Crónica de una guerrilla perdida

Dario Villamizar Herrera

Fragmento

PRÓLOGO

Al anochecer del viernes 6 de febrero de 1981, tras 27 horas de navegación, un grupo de 40 miembros del Movimiento 19 de Abril (M-19), comandados por José Hélmer Marín Marín, conocido dentro de la organización como Fernando, Mario o el Cholo, desembarcó en la ensenada de Utría, departamento del Chocó, en la selvática e inhóspita región noroccidental de la costa pacífica de Colombia, uno de los lugares más lluviosos del planeta, dueño de realidades complejas, con la mayor biodiversidad en el país y una naturaleza exuberante.

La intención era atravesar el territorio a lo ancho hasta alcanzar las alturas de la cordillera Occidental, en la intersección de los departamentos de Antioquia, Risaralda y Chocó, donde se establecería un nuevo frente de guerra, con combatientes que regresaban de un curso básico de formación militar en Cuba. En línea recta, la distancia que tendrían que recorrer, de lado a lado, era de 150,4 kilómetros. A los guerrilleros recién llegados se sumaron, en las semanas siguientes al desembarco, algunos militantes procedentes del Tolima, que prestarían apoyo para lograr ese propósito.

Esta es una crónica de sus aventuras y desventuras. Una travesía en la que todo fue real. Una historia que por los rigores de la clandestinidad se mantuvo oculta y tuvo que ser reconstruida paso a paso, hora tras hora, día a día. Todo ocurrió aquí cerca, en el olvidado Chocó, «una patria mágica de selvas floridas y diluvios eternos, donde todo parecía una versión inverosímil de la vida cotidiana», como lo describió Gabriel García Márquez en sus memorias.

Los personajes de estos hechos fueron hombres y mujeres de carne y hueso, muchos de ellos casi niños, cargados de ideales y coraje; jóvenes que, en su mayoría, aún permanecen enterrados en lo profundo de esa selva húmeda y enigmática. A una de ellas, a Carmenza Cardona Londoño, conocida como la Chiqui o Natalia1, la recuerdan en muchas partes del territorio y la siguen encontrando vestida de monja o convertida en mariposa amarilla, posada sobre la corteza de un centenario carrá; la han visto curando enfermos o ejerciendo como maestra de niños desnutridos; también se han tropezado con ella camuflada en aceituno rojo o haciendo trenzas a las niñas.

Con pocas semanas de diferencia, otra columna del M-19, comandada por el médico y exparlamentario Carlos Toledo Plata, arribó a la desembocadura del río Mira, en el departamento de Nariño, al sur del país. Había zarpado de Panamá a finales de febrero y, tras navegar cinco días a bordo del buque Freddy, recaló en las inhóspitas costas del municipio de Tumaco, en los límites con Ecuador. Al igual que sus compañeros que ingresaron por el Chocó, los cerca de 84 combatientes llegados por el sur regresaban tras varios meses de participar en las mismas escuelas de formación en Cuba. Desde finales de abril de 1980, se encontraban en la isla los quince integrantes del comando Jorge Marcos Zambrano que, el 27 de febrero de ese año, se había tomado la embajada de la República Dominicana, en Bogotá. En los meses siguientes, fueron llegando otros guerrilleros procedentes de distintas estructuras del M-19 hasta completar una cifra cercana a los 130 que recibieron el entrenamiento y que después, en Panamá, formarían las columnas de Chocó y Nariño.

Todo esto obedecía a un plan político-militar que buscaba poner en evidencia un Estado que, de acuerdo con sus opositores, no respetaba los más mínimos derechos, y un país sin democracia en el que las cárceles las llenaban los presos políticos. El M-19 se había propuesto ir más allá en la guerra de guerrillas y comenzaba a dar pasos hacia la formación de una fuerza militar capaz de confrontar, con mayor contundencia, a las fuerzas armadas del Estado. Primero fueron las móviles, cuya razón estratégica fue aprobada durante la Sexta Conferencia Nacional, realizada en 1978. Más tarde se formó el Frente Sur, que operaba en las entonces intendencias de Caquetá y Putumayo. En conjunto, el M-19 buscaba avanzar hacia nuevos territorios y darle forma a un ejército.

Una particularidad en las filas de esta guerrilla fue la gran cantidad de núcleos familiares que se vincularon a sus luchas: los Erazo Murcia, los Jiménez Millán, los Restrepo Valencia, los Pesca, los Ruiz Gómez, los Carvajalino, los Poveda y tantas otras familias que se acompañaron en las duras y en las maduras. En esta odisea del Chocó, la familia Montaña Sanabria, como veremos en las páginas siguientes, involucró directamente a nueve de sus integrantes: cinco hermanos, las compañeras de tres de ellos y un cuñado. Tres de los Montaña murieron en los hechos, mientras que uno fue capturado y el otro, Alirio, sobrevivió a estos acontecimientos.

Este capítulo de la historia de las luchas insurgentes en Colombia es tal vez uno de los más desconocidos; casi nada se sabe de él y, pasadas cuatro décadas, es muy poco lo que se ha documentado. Es también uno de los más complejos y dolorosos por sus alcances, por lo que allí pasó y por sus trágicos resultados. Unos pocos sobrevivientes llevaron sus tristes recuerdos al papel de sus diarios personales o me relataron cómo sucedieron los hechos que vivieron durante cerca de cuatro meses.

La Chiqui, por ejemplo, llevó de manera rigurosa un diario de la aventura en el Chocó, desde la salida de la Villa —como llamaban a Cuba por seguridad—, hasta dos días antes de su muerte, ocurrida casi tres meses después del desembarco. Este documento histórico estuvo «refundido» largo tiempo; algunos sabíamos de su existencia, pero no de su ubicación. En agosto del 2020, unos meses antes de cumplirse cuarenta años de lo que aquí se relata, y cuando ya este libro estaba en preparación, apareció. Un exgeneral del Ejército le entregó fotocopias al senador Gustavo Petro, quien me las cedió. Ese diario fue una pieza clave e inestimable para reconstruir esta historia de dolor; por su valor intrínseco decidimos publicarlo al final del libro.

Cristóbal Sandoval, llamado Federico en el grupo, escribió también unas memorias que constituyen un testimonio de gran valor, si bien fueron redactadas con posterioridad. Recogen sus avatares políticos en la década de los años setenta, su participación en las luchas de los jornaleros agrícolas, su presencia y sus críticas durante el curso en Cuba y el regreso por el Chocó hasta caer preso y ser sometido a torturas y, más tarde, a un consejo de guerra verbal. Otro pedazo de estas historias, que también permitió descubrir los entresijos de esta odisea, fue el escrito de Ventura Díaz, Papi, titulado El inicio de la travesía, que años más tarde presentó como trabajo de grado en la Universidad del Valle y que permanece inédito.

Estos, y muchos otros testimonios, sumados a una intensa búsqueda en archivos, a la información que he recogido durante más de treinta años en cientos de entrevistas, a la recopilación de documentos y mapas, y a visitas a la región, me permitieron rec

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