones más sólidas se derrumban ante una sociedad líquida donde todo es volátil y relativo. Incluso el fantasma de una guerra nuclear vuelve a agitarnos.
«Como sucedió en vida de Noé, así sucederá también en la época del hijo del Hombre. Comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban. Pero la jornada en la que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y los destruyó a todos. Así será el día en el que el hijo del Hombre se manifieste», según está escrito en las Revelaciones.
La humanidad no está condenada a esa lluvia de fuego y azufre, pero el progreso y los avances tecnológicos, a la vez que aumentaban nuestra calidad de vida, han traído consigo una degradación del medioambiente y una capacidad de destrucción sin precedentes. El Apocalipsis cabalga de nuevo.
Los terremotos, tsunamis, inundaciones y cataclismos naturales apelan a un azar que rige nuestras vidas y que es indiferente al destino de los hombres. Estamos solos e indefensos frente a fuerzas irracionales que no podemos controlar.
Conforme se acercaba el año 1000 de la era cristiana, muchos teólogos y religiosos predicaron que el fin del mundo se produciría al llegar esa fecha. Así nació el término «milenarismo». Muchos siglos antes, el libro del Apocalipsis señalaba que el diablo se liberaría de sus cadenas y volvería entre los humanos para sembrar la idolatría y el caos. Entonces Dios castigaría a los pecadores con una tormenta de fuego y Jesucristo restauraría su reino sobre la Tierra.
El reformista y visionario luterano Thomas Müntzer había previsto que el mundo se acabaría en el siglo XVI, pero no pudo comprobar si su predicción era cierta porque fue decapitado tras promover una rebelión campesina. El papa Inocencio III creía que todo terminaría en el año 666 después del nacimiento del islam. Y decenas de teólogos, filósofos e incluso sabios como Miguel Servet fijaron fecha para el Juicio Final.
Fue Isaac Newton quien combatió con argumentos científicos estas percepciones, señalando la existencia de un tiempo infinito en el que se produce un permanente cambio. La idea newtoniana estuvo vigente hasta Einstein, que afirmó que el tiempo es una magnitud relativa.
La noción moderna de que la vida en el universo duraría decenas de miles de millones de años fomentó la idea optimista de que la existencia humana se prolongaría hasta un remoto plazo y que la ciencia podría descifrar todos los enigmas de la materia. Dicho con otras palabras, las generaciones del siglo XX creyeron que el progreso era ilimitado y que la supervivencia de la especie estaba asegurada.
Pero ese optimismo antropológico ha ido disminuyendo con el paso de los años, mientras el hombre adquiría la certeza de que los recursos del planeta pueden agotarse y que estamos abocados a un cambio climático de efectos imprevisibles.

Paiporta, Valencia, España. 31 de octubre de 2024. Residentes del municipio limpian una calle cubierta de lodo y escombros tras la catastrófica DANA que comenzó dos días antes y provocó 223 víctimas mortales. Crédito: Getty Images.
Hoy guerras como la de Ucrania y Gaza incrementan esa incertidumbre tanto por las consecuencias económicas del enfrentamiento como por la posibilidad, aunque sea remota, de una guerra nuclear. Lo que era ciencia ficción hace poco hoy es una pesadilla con visos de realidad.
Por otro lado, si la naturaleza puede provocar grandes catástrofes como los terremotos, los volcanes y los tsunamis, al mirar hacia el pasado podemos observar que la humanidad ha sufrido desde el Paleolítico enfermedades contagiosas que han determinado los asentamientos de la población y alterado los equilibrios demográficos.
El miedo a la peste está enterrado en el inconsciente humano desde el Paleolítico. Las infecciones y las epidemias ya eran la principal causa de mortalidad cuando el Homo sapiens vivía en las cavernas hace decenas de miles de años. Pero ahora resurge de nuevo ese temor ancestral al contagio en una sociedad que creía haber alejado esas amenazas gracias al avance del conocimiento.
Las referencias a la peste atraviesan la historia de la cultura occidental desde Boccaccio a Thomas Mann, pasando por la pintura flamenca en la que se representa la apoteosis de la muerte. Boccaccio, por ejemplo, se inspiró en la peste bubónica que asoló Florencia y otras ciudades italianas en el siglo XIV para escribir el Decamerón.
La narración comienza cuando diez jóvenes se alejan de la villa y se refugian en una casa de campo para huir del contagio. Para entretenerse, empiezan a contar historias, muchas de ellas de contenido erótico. La obra empieza con un prólogo en el que el escritor florentino describe crudamente los efectos de la peste:
¡Cuántos valerosos varones, bellas mujeres y jóvenes gallardos que Galeno e Hipócrates hubieran juzgado sanísimos desayunaron con sus familiares y por la noche ya estaban en el otro mundo cenando con sus antepasados!
La peste bubónica fue probablemente la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad. Se calcula que pudo matar en Europa a unos veinticinco millones de personas en el periodo comprendido entre 1347 y 1353, más de la tercera parte de la población. El origen de la enfermedad era una bacteria llamada Yersinia pestis, que producía manchas y ronchas en la piel. Los enfermos desprendían un olor pestilente al supurar un líquido que salía de las ampollas que cubrían el cuerpo.
El coronavirus se ha llevado por delante millones de vidas, las hambrunas y las desigualdades provocan enormes flujos migratorios, el cambio climático amenaza los equilibrios naturales y ahora la invasión de Ucrania o la masacre de Gaza desestabilizan el orden nacido tras la desaparición de la Unión Soviética. La realidad parece una pesadilla.
Es interesante saber que la epidemia se solapó con la devastadora guerra de los Cien Años, un conflicto tremendamente cruel entre los reinos de Francia e Inglaterra, que provocó éxodos de población, destrucción de las cosechas y terribles hambrunas. Muchos de los que la sufrieron creían que se avecinaba el fin del mundo.
Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero estudia el impacto de las pandemias en la historia y concluye que los virus y las bacterias han sido poderosos instrumentos de destrucción masiva. Las migraciones y el asentamiento de los pueblos tienen mucho que ver con el desarrollo de las pestes que han asolado a la humanidad.
Diamond sostiene que las epidemias surgieron cuando el hombre domesticó a animales como los perros, las vacas, los cerdos y las ovejas, cuya convivencia generó la aparición de enfermedades contagiosas. En el Paleolítico, cuando el hombre vivía en pequeños núcleos, dedicado a la caza y sin un territorio fijo, los microbios tenían una menor incidencia que en el Neolítico, cuando nacieron las primeras poblaciones estables en torno al desarrollo de la agricultura.
El autor de Colapso, su libro más conocido, resalta algo que ya sabemos: la increíble capacidad de los virus para sobrevivir a través de las mutaciones, de suerte que están continuamente evolucionando para poder seguir infectando la vida animal, de la que depende su existencia y propagación. Por ello, aparecen nuevas enfermedades como la provocada por el coronavirus, que carece todavía de antídoto.
Diamond cuenta cómo la expedición del capitán Cook al llegar a Hawái en 1779 llevó consigo la sífilis, la gonorrea y el tifus, lo que diezmó a la población nativa. Hawái tenía medio millón de habitantes a finales del siglo XVIII y pasó a ochenta mil personas en 1850.
No hay duda de que las rutas comerciales que se intensifican a partir de Marco Polo y las expediciones militares para conquistar nuevos territorios contribuyeron a expandir las enfermedades contagiosas. Pero también ha habido casos documentados de que tan solo una persona ha llevado una epidemia a lugares aislados. Por ejemplo, un carpintero procedente de Dinamarca portó el sarampión a las islas Feroe en 1781. En el plazo de varios meses, el 90 por ciento de la población quedó infectada.

Kiev, Ucrania. 25 de mayo de 2025. Una mujer con un ramo de flores pasa junto a un edificio residencial de gran altura en el distrito de Shevchenkivskyi, gravemente dañado por un ataque con drones rusos. Crédito: Getty Images.
Uno de los ejemplos más clásicos a los que recurren los epidemiólogos para ilustrar los efectos de la expansión de los virus es la colonización española de América tras el descubrimiento de 1492. Hay algunas estimaciones no contrastadas que señalan que más de la mitad de la población indígena murió a causa de las enfermedades transmitidas por los españoles.
Los colonizadores llevaron más allá del Atlántico el sarampión, la viruela y la fiebre amarilla, con consecuencias devastadoras. La población local de Cuba desapareció a causa de una serie de epidemias, mientras que Hernán Cortés se vio favorecido en la conquista de México por la viruela. Diamond dice que solo sobrevivieron 1,6 millones de aztecas de los veinte millones que había en 1520.
No son estimaciones fiables porque entonces no existían las estadísticas ni los censos, pero lo cierto es que, si ahora el cáncer y las enfermedades cardiacas son la principal causa de mortalidad, en la Edad Media y parte de la Edad Moderna eran las epidemias.
Ya el historiador Tucídides documentó unas fiebres tifoideas que asolaron Atenas durante la guerra del Peloponeso. Murieron más de trescientas mil personas, una cifra muy superior que la provocada por el conflicto con Esparta. Por ello, tal vez habría que reescribir la historia en el sentido de que esas fiebres contribuyeron más a la derrota ateniense que la legendaria fuerza militar espartana.
Los epidemiólogos han señalado que el virus de la viruela ha sido el más letal de todos los tiempos, provocando unos trescientos millones de muertos en épocas y lugares distintos. Se sabe que surgió hace diez mil años, en el comienzo del Neolítico, y que provocó una increíble devastación. La viruela fue erradicada hace cuarenta años, pero, conocida entonces como la peste antonina, mató a una cuarta parte de la población romana en el siglo II. El historiador Amiano Marcelino señala que se extendió a las Galias y el Rin, provocando una terrible mortalidad.
Durante la época del emperador Justiniano, según cuenta Procopio, una epidemia que pudo originarse en Egipto asoló lo que quedaba del Imperio romano. Morían diez mil personas al día por un virus, imposible hoy de identificar, que producía una elevada fiebre y una hinchazón de las extremidades.
Las epidemias y las pandemias son extraordinariamente democráticas: contagian tanto a los ricos como a los pobres, a los negros y los blancos, a los jóvenes y los viejos. Nadie está a salvo de ellas por muchas medidas de precaución que se adopten.
Ya hemos hablado del enorme impacto de la peste bubónica o peste negra durante la Edad Media, que despobló los núcleos rurales en Europa. Se piensa que la enfermedad vino de la India. Curiosamente produjo una inmigración del campo a las ciudades, que se creían más seguras.
El cólera, palabra de siniestras resonancias, es una enfermedad contagiosa relativamente moderna, ya que causó sus principales estragos en el siglo xix. Está producida por una bacteria que suele contaminar el agua. Hay constancia de que el cólera mató a veinte mil personas en Londres en 1830 y que luego se extendió a otros países europeos como España.
También la sífilis es una enfermedad relativamente moderna. Según algunos estudios, se propagó por Europa tras el sitio de Nápoles en 1495. Fue contagiada por las prostitutas y, por su origen, fue considerada como un estigma y un castigo de Dios. Se dice que afectó a genios como Beethoven, Wilde, Baudelaire, Van Gogh y Nietzsche.
Y es que las epidemias y las pandemias son extraordinariamente democráticas: contagian tanto a los ricos como a los pobres, a los negros y los blancos, a los jóvenes y los viejos. Nadie está a salvo de ellas por muchas medidas de precaución que se adopten.
Pero es cierto que hay enfermedades contagiosas localizadas en lugares determinados, como sucede con la malaria, propagada por los mosquitos, que castiga desde hace siglos al continente africano. En España, provocó más de mil muertes en 1943, pero desapareció por completo. En África sigue provocando estragos: se calcula que mata a unas quinientas mil personas cada año.
No podemos olvidar en esta larga sucesión de epidemias la mal llamada gripe española, que se originó en 1918 tras acabar la Primera Guerra Mundial. Al parecer, los primeros casos se produjeron en la base militar de Fort Riley, en Estados Unidos, en marzo de ese año.
Pronto se extendió por México y el sur del continente y saltó a Europa con consecuencias devastadoras. Parecía una especie de neumonía que acababa destruyendo los pulmones. El virus afectaba con mayor profusión a personas entre veinte y cuarenta años. Duró dos años y causó al menos veinte millones de víctimas, aunque hay estimaciones que doblan esa cifra. En España fallecieron unas doscientas cincuenta mil personas, algo más del 1 por ciento de la población.
La gripe española propició la creación de un comité científico de expertos a nivel europeo para analizar el virus y hallar una vacuna. Pero fue un laboratorio de Atlanta el que consiguió describir la naturaleza y los mecanismos del germen.
También la ciencia fue capaz de desarrollar medicamentos para neutralizar el sida, considerado como la epidemia de nuestro tiempo, un virus contagiado con frecuencia mediante relaciones sexuales. El sida surgió en la década de 1980 y causó estragos en la población africana, provocando cerca de cuarenta millones de muertes a lo largo de varias décadas.
Todos estos antecedentes históricos nos pueden ayudar a comprender que lo que nos está sucediendo no es nada nuevo en la historia de la humanidad. La mala noticia es que hoy las comunicaciones y la globalización permiten expandir las enfermedades contagiosas a una enorme velocidad. Pero la buena es que ahora el mundo dispone de recursos y conocimientos que no existían en la sociedad medieval asolada por la peste bubónica.
Decía el filósofo de origen español Santayana que quienes ignoran la historia están condenados a repetirla. La frase no es aplicable a la pandemia surgida en China, porque tuvimos que enfrentarnos a un mal para el que no existía una hoja de ruta ni un manual de instrucciones. Los virus son desgraciadamente tan imprevisibles como persistentes.
En última instancia, la dramática experiencia de la pandemia evidencia la fragilidad humana y las debilidades de un progreso que creíamos que nos hacía invulnerables. No lo somos. Ni la ciencia ni la tecnología nos inmunizan de catástrofes que son imposibles de prever.
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