Nuestros poderes ocultos

Caroline O'Donoghue

Fragmento

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LA HISTORIA DE CÓMO ACABÉ MONTANDO el Consultorio de Cartas del Tarot de la Ratonera puede contarse en cuatro castigos en el instituto, tres avisos enviados a casa, dos boletines de malas notas y un martes por la tarde en el que terminé encerrada en un armario.

Te daré la versión corta.

La señorita Harris me castigó porque le lancé un zapato al señor Bernard. Fue mi forma de vengarme cuando me llamó estúpida por no saberme los verbos de italiano. Mi respuesta fue decirle que, de todas maneras, aprender italiano era absurdo, y que todos tendríamos que estar estudiando español porque en el mundo hay mucha más gente que habla español. Entonces el señor Bernard me dijo que si de verdad creía que iba a aprender español más rápido de lo que estoy aprendiendo italiano ahora, era una ilusa. Se volvió de nuevo hacia la pizarra.

Y entonces le tiré el zapato.

No le di. Me gustaría dejarlo claro. Solo golpeó la pizarra, a su lado. Aunque eso no parece importarle a nadie, salvo a mí. Quizá, si tuviera una mejor amiga —o, en realidad, cualquier tipo de amiga cercana—, tendría a alguien que diera la cara por mí. Que les dijera que fue una broma y que yo nunca haría daño a un profesor a propósito. Alguien que pudiera explicar lo que me pasa: que a veces la frustración y la rabia me invaden y salen disparadas hacia el exterior de maneras que no soy capaz de predecir ni controlar.

Pero esa amiga no existe, y tampoco tengo claro si, en caso de existir, me la merecería.

El castigo empieza el martes por la mañana, y la señorita Harris me recibe en su despacho y luego me acompaña al sótano.

En los cuatro años que llevo en el St Bernadette’s, las tuberías de aguas residuales se han congelado y estallado dos veces, y eso por no hablar de la inundación anual. Como consecuencia, las dos aulas minúsculas que hay aquí abajo están cubiertas de moho verde como la hierba, y un olor a humedad, a hongos, lo impregna todo. Los profesores evitan programar clases aquí siempre que pueden, así que es lógico que se utilicen mucho para los castigos, los exámenes y el almacenamiento de cachivaches inútiles de los que nadie se toma la molestia de deshacerse.

El santo grial de todo esto es la Ratonera, un armario empotrado largo y profundo que a todo el mundo le recuerda a la sala de torturas de la Trunchbull en Matilda.

La señorita Harris señala el armario con un gesto teatral del brazo.

—¡Tachán!

—¿Quiere que limpie la Ratonera? —resoplo—. Eso es inhumano.

—¿Más inhumano que tirarle un zapato a alguien, Maeve? Asegúrate de separar los residuos reciclables del resto.

—No le di —protesto—. No puede dejarme aquí sola limpiando esto. Señorita, puede que ahí dentro haya una rata muerta.

Me pasa un rollo de bolsas de basura negras.

—Pues en ese caso iría al contenedor de «resto».

Y ahí me deja. Sola. En un sótano espeluznante.

Es imposible saber por dónde empezar. Comienzo toqueteando las cosas, refunfuñando para mí que así es el St Bernadette’s. No es como los institutos normales. Durante mucho tiempo fue una enorme casa señorial victoriana, hasta que en algún momento de la década de 1960 la heredó la hermana Assumpta. Bueno, la llamamos «hermana», pero en realidad no era monja: era novicia, como Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas, y abandonó el convento y fundó un colegio de «chicas de buena familia». Seguro que le pareció una buena idea cuando el número de chicas «de buena familia» de toda la ciudad ascendía a alrededor de una decena. Pero ahora somos unas cuatrocientas, todas metidas a presión en esta casa ruinosa, en aulas que van de los barracones prefabricados llenos de corrientes de aire a los viejos dormitorios reformados en el desván. Es obsceno lo caro que resulta enviar a tu hija a estudiar aquí. Debo tener cuidado de cuánto me quejo delante de mis padres. A fin de cuentas, los otros cuatro no tuvieron que venir aquí. Fueron lo bastante inteligentes para lograr terminar sus estudios en centros gratuitos y sin ayuda.

El St Bernadette’s cuesta alrededor de dos mil euros por trimestre, y no sé adónde irá a parar ese dinero, pero a higiene y seguridad está claro que no. Al principio ni siquiera consigo entrar en la Ratonera por culpa de todos los pupitres y sillas rotos que tiene apilados dentro, bloqueando el acceso. Una nueva bocanada de polvo y podredumbre me asalta la nariz cada vez que libero un mueble. Intento sacarlos uno a uno y formar una pila ordenada en la esquina del aula, pero cuando las patas de las sillas comienzan a desengancharse entre mis manos, a golpearme las piernas y a hacerme carreras en las medias, la pila se vuelve menos organizada. Me quito el jersey del uniforme y empiezo a lanzar la basura hacia la otra punta del aula como una campeona olímpica de jabalina. Al cabo de un rato, se convierte en catártico.

Una vez sacados todos los muebles, me sorprende ver la cantidad de espacio que hay en la Ratonera. Siempre había pensado que no era más que un armario grande, pero está claro que antes era una especie de despensa. Aquí dentro podrían entrar tres o cuatro chicas sin problema. Es bueno disponer de esta información. Nunca hay demasiados escondites. Necesitaría una bombilla o algo parecido, eso sí. La puerta pesa tanto que tengo que ponerle una silla delante para que se mantenga abierta, y aun así me muevo casi a oscuras.

Los muebles, sin embargo, no son más que el principio. Hay montañas de periódicos, revistas y libros de texto antiguos. Encuentro exámenes de 1991, anuarios Bunty de la década de 1980 y un par de ejemplares de una especie de revista llamada Jackie. Dedico un rato a hojearlas, a leer las páginas de los consultorios y los extraños culebrones ilustrados que se desarrollan a lo largo de diez viñetas. Están tan pasados de moda que resultan ridículos. Las historias tienen títulos como «¡Millie es todo un partido!» y «¡Una cita con Destiny!».

Leo «¡Una cita con Destiny!». Resulta que Destiny es el nombre de un caballo.

Cuando llego al fondo, las cosas empiezan a ponerse interesantes de verdad. Hay un par de cajas de cartón apiladas contra la pared, cubiertas por una gruesa capa de polvo blanquecino. Bajo la primera al suelo, la abro y me encuentro tres walkmans de la marca Sony, un paquete de cigarrillos Superkings, una botella medio vacía de licor de melocotón pegajoso y una baraja de cartas.

Contrabando. Aquí es donde deben de haber ido a parar todas las mercancías confiscadas.

También hay un único pasador de pelo con un angelito de plata que parece muy puro y santo al lado de los pitillos y el alcohol. Me lo pruebo un instante y entonces me agobio por si tiene piojos, así que lo tiro a una bolsa de basura. Solo un walkman tiene un casete dentro, así que me pongo los auriculares y le doy al «play». Sorprendentemente, funciona. El casete empieza a dar vueltas. «¡Me cago en la leche!».

Unos acordes de bajo, alegres y lentos, me retumban en la cabeza. Dum-dum-di-dum-de-dum. La voz de una mujer me susurra, infantil y dulce. Empieza a cantar sobre un hombre al que conoce, que tiene los dientes blancos como la nieve, un verso que me parece una tontería. ¿De qué otro color esperaba que fueran?

Sigo escuchando y me en

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