Mis mundiales

Inocencio F. Arias

Fragmento

cap-1

1950

Gol de Zarra a la pérfida Albión

País organizador: Brasil

Campeón: Uruguay

La clasificación final por puntos:

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NOTA: Con el sistema ideado por la FIFA quedaron cuatro equipos. Los primeros de cada grupo jugaron una liguilla final de la que salió el campeón. Fue el primer Mundial en la historia que se jugó sin una final propiamente dicha.

 

Yo recuerdo más claramente, de un modo mucho más vívido, el gol de Zarra del 2 de julio de 1950 en Río de Janeiro que la muerte de mi padre. Ambos ocurrieron con un año justo de diferencia. Casi todos los estadounidenses de un par de generaciones pueden narrar con precisión el lugar donde se encontraban en el momento en que les golpeó la noticia del asesinato del presidente Kennedy en noviembre de 1963. Su primera reacción, mezcla de pesar e incredulidad, fue algo similar a la de los aficionados españoles cuando en agosto del 49 brotó de la radio que Manolete fallecía en la plaza de Linares: «No puede ser, no puede ser…».

En mi memoria, no obstante, emerge con más fuerza el momento en que la voz de Matías Prats cruzó el Atlántico y cantó el gol de Zarra y la «gesta de nuestra selección» que lo de Kennedy y la desaparición de mi padre. Sería absurdo deducir que yo no quería a mi padre, lo quería y admiraba como cualquier niño de corta edad quiere y admira a su progenitor. En esa época, sin embargo, con nueve años recién cumplidos, mi madre y otros familiares se esforzaron en darme la triste noticia a dosis, lo que era complicado pero no imposible: vivíamos en un pueblo de Granada y mi padre murió en Madrid, así que era fácil decir «tu padre está malo», «no lo vais a ver en cierto tiempo», etc. Algo más tarde, cuando mis hermanos y yo nos percatamos de que nos tintaban toda la ropa de negro, de que mi madre no salía a la calle, y si lo hacía era a misa y casi cubierta con un velo, se hizo la luz y no fue agradable. Los meses que siguieron, con el traslado, además, a un internado, fueron bastante tristes.

El 2 de julio de 1950, sin embargo, ya en vacaciones de verano, fue una jornada totalmente jubilosa. España, la de Ramallets, Parra, los Gonzalvo, Puchades, Basora, Zarra, Panizo y Gaínza, vencía a la inventora del fútbol mundial, a la orgullosa Inglaterra. Puedo ver dónde estaba, con quién, cómo olía aquella tarde del pueblo de Huéscar, qué temperatura hacía, «oigo» el silencio que precedió al gol y recuerdo a quién abracé.

Viví el gol en directo por casualidad. La televisión era inexistente en nuestro país, todo se seguía por la radio y no sin dificultad. Por la noche el sonido viajaba mejor; sin embargo, a las horas diurnas no era infrecuente que una emisora «se fuese». Entonces era preciso volver a tratar de cazarla moviendo el dial, lo que normalmente conseguías después de varios intentos. La cadena se esfumaba por momentos y muy bien podías encontrarte con un sonido alto y claro de una emisora árabe o de Radio Andorra; pero no la tuya, que imagino sería Radio Nacional. Tener garantía de que ibas a poder vivir nítidamente el partido era vital. Un periodista valenciano, en su crónica escrita al día siguiente desde la capital del Turia, sentenciaba bromeando sólo a medias: «El valor relativo de las cosas. Si alguien durante la retransmisión hubiera querido comprarme nuestro aparato de radio, no se lo hubiéramos dado ni por medio millón. Hoy se lo damos a ustedes por cincuenta duros y se lo llevamos a casa».

Por eso mi amigo Bruno —éramos vecinos y de parecida edad— me propuso ir a casa de su tío Luis que, creo me dijo, tenía «una radio extranjera muy buena, muy grande, que se oía muy bien». Allá fuimos, inquietos, excitados —España ya le había ganado a Estados Unidos y Chile—, por la calle de las Campanas, doblamos en la tienda de la Imperial y de la de polos y chambis, antes de llegar a la plaza con su quiosco de música, donde los domingos la entonada banda tocaba pasodobles y El sitio de Zaragoza, pasamos por la fachada lateral de la imponente iglesia del pueblo con las lápidas de ochenta y cuatro personas asesinadas por el bando republicano en la Guerra Civil («a mis tíos les dieron el paseíllo», me había dicho con anterioridad sucintamente Bruno al señalarme con la cabeza los nombres de dos hermanos de su padre) y enfilamos rápidamente la peatonal calle San Francisco donde estaba la Escuela de Artes y Oficios en la que acabaría formándose alguno de nuestra peña.

La casa y la radio anheladas estaban ya cerquita. Las calles estaban desiertas, ningún coche —en el pueblo de nueve mil habitantes no habría más de una decena—, y sólo un par de labriegos que se recogían montados en sus borricas, uno con dos costales de trigo y otro con las aguaderas llenas de cáñamo, se cruzaron con nosotros.

La emisora, aunque nos dio algún sobresalto en momentos de acoso inglés, casi «no se fue» durante el partido, y lo saboreábamos con agobio. Los ingleses eran muy buenos, tenían en teoría los dos mejores extremos del mundo, el mítico Mathews, de unos treinta y cuatro años —aún llegaría al siguiente Mundial—, y el superdotado Finney, y podía pasar cualquier cosa funesta: que sorprendieran al cada vez más impecable Ramallets, que se lesionara o fundiera el esforzado Puchades —ambos llevaban poco tiempo en la selección; el valenciano había debutado el año anterior en Lisboa contra Portugal—, que el capitán «Piru» Gaínza, al que LÉquipe había llamado «Don Agustín I, el mejor extremo izquierdo del continente», no estuviera inspirado, o que Zarra tuviera excepcionalmente una mala tarde. Era mi ídolo.

Avanzado el encuentro, no sé a través de quién, pues las calles del pueblo continuaban vacías, sería alguna cría no interesada por el fútbol, mi «hermana» Encarnita, mi madre me mandó recado de que fuera a casa. Supongo que me tocaba merendar o tomar algún reconstituyente.

Yo estaba bastante esquelético y la autora de mis días que había perdido a lo largo de 1949 a su padre, a su hermana y a su marido, estaba obsesionada con que mi delgadez alarmante no era un simple alifafe, debía obedecer a tener la solitaria o algo parecido y que era preciso alimentarme: un bocadillo, un ponche de huevo…, lo que fuera. Recuerdo que me obligaba a tumbarme después de comer, alguien le había aconsejado que sin dormir y sin leer demasiado. No le hacía mucho caso en lo último: me tumbaba en el suelo, sobre una alfombra y con un cojín, en un extraño recodo del pasillo, presumo que destinado a colgar los abrigos y que debía de albergar la canasta de la ropa sucia, y me engullía varios tebeos de El guerrero del antifaz o de Roberto Alcázar y Pedrín. Eran tiempos en que los chavales no disfrutábamos de los videojuegos, de internet, de la televisión o del teléfono móvil, no porque España fuera un país atrasado, que lo era —España no recuperaría la renta per cápita de los años de la preguerra (1936) hasta 1952—, sino porque no existían ni eran remotamente concebibles. Como dice Luis Alberto de Cuenca, «longevas series de tebeos fueron pasto espiritual de varias generaciones de españoles». Imagino que sería en esas pseudosiestas donde empecé a devorar El Coyote del catalán J. Mallorquí, al que mi hermano Mariano era ya muy aficionado.

Me levanté, pues, en la casa en que estaba pesaroso de perder la transmisión en aquella tarde veraniega de julio del 50, calculando lo que tardaría en ir a la mía y volver a la carrera. ¿Ocho minutos que podían ser trascendentales si es que, con suerte, me dejaban salir con el bocadillo sin tener que comerlo allí «masticando despacio»?

Me asomé al patio, apoyado en el dintel de la habitación en la que escuchábamos la radio, dudando si podía desobedecer a mi madre y esperar al final. En ese preciso instante llegó la buena nueva en la voz del profeta cordobés de apellido catalán: Alonso avanza, pasa la pelota al otro lado del campo, llega a Gaínza, que le da con la cabeza, la pelota alcanza a Zarra, que se adelanta a Williams… gol de España. El vasco era un delantero muy «puntual» que sabía colocarse en el lugar adecuado en el instante adecuado, y Javier Sádaba me comentaría que Zarra le había dicho que desde el momento que vio salir la pelota de la cabeza de Gaínza tuvo la certeza de que la iba a meter.

El tanto, inmortal durante años, creo que provocó un alarido de júbilo en toda la geografía nacional. Los gritos de los vecinos de Huéscar retumbaron unos minutos en la tarde veraniega. Al poco salí a la carrera hacia casa dispuesto a tomarme el bocadillo o la magdalena —no me gustaban las cosas dulces, las encontraba trapajosas en la boca, hasta en eso hemos cambiado con la edad—, la quina Santa Catalina, el ceregumil o hasta el aceite de ricino si fuera preciso. Lo que mi madre quisiera. En ese instante cualquier purgante era aceptable. Mi madre me preguntó si sabía por qué había oído un rugido colectivo.

El partido terminó mientras varios millones de españoles éramos un manojo de nervios. Hubo cohetes, carretillas y las tabernas se llenaron con la celebración. Los chatos, las cervezas, presumo que irían acompañados, la ocasión lo merecía, de algo más que de las escuálidas avellanas o las habas de la época de la penuria. Los críos éramos «forzados» a tomar una cerveza y las quinceañeras tuvieron licencia para volver a casa pasada la fatídica hora límite de las diez. Yo me acosté jubiloso. Me sentía con agallas, a mis flamantes diez años, para declararme a mi admirada y dulce Celia o para acercarme a charlar con Zarra y preguntarle cómo saltaba para conectar infaliblemente su portentosa cabeza con el balón. A la postre no le confesé mis sentimientos a Celia y tuve que esperar cuarenta años para conocer al delantero. En mi época de secretario de Estado de Cooperación, invitado a formar parte de un jurado para premiar a deportistas, entré en la sala de reuniones y me encontré sentado entre el bueno de Telmo Zarraonandia Montoya y Federico M. Bahamontes. Los tres estábamos más viejos y Zarra me firmaría más tarde una instantánea del gol. La enmarqué.

MI DIOS, EL VASCO ZARRA

Zarra fue pronto una leyenda. Era la figura estelar, aunque es posible que su compañero Gaínza tuviera más clase, del equipo favorito de los españoles, el Atlético de Bilbao, que en los cuarenta y principios de los cincuenta daba sopas con hondas en prestigio y simpatía populares al Real Madrid o al Barcelona. No había color; cualquier celtíbero futbolero podía recitar la delantera rojiblanca —Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza— con la misma facilidad que el padrenuestro y más ciertamente que la tabla de multiplicar, aunque muchos de entonces, muchos, muchos, para pasmo de los chavales de hoy, podíamos soltar de corrido: siete por una es siete, siete por dos catorce, siete por tres… Se cuenta que en mi provincia, en Almería, el pueblo de Pulpí se echó entero a la calle para festejar el doblete del Atlético en 1956.

El nueve indiscutible —el número más vistoso en aquellos tiempos— de la selección, Zarra, «Telmito el miedoso» en su niñez, era valiente, noble y… goleador. Sus récords siguen ahí, imbatidos en su mayor parte. Seis años máximo anotador en la Liga, 81 goles en la Copa (entonces del Generalísimo), es decir, un promedio de 1,27 por partido, y 21 tantos con la selección nacional en 20 encuentros. Un dato notable si tenemos en cuenta que Villa, máximo goleador de la selección, ha obtenido 56 goles en 92 partidos. Telmo podría haber recorrido los miles de pueblos españoles de aquella época y no habría tenido que pagar en ninguno. Hoteles, pensiones, fondas… se hubieran peleado por invitarlo. En Albox, el dinámico pueblo en que nací, al final de esa década, el jugador que metería el gol de una sonada revancha contra el eterno rival Huercal-Overa llevaba el nombre de Zarrita.

El, para nuestra generación, inolvidable Matías Prats sénior escribiría años más tarde: «Yo he metido muchos goles con Zarra. Entre otras cosas, porque eran goles que se veían venir —citas del balón y el hombre a muchos metros de distancia, por aire o a ras de tierra—, que me permitían inflexionar la voz, que me hacían participar en el suspense de la jugada, y correr desalado a rematar con furia sincronizando la palabra “gol” con el testarazo o con el chut, que alojaba el esférico en las mallas. Pero de entre estos goles hay algunos inolvidables: el gol a la selección inglesa en el estadio de Maracaná en el Mundial de 1950».

Prats, que se había acercado de joven a la radio como organizador de recitales poéticos —más tarde confesaría que fue presa del pecado nacional, pues entró en la radio por una «recomendación»—, fue también una leyenda modelo para muchos periodistas y locutores. Denostado por unos pocos y admirado por muchos más, de él escribiría con sorna Vázquez Montalbán: «Cuando Matías Prats narraba un partido jugado por la selección nacional, Alejandro Farnesio, en su tumba, se mesaba las barbas desesperado por haber carecido en sus tiempos de tan fabuloso impulsor emotivo».

Todos los críos queríamos ser Zarra a la mañana siguiente del partido de Río cuando jugamos el habitual partido en nuestra calle. Eran vacaciones y formábamos un encuentro de cinco contra cinco. Marcábamos las porterías achicando un poco la calle colocando un par de piedras para indicar un poste; la acera opuesta era el otro. Cuando vivía mi padre —era notario—, tenía la oficina en los bajos de nuestra vivienda. En más de una ocasión, Fermín el oficial, el que me enseñó a dar con el tacón, salía de nuestra casa y me decía: «Chenchito, dice tu padre que corráis la portería un poco más allá porque estáis espantando la mula de unos que están haciendo un testamento». Era verdad, la gente del campo venía a la notaría y ataba la mula o la burra en la última ventana de mi casa, justamente la que iluminaba el despacho de mi padre. Aunque la portería estaba situada unos cuatro metros delante, un chut fuerte con la pelota de goma que la rozase asustaba a la pobre bestia. Corríamos la portería y seguíamos. Coches, a pesar de ser una vía céntrica, no pasaba ninguno en toda la mañana, y si se aproximaba una caballería de mulas o burros, pues los caballos eran raros, sólo teníamos que parar el juego un minuto para dejar pasar al buen hombre que la cabalgaba.

La ventana en que ataban a las mulas fue la causante de que perdiese la inocencia de los Reyes Magos. Mi hermano y yo habíamos visitado la tienda local La Imperial para ojear juguetes y ver hasta dónde nos atrevíamos a pedir antes de Navidades, y un día por casualidad vimos a través de la ventana un empleado de La Imperial que tomaba cuidadosa nota de algo que le dictaba mi padre. Mi hermano creyó ver que nuestras cartas estaban desplegadas en la mesa y que mi padre movía la cabeza, alguna cosa le parecería demasiado cara o inadecuada, mientras le hacía indicaciones a aquel señor. Se nos acabaron de caer las telarañas de los ojos e imagino que, decepcionados, se las quitamos a Encarnita ese mismo día.

JÚBILO NACIONAL, ESTRAPERLO Y CARTILLA DE RACIONAMIENTO

El triunfo frente a los ingleses, que materializó el cantado gol, fue un acontecimiento nacional. Radio y prensa se desbocaron. Los periódicos no pudieron recoger «la hazaña» hasta su edición del día 4. No estábamos en el siglo XVIII, cuando fray Junípero Serra tardó dos meses en hacer el viaje de Mallorca a México, ni tampoco en el siglo XIX, cuando la noticia de la muerte del temido Napoleón, confinado en la isla de Santa Elena, tardó semanas en llegar a Europa; ni siquiera en el de las Torres Gemelas, cuando la mitad del globo vio desplomarse en directo a la segunda de ellas. Las comunicaciones eran pobres incluso dentro de España; en octubre de ese año, el novelista Miguel Delibes, ocasional comentarista deportivo, disculpaba en carta enviada al editor catalán Vergés al fotógrafo que ilustraba sus artículos: «Me asegura que remitió en debida forma las fotos del Valladolid-Atlético de Madrid. Son muchas manos las que han de recorrer por este procedimiento y, sin duda, el envío falló en algún otro punto». Durante el Mundial, el periódico Marca insertaba las gracias en un par de ocasiones a las compañías Iberia y Air France por su ayuda en la recepción de material gráfico y de otro tipo.

Por las disposiciones legales de la época, los periódicos de información general no se publicaban los lunes. Los bien pensados razonaban que los profesionales de la prensa tenían derecho al asueto del domingo y en cada provincia se editaba la Hoja del Lunes, un diario, responsabilidad de la Asociación de la Prensa, de no excesivo número de páginas, en el que había abundante información deportiva. Los mal pensados colegían que era una medida para que el Régimen tuviera el lunes un control aún mayor de la información. Recordemos que en la radio, las noticias políticas, sociales, etc., sólo eran dadas por Radio Nacional en lo que se llamaba, en terminología militar heredada de la Guerra Civil, el «parte» de las 2.30 de la tarde y el de las 10 de la noche.

Al partido contra Inglaterra, Marca, que salía todos los días, dedicó la portada y varias páginas. ABC hizo lo propio el martes con dos fotos en cobertura y seis páginas interiores. El diario deportivo agotó varias de sus abultadas tiradas a lo largo del campeonato. Pidió disculpas por no poder ampliarlas (¡tiempos aquellos!).

Una nota, en recuadro, rezaba así: «Lo siento, amigos… no hemos podido atender todas las peticiones, podríamos haber vendido 320.000 ejemplares, nuestras rotativas tienen un límite». Marca se vendía a 0,50 céntimos, es decir, un precio cuatrocientas veces inferior al de un diario del año 2014.

El matutino madrileño, al comentar el encuentro, hablaba de una suprema lección de juego a los maestros del fútbol titulando: «Zarra marcó el gol de la más gloriosa victoria española». En Las Provincias de Valencia, a toda página, la exaltación era similar: «Histórica victoria sobre Inglaterra; imbatidos los españoles [era el tercer partido]. Se clasifican campeones de su grupo con la máxima puntuación; los ingleses jugaron mucho pero fueron impotentes ante nuestro juego y temple».

El adjetivo «histórico», tan devaluado posteriormente —hoy en día, este epíteto se utiliza unas seis veces durante un par de semanas para acontecimientos que se olvidan—, dos meses más tarde, era pertinente en esta ocasión. El muy conocido y polifacético Antonio Valencia, habitualmente mesurado, exultaba en Marca. Desmenuzaba alguna de las razones por las que el triunfo español era especialmente meritorio e indicaba que los ingleses habían demostrado ser un excelente conjunto y realizado un buen encuentro: «(…) nadie como ellos domina la pelota por alto ni la controla cuando es lanzada, nadie como ellos avanza por las alas…».

Los españoles, sin embargo, habían sido superiores incluso técnicamente. Nuestra defensa, liderada por un colosal Parra, los había contenido muy bien (el central del Español sería el jugador más elogiado por los ingleses después del partido). Ramallets, por otra parte, «heredero de Zamora», había estado fantástico sustituyendo a Eizaguirre. El catalán, «el guapo goleiro», como le llamaron las brasileñas, había empezado en 1941 en el C. E. Europa de Barcelona, cuyo presidente había comentado: «No haremos nada con este chico, quizá nos hemos equivocado». Lo compró el Barcelona por 10.000 pesetas, un pastizal, en 1946. Fue quizá el mejor guardameta del Mundial y cinco veces Trofeo Zamora.

El único «pero» que objetar al equipo británico era que, en su excelencia, jugaban con «un patrón único», no lo alteraban «en función del adversario» o de la marcha del encuentro. El arranque del gol hispano parecería corroborar el análisis de Valencia. Alonso avanzó, en función que hoy calificaríamos de carrilero, mientras Gonzalvo II le cubría la espalda: «Los ingleses veían cómo se vulneraban unas reglas que por cien veces les habían dado la victoria…». Alonso cruzó al otro lado a Gaínza, éste cabeceó y el resto es conocido.

El gol llegaba a las 8.02 de la tarde veraniega española. Era el minuto 3 del segundo tiempo. Siguió un cuarto de hora de apuros para nuestra meta: Puchades sacó un balón de la raya de gol en la única indecisión de Ramallets. Luego apretamos de nuevo y los ingleses sufrieron otra vez. Panizo, sin suerte, «estrelló dos imponentes disparos en los postes. Pero Panizo —seguía lírico Marca— no necesita meter goles para quedar como los propios ángeles». Para redondear la épica se publicó profusamente que Piru Gaínza jugó a pesar de estar lesionado; se especuló con que lo sustituiría el colchonero Juncosa, pero el león bilbaíno salió al campo e hizo un papel digno. En la crónica citada se reseñaba casi disculpándonos que «la selección se apoyó en toda clase de recursos lícitos; por ejemplo, no iban a buscar los balones que iban fuera del terreno, lejos de los hombres de naranja…». ¿Se imaginan ustedes actualmente que un equipo que va ganando corra a buscar la pelota cuando ha salido fuera de banda? Los ingleses, como es lógico, lo hacían por ir perdiendo; depositaban la pelota con celeridad en el sitio en que había de realizarse el saque, y esto suscitó algún elogio hacia su fair play.

La victoria llenó de júbilo a España y, en el delicado momento económico y político que vivía el país, resultó una satisfacción palmaria para el Régimen de Franco. El médico aguileño Armando Muñoz Calero, presidente de la Federación, cursó un telegrama a Franco cuyo texto haría pronto fortuna: «Excelencia, hemos derrotado a la pérfida Albión».

La expresión «pérfida Albión» ha tenido una amplia circulación en la historia. Parece que fue acuñada en el siglo XVIII por un diplomático y poeta francés Augustin Louis Marie de Ximénès, fue utilizada por Napoleón y hasta aparece en los Episodios Nacionales de Galdós. Su empleo, sin embargo, en un acontecimiento deportivo en definitiva banal y en el que los ingleses habían mostrado una envidiable corrección, reflejaba un cóctel cuyo ingrediente principal era la utilización del resabio histórico por el perenne contencioso de Gibraltar y otros agravios. No mucho antes, cuando al producirse una ruidosa manifestación estudiantil ante la embajada británica con el grito de «Gibraltar español» el ministro de Exteriores Serrano Súñer, cuñado de Franco, había llamado al embajador británico y le había preguntado si deseaba que le enviara más policía para proteger la misión diplomática, y Samuel Hoare había respondido con flema: «No, me gustaría que me enviara menos estudiantes». Otros componentes serían el complejo de país pequeño y el reflejo de nuestro aislamiento.

Más jugosas, si cabe, en cuanto a perspectiva histórica, resultaron las complacientes declaraciones del presidente de la Federación al concluir el encuentro: «Los jugadores sólo han pensado que existe una España con el mejor caudillo del mundo». No parece probable que Ramallets al efectuar una parada espléndida, Alonso en su galopada, Puchades en su incansable brega o Parra en sus impecables cortes, estuvieran ensimismados suspirando porque tenían el mejor caudillo del mundo y eso les motivaba en cada instante. Es un poco hilarante. ¿Pudo Zarra pensar cuando hizo diana y sus compañeros se apretujaban sobre él: «Esto va por la Armada Invencible, por Trafalgar y Churruca, por la humillación de Gibraltar y, sobre todo, por nuestro caudillo Franco»? Digamos que es un pelín improbable.

La politización del fútbol parece que se daba en varias esferas. En la novela de Ramiro Pinilla Aquella edad inolvidable, el protagonista, un joven fichado por el Atlético de Bilbao y que ve truncada su carrera por una lesión, oye que su padre le insta dándole ánimos al iniciar un encuentro importante: «Y ahora, sal y métele un gol a Franco». Tampoco resulta totalmente creíble que un cachorro bilbaíno pisase el césped del antiguo San Mamés enardecido por la posibilidad de meterle un gol a Franco. No vivimos en el País Vasco y no sabemos si se está reescribiendo la historia. De ser cierto, hubiera significado una decepción para la mayoría de los franquistas existentes entonces en nuestro país y que, como muchos españoles, de izquierda, derecha, felices o apurados, adoraban al Athletic de Zarra y Gaínza y seguirían admirando al de Mauri-Maguregui y el torito Arieta.

Franco sería más parco en su telegrama a los jugadores: «Al terminar retransmisión, por la que seguí emocionante encuentro y brillantísimo triunfo, os envío mi entusiasta felicitación por vuestra técnica y coraje en defensa de nuestros colores». Marca lo reproducía, ¿cómo no?, en recuadro y portada.

Los éxitos de la selección en Río eran, pues, alivio para muchos españoles y agua de mayo para el gobierno. En el terreno deportivo, las satisfacciones de los últimos años habían resultado más bien magras. En los Olímpicos de Londres la actuación española había sido escasamente relevante, y en el Tour de Francia del año anterior, 1949, todos los miembros del equipo español —entonces los equipos eran nacionales—, el oriolano Bernardo Ruiz, Julián Berrendero…, habían abandonado. Ese año de 1950 España no participó en la carrera gala.

La situación económica, por otra parte, continuaba sombría. Eran años de escasez, de estraperlo, de la autarquía. Muchos vehículos del raquítico parque automovilístico habían recurrido a la utilización del gasóleo; con él, un feo depósito colocado en la parte posterior del coche consumía carbón, cáscaras de almendra y otros productos capaces de generar energía. Las restricciones, los cortes, estaban a finales de los cuarenta a la orden del día y en más de una ciudad española se prohibía intermitentemente el encendido de los anuncios luminosos. Aún existían las cartillas de racionamiento, hoy objeto de coleccionistas. Ante la penuria de determinados productos de primera necesidad, el gobierno había establecido las cantidades que cada persona tenía derecho a adquirir a un precio fijo asequible para un período determinado. La cartilla ese año, por ejemplo, daba así acceso a un cuarto de litro de aceite (2,30 pesetas), 200 gramos de arroz (0,90) y 200 gramos de alubias (1,20).

Resulta ilustrativo en este sentido lo que contó Zarra a Maite Arnaiz en un humano e interesante reportaje muchos años más tarde. Es una elocuente descripción de una época. El jugador era el séptimo de una familia de diez hermanos; el padre, ferroviario, «no vio jugar nunca a su hijo porque su trabajo se lo impedía». Residían en Munguía. Siendo ya titular del Bilbao, Telmo no tenía coche —no lo tendría hasta los sesenta— y el día del partido no comía, iba a la estación del pueblo, el padre había «jugado» con el reloj de la estación para que Zarra no perdiera el tren, se montaba en él y, al llegar a la capital, tomaba un trolebús y finalmente en una carrerita llegaba a San Mamés. Se equipaba y a meter goles. Esto, el delantero centro de la selección.

El 11 de abril, cuando España había eliminado a Portugal en la fase clasificatoria, 5-1 aquí y 2-2 en campo luso, y nos escandalizaba que el malvado portugués Trevassos hubiese marcado alevosamente con sus tacos la pierna del noble Panizo, la prensa daba cuenta de que con motivo de la boda de su hija Carmen con el marqués de Villaverde, Franco había repartido en El Pardo aceite, arroz, patatas, tabaco y mantas. En Historia de una escalera, estrenada meses antes, Buero Vallejo reflejaba con tino las vicisitudes y penalidades de un par de familias españolas.

Esta obra, como cualquier pieza teatral, cinematográfica o literaria, debía pasar previamente la censura, que en la primera década del franquismo era especialmente severa. Conocidos artistas hollywoodienses como Douglas Fairbanks, Bing Crosby o Bette Davies, que habían manifestado simpatías por el lado republicano en nuestra contienda, fueron omitidos durante años de los títulos de créditos de las películas aunque se permitía su estreno. Escritores españoles, muertos o exilados, como García Lorca, Ortega o Pío Baroja se convirtieron en innombrables. Cuenta Justino Sinova (La censura de prensa durante el franquismo) que en los primeros años incluso se prohibió citar al poco sospechoso Jacinto Benavente aunque tuviera una obra en cartel y ya hubiera obtenido el premio Nobel. En las fechas del Mundial campeaba en las carteleras de Madrid y Barcelona la versión cinematográfica de La malquerida, protagonizada por los mexicanos María Félix y Pedro Armendáriz, que gozaban de gran popularidad en nuestro país.

Las consignas que recibían los medios de información producen hoy hilaridad. En 1948, ante el rumor de que la hija de Franco salía con un director de orquesta, las instrucciones llegaban así: «Se prohíbe rigurosamente la publicación en todos los periódicos y revistas de esa provincia fotografías del director de orquesta Pierino Gamba en las que también aparezca la señorita Carmen Franco Polo».

Chumy Chúmez publicó un libro, Hacerse un hombre, que constituye un ocurrente y divertido relato de las estupideces, desmanes y sectarismos de los dos bandos de la Guerra Civil. Al hablar de la época de la posguerra, es decir, de los años que preceden al Mundial de Brasil, recoge una desternillante y casi patética directriz de una revista oficial en la que, como es frecuente en nuestro país, la descalificación del adversario es total: «Descubrimos que no había humor en todas las poblaciones que habían sufrido el martirio rojo. La furia vengativa y rencorosa de los del puño cerrado había estrangulado la risa y la sonrisa de la gente. Para aquellos energúmenos agrios, rencorosos, sombríos, la sonrisa era como un trallazo en mitad de su barbarie y no la toleraban…» (sic).

Simpleza maniquea semejante oímos esporádicamente ahora cuando algún izquierdófilo describe las décadas franquistas como una época en la que todo era gris, sin alegrías, en que la gente no reía, etc. También se quedan tan panchos.

Chumy sostiene que la gente sí reía y que a ello les ayudaba la revista La Codorniz, creada en 1941 y en la que él pronto colaboró junto a Mihura. Éste había escrito una frase que había preocupado a Chúmez: «El humor es un género literario al que se suelen dedicar los poetas cuando la poesía no les da lo suficiente para vivir».

Nuestros resultados en el Mundial iban asimismo a alegrarnos, y que la prensa británica nada menos comentase al día siguiente del España-Inglaterra que «El fútbol inglés falleció en Río el 2 de julio de 1950. RIP. El cadáver será incinerado y sus cenizas trasladadas a España» debió de llenar de alborozo a más de un español que lo viese aquí reproducido u oído en la radio. El Campeonato de Brasil supuso una sorpresa morrocotuda para los ingleses. La de otros fue aún mayor.

UN MUNDIAL ENCOGIDO

El esperado Mundial de 1950, en frase del buen comentarista británico Brian Glanville, estuvo «dudosamente organizado, ridículamente desequilibrado y produjo unas de las mayores emociones y pasmos vividas en el fútbol hasta la fecha». La guerra mundial del 39 al 45 había impedido cualquier acontecimiento global deportivo. La FIFA se reunió en 1946 para fijar el calendario y el país organizador del próximo torneo. Se fijó en principio la fecha de 1949, pero ni Brasil, escogido como anfitrión, ni varios países europeos devastados por la gran contienda estaban en condiciones de arrancar. Se pospuso a 1950. Ni siquiera entonces las sedes estaban totalmente preparadas. El gigantesco Maracaná, con capacidad para doscientos mil espectadores, estaba sin terminar al arrancar el campeonato; el polvo se mascaba en los accesos. En el encuentro en que se inauguró, un Brasil-Yugoslavia, el astro eslavo Mitic golpeó con su cabeza una viga que aún pendía del techo camino del césped y no pudo saltar al campo con su equipo; cuando pudo hacerlo, los brasileños se negaron a esperar un breve rato, era el minuto 4 y su equipo perdía ya 1-0.

Los equipos británicos, Inglaterra, Escocia, Gales…, volvían a la FIFA que habían despreciado durante años, la organización invitaba a la Unión Soviética, que también había tenido remilgos para participar y no quiso asistir, Hungría hizo otro tanto y excluía a Alemania por razones políticas (seguía siendo un paria al haber perdido los nazis la guerra). Las dificultades económicas de la época y la formación de los grupos finales diseñada para favorecer escandalosamente a Brasil produjeron una curiosa situación: la FIFA no tenía suficientes países dispuestos a participar, justamente lo contrario de lo que ocurriría ahora. La constitución final de los grupos resultaría grotesca.

Habría finalmente sólo trece participantes. Italia, campeón en ejercicio (1938), y Brasil se clasificaban de oficio. Otros once tomarían parte. Para llegar a ello hubo sonadas deserciones. La primera sería Escocia. La FIFA había formado un grupo con los cuatro británicos de los cuales sólo dos se clasificarían; serían Inglaterra y Escocia, pero ésta advirtió que únicamente haría el viaje si quedaba la primera de su grupo.

Cuando se cayeron Turquía y Escocia del cartel se invitó a Francia y Portugal, que habían sido eliminados. Rehusaron por una razón ostensible: su calendario de encuentros en Brasil era una tortura. Estarían en el grupo de Uruguay y Bolivia, por lo que tendrían que jugar un encuentro en Porto Alegre y el segundo, poco más tarde, en Recife, a más de tres mil kilómetros de distancia; terrible con las comunicaciones de la época. Había asimismo el motivo oculto de no hacer el ridículo, pues los franceses habían hecho un paupérrimo papel en la fase clasificatoria y perdido en su campo de forma rotunda varios encuentros amistosos. Portugal tampoco quiso ocupar el asiento escocés.

En Sudamérica todo resultó aún más chocante. Argentina dijo que no acudiría por unas fricciones con la Federación brasileña, hubo otras deserciones y la consecuencia fue que la mayor parte de los sudamericanos acudieron sin haber disputado ningún partido de clasificación. En las reticencias debió de influir no sólo el costo o el sentido del ridículo, sino el respeto que imponían los viajes en avión, con el recuerdo aún reciente de la catástrofe de Superga, cuando el avión que transportaba desde Portugal al Torino, campeón de Italia, se estrelló y perecieron la mayor parte de los integrantes del equipo que constituían la mitad del conjunto nacional italiano. Italia anunció que haría el viaje en barco: tardó tres semanas, con la Copa del 38.

Los tres participantes de Asia —Birmania, India y Filipinas— se retiraron. África no fue tenida en cuenta; la mayor parte de sus futuros estados (Marruecos, Argelia, Camerún, Senegal, Kenia, etc.) aún no eran independientes.

Los grupos, ridículamente de número desigual, quedaron así:

Brasil, Yugoslavia, Suiza, México

España, Inglaterra, Chile, Estados Unidos

Suecia, Italia, Paraguay

Uruguay, Bolivia

Brasil sería escandalosamente favorecido en la sede. Sólo el segundo de sus seis partidos tendría lugar fuera de Río. Y, por otra parte, sería decisión de la FIFA que fuera el primer Mundial en la historia que se jugaría sin una final propiamente dicha.

España debutaba contra Estados Unidos el 25 de junio en Curitiba. Nuestra selección no había perdido un encuentro en los últimos doce meses y el once inicial, cocinado por el seleccionador Guillermo Eizaguirre y el entrenador Benito Díaz, tenía variaciones —Eizaguirre, Antúnez, Hernández, Igoa— del que se convertiría en clásico frente a Inglaterra.* Los jugadores de Estados Unidos, donde nuestra prensa reflejaba que el fútbol no era deporte de masas ni de masitas, y tampoco lo es de masas verdaderamente sesenta años más tarde, resultaron correosos.

La expectación en nuestro país era considerable. Esa mañana, en portada con recuadro, Marca anunciaba: «Sí, se radiarán los partidos». Habían circulado dudas al respecto, y los aficionados respiraron relajados. Ahora sólo faltaba acudir a una casa o bar que dispusiera de un aparato fiable. Nos olvidamos, como he apuntado, que en muchos hogares españoles el tal aparato no existía y bastantes amas de casa acudían al domicilio de una vecina que contaba con él para escuchar las novelas de Guillermo Sautier Casaseca o cualquier otro serial. Carandell, en su libro Los españoles, describe que, incluso en los cincuenta, en bastantes hogares de clase media española la radio consola era tan importante que ocupaba un lugar central en el salón. Los periódicos insertaban a toda página anuncios de Marconi o Telefunken («España entera pendiente del partido contra Estados Unidos a través de los receptores Marconi»).

Los españoles, con Eizaguirre y Benito Díaz, habían acudido a misa por la mañana. Ello no les libró de pasar considerables apuros con el conjunto de las barras y estrellas, que empezó anotando un gol. Como dice Terry Crouch, «los americanos tuvieron la audacia de despertar a los españoles de su siesta». John Souza sorprendió al «no convincente Eizaguirre» y los nervios hicieron presa en bastantes españoles. Sorprendentemente el marcador adverso se mantuvo hasta el minuto 34 de la segunda parte. El siempre confiable Basora anotó entonces dos goles en diez minutos españoles de excelente calidad. Zarra metería el tercero, muy piropeado, poco antes del pitido final. España había levantado el encuentro en once minutos. En los documentales de la época vemos que, conseguido un gol, dos o tres jugadores se acercan con amabilidad a felicitar al anotador, no se corre desaforadamente hacia un rincón donde acude todo el equipo para estrujarlo, formar un montón de once personas…

Puchades había sido el mejor de los españoles. El levantino sería titular en la selección a partir de su debut en 1949. Jugó en 23 ocasiones. Antonio Valencia tituló su artículo: «El ilustrísimo señor Puchades, obrero del fútbol». El medio valencianista, nacido en Sueca en el seno de una familia modesta, había fichado por el club de la capital pocos años antes. El día que firmaba, su madre, pesimista sobre el futuro económico del fútbol, le dijo: «Te vas a morir de fam, Tonico».

No fue así, logró en su club una posición desahogada aunque su modestia y amor a su tierra le hicieran renunciar a un jugoso contrato que le ofrecía el Barcelona. Cuenta Luis Casanova hijo que cuando su padre, presidente del Valencia, vio la apremiante insistencia del Barcelona por comprar al jugador, organizó una comida en el restaurante Rialto, en la antigua plaza del Caudillo, con su colega barcelonista Miró Sans y el jugador. En los postres todavía no se había tocado el tema y Puchades, educadamente, dio a entender que lo estaban esperando para su habitual partida de dominó en el bar de su pueblo, El Garbí. No dejó que Miró Sans se extendiera en su jugosa propuesta. Le dijo en valenciano dos frases memorables: «Mire, yo no puedo jugar contra el Valencia, no le puedo meter un gol a mi equipo y… viviendo en Barcelona difícilmente podría llegar todas las tardes a El Garbí para mi partida».

Ahí acabó el trato. Al salir, Miró Sans comentaría de Puchades: «Es un jugador fenomenal pero, si cabe, es mejor persona». Puchades había rechazado un contrato de cuatro millones de pesetas por cinco temporadas. El Valencia, que le subiría al poco, sólo pudo ofrecerle uno de uno y medio y también por cinco temporadas. Tonico siguió con su camiseta blanca y su partida diaria.

España salvó el partido más angustioso de la primera fase justo cuando el Murcia y el Alcoyano subían a Primera tras eliminar, en terreno neutral, a sus contrincantes de Segunda. Racing de Santander y Lérida habían subido automáticamente. El Murcia derrotó al Oviedo en el Metropolitano, antiguo campo del Atlético de Madrid. La prensa decía que los espectadores habían sido escasos porque los hinchas estaban pendientes de lo que ocurría en Brasil. Alguno de ellos, poseedor de una radio de transistores, seguía desde las gradas los avatares de Curitiba. Aparicio y Litri, novilleros de supermoda, con algún aficionado en momentos también pegado a la radio en la cantina de la plaza de Las Ventas, toreaban la corrida de la Prensa en Madrid. El día anterior Aparicio había obtenido orejas, rabo y pata. Litri «sólo» orejas, rabo y vuelta. Un delirio.

El partido contra Chile sería el día 29 en Río. Marca también recogía en portada que sí, que sí, que el partido sería radiado a las 6.45 de la tarde hora de aquí. Españoles y chilenos fueron juntos a misa. España, con la nueva alineación, fue superior. Con un juego más técnico e imaginativo, venció 2-0 con goles en la primera parte de Basora y de Zarra, quien arrancando lejos del marco contrario, sorteó sucesivamente al medio centro, al defensa derecho y al portero chileno Livingstone. Los sudamericanos, más rápidos en los minutos iniciales, plantearon problemas a los nuestros en el primer tiempo, que fue, paradójicamente, cuando anotamos. En la segunda parte, como reconocieron los chilenos, dominamos. Una de las claves del triunfo fue, según Marca, Ramallets, «el novato, que fue el coloso de la jornada». Para Pedro Escartín, lo decisivo había sido la alineación de Panizo. Con él, «España recuperó el director de orquesta que tanta falta nos hacía».

El papel de España empezó a subir porque ese día había habido sorpresas. La campeon

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