Mujer amurallada

Gina Parody

Fragmento

Los libros que el mundo califica de inmorales
son aquellos que muestran al mundo su vergüenza.

Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray

La barriga de embarazo de mi prima Olga fue artificial durante los últimos tres meses. Mi mamá y la tía Carmen decidieron ocultar el nacimiento de mi primo segundo, Martín Pumarejo Corso, y, con ese propósito, escondieron al niño por varios meses en Bogotá y le incrustaron a Olga todas las mañanas dos almohadas en la barriga, para que aparentara que seguía encinta. La realidad era que Olga se había casado con tres meses de embarazo, y solo nos enteramos de su secreto el día del alumbramiento, que ocurrió en Bogotá, lo que hizo más fácil la discreción que la tía exigía. Desde el hospital llamó al tío Antonio, su esposo, y le dijo con un tono que controlaba su rabia, mientras yo observaba al pequeño Martín:

—Tranquilo que acá no ha pasado nada.

Olga llevaba cuatro años de noviazgo con Iván, un bogotano con ínfulas de costeño por dos razones: la primera, porque su padre era barranquillero, y la otra, porque había sido cadete de la Fuerza Naval, cuya base se encuentra en la ciudad de Cartagena. Conquistó a Olga cuando ella cursaba último año de bachillerato y él era cadete. Estábamos juntas el día en que se conocieron. Fue uno de esos domingos en que el régimen seminterno en el que vivían los cadetes les permitía salir. Nosotras caminábamos por la bahía para ir a la misa de la tarde de la iglesia del Perpetuo Socorro, cuando un carro grande, azul oscuro, bajó la velocidad hasta quedar al paso nuestro. Adentro había tres hombres con pelo muy corto, flacos y bronceados. El que iba en el asiento del copiloto fue el más lanzado, y gritó:

—¿A dónde van? ¿Las llevamos?

Nosotras seguimos caminando, ignorándolos por completo y disfrutando el sabor de la miel de las flores de la planta de corales que habíamos arrancado unas cuadras antes. Aceleramos el paso hacia la iglesia y nos perdimos entre la muchedumbre que se aglutinaba para dar inicio a la ceremonia. Ellos parquearon el carro y se bajaron. Los tres vestían pantaloneta azul y camiseta blanca. Usaban chanclas. Ocultándonos entre la gente, pero de manera que los pudiéramos observar, Olga y yo los detallamos a la distancia.

—No están feos —afirmé.

—Para nada. Están flacos, pero no escuálidos. Parecen de la Armada —dijo Olga.

—Deben ser de la Armada. ¿No ves que están uniformados?

—Pues no. Los veo en pantaloneta y camiseta. No con uniforme.

—Olga, por favor, eso también es uniforme. Seguramente estás pensando en el uniforme de gala, que es el que usan en ocasiones especiales, el que es todo blanco. Pero ellos permanecen en uniforme. Eso es como un internado. Además, no tienen más ropa sino la que les dan ahí —dije en tono despreciativo.

—¿Cómo así?, ¿los que vienen a la Armada son pobres?

—Sí, y cachacos —respondí, y agregué—: mi papá dice que sólo con ese disfraz los hombres del interior se ven decentes en la Costa. ¿Has notado cómo se visten cuando vienen acá? Van al mar con medias y sandalias, usan todo tipo de colores imitando el arcoíris; las camisas parece que les quedaran chiquitas, les gusta forrarse la barriga. ¿Has visto las telas que usan? No conocen el algodón, ni mucho menos el hilo. Usan una tela que desde lejos se nota que pica, parece jersey. ¿Sabes por qué los roban siempre?

—No, ¿por qué? —preguntó Olga.

—Porque siempre se cuelgan en el cuello ese tubito con pita blanca, en donde todos, incluidos los ladrones, saben que se guardan los billetes.

—Sí, es que son muy brutos.

—Peor, como dice papá: cachaco, palomo y gato: tres animales ingratos.

La conversación sobre los cachacos nos desvió del tema de los tres hombres que nos habían seguido hasta la misa, y se nos perdieron de vista. Al mismo tiempo, fueron llegando a la iglesia nuestros amigos cartageneros, con quienes nos sentamos en la parte de atrás para poder observar las pintas del domingo. Todos estábamos recién bañados. Este ritual de domingo iniciaba a los catorce años, edad en la que ya nos dejaban salir solas a las mujeres cartageneras y en la que a los hombres les prestaban el carro para salir. El plan era, después de misa, montarnos en el carro de los amigos con los que habíamos crecido, dar unas vueltas por la ciudad y terminar en el Club Cartagena comiendo pizza. A las diez de la noche, a más tardar, regresábamos a casa.

Desde ese día, la monótona rutina del domingo de Olga y mía comenzó a verse interrumpida por la presencia de Iván y sus dos amigos. La tercera vez que intuimos que los íbamos a volver a ver, salimos un poco más temprano de mi casa, buscando establecer de dónde venía la nave azul en la que se movilizaban. Observamos que salía del Club Naval que quedaba a pocas cuadras de mi casa, también sobre la bahía, así que no estábamos equivocadas: estos hombres eran de la Armada Nacional. Como habíamos perdido tiempo investigando a Iván y sus amigos, caminamos más rápido para llegar a la iglesia antes de que comenzara la misa, para evitar que cualquiera les dijera a nuestros padres que habíamos llegado tarde y que quién sabe en qué andanzas estaríamos. Ese domingo Iván se bajó del carro y caminó al lado nuestro.

—¿Las podemos invitar a comer después de misa? —preguntó, con un marcado acento que delataba su procedencia del interior del país.

—Tenemos que llegar a misa a tiempo, vamos tarde —dije.

—Pero ¿podemos vernos después? —insistió, luego de presentarse con un “mucho gusto, me llamo Iván Pumarejo”, y de extender la mano para saludarnos.

Olga miraba al suelo como si estuviera siguiéndole el rastro a algo o a alguien, así que era yo quien sostenía la conversación con Iván, quien derrochaba seguridad.

—¿En qué quedamos entonces? —dijo Iván.

—Cuadremos para el próximo fin de semana. Ustedes sólo salen los domingos, ¿cierto? —pregunté con tono de superioridad, para tratar de competir con su derroche.

—Sí —replicó con firmeza, sin dejarse intimidar—. También las podemos invitar antes al Club Naval, venden unos langostinos deliciosos.

—Mejor no quedemos en nada —dije—, salvo en que dejas de seguirnos los domingos y en que tú y tus amigos nos dejan ir a misa tranquilas.

Antes de cruzar la calle para llegar a una zona más iluminada, a metros de la iglesia, Olga salió del ensimismamiento en que parecía encontrarse y se dirigió a Iván:

—Próximo domingo a las 2:45 p.m. en la puerta de atrás del Club Naval, al final de la 14, como si fueras para la playa de Castillo. No la que da a la bahía, sino la de atrás. ¿Sabes cuál es? —preguntó Olga.

Mientras Iván daba un sí con un movimiento de cabeza, Olga finiquitó el encuentro y el diálogo:

—Si no están a las dos y cuarenta y cinco en punto, nos vamos —dijo. Me tomó la mano y, sin mirar si quiera si venían carros, cruzamos la calle para llegar a la misa de seis de la tarde.

El sermón del cura nunca fue

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