Prefacio
Seguían apareciendo cajas. No recordaba que hubiera tantas. Fue después de la muerte de Jim a los noventa años, en junio de 2015, cuando empecé a revisar lo que había en las numerosas cajas de papeles, la mayoría en lugares obvios. Luego encontré otras escondidas, y aún más guardadas en lugares a los que sólo podía llegar con una escalera.
«No guardes nada», solía aconsejar. Se refería a frases, nombres o incidentes que un escritor tal vez no veía claro utilizar y reservaba para una posible obra posterior. Pero él poco menos que lo había guardado todo, no sólo una copia acabada de todo lo que había publicado, sino también sus notas y borradores.
Gran parte de la obra de Jim se publicó en volúmenes recopilatorios mientras vivía: textos de ficción y no ficción sobre su vida de piloto en Gods of Tin, de sus viajes en En otros lugares, su correspondencia con un hombre al que conoció primero por carta en Memorable Days y los relatos cortos ganadores del PEN/Faulkner en Anochecer y más tarde en La última noche. Y luego están sus memorias, Quemar los días. En ellas escribió sobre diez de las muchas personas, experiencias o épocas que podría haber elegido, tomando como guía la cita del cineasta Jean Renoir: «Lo único importante en la vida es lo que uno recuerda.» En torno a ella también estructuró su novela Años luz.
Años antes había decidido dedicar su vida a escribir. Según dijo, fue la decisión más difícil que había tomado nunca: renunciar a una prometedora carrera en las Fuerzas Aéreas, donde había pasado más de doce años, primero en West Point y luego como piloto de caza en la guerra de Corea. Con sólo treinta y un años y siendo ya teniente coronel, le dio la espalda para volcar sus ilusiones y energía en la escritura. Lo hizo animado por la publicación de su primera novela, Los cazadores, basada en sus experiencias en Corea, y por la venta del libro al cine para una adaptación que protagonizaría Kirk Douglas.
Jim estaba casado y tenía dos hijas muy pequeñas. Recibía una pensión de las Fuerzas Aéreas. Se alistó en la reserva por nostalgia, para salir de casa y por la paga. Intentó vender piscinas. Él y un amigo hicieron documentales, y uno incluso ganó un premio en Venecia. Se titulaba Team, Team, Team.
Mientras tanto escribía, intentando convencerse de que realmente podía hacerlo. Su segunda novela fue un homenaje poco original a William Faulkner. Décadas después de su publicación la reescribió, reacio a dejarla como estaba, y la retituló Cassada.
En 1961, cuando de la noche a la mañana se construyó el Muro de Berlín para dividir la ciudad, reclutaron a Jim de nuevo y lo enviaron a Europa. De todo ello surgió una tercera novela, Juego y distracción. Fue el primer libro que se parecía a lo que había imaginado y que por fin le permitió creer en sí mismo como escritor.
A principios de la década de 1970, Robert Ginna, el primer redactor jefe de la revista People, invitó a Jim a colaborar en ella, y lo envió a Suiza, Francia e Inglaterra para entrevistar a Vladimir Nabokov, Graham Greene y Antonia Fraser. Sería su primer encargo periodístico.
Cuando releí los artículos publicados, recordé las anécdotas que Jim contó durante la cena al regresar. Las entrevistas se habían concertado antes de su llegada a Europa, pero de repente todo se vino abajo. Greene había visto una parodia de People llamada PeepHole y evitó su encuentro hasta que una nota de Jim, deslizada por debajo de la puerta de su apartamento en París, lo hizo recapacitar. Su conversación no sólo dio lugar al artículo para People, sino que a raíz de ella Greene consiguió que la novela Años luz se publicara por fin en Gran Bretaña.
A continuación, Jim se dirigió a Montreux, al hotel donde vivía Nabokov con su esposa Vera. Pero cuando telefoneó para confirmar su cita, ésta le informó de que tenía que enviar sus preguntas por escrito. Jim le explicó que ya lo había hecho y que no había obtenido respuesta. Su marido no se encontraba bien, respondió Vera, aun así le preguntaría si quería hacer la entrevista. Jim suponía que se limitaría a fingir que se lo preguntaba y volvería al cabo de unos minutos al teléfono para decirle que no. En lugar de eso le indicó la hora a la que podrían verse al día siguiente, no sin antes advertirle que no se le permitiría tomar notas ni grabar nada de la conversación. Los dos hombres congeniaron y Nabokov llegó a proponerle a Jim un segundo «julepe», como llamaba a sus bebidas, pero lamentablemente éste tuvo que volver con prisas a la estación para coger el tren de regreso a París. Lo perdió y se sentó con un cuaderno para garabatear febrilmente todo lo que había dicho el escritor, diciéndose a sí mismo que si Capote podía jactarse de recordar de memoria cada palabra de la conversación que había mantenido una noche con Marlon Brando, él seguro que podía recordar una hora con Nabokov.
Cada historia que escribía Jim tenía un trasfondo. Cuando investigó el desarrollo del corazón artificial, fue a cenar a casa de su inventor, Robert Jarvik, que decidió cocinar desnudo e insistió en que él también se quitara la ropa. Jim escribió sobre Robert Redford cuando éste era relativamente desconocido. Ambos viajaron juntos en busca de material para el guión de El descenso de la muerte que había escrito Jim. Éste había imaginado a un personaje tipo Billy el Niño para la película, pero Redford tenía una idea diferente y eligió a un joven esquiador que se parecía mucho a él: Spider Sabich. La película aún se emite en la televisión a altas horas de la noche, lo que genera unos ingresos residuales que «casi pueden pagar la comida», como le gustaba decir a Jim. Redford se convirtió en una estrella con Dos hombres y un destino y siguió siendo amigo suyo. Cuando en 2011 Jim recibió el premio a toda una vida dedicada a la literatura en la gala anual de The Paris Review, Redford pronunció el discurso de apertura.
Jim también escribió sobre el atractivo del cine. Deslumbrado por los cineastas europeos de la década de 1960, hizo él mismo guiones e incluso dirigió una película titulada Three que protagonizaron la joven Charlotte Rampling y el igualmente joven y entonces desconocido Sam Waterston. La experiencia lo convenció de que no quería volver a dirigir, pero escribió otros guiones hasta que, con la esperanza de dejar atrás algo más duradero, acabó abandonando toda implicación en el cine para concentrarse en lo que más le importaba, las novelas y los relatos, sin dejar de escribir de vez en cuando artículos y ensayos.
Sus artículos aparecieron en Esquire, Food & Wine, The New Yorker, Men’s Journal y The Paris Review, entre otras publicaciones. Escribió sobre figuras importantes del alpinismo, sobre los burdeles franceses antes de la Primera Guerra Mundial, sobre otros escritores a los que admiraba, entre ellos uno de sus favoritos, Isaak Bábel.
En cada artículo, ya fuera por encargo o por propia elección, Jim daba todo lo que tenía, que era mucho. Leía e investigaba a fondo, y en ocasiones los artículos tomaban forma de ensayos, lo que implicaba ahondar en sus propios recuerdos y sentimientos: sobre la confluencia de hombres y mujeres, sobre su vida en Aspen, sobre sus experiencias en Francia.
No guardar nada reúne lo mejor de la no ficción de Jim: artículos, ensayos y reseñas que fueron publicados individualmente pero nunca se han recopilado en un volumen hasta ahora. Todas esas cajas estaban repletas de papeles, pero al final no es una cuestión de cantidad. Estos textos revelan algo de la magnitud y profundidad del interés de Jim por el mundo y las personas que lo habitan, especialmente por las que son entregadas y apasionadas, e intentan hacer algo. Uno de los grandes placeres de escribir no ficción es la aventura de explorar, de aprender sobre cosas que no se saben y ponerlas sobre papel. Esto es lo que encontraréis en estas páginas.
KAY ELDREDGE SALTER
POR QUÉ ESCRIBO
Unos por la gloria, otros por el reconocimiento
«¡Escribir! ¡Qué cosa tan maravillosa!» Estas palabras las escribió Léautaud cuando, ya anciano, vivía olvidado en una casa destartalada en los lúgubres suburbios de París. Era soltero, no tenía hijos y estaba solo. El mundo del teatro en el que había trabajado durante años como crítico se había vuelto oscuro para él, pero de las ruinas de su vida brotaban estas palabras. ¡Escribir!
Uno piensa en muchos escritores que podrían haberlas dicho. Anne Sexton, pese a que se suicidó; Hemingway o Virginia Woolf, que también lo hicieron; Faulkner, que fue despreciado en su pueblo rural, o la ruina en que se convirtió Fitzgerald al final de sus días. Lo maravilloso es la literatura, que es como el mar y la euforia de estar cerca de él, ya seas un buen nadador o estés caminando por la orilla. El acto de escribir, aunque a menudo es tedioso, puede proporcionar un goce extraordinario. A mí me llega frase tras frase a través de la pluma, que es con lo que me gusta escribir, y la página en la que están escritas las frases, las páginas, pueden ser lo más valioso que poseeré jamás.
Dicen los cínicos que quien no escribe por dinero es un aficionado o un tonto, pero no es verdad. Que tu trabajo sea impreso y leído, ése es el verdadero anhelo. La cuestión de la remuneración es secundaria; nadie cobraba por los samizdats. El dinero no es más que una forma de aprobación.
Hace tanto tiempo que escribo que no recuerdo los comienzos. No se trataba de hacer lo que mi padre sabía hacer. Él había ido a Rutgers, a West Point y luego al MIT, y no creo que en toda mi vida lo viera leer una novela. Leía periódicos, The New York Sun, The New York World-Telegram; en aquellos tiempos había al menos una docena en Nueva York. Su tarea estaba trazada: ascender en el mundo.
Mi madre tampoco era una lectora ávida. Me leía cuando era pequeño, por supuesto, y con el tiempo leí los libros que se publicaban en series populares, The Hardy Boys y Bomba, The Jungle Boy. Recuerdo poco de ellos. No leí Ivanhoe, La isla del tesoro, Kim o The Scottish Chiefs, aunque me regalaron dos o tres de ellos. Tenía seis volúmenes de una colección llamada «My Bookhouse», editada por Olive Beaupré Miller, cuyo nombre no se encuentra entre los distintos Miller —la señora Alice, Henry, Joaquin, Joe— que hay en la Reader’s Encyclopeida, pero a ella le debía todo lo que sabía de Cervantes, Dickens, Tolstói, Homero y otros cuyas obras se citaban. Además había historias populares, cuentos de hadas, fragmentos de la Biblia y mucho más. Cuando leo sobre escritores que de jóvenes tuvieron libre acceso a las bibliotecas de sus padres o amigos, pienso que eso fue para mí «My Bookhouse». No fue una educación sino la introducción a ella.
También había poemas, y en la escuela primaria teníamos que memorizarlos y luego ponernos de pie y recitar los más conocidos. Muchos de ellos aún los recuerdo, entre ellos uno de Kipling, «Si...»; mi padre me dio un dólar por aprenderlo. El lenguaje se adquiere, como otras cosas, por imitación, y el ritmo y la elegancia pueden provenir, en parte, de los poemas.
De niño dibujaba bastante bien e incluso pintaba, sin que nadie me hubiera enseñado. No podría decir qué me impulsó a hacerlo ni de dónde me venía la habilidad, aunque mi padre sabía dibujar un poco. Mi deseo de escribir, que se hizo evidente a los siete u ocho años, probablemente vino de la misma fuente. Como muchos niños hacen, fabricaba libros toscos con pequeñas hojas de papel dobladas y cosidas que luego llenaba con dibujos e impresiones torpes.
En la secundaria éramos poetas, al menos lo éramos muchos de mis amigos y yo. Ardientes y profundos, componíamos elegías, pero no poemas de amor; éstos llegaron después. Yo tuve algún éxito al principio. En un concurso nacional de poesía obtuve una mención honorífica y vendí dos poemas a la revista Poetry.
Todo esto fue una fase que, en casi todos los aspectos, superé pronto. En 1939 estalló la guerra y en 1941 entramos en ella. Acabé en West Point. La vida que teníamos se desvaneció, y en la nueva la poesía era de poca utilidad. Pero seguía leyendo, y en el último curso escribí varios relatos cortos. Había leído alguno en la revista de la academia y me pareció que yo podía hacerlo mejor, y después del primero el editor me pidió más. Luego me convertí en oficial. Al principio no había tiempo para escribir, y tampoco privacidad, pero existía una traba aún mayor: escribir era algo ajeno a la vida. Había ingresado en las Fuerzas Aéreas como piloto de transporte y luego había pasado a los cazas. Creía que había encontrado mi papel.
Estaba destinado en Florida, alrededor de 1950, cuando vi en el escaparate de una librería de Pensacola una novela de John Kerouac titulada El pueblo y la ciudad. El nombre me sonaba. En la escuela secundaria había un Jack Kerouac que había escrito unos relatos. En la contracubierta había una fotografía, una cara amable, casi anhelante, con la mirada baja. Lo reconocí al instante. Recuerdo que sentí envidia. Kerouac era sólo unos años mayor que yo y ya había escrito esa novela de aspecto impresionante. Compré el libro y lo devoré. Le debía mucho a Thomas Wolfe —en El ángel que nos mira y otros—, que era una figura importante entonces, pero aun así era un logro. Lo tomé como una muestra de lo que se podía hacer.
Me había casado, y al llevar una vida más ordenada empecé a escribir de nuevo los fines de semana o por las noches. Luego estalló la guerra de Corea. Cuando me enviaron allí, llevé conmigo una pequeña máquina de escribir, pensando que, si me mataban, lo que dejara escrito sería como unas memorias. Eran páginas inmaduras, por no decir otra cosa. Pocos años después, la novela de la que formaban parte fue rechazada por los editores, pero uno de ellos dejó caer que si escribía otra novela estarían interesados en leerla. Otra novela. Eso podría llevarme años.
Mientras volaba en misiones de combate llevaba un diario, y en él había alguna que otra descripción, pero de poca consistencia. La guerra ocupaba el lugar central. Una tarde, de nuevo en Florida —estaba allí de servicio temporal—, volví del hangar, me senté en el catre y empecé a escribir a vuelapluma una o dos páginas del bosquejo que de pronto se me había ocurrido. Sería una novela sobre el idealismo, lo verdadero y lo falso, en una prosa sobria y auténtica. Lo que me había faltado pero ya tenía era la trama.
¿Por qué escribía? No por la gloria; había visto lo que tenía por verdadera gloria. Tampoco por los elogios. Sabía que si se publicaba el libro tendría que ser bajo un seudónimo. No quería poner en peligro mi carrera al darme a conocer como escritor. Había oído las alusiones despectivas a Dios es mi copiloto de Scott. La ética de los escuadrones de combate se reducía al alcohol y el arrojo; cualquier otra cosa era sospechosa. Aun así, me veía a mí mismo como algo más que un simple piloto e imaginaba un libro admirable en todos los sentidos. Sería evidente que estaba escrito por alguno de los pilotos, una figura excepcional y anónima, y yo tendría la satisfacción de saber quién era.
Escribía cuando encontraba tiempo. Parte del libro lo compuse en una base de cazas de Long Island, el resto en Europa, cuando estuve destinado en Alemania. Un teniente de mi escuadrón que vivía en el piso contiguo al nuestro podía oír la máquina de escribir entrada la noche a través de la pared del dormitorio. «¿Qué haces? —me preguntó un día—. ¿Escribes un libro?» Lo dijo en broma. Nada podía ser más improbable. Yo era un oficial de operaciones experimentado. El siguiente paso era comandante de escuadrón.
Los cazadores fue publicado por Harper and Brothers a finales de 1956. Una parte del libro apareció primero en Collier’s y enseguida corrió la voz. Me senté con los demás a especular sobre quién podía ser el autor, probablemente alguien que había servido en Corea, en el Cuarto Grupo.
Las críticas fueron buenas. Yo tenía treinta y dos años, era padre de un niño y mi mujer esperaba otro. Llevaba siete años pilotando aviones de combate. Decidí que había tenido suficiente. El impulso que tenía desde niño de escribir no había muerto; de hecho, se había probado a sí mismo. Lo hablé con mi mujer, y ella, aunque sólo tenía un conocimiento parcial de lo que estaba en juego, no intentó hacerme cambiar de opinión. Al dejar Europa renuncié a mi cargo con el propósito de convertirme en escritor.
Fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Supongo que en mí siempre estuvo latente la creencia de que escribir era más importante que otras cosas, o al menos que acabaría siéndolo. Llamémoslo ilusión, pero en mi fuero interno tenía la convicción de que todo lo que hacíamos, las cosas que se decían, los amaneceres, las ciudades, las vidas, todo eso tenía que ser reunido y plasmado en páginas o corría el peligro de no existir, de no haber existido nunca. Llega un día en que nos damos cuenta de que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales.
Sabía muy poco del duro oficio de escribir. El primer libro había sido un regalo. Echaba mucho de menos la vida activa y, tras una larga lucha, acabé mi segundo libro. Fue un fracaso. Jean Stafford, uno de los miembros del jurado de un premio al que se había presentado el manuscrito de forma rutinaria, se lo dejó en un avión. El libro no tenía sentido para ella, dijo. Pero ya no había vuelta atrás.
Seis años después se publicó Juego y distracción y tampoco se vendió. Apenas unos miles de ejemplares, eso fue todo. Sin embargo, no se retiró de la circulación y, poco a poco, de una en una, las editoriales extranjeras lo compraron. Hasta que apareció en Modern Library.
Emerson escribió que la literatura sirve para proporcionarnos una plataforma desde la que podemos tener una visión de nuestra vida presente, un punto de apoyo para poder movernos en ella. Tal vez sea cierto, pero yo iría más lejos. La literatura es el río de la civilización, su Tigris y su Nilo. Las personas que lo siguen, y me inclinaría a decir sólo ellas, desdeñan las glorias.
A lo largo de los años he escrito por una sucesión de razones. Al principio, como ya he dicho, lo hacía para ser admirado, aunque fuera desde el anonimato. Una vez tomé la decisión de ser escritor, escribía esperando aceptación, aprobación.
Cuando le preguntaron a Gertrude Stein por qué escribía, respondió: «Por el reconocimiento.» Lorca escribía para ser amado. Según Faulkner, un escritor escribía por la gloria. Puede que yo a veces haya escrito por esas razones, es difícil saberlo. En general, escribo porque veo el mundo de una manera determinada, y no hay diálogo o series de diálogos que lleguen a describirlo, no hay libro que pueda reproducirlo del todo, aunque los más grandes emocionan en su intento.
Un gran libro puede ser un accidente, pero uno bueno es una posibilidad, y es pensando en él por lo que uno escribe. En pocas palabras, para conseguirlo. El resto se hace solo, y se elogian tanto las cosas insignificantes que apenas tiene sentido esforzarse por ello.
Al final, escribir es como una cárcel, una isla de la que nunca saldrás y que al mismo tiempo es una especie de paraíso: la soledad, los pensamientos, el increíble gozo de poner en palabras la esencia de lo que en ese momento entendemos y queremos creer con toda el alma.
SOBRE OTROS ESCRITORES
El profesor de escritura
Iowa es una bonita ciudad que se extiende a lo largo de su río. En el antiguo barrio checo, llamado Goosetown porque en los profundos patios traseros criaban gansos, las calles son adoquinadas. Quedan mansiones antiguas y árboles enormes, y en el centro hay calles anchas, restaurantes, tiendas y una librería maravillosa, Prairie Lights. Sin embargo, el negocio principal es la Universidad de Iowa, en la cual se encuentra la joya del pequeño pero renombrado Taller de Escritores. Creado en 1936, este taller es la escuela de escritura creativa más importante del país, aunque está casi universalmente reconocido que escribir no es algo que se pueda enseñar, y de hecho no se enseña nada allí, sólo se practica. A Kurt Vonnegut, uno de la larga lista de escritores famosos que han formado parte del profesorado del taller, le gustaba decir que no es posible enseñar a escribir, y se comparaba con un jugador profesional de golf que, a lo sumo, podía acompañar a alguien y ayudarlo a dar menos golpes durante su juego.
A lo largo de los años han pasado por Iowa numerosos profesionales, muchos de ellos antiguos alumnos, y si alguien ha tenido la suerte de estudiar allí, es posible que se sentara frente a John Cheever, Philip Roth, John Irving, Raymond Carver, Joy Williams u otros, y los oyera discutir o demoler lo que él o un compañero de clase habían escrito. Después quizá fuera a tomar algo con ellos en el Old Mill o en el Foxhead, y continuaran hablando sin parar. Puede que no aprendiera a escribir, pero seguro que algo aprendió.
Frank Conroy, alto, imperturbable y cortés, ha dirigido el taller durante dieciocho años, desde 1987 hasta hace unos meses, dejando firmemente grabada su impronta en él. Llegó a Iowa después de haber pilotado el programa literario del Fondo Nacional de las Artes y de haberse dedicado por un tiempo a la docencia; en una época anterior formó parte de la escena literaria de Nueva York, estuvo en el Elaine’s Bar y en innumerables fiestas y garitos de jazz, donde empezó como un extraño impetuoso pero pronto hizo amigos y acabó haciéndose un nombre con la publicación en 1967 de Stop-Time, unas memorias de juventud sorprendentemente originales e imperecederas.
La admisión al programa de dos años del Taller de Escritores se realiza a partir de una muestra de escritura. Como director, y para garantizar el nivel de los alumnos, lo que en última instancia marcaba la reputación de la escuela, Conroy leía todos los trabajos que se presentaban y él mismo tomaba las decisiones finales. Así se habían construido las grandes ciudades de Europa, no por consenso sino por decreto real. El profesorado se formaba de la misma manera. Había miembros permanentes, el mismo Frank era uno de ellos, pero otros estaban allí uno o dos años por invitación. El taller funcionaba como un reloj, gracias también a una administradora jefe, Connie Brothers, que se ocupaba de todos los detalles que Frank podía descuidar y que hacía las veces de madre adoptiva para los estudiantes. Ambos se repartían el poder.
Una noche, en un reservado de madera del Foxhead, con el aire lleno del humo azul de los cigarrillos y del ruido de las bolas de billar, Frank me confió que acababa de recibir un anticipo de 250.000 dólares por la novela que estaba escribiendo. De pronto comprendí que no era un académico cualquiera. Otra noche nos sentamos a tomar algo con Joseph Brodsky. Sonaba algo en la máquina de discos, y cada vez que alguien pedía una cerveza local llamada Dubuque Star tocaban la campana de la barra. Brodsky había ido a Iowa para leer sus poemas. No era el único premio Nobel que lo había hecho. También fueron Derek Walcott y Seamus Heaney, que leyeron ante una multitud que se desbordó ocupando la mitad del escenario. Aunque no rivalizaba con Estocolmo, era un honor que te invitaran a Iowa. Casi todas las semanas llegaba alguien interesante para leer su obra y se organizaban cenas previas con ellos.
Las cenas en casa de Frank eran las mejores: siete u ocho comensales, entre los que a menudo había un autor invitado, y martinis preparados en una coctelera de plata que había pertenecido a su padre. La conversación solía girar en torno al oficio de escribir. Más de una vez se habló de la objetividad y de la existencia de la verdad, o la verdad de Dios, como la llamaba Frank. Nadie podía llegar a conocer la verdad absoluta. Era demasiado vasta y compleja. «Todo lo que sabemos es lo que creemos que sabemos», decía; en realidad no existían la verdad ni los hechos. Me contó que había escrito que su madre y su padrastro habían ido a Cuba a comprar un piano o algo así; en realidad fue para que ella abortara, pero él lo escribió porque pensaba que era verdad. «Para mí lo era», me dijo.
«¿Quién es el Dostoievski de la literatura estadounidense actual?», quiso saber Jorie Graham.
Salieron varios nombres. Mailer, propuso Frank; entre otras cosas, era amigo suyo. Nos enzarzamos en una discusión; el tono era cada vez más elevado. Al día siguiente telefoneé para disculparme por haberme excitado. Contestó Maggie Conroy.
«Oh. ¿Quién puede imaginarse a alguien acalorándose por Norman Mailer?», respondió ella con un tono de voz apaciguador.
Tenía aplomo. Había sido actriz y parte de su niñez la había pasado en Sudamérica. Su rostro denotaba inteligencia y un temperamento equilibrado. Marguerite, la llamaba Frank a veces, con lo que transmitía la autoridad de ésta. No tenían secretos el uno para el otro, ni siquiera sobre cosas del pasado.
—Cuando empezamos a salir, nos sentamos y nos lo contamos todo. Tardamos semanas. Todo.
—Después de eso no teníamos de qué hablar —añadió ella con ironía.
Di clase dos veces en el Taller de Escritores, la última en 1989, pero Frank y yo nos hicimos buenos amigos y seguimos en contacto. Luego llegó una carta, muy breve. Parecía que todo había terminado, me escribía. Le habían diagnosticado cáncer de colon. Había cuatro fases y él estaba en la peor, la cuarta.
Eso fue hace dos años. Lo operaron y demás. Empezaron a buscar un nuevo director para el taller, alguien que pudiera ocupar el lugar de Frank y relacionarse igual de bien con los de abajo y los de arriba, los decanos, los presidentes y los donantes. Al final le dijeron que, aunque no estaba curado, parecía que se había estabilizado e iba a poder seguir con su vida varios años más. No fue así. Llegó un momento en que le dijeron que no se podía hacer nada más. Decidió dejar que la naturaleza siguiera su curso.
En marzo mi mujer y yo comimos en la confortable y luminosa casa que Frank y Maggie se habían comprado con el dinero de la novela. Él parecía el mismo de siempre, aunque un poco débil. Detrás de las gafas, sus ojos estaban alerta. Le caía un mechón juvenil sobre la frente. Confesó que se preguntaba cómo iba a ser todo, si el dolor sería insoportable, si sería capaz de ser él mismo hasta el final. Había tenido la esperanza de ir a Nantucket, donde siempre pasaban el verano, pero parecía que no iba a ser posible. Maggie y Tim, su hijo, irían sin él.
Ése fue más o menos el final. Se instaló en el piso de arriba las últimas semanas y murió el 6 de abril. Tenía sesenta y nueve años. Maggie pasó las últimas horas acostada a su lado. Eso no lo haríamos con muchas personas.
Odesa, mon amour
Isaak Bábel era un hombre fornido, de rostro ancho y afable, con la frente surcada de arrugas horizontales. Llevaba gafas de montura metálica, como un ratón de biblioteca o un contable, y su voz era suave y aguda con un ligero ceceo. En la década de 1920, tras la publicación de su libro de relatos Caballería roja, fue durante un tiempo el escritor más famoso de Rusia, y cualquier cosa suya que aparecía impresa acaparaba toda la atención. Knopf publicó la traducción al inglés del libro en 1929, y su combinación de asombrosa belleza y alarmante violencia, expuesta con inquietante resignación, perturbó a los lectores, entre ellos a Lionel Trilling, quien se refirió al talento excepcional, incluso el genio, que ponía de manifiesto. Bábel fue un escritor de la Revolución y, como hijo suyo, quedó cautivo de su idealismo e igualdad; sin embargo, con el tiempo se desencantó y perdió su fervor.
Para Bábel, escribir era una agonía. Escribía y reescribía sin cesar, a menudo sin completar siquiera un cuarto de página al día, y a veces se levantaba por la noche para releerlas. Buscaba sin descanso la palabra o expresión adecuada, elocuente, sencilla y bella, decía. Creía, entre otras cosas, en la puntuación, y en el punto en particular. Ningún hierro puede penetrar tan profundamente el corazón, escribió, como un punto colocado en el lugar preciso. La fuerza no llegaba cuando ya no podía añadirse una frase, sino cuando ya no podía suprimirse. Le fascinaban los colores expresionistas, las estrellas verdes, las palmeras azules, la arcilla rojo sangre, las puestas de sol concentradas como mermelada, y sus imágenes estallaban desde la página, como en las célebres líneas iniciales de «Mi primer ganso»:
Savitski, el comandante de la sexta división, se levantó al verme, y me quedé asombrado de la belleza de su figura corpulenta. Se levantó con la púrpura de su pantalón de montar, ladeada la gorra color grosella, con sus condecoraciones cosidas al pecho, y pareció que partía en dos la choza, como un estandarte el cielo. De él emanaba un aroma de ricos perfumes y el olor insípido y frío del jabón. Sus piernas largas semejaban doncellas embutidas hasta los hombros en brillantes botas de charol.
Savitski, el audaz y teatral comandante, flor «y hierro», escribe Bábel con admiración, se inspira en una figura de carne y hueso, Semión Timoshenko, que llegó a ser mariscal del Ejército Rojo y salió en la portada de la revista Time. También aparecen otras figuras reales, Budionni y Voroshílov, con su propio nombre. En su Diario de 1920, en el que se basaron las historias de Caballería roja, Bábel escribió:
El comandante de división Timoshenko está en el estado mayor. Un personaje pintoresco. Coloso, pantalón rojo medio de cuero, gorra roja, esbelto, antiguo jefe de sección, ha sido sirviente de ametralladora, alférez de artillería.
El escritor ruso carecía de imaginación y era incapaz de inventar, tenía que saberlo todo, hasta el último detalle, decía, e Iliá Ehrenburg, que era amigo suyo, estaba de acuerdo en que apenas cambiaba nada, pero lo iluminaba con una especie de sabiduría. Era más que eso, era un talento único. Añadió «belleza», «aroma» y el «olor insípido y frío del jabón», y convirtió los pantalones de semicuero en una imagen erótica que envía electricidad en ambas direcciones. Bábel decía que se dirigía a una lectora inteligente y con criterio, más concretamente a una mujer muy inteligente que tuviera un gusto absoluto, como ciertas personas tienen un oído absoluto.
A pesar de su aspecto corriente, las mujeres se sentían atraídas por él. Tuvo aventuras amorosas, un hijo con la bella actriz Tamara Kashirina, una hija con su esposa, que había abandonado Rusia en 1925 y vivía en París, donde estudiaba arte, y una segunda hija con una «segunda esposa», Antonina Pirožkova, quince años más joven que él, con la que vivió los últimos cuatro años de su vida. En la escritura de Bábel hay un rico componente de sensualidad, a veces implícito, apenas entrevisto, y a veces evidente. Las prostitutas pueblan sus relatos, sobre todo «Mis primeros honorarios», una obra maestra que no se publicó hasta 1963, mucho después de su muerte. La historia trata un tema familiar, la iniciación al sexo, y lo convierte en algo cómico y espléndido. El narrador se gana el afecto de una mujer de la calle a base de mentiras impulsivas y ella acaba enseñándole los trucos del oficio y llamándolo «hermana». En «Chink», «La ventana del baño» y «Una noche con la emperatriz» también aparecen prostitutas, y «Dante Street» tiene todo el aroma de un burdel o algo que se le parece mucho. En París, Bábel se detuvo una vez delante de un conocido prostíbulo de Montmartre y, mirando por las ventanas abiertas —era de día—, comentó a su acompañante que le gustaría saber si en un lugar así llevaban libros contables. Sería fascinante verlos, dijo, podrían presentarse como un capítulo maravilloso de una novela. Su curiosidad era insaciable y profunda. Quería que las mujeres le enseñaran lo que llevaban en el bolso por lo que pudiera revelar de ellas, y disfrutaba oyendo a la gente hablar de su primer amor. En sus escritos todo gira en torno a las personas, y sus verdaderos intereses eran el amor y la muerte. Como Maupassant y Flaubert, a quienes veneraba, era realista. Las historias de Caballería roja son crudas e inquietantes, totalmente alejadas de la sensibilidad moderna, y sin embargo están impregnadas de una bondad extraña. Ningún escritor es tan realista y al mismo tiempo, incluso en la misma frase, romántico.
Bábel nació en 1894 en Odesa, ciudad portuaria del Mar Negro, en un barrio pobre llamado Moldavanka al que hizo famoso en sus relatos. Ten
