¿Un nuevo ciclo de la guerra en Colombia?

Francisco Gutiérrez Sanín

Fragmento

INTRODUCCIÓN

Este libro se plantea dos preguntas simples: ¿se ha cumplido o no con el Acuerdo de Paz en Colombia? y ¿cuáles son las consecuencias de ello? Ofrece a ellas respuestas igualmente sencillas. Primera: la paz en Colombia ha sufrido un marginamiento y un desmonte sistemáticos. Y segunda: este es uno de los factores fundamentales que nos están conduciendo a un nuevo conflicto armado, es decir, a un nuevo ciclo de violencia política. Si las cosas siguen así, será muy improbable que podamos evitar tal desenlace. Ese desenlace puede marcar con fuego las próximas dos, tres o cuatro generaciones de colombianos.

Como a lo largo de todo el libro estaré hablando de “ciclos de violencia política” y también del “tercer ciclo” que se avecina, es bueno comenzar aclarando qué significa esa terminología. Se ha debatido mucho acerca de cuán violenta es la trayectoria colombiana y sobre cuándo comenzó nuestro conflicto armado. Cada estudioso tiene seguramente su propia periodización predilecta. Pero aquello sobre lo que hay pocas dudas razonables es que los colombianos nos hemos estado matando por motivos relacionados con la política al menos desde finales de la década de 19401. El asesinato de Gaitán dio inicio a lo que formalmente conocemos como el período de La Violencia. Ese sería el “primer ciclo”, que enfrentó en una “guerra civil no declarada” —como decían los contemporáneos— a los dos grandes partidos de ese entonces, el Liberal y el Conservador. La Violencia produjo, según las cifras que conocemos hasta el momento, cerca de 200.000 muertos para un país de 9 millones de habitantes2, y centenares de miles de desplazados (que no han sido contados aún).

Tanto el golpe militar de Rojas Pinilla (1953) como el acuerdo entre liberales y conservadores que culminó en el Frente Nacional (1958-1974) tuvieron el propósito explícito de dar fin a La Violencia. Aquí hay, por lo tanto, más continuidad que cambio. El resultado, al menos en términos de disminución de actividad bélica, fue exitoso. A mediados de la década de 1960 había todavía rescoldos guerrilleros y de “bandoleros”, como se decía en la época, pero nadie podría decir que los dos grandes partidos históricos se siguieran dando bala. A menudo se supone que por alguna razón este logro fue tonto o trivial, entre otras cosas porque expresaba la convergencia básica entre las oligarquías rojas y azules. Tiendo a dudar mucho de estos enunciados que suponen que la historia la hacen actores muy poderosos en la semioscuridad de su demoníaco y sulfuroso laboratorio. Que el requisito para crear el Frente haya sido alguna clase de acomodamiento entre élites económicas y políticas está fuera de toda duda. Pero eso no necesariamente implica que llegar a la paz bipartidista se pudiera dar por hecho. Fue difícil. Pero se logró.

Sin embargo, en el mismo período se estaban formando nuevas agrupaciones. Algunas de ellas provenían de campesinos liberales radicalizados. Ese es, por ejemplo, el origen de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC): casi todos sus líderes históricos (incluyendo, claro, a Tirofijo) vienen de allí. Otras se quedaron en el mundo bipartidista, o se acercaron a la Alianza Nacional Popular (Anapo)3. Aún unas terceras se convirtieron en parte de las redes de políticos y agencias de seguridad del Estado. Un informe temprano de la compañía estadounidense Research And Development (RAND), por ejemplo, cuenta cómo Dumar Aljure4 quedó protegido bajo el ala de poderosas amistades en el territorio y buenos contactos en Bogotá (Gutiérrez, 2019).

Como relata Karl (2017), el Frente Nacional también quiso hacer la paz con ellos. Sabemos —cortesía una vez más de Karl— que algunos líderes de esa experiencia histórica tenían muy buenas ideas para hacer la paz, y que los jefes de lo que serían las FARC en principio les “copiaron”, como se diría en el lenguaje colombiano de hoy en día. Pese a ello, este otro esfuerzo pacifista del Frente fracasó, debido entre otras cosas a que algunos políticos poderosos —los Gómez, los Valencia— bombardearon ferozmente. Sí, es verdad: son apellidos que también encontramos hoy, no por casualidad, en las mismas: tratando de sabotear, con la misma ferocidad y con el mismo éxito, el Acuerdo alcanzado en 2016.

El hundimiento de la paz frentenacionalista con las nuevas insurgencias que apenas despuntaban dio origen al segundo ciclo de violencia, que causó alrededor de 300 mil muertos, decenas de miles de desaparecidos y más de 8 millones de desplazados5. Llamaré a este segundo ciclo guerra insurgente o contrainsurgente, porque ese era el lenguaje de la década de 1960 y 1970 y porque sus protagonistas fueron guerrillas de inspiración marxista o comunista6 y grupos paramilitares antisubversivos. El segundo ciclo duró hasta 2016, cuando el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC firmaron el Acuerdo final.

Sumados, esos dos ciclos representan setenta años y varias generaciones de colombianos. Quiero hacer notar dos puntos importantes aquí. Por una parte, hay grandes continuidades bélicas entre el primer y el segundo ciclos. En muchas ocasiones las personas que participaron en ambos son las mismas. Sin embargo, desde el punto de vista de las organizaciones, los protagonistas son bien distintos. Las guerrillas de inspiración marxista eran diferentes en muchos sentidos básicos de las liberales que operaron durante la Violencia: en su organización, en sus procedimientos, en sus ideas y propósitos. Algo análogo se puede decir con respecto de los “pájaros” conservadores de la Violencia y los paramilitares del segundo ciclo. Parecida orientación, similares patrocinios, pero estructuras organizacionales, ideas y formas de operar bastante diferentes. Entre otras cosas, porque muchos de los paramilitares tempranos procedían no tanto de los “pájaros”, sino más bien de las guerrillas liberales (ver por ejemplo Aponte, 2019; también Gutiérrez, 2019).

Y por la otra, entre el primer (La Violencia) y el segundo ciclo (la guerra contrainsurgente) hubo un período muy breve en el cual se impulsó un proceso de paz y las guerrillas aceptaron, en principio, hacer parte de él. Por eso bajaron prácticamente todos los indicadores de violencia. Sin embargo, esa esperanza se marchitó rápido, y no dio origen a una “paz estable y duradera”, como dice la conocida fórmula.

Fíjense, entonces, en que ahora nos encontramos en una situación muy parecida: terminó el segundo ciclo, las FARC casi en su totalidad entraron en el proceso de paz, y —como han mostrado los reportes del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC)— cayó en picada la gran mayoría de los indicadores de ataques contra la

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